CAPÍTULO 32
—Antes de nada, me gustaría que me dijera cómo lo ha averiguado —me solicitó el hombre nada más cerré la puerta a mi espalda.
En solo un par de segundos el anciano, desde la limitación con la que le castigaba su silla de ruedas, había mutado en una persona diferente.
La mirada acuosa del septuagenario se había transformado en un par de ojos de halcón con los que fijaba toda su atención en las presas que ahora tenía delante.
Las palabras inconexas y arrastradas que hasta entonces había emitido, habían dado paso a un lenguaje y tono propios de los que están habituados a dar órdenes y no aceptan excusas ante el error.
Incluso su postura corporal había variado.
La barbilla elevada, los hombros alineados y una frente erguida para encarar cualquier mirada que se le cruzase.
Como en un truco de magia, en solo un par de segundos se había despojado de su roñosa capa de debilidad, abandonando un personaje pusilánime, para vestirse con un ostentoso traje de arrogancia y actitud desafiante.
—No lo sabía… hasta este instante —dije—. Al verle era una posibilidad que había barajado, incentivada por su desliz de hace un momento, pero si le soy sincero no tenía claro si mi intuición era correcta.
—Hasta ahora, gracias al maldito ictus, había sido lo bastante convincente como para engañar a todo aquel que me rodeaba, ya fuesen los empleados de este lujoso agujero, los viejos con los que comparto espacio o incluso la poca familia que se digna en venir a verme.
Es usted el primero que se da cuenta —reconoció.
—Ha representado un papel bastante bueno, pero mi padre padeció Alzheimer y el proceso por el que su cabeza se fue apagando resultó tan doloroso como lento y prolongado. Por eso me extrañó que usted sufriera un deterioro tan agudo en tan poco tiempo.
—Tuve que acelerar el engaño. El ictus me ayudó a que los médicos encontrasen una justificación plausible en la rapidez con que avanzó la enfermedad y conseguí engañar hasta a los geriatras, pero me ha pillado un simple policía. Qué se le va a hacer… —admitió encogiéndose de hombros.
—De acuerdo, ahora háblenos de lo que pasó en México.
—He cometido un error de principiante y me han descubierto, pero una vez salgan de esta habitación yo volveré fingir estar en mi mundo y nadie les creerá. No pienso contarles una mierda —me desafió el anciano con dureza.
—Yo creo que sí —contraataqué—. Lo que le he dicho hace un momento no es ningún farol.
Si nos vamos de aquí sin respuestas, pienso hacer todo lo posible para simular que usted ha colaborado con la policía.
La noticia no tardará en llegar a oídos mexicanos y esa gente no dudará en acabar con usted y con toda su familia.
—No se atreverá, usted es policía y nuestras muertes pesarían demasiado sobre su conciencia —lanzó el viejo escudriñando mi mirada.
—Admito que es una solución drástica y arriesgada, pero llegados a este punto estoy dispuesto a afrontar ese riesgo y hacer lo que sea necesario con tal de detener a los culpables de esos asesinatos y acabar con la posibilidad de que haya más muertes.
No me ponga a prueba —aseguré con toda la determinación que fui capaz de atesorar.
El viejo, como en una partida de póker, me observó durante unos segundos interminables en silencio, mientras decidía si yo estaba lo bastante desesperado o decidido como para venderle a los sicarios. Al final tomó una decisión que verbalizó con una simple frase.
—De acuerdo, díganme qué es lo que quieren saber.
—En primer lugar háblenos de…
Me obligué a dejar mi frase a medias al escuchar cómo se entreabría la puerta de la habitación a mi espalda.
—¿Todo bien por aquí? —se interesó la directora asomando medio cuerpo por debajo del dintel.
—Sí, el señor Ángel me temo que no se encuentra en condiciones de contestar a ninguna de nuestras preguntas, pero cuando nos disponíamos a marchar, nos ha pedido que nos quedemos un rato más haciéndole compañía. Por lo visto le recordamos a sus hijos —mentí con una bonita sonrisa.
—¿Es así, Ángel? —quiso saber la mujer algo escamada.
—No quieren cortarme el pelo, pero me gusta que estén aquí los chicos. Déjales que se queden un rato, Julia.
—Julia era su mujer —aclaró la directora—. Como quieras, pero no les entretengas mucho tiempo que estas personas son gente ocupada que tiene que seguir trabajando.
—No se preocupe por eso. Por hoy ya hemos acabado con todas las gestiones que teníamos programadas. Si no tiene inconveniente nos quedaremos un rato haciéndole compañía. Le prometo que nos iremos antes de la cena.
—Bueno… si es lo que quieren —permitió dubitativa la regente—. Estarás bien Ángel?
—Sí, vete ya. Y tráeme una cajetilla de tabaco cuando subas —siguió representando el anciano su papel.
—Fumar no es bueno para la salud, Ángel —se despidió divertida antes de cerrar.
—Maldita estúpida —masculló el anciano una vez nos quedamos de nuevo a solas—.
No estoy tan mal como hago ver, pero tampoco creo que me quede mucha vida, si es que a esto se le puede llamar vida.
Estoy harto, viejo y cansado de todo esto y ya poco me importa lo que me pueda pasar a mí.
Pero antes de nada, si quieren que les cuente todo lo que sé, quiero que garanticen la seguridad de mi familia.
—Si colabora, su familia estará a salvo, se lo prometo —aseguré con gesto serio.
—Por su bien, espero que cumpla con su palabra —aceptó con tono de amenaza— ¿Qué es lo que quieren saber exactamente?
—Lo primero de todo quiero que me confirme punto por punto la idea que he desarrollado o si hay algo que no sucedió tal y como me he imaginado.
—Hace unos meses recibí la visita de alguien a quien no había visto en mi vida.
Como usted bien ha adivinado, me dijo que había tres científicos que quería eliminar, de los cuales, debido a la naturaleza altamente secreta que adquirió el proyecto en el que trabajaron, apenas media docena de personas sabían los tres nombres. Entre ellas, yo.
—Espere, vayamos por partes —solicitó Griselda—. Esos tres científicos guardaban relación con un proyecto que usted como director de la EFSA fue uno de los encargados en desarrollar, ¿cierto?
—Así es. Uno de ellos, Isidoro Laínez, trabajaba en mi empresa. Una eminencia en su campo pero un tipo demasiado soso como para que me cayera bien. Los otros dos no los conocía más allá de saber quiénes eran y para quién trabajaban.
—Esos dos científicos, empleados de Consultech y la ECHA, fueron los designados por sus respectivas empresas, junto con el señor Laínez, para desarrollar ese proyecto de manera conjunta —recordé—.
¿Qué nos puede decir del proyecto? ¿Por qué tanto secretismo?
¿Y por qué ha dejado un rastro de muertes a su paso?
El anciano, ante mi batería de preguntas, me miró de forma condescendiente, como el padre que trata de explicar a su hijo pequeño, de una forma simple para que él lo entienda, el milagro de la vida.
—Miren, lo que estoy a punto de contarles traspasa todo lo que hasta ahora ustedes entienden como normal o posible —advirtió—. Habrá explicaciones de las que duden y cuestiones que ni siquiera se hayan planteado, pero les aseguro que todo lo que les voy a contar es cierto.
—Empecemos por el principio. Háblenos de ese proyecto —acoté—. ¿Tiene relación con el glifosato?
—¡Vaya!, por lo visto han hecho los deberes. Mejor, eso me ahorra unas cuantas explicaciones. Basta entonces que les diga que es un compuesto que se utiliza como herbicida en los campos de medio mundo, Europa incluida.
—Eso ya lo sabemos, ¿pero a qué viene tanto misterio? —insistí.
—La Unión Europea, ante los rumores basados en distintos estudios que aseguraban que ese maldito compuesto podía provocar cáncer, nos encargó un exhaustivo y discreto informe al respecto.
Los resultados finales debían ser comunicados a una comisión investigadora, que sería quien decidiría sobre su utilización o veto en territorio europeo por los próximos diez años.
—Diez años… —repitió Griselda a media voz.
—Cada organismo al que asignaron el estudio, tanto nosotros, como Consultech y la ECHA, debía nombrar un equipo de trabajo, con un científico destacado en su campo a la cabeza.
Al final, debido a la complejidad del proceso y la discreción exigida por la Comisión Europea, se decidió de común acuerdo entre todas las partes, que la fase final del estudio estuviese desarrollada únicamente por los tres jefes de proyecto, quienes expondrían sus resultados ante la citada comisión investigadora.
—Entiendo que esa fase final del estudio a la que se refiere y en la que solo participaron los tres científicos asesinados, se realizó en México.
—Así es.
—¿Por qué tan lejos?
—El organismo europeo nos reclamaba la máxima discreción y cautela, tanto en el proceso, como en el resultado final. Pensamos que no habría nada mejor que desarrollar el estudio en el extranjero en busca de distancia e independencia.
—¿Qué pasó en México? Esos hombres regresaron de allí como si fuesen otras personas.
—Les tendimos una trampa —confesó el anciano sin más.
—Explíquese —solicité ante la repentina parquedad mostrada.
—Es muy simple. Como cabía esperar, tras casi dos meses de experimentos, estudios y pruebas sobre el terreno, los tres científicos llegaron al mismo tipo de conclusiones.
—El glifosato provoca cáncer —asumió Griselda.
—Bueno, hay muchas cuestiones técnicas y matices científicos, pero si lo que me pide es un resultado genérico… sí, ese maldito compuesto puede llegar a ser altamente perjudicial para la salud de las personas.
—¿Los resultados de ese estudio eran vinculantes? —indagué—. Quiero decir si la normativa europea asumiría como de obligado cumplimiento lo que arrojase las conclusiones de los científicos.
—No eran vinculantes, pero la decisión final adoptada por la Comisión Europea estaría fundamentada en lo que le dijera la comisión de investigación que había encargado el estudio.