Dentro de la locura CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Cuando salimos de la residencia, tenía la sensación de que mi cabeza era incapaz de retener toda la información que nos había proporcionado el anciano.

Mi sentido común se negaba a creer todo lo que nos había revelado aquel hombre, pero mi instinto me decía que debajo de toda aquella locura, se asentaba una fina y secreta capa de credibilidad.

Al llegar a la altura de nuestro coche me giré para comprobar el estado de mi compañera y al hacerlo, descubrí que Griselda se había convertido en una olla a presión a punto de estallar.

—¡Maldita hija de la gran puta! —gritó en el parking—. Nunca me fié de ella. Sabía que había algo que nos ocultaba.

Por encima de aquel siniestro concepto del control de masas global, la mente de mi compañera había decidido centrarse en el papel de Lupe y su involucración en las muertes de los científicos.

—¿Pero por qué iba a simular su propio secuestro y arriesgarse así a que la descubriéramos? —pregunté.

—¡Llámala! —ordenó mi compañera con rabia mientras se metía en el coche—. Tú tienes el teléfono de esa zorra. Quiero que nos explique por qué se ha reído de nosotros en nuestra cara.

—La última vez que lo intenté, poco después de que desapareciera, daba apagado o fuera de cobertura —advertí tras sentarme en el lugar del acompañante y cerrar la puerta.

—Inténtalo de nuevo. Algo me dice que esta vez sí que lo va a coger.

—Tono sí que da —informé a Gris después de marcar su número y conectar la opción de manos libres.

De repente, una voz femenina me sorprendió a través del altavoz.

—¡Qué onda, Leo!, siento haberme tenido que ir sin decir adiós.

Era ella, desde luego. Pero su voz sonaba algo distinta. Gris tardó unos segundos en comprender el motivo.

—¿Ahora tienes acento mexicano? —preguntó mi compañera con rabia apenas contenida.

—Hola agente. Siento el pequeño engaño, pero formaba parte de mi camuflaje para que no me relacionaran con Juárez antes de tiempo. Supongo que el pasaporte falso de Puerto Rico ayudó.

—Hemos estado hablando con el anciano de la residencia. Nos ha contado que hace unos meses fuiste a verle y que le amenazaste con matar a su familia si no te daba los nombres de esos científicos —informé con toda la calma que pude atesorar en ese momento.

—Son listos, supuse que tarde o temprano llegarían hasta el ruco. Por eso decidí desaparecer antes de que fueran por mí.

—No, no lo somos. Mientes tan bien que ni siquiera te investigamos lo suficiente —admitió Griselda castigándose por el error.

—Cuéntanos qué es lo que se nos escapa de toda historia, porque andamos perdidos —me obligué a reconocer sin pudor.

—Desde hace décadas, en mi Juárez, sobrevivir sin ser violadas, asesinadas o desaparecidas es un desafío para todas las juarenses. El gobierno no hace ni madres y esos cabrones viven sin preocupación alguna.

—¿Y la policía no hace nada? —quise saber.

—Algunos de los hombres que raptan y secuestran a esas mujeres son policías —descubrió ella de la forma más rotunda.

—Dios Santo… —murmuré—. Pero continúa, dinos qué fue lo que te pasó.

—Yo tenía una hermana, una niña guapísima que jamás hizo daño a nadie, pero que un día, volviendo del trabajo, fue secuestrada por algunos de esos hijos de puta.

Tras no saber de ella en tres días, apareció muerta y sin ropa en medio del monte.

Era como si alguien hubiese tirado el cadáver de un perro a la basura —masticó Lupe la última frase con rabia—.

La policía dijo que lo iban a investigar, pero como siempre no hubo ningún pinche detenido.

—Pero tú no te conformaste y quisiste averiguar algo más —aventuré.

—Había escuchado chismes sobre un lugar donde se armaban fiestas clandestinas para turistas y en las que hacían cualquier cantidad de chingaderas que nadie quiere escuchar.

Tuve una corazonada, así que un día esperé fuera del club a que cerraran y seguí sin que me viera a uno de los empleados hasta su casa.

Al bajarse del carro le puse una pistola en la cabeza y amenacé con matarlo si no contestaba a mis preguntas.

—¿Cómo conseguiste una pistola? —quise saber.

—¿En Juárez? En cualquier sitio, de cualquier persona.

—De acuerdo, sigue —urgió Griselda.

—Me contó que él solo era el mesero. Se encargaba de servir los chupes a los turistas y a veces cuando se lo ordenaban, incluso les metía algo de droga sin que se enteraran.

También me contó que ese lugar era solo para hombres, ya que era un club de alterne que contaba con sus propias mujeres, pero el negocio tenía un salón escondido donde no permitían ni siquiera acceder a los empleados. Ellos lo llamaban la sala secreta.

—¿Sala secreta?

—Sí, por lo que me explicó era una especie de zona Vip que solo se utilizaba en ocasiones especiales.

Cuando eso pasaba, los hijos de la chingada cerraban el lugar y organizaban fiestas privadas para unos pocos clientes.

Daban el día a las prostis y solo trabajaban un par de meseros junto con los guardias.

—¿En esas fiestas privadas no había chicas? —quiso saber Griselda.

—Sí, pero no eran las prostitutas de siempre, sino chicas nuevas, porque no querían profesionales. Llegaban de noche en unas camionetas, poco antes de que aparecieran los turistas y las metían directo en la sala. Cuando todo acababa, las metían en las mismas camionetas y se las llevaban.

—¿Dónde llevaban a esas mujeres cuando terminaban esas fiestas?

—El mesero me juró que no lo sabía y que si seguía vivo, era porque nunca se había atrevido a preguntar. Algunas de las chicas repetían y las traían más veces. A otras no las volvía a ver nunca.

—¿Iban por su propia voluntad? —se extrañó Gris.

—¡No mames! Obviamente no. Entraban amarradas y hasta que no estaban dentro de la sala no las soltaban. Cuando salían, según el mesero, parecía como si fueran otras personas distintas.

—¿Qué pasaba en esas fiestas? —interrogué.

—Él solo pudo entrar a esa sala en una ocasión en la que uno de los dueños, saltándose las reglas, le ordenó que pasara con una bandeja de bebidas.

Allí vio al grupo de turistas a los que minutos antes había servido sus chupes en la barra.

Se encontraban todos desnudos, con una máscara veneciana cubriéndoles la cara y haciéndole todo tipo de aberraciones a un grupo de chicas que, también desnudas y cubiertas con máscaras, se dejaban.

—El mismo tipo de máscaras que aparecieron junto a los cadáveres —recordé— ¿Qué les hacían a esas mujeres?

—Según me contó, esos hombres no dudaban en utilizar todo tipo de objetos y utensilios que el lugar había puesto a su alcance para denigrar y provocar aún más dolor en las muchachas. Tampoco se perdían la oportunidad de abusar de ellas en grupo y los que no, les hacían fiesta.

—¿Por qué piensas que la desaparición de tu hermana tiene algo que ver con esos científicos? –indagué.

—Le pregunté al mesero si en las últimas semanas habían armado una de esas fiestas y me reconoció que sí. Me contó que aquella última noche metieron a cuatro chicas en la sala, entre ellas una chica morena muy atractiva que no paraba de resistirse.

—Y crees que esa chica se podía tratar de tu hermana.

—¡Mmmta madre! No lo creo, lo sé. El mesero también me contó que aquel día solo participaron en la supuesta fiesta tres hombres que llegaron poco después que ellas. Españoles, según me dijo.

—Los científicos —supuso mi compañera.

—El dueño ordenó al mesero que los drogara metiéndoles algo en sus bebidas, a pesar de que los tres iban ya bebidos y sobre todo uno, se encontraba bastante pedo. Después, cuando la droga comenzó a hacerles efecto, los metieron dentro de la sala secreta.

—¿Qué ocurrió allí dentro?

—Pasaron un par de horas desde que cerraron las puertas, cuando el mesero comenzó a escuchar los alaridos y sollozos de los hombres.

Poco después, ellos salieron de allí descompuestos y acompañados por el jefe y al rato el personal de seguridad sacó a la calle a tres de las chicas, que seguían amarradas y no paraban de llorar.

Las metieron en una de las camionetas y se fueron a toda velocidad. Nunca volvió a verlas.

—¿Qué pasó con la cuarta chica? La que piensas que podía ser tu hermana.

—Salió poco después que el resto. Pero ya no se resistía…

tampoco se movía, ni siquiera respiraba.

Uno de los guarros la llevaba sobre uno de sus hombros.

Sus brazos y piernas colgaban como cuerdas.

Fue en ese momento cuando el mesero reparó en que la chica tenía un tatuaje igualito al mío en uno de sus brazos.

Mi hermana murió allí dentro a manos de esos tres cabrones.

Fue entonces cuando yo recordé lo que nos había contado el anciano acerca del video donde había quedado grabada la violación y el asesinato de su hermana, certificando así el relato de Lupe.

—¿Cómo diste con el señor Ángel? —pregunté—. ¿Y por qué sabías que él te podría dar el nombre de los científicos?

—Amenacé al mesero con pegarle un tiro allí mismo si no me daba algún nombre.

Me aseguró que no podía decir nada de sus jefes, porque lo matarían a él y al resto de su familia, pero me dijo que había un ruco gachupin, un compatriota de ustedes, que tenía amistad con el dueño del local y que era quien solía traer a los clientes de esas fiestas.

Me costó mucho averiguar su nombre y aún más dar con él, ya que había regresado a España.

Cuando por fin lo localicé más de un año después en esa residencia tuve que esperar un tiempo a que se recuperase del todo.

—¿Qué pasó entonces?

—Fui a visitarle y le conté la historia que me había traído hasta aquí y quién era mi hermana.

Le dije que si no me daba el nombre de esos tres científicos, iría directamente a matar a su familia.

Para darle más fuerza a mi amenaza, le enseñé unas fotos que había tomado de su hija y de sus nietas mientras jugaban en un parque y eso pareció convencerle de que estaba dispuesta a todo.

—Y fue entonces cuando te dio esos nombres.

—Al principio se resistió. Me dijo que en cuanto esos científicos aparecieran muertos, él y su familia también lo estarían, ya que la gente que estaba detrás de todo esto sabía que la única persona a este lado del charco que conocía la relación entre esos tres hombres era él.

Los mexicanos no permiten fisuras y no tardarían en saber quién había hablado más de la cuenta.

Desde luego les tenía más miedo a ellos que a mí.

—¿Entonces cómo le convenciste?

—Fue más bien al revés. Él me convenció para hacer las cosas a su manera. Me ofreció una alternativa por la cual me acabaría dando esos nombres, pero su familia quedaría a salvo de cualquier tipo de represalia.

—Una especie de pacto —deduje.

—Él me aseguró que esos científicos serían ajusticiados tal y como yo quería, pero me pidió algo de tiempo y que yo dejase que se encargara él.

Por ese motivo, después de un tiempo fingiendo su supuesta enfermedad, le contó todo a la novia del periodista a sabiendas de que él no se resistiría a investigar y contrastar la noticia.

—Menudo cabrón el Angelito… —masculló Gris.

—Que los del cartel se acabaran enterando solo era cuestión de tiempo. Después ellos mandarían a su gente para que silenciasen al periodista y a continuación acabaran con los tres científicos, ya que representaban los cabos sueltos que quedaban en esa historia.

—Pero al final los sicarios también irían a silenciar al anciano —razoné.

—Bueno, era probable, pero creo que ese viejo cabrón sabía que si era lo bastante convincente con su enfermedad, ellos lo dejarían vivo.

¿Para qué arriesgarse a una muerte que los pudiera relacionar con sus jefes cuando ese pinche viejito tenía el cerebro frito y había hablado de más sin darse cuenta de lo que decía?

—En cualquier caso, al tragarse su engaño, como mucho lo hubieran matado a él, no creo que hubieran tomado represalias contra su familia. De ese modo los protegía —completé.

—Entonces son los narcos mexicanos quienes están detrás de las muertes de los científicos —supuso Griselda.

—Me temo que no. A pesar de que yo le había prometido que les dejaría hacer, en realidad no tenía pensado permitir que fueran otros quienes vengaran la muerte de mi hermana —desveló ella—.

En cuanto me dio los nombres, una vez le contó todo a la novia del periodista, me adelanté a la llegada de los narcos y los secuestré.

—¿Por qué secuestrarlos? ¿Por qué no matarles sin más?

—El haberlos asesinado a sangre fría solo hubiera supuesto un alivio para ellos. Quería que sufrieran y que sus últimos días pensaran en que el infierno por el que estaban pasando había sido por culpa de lo que le hicieron a mi hermana.