Dentro de la locura CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

—Pero a alguien no le convenía los resultados a los que llegaron los científicos. Y por eso les tendieron una trampa —supuse.

—¿Quién le encargó tenderles una trampa a los científicos? ¿Quién podría estar interesado en que no se supiera la verdad? —quiso saber Gris.

—Muchos sectores, empresas e imperios económicos tenían interés en que el Glifosato se siguiera comercializando a nivel europeo, desde el sector agrícola a intereses empresariales de muy diversa índole: químico, farmacéutico… Aunque ellos no fueron los últimos responsables.

—De acuerdo, continúe —invité yo con urgencia.

—Antes de llegar a la EFSA, yo estuve durante casi dos décadas trabajando en México para una multinacional americana.

Me destinaron a Ciudad Juárez y a lo largo de esa época establecí numerosos contactos.

Algunos convenientes, otros menos aconsejables, pero todos útiles de algún modo.

Ciertas personas, al intuir que los resultados finales del estudio no serían beneficiosos para sus intereses, me encargaron que intentase modificar las conclusiones de los científicos, presionándoles de algún modo.

—Imagino que para conseguir que los científicos cambiaran sus resultados, usted se sirvió de alguno de esos contactos poco aconsejables que tenía en Ciudad Juárez —traté de encauzar el relato.

—Antes de continuar quiero que quede clara una cosa.

Les recuerdo que si les desvelo todo esto es porque poco me importa ya lo que me pase o lo que piensen de mí.

Prefiero morir aunque sea de forma violenta a seguir con esta pantomima y acabar mis días sin ningún tipo de estímulo, aferrado a una silla de ruedas.

Pero si les cuento todo lo que sé, es para que hagan lo necesario para proteger y apartar a mi familia de cualquier tipo de castigo.

Volvió a insistir el anciano en el único punto que se le antojaba vital.

—No se preocupe, nos encargaremos de su protección, tiene mi palabra —prometí—. Nos hablaba de la trampa que encargó a uno de sus contactos para poder manipular la decisión de esos científicos.

—Cierto… El tema era simple. Los científicos tenían que cambiar su informe, pero yo conocía a Isidoro e intuía que los otros dos serían igual de meapilas. Eran hombres de ciencia, cuyos estudios reflejan su prestigio. Jamás dejarían tentarse por el dinero, sin embargo…

—Les podían obligar a ello —imaginó mi compañera.

—Podíamos y lo hicimos. Yo conocía a un hombre cuyos negocios turbios incluían la prostitución, el tráfico de armas y la trata de mujeres.

—Qué encanto —masculló Gris.

—Mi amigo consiguió que los tres científicos acudieran a una fiesta privada donde había mujeres retenidas contra su voluntad, aunque ellos eso no lo sabían, ya que les convencieron de que acudían a una especie de bacanal.

—¿Pero los científicos no se conocían entre sí? —quise saber.

—No en persona. Y las comunicaciones entre ellos durante el tiempo que estuvieron en México se limitaron a unos cuantos correos electrónicos que fiscalizaba la propia EFSA.

Les recuerdo que sus resultados debían ser independientes entre sí para garantizar la total objetividad del proceso.

Además aquella noche llevaban los rostros cubiertos con máscaras que les impedían reconocer a la persona que tuvieran al lado.

—Entiendo… —asentí—. ¿Qué fue lo que pasó en aquella fiesta?

—Una vez allí, a través de las bebidas les suministraron diversas drogas que mermaron su voluntad.

Les colocaron unas máscaras venecianas y les invitaron a que hicieran cualquier cosa que les apeteciera a las chicas que tenían delante.

Se creyeron que formaban parte de una orgía, ya que las chicas también llevaban tapados sus rostros con máscaras, salvo que a estas, esas máscaras les cubría la mordaza que les habían colocado en la boca, la cual les impedía hablar o pronunciar la supuesta palabra de seguridad.

—¿Pero las chicas no se quitaron la máscara ni la mordaza en ningún momento? —preguntó Griselda.

—No podían, estaban amenazadas de muerte si lo hacían.

Debían dejarse hacer lo que les apeteciera a los tres hombres que tenían delante si querían seguir con vida.

Sin embargo, una de ellas, sin duda la más atractiva, se resistió.

Los científicos lo tomaron como una especie de juego en el que los retaba y eso les encendió aún más.

Dos de ellos la sujetaron por los brazos mientras el tercero comenzó a violarla.

Cuando acabó, los otros dos se turnaron e hicieron lo mismo, llegando además a introducirle toda clase de objetos que pusimos a su alcance.

La cosa se les fue de las manos y el último científico, como acto final de su clímax, comenzó a asfixiar a la chica agarrándola con fuerza por el cuello.

Debido a la mordaza, ella solo podía emitir gemidos que lo excitaron aún más. Cuando acabó, la chica ya no respiraba.

—¡Pero qué hijos de puta! —exclamó con rabia mi compañera, apretando los puños.

—Los hombres tardaron unos segundos en descubrir qué era lo que en realidad había sucedido y al retirarle la máscara descubrieron que era imposible que les hubiese dicho la palabra de seguridad que según los organizadores emplearían las chicas si querían parar.

—La trampa os salió mejor de lo previsto —comprendí.

—Mi amigo grabó con cámaras ocultas toda la escena, incluida la parte en la que los hombres, horrorizados, se quitaban las máscaras al percatarse de lo que habían hecho.

Después de eso, fue sencillo manipularlos a nuestro antojo.

Se les ordenó que cambiaran los resultados finales de su estudio y tras el informe de la comisión de investigación, se autorizó el uso del glifosato en los países de la Unión Europea por diez años más.

—Me resulta todo repugnante —escupió Griselda con rabia.

—¿Pero qué hay de los informes previos? —me interesé— Quiero decir que esos tres científicos llevaron a cabo el estudio final, pero según nos ha contado usted, ellos estaban a cargo de unos equipos de trabajo que realizaron un trabajo de investigación anterior.

—Esos informes previos no eran concluyentes. Estaban vinculados a los resultados finales y se archivaron a la espera de lo que arrojase el informe final, pero ya daban indicios de lo que en realidad se acabaría descubriendo en México.

—Pero entonces, si alguien recuperase esos informes iniciales, podrían llegar a las mismas conclusiones a las que llegaron los tres científicos asesinados acerca de la peligrosidad del uso del glifosato y de ese modo descubrir la verdad —supuse.

—No, no podrían —contestó el anciano con una sonrisa torcida.

—¿Se puede saber por qué?

—Porque todos los informes fueron destruidos.

—¿Destruidos? ¿Cómo?

—Aquí llega una de esas partes en las que les he advertido que les costará asimilar la verdad.

—Pruebe. A estas alturas del cuento le aseguro que dudo que haya algo que nos sorprenda —animé al viejo.

—Me ahorraré unos cuantos detalles que no tienen la mayor relevancia, pero baste que les explique que la concesión del empleo del glifosato en Europa es una prórroga del permiso inicial y no es la primera vez que se solicita este tipo de informes.

Por desgracia en el pasado ya nos vimos obligados a hacer algo similar.

Hablo de destruir documentos comprometidos.

¿Recuerdan el terrible incendio que hace unos veinte años devoró un rascacielos en pleno corazón de Madrid?

—¿Se refiere a la torre Windsor? —interrogué extrañado ante el cambio de rumbo.

—¿Sabían que en la planta donde se inició el incendio que arrasó aquella torre, se encontraban las oficinas de Consultech?

Empresa auditora que casualmente custodiaba los primeros estudios encargados por la Unión Europea acerca del glifosato, los cuales se perdieron tras el incendio poco antes de que el organismo europeo decidiera prolongar el plazo del uso del herbicida en nuestro continente.

—¿Nos está queriendo decir que ese incendio fue provocado?

El anciano no contestó con palabras, pero sí con una mueca siniestra que se dibujó en su rostro.