Dentro de la locura CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

—Puede que no nos detecten al entrar, pero si la alarma de incendios se encuentra activa, a pesar de que utilicemos acelerantes, es posible que los bomberos lleguen a tiempo para sofocar el incendio.

Si se trata de un rascacielos intuyo que el edificio estará por el centro de la ciudad y el parque de bomberos más cercano no se encontrará lejos.

—Por eso tampoco deberá preocuparse. En la actualidad los bomberos están planteando un conflicto laboral que intuyo será prolongado y eso mermará algo su capacidad de reacción y efectivos.

Además le adelanto que la presión del agua en ese sector no será la adecuada para hacer frente a un incendio en altura. De eso también nos hemos ocupado.

Al escuchar aquel último detalle se volvió a preguntar qué clase de personas podían controlar la presión de agua en una ciudad y por un momento, ante el vértigo de la misión, estuvo tentado en rechazar el encargo.

—Parece que tienen todo pensado —comentó el sapo utilizando el plural con intención.

—Debido a nuestra posición no nos podemos permitir ningún tipo de fallo. Ni tampoco podemos permitirlo en las personas a las que confiamos alguna misión, espero que lo comprenda —amenazó de forma poco velada.

—Solo me queda una duda, si el incendio debe parecer un accidente y por la noche no queda nadie en el edificio, ¿no cree que el hecho de que no haya ningún tipo de explicación sobre su origen levantará sospechas?

—Como bien ha dicho usted antes, hemos contemplado todas las variables.

Alguien de nuestra confianza, una empleada de la consultora que trabaja en esa planta, será la última persona en salir.

Es fumadora, por lo que en un descuido fatal arrojará un cigarrillo mal apagado en la papelera justo antes de abandonar su puesto de trabajo, o al menos eso declarará.

Antes de eso, les dejará las carpetas que le he indicado sobre una mesa que nos deberá entregar al finalizar el trabajo y cuya localización dentro de las oficinas aparece marcada en uno de los planos que le acabo de entregar.

—Entiendo que nosotros deberemos iniciar el fuego allí para hacer verosímil la versión de la empleada, ¿pero nadie sospechará de ella? —interrogó el sapo con incredulidad.

—¿Qué motivo tendría una simple empleada de unas oficinas en destruir de manera intencionada un rascacielos?

Más si tenemos en cuenta que esa empleada es la responsable de riesgos laborales —descubrió el hombre con una amplia sonrisa mientras repetía el gesto de lavarse las manos—. Resulta irónico, ¿verdad?

—Es una forma de verlo —comentó el sapo con tono neutro.

—No se preocupe, seguiremos en contacto por si le surgen más dudas, pero hasta entonces creo que ya solo nos queda discutir el precio.

El criminal entonces trató de realizar un rápido cálculo mental que cubriera gastos y sueldos, compensara riesgos y les permitiera pasar una buena temporada ocultos en las sombras hasta que el temporal pasase.

Sabía que por las características del encargo podía solicitar un precio considerable, mucho mayor del que había pensado en un principio, pero tampoco podía pasarse.

Que esos hombres ostentaban un poder inimaginable, a la vez que les sobraba el dinero, era algo evidente.

Pero que fueran ricos no les convertía en estúpidos, todo lo contrario.

Si las exigencias económicas eran tan disparatadas como para suponer un insulto a su inteligencia, podría resultar peligroso y al sapo no le apetecía comprobar las consecuencias que podrían acarrear el hecho de tener al hombre que tenía delante como enemigo.

—Un millón de euros —dijo al fin—. La mitad ahora, la mitad a la entrega de los documentos con todo el trabajo hecho.

—De acuerdo, ya le dije que la cantidad no sería un problema.

Sin embargo, permítame modificar las condiciones de entrega.

Cuando el caballo le lleve de regreso hasta el lugar donde ha aparcado, mis hombres se encargarán de entregarle una tercera parte del dinero que nos ha solicitado.

El resto se lo pagaremos al finalizar el encargo.

El sapo fue a decir algo, pero el hombre no se lo permitió.

—Disculpe si por mi tono le he llevado al equívoco de que estas condiciones son discutibles, pero no se lo tome como una imposición, sino más bien como una práctica habitual en nuestra política de empresa —advirtió con una mirada similar a la de las serpientes cuando se disponen a atacar.

—De acuerdo, cuando tenga todo listo y estemos preparados me pondré en contacto con usted —aceptó el criminal a quien le sobraba experiencia para saber cuándo llegaba el momento de recular.

—No se preocupe, seremos nosotros los que contactaremos con usted. Buena suerte —se despidió dando una potente palmada en las cachas del caballo que montaba el ladrón profesional.

El animal, al comprender la orden, dio medio vuelta y comenzó con parsimonia su viaje de vuelta.

Cuando ya se había distanciado lo suficiente como para que la figura del misterioso hombre comenzara a difuminarse entre la niebla, su voz desde la lejanía le sorprendió a su espalda.

—Por un momento pensé que nos iba a preguntar quiénes somos o qué contienen esas dos carpetas que usted debe entregarnos —vociferó el hombre.

—Valoro demasiado mi vida como para atreverme a cometer ese error —respondió el sapo sin llegar a girarse.