Dentro de la locura CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

—Eso es absurdo —negó Gris cuando el anciano hubo terminado el relato.

—Ya les dije que habría cosas de las que les iba a contar que no iban a creer que fueran posibles —recordó el septuagenario— y apenas saben nada.

—¿Nos está queriendo decir que las personas que le encargaron a usted que organizara una trampa a los científicos son también los responsables de que dos décadas antes se produjera ese incendio? —cuestioné con incredulidad.

—Pero hay algo que no entiendo —cortó Gris—. Si en esta ocasión obligaron a esos científicos a cambiar sus resultados, ¿por qué tenían que hacer desaparecer también los documentos tal y como hicieron en el Windsor?

—En los documentos que destruimos, al igual que sucedió la otra vez, se recogían todas las pruebas, procedimientos y análisis que los equipos realizaron durante meses.

Desde el inicio del proyecto hasta su fase más avanzada, poco antes de iniciar la fase final en México donde se debían de contrastar todos los datos.

Si esa información hubiese llegado a manos de la comisión de la Unión Europea, los expertos se habrían dado cuenta de que había algo anómalo entre el estudio y las conclusiones.

—¿Y el resto del personal que trabajó en los equipos de investigación no dijo nada? —objeté.

—Las pruebas y análisis estaban muy sectorizados.

Cada uno de esos trabajadores solo se ocupaba de una pequeña parcela de la investigación.

Únicamente los tres científicos jefe tenían acceso al resultado global de los resultados, así que resultaba difícil dictaminar una conclusión fidedigna con una sola de esas pruebas.

Además, aunque hubieran conseguido aglutinar todas sus conclusiones individuales, esa gente había firmado un contrato de confidencialidad.

—Solo por curiosidad, antes al referirse al episodio del Windsor ha dicho que ese delincuente les debía entregar dos carpetas —recordó Griselda—. Entiendo que una pertenecía al informe que correspondía a las conclusiones de los científicos acerca del glifosato, ¿pero qué contenía la otra carpeta?

—¿Ha oído la expresión de matar dos pájaros de un tiro? —contestó el anciano con una sonrisa infantil—. Bien, pues digamos que en la otra carpeta había documentación que de haber salido a la luz podría haber puesto en serios apuros a un buen amigo.

—Debía de tratarse de un amigo bastante importante —apuntó mi compañera con intención.

—Lo suficiente como para saber que en el futuro nos podría devolver el favor con creces.

—¿Un político?

El viejo, divertido con el juego, negó con la cabeza.

—Un banquero, pero como comprenderá me voy a reservar su nombre, ya que no tiene nada que ver con todo esto.

—Me cuesta creer que fuera usted quien encargase a ese criminal la destrucción del edificio —reconocí volviendo a nuestra investigación.

—Espero que entiendan que nada de eso se hizo por iniciativa mía.

Tanto en aquella ocasión, como en México, me limité a transmitir las órdenes recibidas —confesó el anciano repitiendo el gesto de frotarse las manos—.

Esas personas a las que durante años rendí pleitesía son los verdaderos dueños del tablero de juegos que para ellos representa este cochino mundo.

—¿Nos está queriendo decir que usted es un simple peón al servicio de los más poderosos?

—Se podría definir así, desde luego —admitió el anciano sin rubor.

—¿Hay más como usted? —se interesó Gris.

—¡Desde luego! —confirmó el hombre con la voz atragantada por una risa seca—.

En todos los países del planeta hay personas como yo; con muchos contactos, ambición, el suficiente poder y muy pocos escrúpulos.

Les hacemos el trabajo sucio para que ellos no se manchen las manos ni se vean involucrados en los temas digamos… más delicados.

—¿Y cómo es que nadie se ha percatado hasta ahora de su presencia? Me refiero a gente como usted al servicio de los más poderosos —pregunté con genuina curiosidad.

—Como comprenderán, por la naturaleza de nuestros “encargos”, procuramos mantenernos en el más absoluto anonimato, sin embargo hay casos excepcionales en los que algunos colegas se han visto condenados a una fama tan inesperada como contraproducente.

—¿Como por ejemplo?

—Supongo que les suena el nombre del Comisario Villarejo.

—No me lo puedo creer —admití.

—Hay demasiadas cosas que las personas corrientes no son capaces de admitir como posibles, pero les aseguro que sí que lo son.

—¿Pero quién es esa gente para la que usted trabaja? —insistió Griselda a medio camino entre la incredulidad y la duda.

El anciano pausó su discurso por un momento, sopesando las consecuencias que podrían traer su próxima revelación, hasta que se obligó a continuar.

—¿Han oído hablar del Club Bilderberg?

—Algo me suena —reconocí—. ¿No es ese grupo de ricachones que se reúnen una vez al año en algún hotel de lujo?

—Es mucho más que eso —advirtió el septuagenario—.

Se lo podría explicar de muchas maneras, pero a modo de resumen quédense con esto: son las personas que controlan el mundo.

A las reuniones acuden unos 130 miembros, de los cuales un centenar suelen ser fijos y el resto son invitados a conveniencia de sus intereses actuales; políticos, banqueros, empresarios, presidentes de medios de comunicación…

—No veo a un empresario o a un banquero ordenando el asesinato de cinco personas —se enrocó Gris.

—Miren, no lo tomen como un insulto o un menosprecio, pero creo que todo esto a ustedes se les queda demasiado grande como para comprender la magnitud del asunto.

En realidad no son ese centenar de personas influyentes las que están detrás de todo esto.

Por encima de ellos hay una reducida y exclusiva cúpula, apenas una decena de hombres, que controlan el rumbo del planeta a su antojo y con sus influencias se sirven de diversos organismos como el propio club Bilderberg, la Unión Europea o la OTAN, a los que utilizan como herramientas para manejar este cochino mundo según sus intereses.

—Suena demasiado conspiranoico como para ser verdad —objeté—. ¿Quiénes son esos hombres?

—No se lo puedo decir, porque ni yo mismo lo sé con certeza. En realidad puede que muy pocas personas lo sepan, pero seguro que alguno de los nombres que primero les venga a la mente, será uno de esos elegidos.

Mi cabeza de forma involuntaria encontró casi al instante a dos o tres posibles candidatos norteamericanos y un par de autócratas al frente de dictaduras extranjeras. La idea, muy a mi pesar, se me presentó de una forma tan real como siniestra.

—Esa gente es capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir sus objetivos —prosiguió el viejo con su exposición—, ya sea ordenar el robo de unos documentos a un ladrón profesional o destrozar la vida de tres científicos.

Les da igual si para ello tienen que prender fuego a un edificio entero o sacrificar la vida de unas pobres chicas.

—Ayúdenos a comprenderlo —solicité—. ¿Quiénes son en realidad esas personas? ¿Políticos? ¿Empresarios? ¿Dirigentes de la Unión Europea?

—Los políticos solo son marionetas que coloca esa gente a su gusto.

Da igual el partido político que sea, si llegan al poder es porque ellos así se lo han permitido y tanto unos como otros, partidos de izquierda o de derecha, nacionalistas o radicales, harán lo que ellos les digan o en la siguiente legislatura les moverán del sillón.

—¿Cómo se supone que van a conseguir eso? A los políticos los pone el pueblo, que es quien los vota.

Una vez más regresó al rostro del anciano aquella mirada casi lastimera ante la ingenuidad de mi comentario.

—Ellos, con su poderío financiero, controlan los medios de comunicación y por tanto la opinión de todos nosotros.

Esos medios en la mayoría de los países están aglutinados a lo sumo en un par de conglomerados empresariales.

De ese modo deciden qué noticia se debe dar, quién la debe comentar o a qué grupo social debe ir dirigida.

Si un dirigente político no es fiel a sus intereses, lo cambian por otro. Así de simple.

—Me parece que otorga a esa gente un poder irreal —protestó Griselda—. A mí nadie me dice lo que debo opinar o a quién quiero votar.

—¿Está usted completamente segura de eso? —inquirió el anciano con una sonrisa de superioridad . ​