CAPÍTULO 35
El anciano sabía que su discurso podría parecer increíble en muchos aspectos, así que decidió jugar una carta con la que convencernos de la magnitud de la tormenta a la que nos estábamos enfrentando.
—Hagamos una cosa —comenzó el viejo removiéndose en su silla tras quedarse mirando a mi compañera—, permítanme que les proponga un pequeño juego.
—¿Cómo dice? —pregunté con la sospecha de que en realidad aquel anciano no estuviese en pleno uso de sus facultades.
—En seguida comprenderán el objetivo. Solo les robaré un par de minutos, eso es todo.
—De acuerdo —accedí cruzando los brazos—, juguemos.
—Piense un número entre el 1 y el 10.
—Esto es una payasada —murmuró Griselda al escuchar la petición del anciano.
—Ya está —desvelé.
—Multiplique ese número por 9.
—Ya.
—Muy bien, ahora sume los dígitos de la cifra que haya conseguido entre sí. Por ejemplo 67, 6 sumado a 7 le dará 13.
—Hecho.
—Réstele 5 a la cifra que haya obtenido y recuerde el número que ha resultado de esa resta.
—De acuerdo.
—Ya estamos acabando —desveló el anciano ante la impaciencia que mostraba mi compañera con sonoros bufidos después de cada petición—.
Ahora asociaremos por orden cada letra del alfabeto a un número.
De ese modo a la A le corresponderá el 1, a la letra B el 2, a la C el número 3…
así sucesivamente. Cuando llegue a su número recuerde la letra que le corresponde y piense en un país que comience con esa letra. ¿Lo tiene?
—Creo que sí.
—Y ahora piense en un animal cuyo nombre comience con la segunda letra de ese país y cuando lo tenga, piense en el color de ese animal.
—Lo tengo —contesté.
—Gracias por prestarse a participar en este pequeño juego mental, pero siento decirle que nunca hubo iguanas verdes en Dinamarca.
—¿Cómo…?
—Es un simple acertijo por el cual quien lo realiza va dirigiendo las respuestas de la persona que se presta a participar.
Siempre se obtiene una letra D y hay pocos países en el mundo que no sea Dinamarca que comience con esa letra, o al menos yo no los conozco.
Al igual que la mayoría de la gente conoce a muy pocos animales por no decir ninguno, a excepción de la iguana, cuyo nombre empiece por la letra i.
—¿A dónde quiere llegar con esto? —interrogué al sentir que se me escapaba la moraleja del juego.
—Esa gente, la cúpula de poderosos de las que les he hablado, nos da una falsa sensación de libertad al darnos a elegir a quién votamos, al igual que yo, tras una serie de pasos, le he hecho albergar la falsa sensación de libre albedrío para pensar en un país o en un animal cualquiera.
—Pero eso era un juego infantil y usted nos está hablando de dominar el mundo —repliqué.
—Les repito que ellos, mediante el control de los medios de comunicación, dirigen nuestro comportamiento y opiniones —insistió el anciano—.
Por medio de los telediarios, los periódicos y las radios, nos trasmiten solo las noticias que ellos quieren dar.
Dependiendo de la ideología de cada uno de nosotros, consumiremos determinados medios de comunicación, que serán quienes se encarguen de dirigir nuestra opinión acerca de personas o hechos concretos, dentro del supuesto criterio personal.
Lo mismo pasa con las páginas webs, redes sociales o canales de difusión.
—Me parece un poco maquiavélico la teoría del control de masas manipulando nuestras propias opiniones —reconocí mostrando poco convencimiento.
—No solo las opiniones. A través de esos medios ellos deciden qué debemos comer, qué música queremos escuchar o qué coche o teléfono móvil nos iremos a comprar. Para dirigir nuestro consumismo se sirven de cualquier estrategia. Publicidad subliminal, influencers, noticias virales…
—¿Qué más pueden hacer? —intervino Griselda con genuina curiosidad.
—Pueden decidir el comienzo de un conflicto bélico, el inicio de una crisis financiera o incluso la aparición de una pandemia o nuevas enfermedades.
—¿Para qué iban a querer que sucedieran todas esas cosas que acaba de enumerar usted? Todas y cada una afectan de forma negativa a ese consumo que pretenden controlar —alegó mi compañera.
—Por medio de las guerras controlas la producción de la industria armamentística a la vez que justificas la necesidad y el gasto de los distintos ejércitos.
En los países más potentes del mundo como son Estados Unidos, China o Rusia, ese gasto supera el de otros muchos sectores.
Eso sin contar con otros factores como sería intereses políticos, el control de materias primas o territorios.
No creo que sea necesario poner ejemplos, pero la historia moderna está salpicada de ellos: Oriente Medio, Ucrania, Palestina, Venezuela, Irán…
—¿Y las crisis económicas o las pandemias? —pregunté tomando el relevo.
—El origen de la palabra crisis está relacionado con el concepto de la oportunidad que se aparece ante un cambio.
Al destruir un tejido financiero te permite construir uno nuevo a tu antojo.
En cuanto a las pandemias o la aparición de nuevas enfermedades…
Resulta obvio que entre las oligarquías empresariales que controla esta gente figura el sector sanitario y las empresas farmacéuticas destinadas a la investigación y producción de medicamentos.
—Hay muchas cosas que no me cuadran —reconoció mi compañera—, pero entre ellas creo que lo que más me sorprende es que si según usted ese reducido grupo de hijos de puta controlan el mundo a nuestras espaldas, no se oculten para ello.
—Es que no necesitan esconderse. De hecho, a pesar de que a algunos no les pone cara nadie, otros son de sobra conocidos. Lo único que tienen que ocultar son sus verdaderas intenciones.
—Explíquese.
—A veces, la mejor forma de esconder algo es simular que no tienes ningún intención en ocultarlo —respondió el viejo con media sonrisa—.
Por ejemplo, el club Bilderberg del que les he hablado y del cual esa cúpula se vale para realizar algunos de esos movimientos: se reúnen una vez al año en algún hotel de lujo y aunque no sale en todas las noticias, no es ningún secreto.
—Así es.
—Pues bien, ¿saben en qué lugar recóndito del planeta se reunió el club Bilderberg para celebrar su reunión del 2024?
—Me suena Suiza o algo parecido… —me lancé.
—Se reunieron en Madrid. A escasos veinte kilómetros de donde nos encontramos, en el hotel Mirasierra, un lugar conocido por todo el mundo, ya que a veces se concentraba allí el Real Madrid —reveló el anciano—. ¿Recuerdan qué fechas eligieron para llevar a cabo esa reunión?
—La verdad es que no.
—El primer fin de semana de junio, fechas en las que casualmente se jugaba la final de la Champions League en la que participaba el Real Madrid y Taylor Swift daba un par de conciertos en el Santiago Bernabéu.
Las noticias hablaron del partido y de la cantante, pero apenas si dedicaron una breve referencia a la reunión en la que se decidió el rumbo del mundo para el año siguiente. Lo pueden comprobar si quieren.
—Puede que fuera casualidad —me resistí a dar por buena la teoría de la cortina de humo.
—Es una posibilidad, desde luego. Al igual que cabe la posibilidad de que una simple colilla mal apagada destruya un rascacielos con sistema antiincendios de treinta plantas o de que tres prestigiosos científicos a última hora decidan modificar por voluntad propia los resultados de un proyecto de cuyos resultados dependen empresas que se juegan miles de millones de euros.
—Bueno, pero al menos sabemos que…
—Ustedes no saben nada —negó el septuagenario de forma enérgica acompañando sus palabras con un movimiento de cabeza—. ¿Acaso sabe quiénes fueron las personas del club que acudieron a esa reunión? ¿O qué fue lo que discutieron?
—No tengo ni idea —tuve que reconocer.
—Claro que no, ¿y sabe por qué? Porque ellos no se lo permitieron.
Más de un centenar de políticos, banqueros, empresarios y dirigentes reunidos en un mismo lugar y apenas había una decena de periodistas relacionados con medios independientes, a los que nadie lee o escucha, apostados a la puerta del hotel para cubrir la noticia.
—Entonces cuéntenoslo usted —solicité.
—Tal y como les dije, tanto a nivel nacional como internacional, entre los participantes hay políticos de los dos principales bandos; de izquierdas y de derechas.
Así como los más importantes e influyentes banqueros, empresarios, presidentes de instituciones internacionales y directivos de medios de comunicación.
Allí acuden entre otros el presidente del Fondo Monetario Internacional, el presidente del Banco Central Europeo, el Secretario General de la OTAN y el presidente del Banco Mundial.
—Me parece increíble —reconocí.
—A nivel europeo, asisten altos miembros de la élite burocrática y del liderazgo político de la Unión Europea, quienes después elaboran las instrucciones de las directivas que finalmente se presentan en el Parlamento Europeo.
Un claro ejemplo es lo que ha sucedido con el glifosato.
Espero que ahora comprendan el poder de esa gente.
—¿Pero de qué hablan? ¿Qué es lo que discuten en esas reuniones? —se interesó mi compañera.
—Todo aquello que les pueda interesar, cualquier cuestión que les pueda beneficiar o cualquier circunstancia que en un futuro inmediato tenga capacidad para perjudicarles.
Los temas pueden ir desde el control sobre los conflictos de Ucrania, Palestina, Venezuela, Irán…
hasta las posibilidades que ofrece el despertar de la inteligencia artificial, por poner solo un par de ejemplos.
Es la cúspide del nuevo orden mundial, en el que a través de la riqueza, concentrada en manos de unos pocos, se ejerce el control del mundo.
—¿Pero cómo consiguen ejercer ese control mundial?
—Su plan es sencillo; globalizar. Fusionan corporaciones, empresas multinacionales, instituciones financieras y medios de comunicación.
De ese modo logran una toma del control general de la economía mundial.
Las fusiones de banca controlan la financiación de las industrias corporativas y a partir de ahí, ejercen su control sobre el resto.
—¿Y los gobiernos no toman medidas al respecto?
—Estas corporaciones globales tienen mucho más poder que cualquier gobierno del planeta.
Los políticos ya no gobiernan, los presidentes, congresistas o primeros ministros, no hacen otra cosa que lo que las personas que les han puesto en el poder les dicen que hagan.
Muchas veces se invita a ciertos políticos por primera vez como grupos de prueba, en los que se determina si las carreras políticas de esas personas avanzarán.
—Hay algo que sigue sin encajar en todo esto —dijo Gris tras refugiarse en un silencio que necesitó para digerir toda la información—.
Según lo que nos acaba de explicar, usted tendió una trampa a los científicos para que cambiaran sus informes, porque eso beneficiaba a los intereses económicos de esa gente.
—El empleo del glifosato mueve al año miles de millones solo en el territorio de la Unión Europea —recordó el anciano para reforzar la idea.
—De acuerdo, pero si gracias a la trampa que les tendieron sabían que estaban obligados a guardar silencio, ¿por qué decidieron acabar con las vidas de los científicos casi dos años después? No suponían ningún riesgo para esa gente.
—Las personas para las que yo trabajaba no son quienes están detrás de esos asesinatos.
La cúpula secreta de la que les he hablado no tiene nada que ver con eso.
Estoy convencido de que la persona responsable de que esos científicos hayan acabado muertos es quien vino hasta aquí y me amenazó para que le facilitara sus nombres.
—¿Cómo era él? ¿Era un hombre moreno, de mediana edad y con acento mexicano? —interrogó Griselda para ver si la descripción coincidía con la de nuestro supuesto asesino.
—¿Él? ¿Quién ha dicho que quien vino hasta aquí para amenazarme era un hombre?
—¿Cómo dice? —inquirió mi compañera—. ¿Quiere decir que se trataba de una mujer?
—Ya lo creo, y bastante atractiva, por cierto.
—Descríbala —ordenó Griselda.
—En lo único que han acertado es en el acento. La muchacha era mexicana, eso seguro.
—¿Está usted seguro de eso?
—Ya le he dicho que viví durante más de veinte años en ese país. Incluso me atrevería a decir que por el acento era norteña.
—¿Podría ser de Ciudad Juárez? —tanteé.
—No me extrañaría. Por lo que me dijo, era familiar de una de esas chicas que utilizábamos en las fiestas. Imagino que en concreto de la chica que murió a manos de esos científicos. Supongo que por eso tenía tanto interés en saber sus nombres.
—¿Qué más nos puede decir de ella?
—Muy guapa de cara, delgada, piel morena… ¡Ah, sí! Se me olvidaba. Me fije en un tatuaje que tenía cerca de una de sus muñecas.
—¿Qué clase de tatuaje? —interrogó Gris al tiempo que una oscura intuición se apoderaba de ella.
—Era una especie de lagartos entrelazados. Uno pintado de negro y el otro no.
—¿Podrían ser iguanas?
—Iguanas, sí. Eso eran. Qué curioso, ¿no ?