CAPÍTULO 36
Jefatura Superior de Policía Nacional de Madrid
Sección de Régimen Disciplinario
—De acuerdo, paremos aquí un momento —me cortó Hernández mientras se masajeaba las sienes con los ojos cerrados—. No sé a dónde quiere llegar, pero si se piensa que vamos a seguir aquí sentados, cruzados de brazos mientras usted nos suelta un cuento chino acerca de… ¿Pero qué hace?
—Ya se lo dije, cada vez que usted me interrumpa voy a aprovechar para fumarme un cigarro, y le advierto que en esta cajetilla aún me quedan ocho.
—Lo que mi compañero quiere decir es que nos cuesta comprender la relación que puedan tener con la investigación que nos ocupa, hechos tan dispares como pueden ser el incendio que devastó el edificio Windsor, la desaparición de mujeres en Ciudad de Juárez o el club Bilderberg, solo por citar algunos de ellos —intervino por primera vez Fernández, en tono conciliador.
—Eso es lo que estoy intentando explicarles, si me dejan —aclaré dando la primera calada—.
Entiendo que les pueda sonar raro que todos esos sucesos puedan guardar relación con el caso, pero les pido un poco de paciencia.
Les aseguro que para cuando llegue al final de mi relato, lo comprenderán.
Del mismo modo que les advierto que algunas de las partes de esta historia les van a resultar cuando menos inverosímiles.
—Inverosímiles dice… —masculló Hernández con veneno—. ¿Quiere que le diga lo que pienso en realidad sobre todo este teatrillo?
—Adelante.
—Pues bien, creo que usted solo está relatando una sucesión de ideas absurdas para evitar contestar o enfrentarse a todas las cuestiones que le vamos a plantear una vez termine con su declaración.
Ignoro si con el fin de desviar nuestra atención o en un vano intento de simular enajenación transitoria.
—”Y aquellos que fueron vistos bailando, fueron considerados como locos por quienes no podían escuchar la música”.
—Perdón, ¿cómo dice? —se interesó Fernández.
—Es una frase que se atribuye a Nietzsche y que leí en un libro, “El asesino de mariposas” de cuyo autor no recuerdo el nombre.
El caso es que esa frase resume a la perfección lo que ahora les sucede a ustedes.
Entiendo que es imposible que tomen como real lo que les estoy contando, pero llegará un momento en el que ustedes también serán capaces de escuchar esa maldita música y ya nunca volverán a ser los mismos.
Algo dentro de ustedes, al comprender cómo funciona en realidad este maldito mundo, cambiará para siempre.
—Bueno, ¡basta ya de chorradas! —golpeó Hernández la mesa en busca de un gesto que no logró el efecto intimidatorio deseado.
—Tenga cuidado, se puede hacer daño.
—Los hechos que sucedieron esas semanas son demasiado graves como para que toleremos esta serie de fábulas absurdas. Le recuerdo que en el transcurso de su investigación fueron asesinadas cinco personas en terribles circunstancias y un miembro de su equipo ha desaparecido sin dejar rastro.
—No hace falta que me recuerde nada —repliqué aplastando el cigarrillo contra la superficie metálica de la mesa—. Yo estaba allí cuando pasó todo.
—Pues bien, quiero que se deje de fantasías y nos diga la verdad. Para empezar háblenos acerca de lo que le sucedió a esa persona de su equipo.
—Todo a su debido tiempo.
—Insisto en que…
—Y yo insisto en que pienso seguir con el orden del relato.
No se preocupen porque al final encontrarán una explicación a todo lo que ahora se plantean.
Pero les advierto que mi paciencia tiene un límite y si me vuelven a interrumpir, esta vez me encenderé el cigarrillo pero fuera de esta sala y todas esas preguntas se quedarán sin respuesta.
¿Ha quedado lo suficientemente claro? —reté con la mirada a mis inquisidores .