CAPÍTULO 33
Inmediaciones del edificio Windsor. Madrid.
Los tres hombres se bajan de la furgoneta dejando dentro al conductor, quien les deberá esperar hasta su regreso.
—No se te ocurra moverte de aquí bajo ningún concepto —ordena, a la vez que amenaza, el jefe, a quien debido a sus ojos saltones y cabeza redondeada, todos conocen como el sapo.
—¿Y si viene la policía a preguntar qué hago aquí?
—No te preocupes, nadie vendrá a molestarte. Ellos ya se han encargado —responde el sapo abriendo el portón trasero del vehículo.
Es ya noche cerrada y en esa zona acotada por vallas de construcción no hay nadie que los observe.
Descargan todo el material que les queda y cargan a sus espaldas unas imponentes mochilas capaces de albergar las herramientas que van a necesitar, junto con una bombona de un gas inflamable de origen militar, que será el que desate el infierno.
Avanzan por el callejón que les separa de la mole de hormigón, cristal y hierro.
El jefe se toma un momento para contemplar el edificio que está a punto de destruir.
Alza la mirada hasta el oscuro cielo en busca de la cima, situada a 106 metros de altura.
Una montaña perfecta de 32 plantas revestidas por vidrio ocre, que con sus reflejos dorados envuelve de magia los atardeceres de Madrid.
En ese momento le invade un nostálgico romanticismo al sentir algo que se escapa fuera de toda lógica.
En su pecho se asoma un sentimiento parecido a la pena hacia aquella imponente edificación.
Le da lástima tener que destruir la torre y por un instante baraja la posibilidad de cumplir con su objetivo sin tener que destruir el edificio, pero el encargo está claro y él es un profesional.
El mejor. Además, sabe lo que les pasaría a él y a su equipo si no acatan las órdenes recibidas.
Esa gente no admite fallos. Esa gente no perdona el error ni la traición.
Su mente viaja entonces hacia el día en el que conoció a la persona que iba a encargarle el trabajo más arriesgado y complicado de su prolongada carrera delictiva.
Aquella mañana, de hacía ya tres meses, se había levantado una niebla tan densa que la luz del sol había quedado relegada a una especie de destello mortecino.
A pesar de la escasa visibilidad que le acompañó a lo largo del corto trayecto, no le costó llegar hasta el lugar indicado mediante coordenadas dictadas en un críptico mensaje.
Alejado ya del asfalto, un camino de tierra le condujo hasta un descampado a las afueras del madrileño pueblo del Álamo, situado en el sur de la provincia, a unos cuarenta kilómetros de la capital.
Allí le esperaban tres hombres trajeados, con aspecto de culturistas, junto a un caballo, un cajón transportador de equinos y un espectacular monovolumen con las lunas tintadas.
Por defecto profesional se fijó en que al vehículo le faltaban las placas de matrícula, las cuales habrían sido retiradas previamente por aquellos gorilas, para no dejar pistas de la identidad de su propietario.
—Monte al caballo —ordenó el hombre que tenía agarrado por las bridas al animal, después de que uno de sus compañeros cachease al criminal y dejase su teléfono móvil y el resto de objetos personales encima del capó.
—No sé a dónde me tengo que dirigir —expuso el sapo.
—No se preocupe por eso. El caballo sí.
Con trote pausado el animal comenzó a recorrer un camino de arena que atravesaba una enorme planicie de campos de cebada, hasta que diez minutos más tarde llegó a un solitario páramo.
En medio del desolado paisaje le esperaba otro hombre montado a caballo. El animal le condujo en silencio hasta él y cuando llegó a su altura, como si estuviera recibiendo unas órdenes inaudibles, se detuvo.
—Buenos días. La persona que nos ha puesto en contacto me ha asegurado que usted es el hombre adecuado para poder realizar el trabajo que tengo pensado —saludó el hombre con el que se había encontrado.
—En ese caso espero que no se haya equivocado. Pocas personas en el mundo se pueden permitir mis servicios, así que asumo que no será un encargo corriente —respondió el sapo en un perfecto castellano, salpicado por su inconfundible acento francés.
—Sé que estuvo en las fuerzas especiales del ejército de Francia y sé que ya ha realizado algunos trabajos de índole digamos…
especial —manifestó el hombre refiriéndose a la autoría del robo años atrás de 19 cuadros en la mansión de Esther Koplowitz, entre los que se encontraban obras de Sorolla, Juan Gris o el mismísimo Goya—.
Pero permítame advertirle que este trabajo va a ser muy diferente a todos los que haya podido realizar antes.
—No se preocupe por eso. Usted dígame de qué se trata y yo le diré cuánto le va a costar —contestó el ladrón con seguridad, a través de una sonrisa extraña que dejaba ver solo sus incisivos superiores.
—Tiene que recoger unos documentos que se encuentran en unas oficinas situadas en un rascacielos.
Le indicaremos el lugar exacto donde encontrará colocadas dos amplias carpetas, una de color verde y otra de color azul, que serán las que nos tendrá que entregar.
El edificio está custodiado, aunque nosotros haremos todo lo posible por facilitarle su labor.
Por un instante el sapo pensó en a quién se refería ese hombre al emplear el concepto “nosotros”, pero sabía que por su seguridad era mejor no indagar demasiado en esa cuestión.
Se tomó un momento para fijarse con algo más de detalle en la persona con la que estaba hablando; un cincuentón fornido, vestido de forma elegante con ropa caqui de caza y una gorra de lana con visera.
Bajo las mangas de su cazadora se asomaba en su muñeca izquierda un Patek Philippe.
Un reloj que el sapo, como buen amante de los lujos, calculó al reconocer el modelo que no le habría costado menos de cincuenta mil euros.
Una minucia comparada con el valor del purasangre sobre el que ese hombre estaba montado.
—No será ningún problema. Mi equipo y yo ya hemos entrado en edificios fuertemente custodiados —aseguró al recordar la ocasión en la que penetraron en una embajada en el corazón de París.
—Lo sé, también tenemos constancia de ello.
Sin embargo, esa no es la parte complicada del trabajo.
Después de recoger esos documentos, usted deberá provocar un incendio para no dejar patente la ausencia de esos papeles y para que a su vez el fuego destruya el resto de copias.
No debe quedar nada —ordenó el hombre con mirada sombría.
—¿Quiere que incendie toda la planta de oficinas? —indagó el sapo con extrañeza.
—No, queremos que queme todo el edificio —desveló el hombre con voz siniestra—. No debe quedar nada de él.
El criminal reparó entonces por primera vez en la magnitud del encargo y, por extensión, en la peligrosidad que supondría para él un fracaso en su objetivo.
—No será fácil, ni tampoco resultará barato —advirtió por primera vez con cautela.
—Por el precio no se preocupe, somos conscientes de la complejidad del asunto y estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo. Dígame qué es lo que necesita y se lo facilitaremos.
—Tendremos que emplear acelerantes para provocar un incendio de esa magnitud.
—Imposible, nadie deberá saber que el incendio ha sido provocado. Ni los bomberos, ni la policía científica deberán encontrar indicios de nuestro paso por allí.
—En ese caso tendré que emplear otro tipo de material, pero necesitaré tiempo. Tengo un contacto en Letonia que me podría conseguir un gas de uso militar, idóneo para nuestros intereses e indetectable para los perros adiestrados de la policía.
—¿Cuánto tiempo tardará en conseguirlo?
—Es difícil saber. Primero tengo que hablar con mi contacto —advirtió el sapo quien al mirar a los ojos de su interlocutor comprendió que no admitía divagaciones—. Dos, a lo sumo tres semanas.
—De acuerdo, esos plazos son asumibles —permitió el hombre mientras con un gesto involuntario se frotaba las manos como si se las estuviera lavando— ¿Qué más va a necesitar?
—Planos, tanto del edificio como de la planta a la que debemos entrar. Croquis general y plano de planta, proyecto arquitectónico, memorándum de materiales…
Sin decir nada, el hombre sacó de una de las alforjas que llevaba una gruesa carpeta que entregó al criminal con una turbia sonrisa.
—Aquí tiene toda la documentación que necesita, ¿algo más?
—Información detallada sobre el servicio de seguridad; número de vigilantes, turno de patrullas, cantidad y disposición de cámaras de vigilancia, características de las alarmas instaladas en el edificio…
—En esa carpeta que le he entregado va también ese tipo de información, pero permítame adelantarle que en el turno de noche no queda ningún empleado del edificio en su interior a excepción de cuatro vigilantes, de los cuales dos de ellos se sitúan en la entrada, uno en la sala de control y otro en teoría deambula por las plantas haciendo rondas, aunque la realidad es que la mayor parte del tiempo ese vigilante liberado se lo pasa en una salita que emplean para descansar.
—¿Cámaras? ¿Alarmas? —insistió el sapo.
—El servicio de cámaras se encuentra algo mermado gracias a unos convenientes trabajos de reformas que está sufriendo el edificio —desveló el hombre con una mueca que indicaba que aquellas obras no habían sido fruto de la casualidad—.
Es por ello que solo hay diez operativas, todas ellas enfocadas en la zona de entrada y perímetro del edificio.
Como le digo, todas se encuentran operativas, a excepción de la cámara que controla la entrada de servicio que da acceso a unos andamios colocados junto a una de las paredes del edificio.
—Que es ahí por donde deberemos entrar —comprendió el ladrón profesional.
—Del mismo modo, para que no interfiera en los complejos trabajos de remodelación diarios, el servicio de alarma se encuentra inhabilitado de forma temporal, permaneciendo solo activa la alarma de incendios. Como le he dicho, nos hemos encargado de facilitarle todo lo posible su labor.