CAPÍTULO 31
Tras contarle a Corcobado todo lo que había descubierto Mirta con respecto al anciano de la residencia donde trabajaba la enfermera asesinada, nos dio luz verde para que fuéramos a hablar con él.
El hecho de que un septuagenario con Alzheimer fuese por el momento nuestra única esperanza de avanzar en la investigación no le hacía demasiada gracia, pero estaba dispuesto a agarrarse a ese clavo ardiendo ante la falta de otras vías.
Mientras a Gris y a mí nos mandaba a sacar alguna pepita de oro de entre las piedras del río geriatría, ordenó al equipo de Anselmo que se pusiera tras el rastro de Lupe de manera exclusiva.
Visionado de cámaras, entrevistas con vecinos y cualquier otra gestión que pudiera conducir a averiguar el paradero de la chica antes de que fuera demasiado tarde.
Para Morales y Mirta reservó la labor de acudir a la vivienda donde había estado nuestra testigo en busca de cualquier indicio o prueba que pudiera aclarar lo que había ocurrido, incluyendo un pequeño interrogatorio sobre lo sucedido a los compañeros que custodiaban el piso.
En cuanto a nosotros, Corcobado como penitencia nos impuso la obligación de traer resultados con los que aplacar tanto el mal sabor de boca que le habíamos dejado como la presión asfixiante de los jefes.
La residencia se encontraba en una exclusiva zona de Majadahonda, que se maquillaba con zonas verdes ajardinadas y se perfumaba con el olor a césped recién cortado.
Las mansiones, levantadas dentro de inmensas parcelas que se ocultaban tras gruesos muros de piedra, estaban protegidas por un exclusivo y escrupuloso servicio de seguridad privada.
Una guardia pretoriana conformada por uniformados adictos al gimnasio y a los anabolizantes que mostraban una amplia sonrisa a los conocidos, pero que no dudaban en enseñar los dientes a las personas que a su juicio no debían de estar allí.
A buen seguro Griselda y yo, circulando con un viejo vehículo policial camuflado de pintura desconchada y chapa abollada, hubiésemos entrado dentro de esa segunda categoría de no ser por las placas que mostramos al vigilante de la garita de seguridad que se encontraba a las puertas del paraíso.
Tardamos un par de minutos en llegar a la residencia y otros quince más, tras una protocolaria entrevista con la directora, en entrar en la habitación del hombre que habíamos ido a buscar.
Recordando la fotografía que Mirta nos había mostrado del anciano en la época en la que presidía una institución europea, aquel sucedáneo avejentado que ahora teníamos enfrente apenas si mostraba ya visos de la autoridad y gallardía que se intuía que el pobre hombre había atesorado antaño.
Un viejo roble que en apariencia comenzaba a ser devorado por la carcoma del paso del tiempo. Enredado en una encorvada postura sobre la que su frágil cuerpo descansaba en la silla de ruedas, contemplaba en silencio la pequeña porción del mundo que se mostraba al otro lado de la ventana.
—Ángel, estas personas son policías y han venido a verte —comenzó la directora anunciando nuestra presencia.
Los audífonos colocados en las orejas del residente explicaron el elevado tono de voz empleado por la regente al dirigirse hacia el aludido, pero o bien estaban desconectados o la desviada atención del anciano no fue tentada lo suficiente, porque ni siquiera hizo el amago de girarse hacia nosotros.
—¿Ángel? —repitió la directora encarándose al septuagenario.
—Me tenéis que cortar el pelo. Lo llevo ya muy largo —contestó el anciano ajeno a la visita.
—Luego te pido cita en la peluquería del centro, no te preocupes. Ahora tienes que hablar con unos señores que son policías. Han venido hasta aquí a verte y te quieren hacer unas preguntas.
El anciano nos contempló como si fuésemos un par de objetos decorativos que no deberían estar allí. Apenas si nos dedicó una breve mirada antes de volver a fijar su vista al otro lado de la ventana.
—Ángel es importante que hables con ellos —insistió la mujer—. He hablado con tus familiares y han dado el permiso para que te puedan hacer unas cuantas preguntas de cuando estuviste en México. Te acuerdas de cuando estuviste allí trabajando, ¿verdad?
—Ya le he dicho a Julia que como vuelva a hacer pescado no pienso comerlo. Sabe a mierda —contestó el anciano cuya mente al parecer discurría en ese momento por una dimensión paralela.
La directora lanzó un leve suspiro y se giró hacia nosotros encogiéndose de hombros. Su expresión corporal emitió un claro “esto es lo que hay”.
—Muy amable, pero le ruego que deje que lo intentemos nosotros. Serán solo unos minutos, se lo prometo.
A pesar de que tras unas parcas explicaciones telefónicas, teñidas con verdades a medias, los hijos habían dado su consentimiento para que unos policías hablasen con su padre, la directora no parecía cómoda con la situación.
Por un momento pareció pensarse si prolongaba ese permiso para que los agentes siguieran molestando de forma innecesaria a uno de sus residentes, hasta que finalmente, movida por el recuerdo de su compañera, dio su consentimiento asintiendo con la cabeza.
—Ángel, soy el subinspector Leo y esta es mi compañera, la oficial Griselda —me presenté sin que el viejo girase la cabeza—. Estamos aquí porque queremos saber alguna cosa sobre su pasado. En concreto nos gustaría que nos contara su etapa en México. ¿Recuerda usted algo de esos años?
—¿Es usted el peluquero? —me preguntó después de girarse, para dedicarme una mirada acuosa.
—No, Ángel, soy policía. Usted trabajó durante una época de su vida en México, ¿verdad?
El viejo calló. Sus ojos viajaron ralentizados de mi cara hacia la de Gris hasta que decidió bajar la mirada para centrar la atención en sus manos temblorosas.
—Háblele por el otro lado, quizá le escuche mejor —sugirió la directora pensando que el verdadero problema de comunicación radicaba en la audición.
—¿Recuerda los años en los que vivió en México, Ángel? —lo volví a intentar acotando la pregunta.
—México… —repitió el anciano con cierta melancolía— Me gustaban mucho las rancheras. Nunca oigo rancheras. Siempre está esa mierda de música en la tele hasta que llega la gorda y se pone a cantar el bingo.
—Se refiere al hilo musical y a las actividades terapéuticas que preparamos en el centro para tenerles ocupados —aclaró la directora como si aquel dato fuese relevante.
—Ángel, sabemos que le contó a Patricia algo terrible —dije cambiando de estrategia—. ¿Se acuerda de Patricia?
—Patricia… sí, claro. Me trata bien, es mi novia —reveló con una sonrisa pícara—. ¿Dónde está? Hace mucho que no la veo.
—No está. La mataron por algo que usted le contó —dije de forma directa en un intento por despertar el cerebro del septuagenario.
La directora se escandalizó con aquella última frase, pero decidió mantenerse callada en el último momento.
—Pobre… —murmuró el viejo sin emoción—. Le gustaba que le contase esas historias de México.
El anciano se quedó entonces en silencio, con la mirada fija en la pared, hasta que pareció percatarse de algo.
—Tengo que cortarme el pelo —anunció mientras se palpaba la nuca—. Díselo tú a ese que viene por aquí de vez en cuando y que parece medio maricón.
—Como les he dicho en mi despacho, la enfermedad está avanzando en Ángel de una forma inexorable —intervino la mujer en un intento por excusar la actitud de su residente— Hace tan solo unos meses su cabeza razonaba bien dentro de unos parámetros aceptables.
—Ángel, es importante que…
—¿Hoy no hay misa? Tenemos que ir a misa, acuérdate.
—Por favor, creo que ya es suficiente —decidió cortar la directora.
—Solo le ruego que nos deje plantearle un par de cuestiones más, pero abusando de su confianza tengo que pedirle que nos deje a solas con Ángel —solicité—. Le prometo que no le molestaremos más allá de cinco minutos.
—Como ya les he dicho antes en mi despacho, haré todo lo que esté en mi mano con tal de que atrapen a ese asesino, pero me temo que Ángel no les va a servir de mucha ayuda, dado que su enfermedad se encuentra en un estado demasiado avanzado.
Les pido que sean breves. Tienen esos cinco minutos de margen —accedió antes de salir de la habitación dejando la puerta abierta.
—Mire, Ángel —comencé yo cogiendo una silla para sentarme más cerca del viejo—, lo he estado pensando y llegados a este punto creo que solo caben dos posibilidades.
En la primera de ellas, usted tiene el cerebro frito y nosotros hemos venido hasta aquí para nada, porque va a ser incapaz de decirnos lo que le contó a Patricia y que a buen seguro fue la causa de su muerte.
Ese secreto que usted se llevará a la tumba, se lo contó en un momento en el que los recuerdos le vinieron a la mente, pero por desgracia para nosotros, será difícil que usted vuelva a recuperarlo y aunque así sea, nosotros ya no estaremos aquí.
—¿Y cuál es la segunda posibilidad? —preguntó Griselda con curiosidad, al no saber a dónde quería llegar yo.
—En la segunda, este hombre está más lúcido que tú y que yo juntos. Desde luego no soy un experto en la materia, pero unos pocos meses se me antoja poco tiempo para que, a pesar de ictus mediante, un hombre con una mente privilegiada pierda todo el raciocinio de golpe.
—¿Qué quieres decir? —se interesó mi compañera intrigada, cruzándose de brazos.
—Hace un momento, cuando yo le he asegurado que Patricia murió por algo que él le había contado, Ángel se ha referido a México.
—Así es, ¿y?
—Que a pesar de que al principio de la charla le hemos nombrado ese país, ni tú ni yo le hemos manifestado en ningún momento que ese lugar tuviese causa directa con su asesinato.
Solo le hemos hecho preguntas previas por su vida allí y dudo mucho que una mente tan deteriorada pudiese razonar que nuestras preguntas previas guardaban relación con la muerte de Patricia.
—¡Es cierto! —exclamó mi compañera mientras observaba con atención al anciano.
Éste continuaba con la mirada perdida en la pared, sin embargo algo había cambiado; su rictus se encontraba mucho más tenso y los músculos de la mandíbula se le marcaban bajo una incipiente barba.
—Si mi teoría es cierta —proseguí—, alguien vino hasta aquí hace unos meses, antes de que se cometieran todos esos asesinatos, y por alguna razón que todavía se nos escapa, le pidió al señor Ángel que le diera el nombre de los tres científicos que habían participado en el proyecto de México para acabar con ellos.
—¿Por qué a él? —quiso saber Gris.
—Como máximo responsable de aquel proyecto y mandatario de la EFSA, debido al secretismo de las actuaciones debía de ser de las pocas personas que tenía conocimiento de la identidad de esos tres científicos —expliqué.
—De acuerdo, sigue.
—Aquí mi amigo, con buen criterio, en un principio se negó a proporcionar esos nombres —elucubré poniendo una mano en su hombro mientras aplicaba algo de fuerza—, pero la persona que vino a verle le amenazó con hacerle algo terrible a su familia si no accedía a sus peticiones.
—Joder Leo, no sé si…
—Espera, que ahora viene lo mejor de mi loca teoría —interrumpí a Griselda—.
El señor Ángel, como sabía que no podía darle esos nombres sin consecuencias, y aprovechando el ictus que sufrió, decidió comenzar a fingir una enfermedad mental.
De ese modo facilitó los nombres de los científicos a la persona que vino a amenazarle, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Tras un tiempo prudencial donde se dedicaría a fingir el acelerado e inexorable avance de su enfermedad, le pidió a esa persona que dejase que fuera él quien se lo contase también a la enfermera que le cuidaba en un aparente lapso mental, quien por casualidades de la vida, sabía que tenía un ambicioso novio periodista.
—No sé si te entiendo —admitió Gris.
—Piénsalo, en cuanto diera sus nombres y esos tres científicos aparecieran muertos, desde México vendrían a pedir explicaciones a la única persona que conoce la verdadera relación entre ellos y lo que les sucedió en aquel país: nuestro amigo Ángel.
Así que el bueno de Ángel decidió adelantarse y fingir que el secreto lo desveló por culpa de un lapsus provocado por su enfermedad y no porque alguien lo hubiera amenazado.
—De ese modo conseguía evitar las consecuencias contra él o su familia —prosiguió mi compañera al comprender mi razonamiento.
—Así es, cuando el periodista comenzase a hacer preguntas a las personas equivocadas y alguien lo torturase para saber de qué modo había obtenido la información, nadie querría tomar represalias contra un pobre viejo que en un descuido había hablado más de la cuenta porque había perdido la chaveta.
—¡Viejo cabrón! —exclamó Gris poniéndose frente a él en cuclillas para enfrentar su mirada— ¿Es eso lo que estás haciendo? ¿Quieres jugar también con nosotros?
—¿Me vas a traer ya la cena o qué? —contestó el anciano con fastidio, como si no hubiese escuchado nada de lo que habíamos dicho.
—Déjalo compañera. Puede que me esté equivocando y el señor Ángel se encuentre realmente enfermo y nosotros solo estemos perdiendo el tiempo. A pesar de ello, voy a seguir con lo que me marca mi instinto y voy a tratar esta situación como si fuera cierto todo lo que he planteado.
—¿A qué te refieres? —preguntó Griselda siguiéndome el juego.
—En el atestado explicaré que el señor Ángel decidió colaborar con nosotros y nos confesó que, por miedo a las amenazas recibidas, había dado al asesino los nombres de esos científicos en plenitud de sus facultades mentales.
Colocaré un zeta en la puerta de la residencia para darle protección a nuestro testigo y transcribiré una declaración suya que me encargaré de maquillar a mi gusto, falsificando su firma y alegando que no se pudo desplazar hasta nuestras dependencias por motivos de salud.
—¿Y qué pasará cuando vengan a preguntarle a él si todo eso es cierto? —preguntó Griselda divertida.
—No sé de qué modo, pero todo esto llegará tarde o temprano a unos oídos equivocados, y esos oídos mandarán a alguien poco acostumbrado a hacer preguntas, pero con una insana afición por apretar el gatillo.
Puede que se cuestionen la veracidad de mi declaración, pero ante la duda preferirán no correr ningún tipo de riesgo.
Acabarán con la fuente y es posible que también con el resto de su familia, como represalia.
—Entonces qué, Angelito. ¿Nos dices todo lo que sabes, o tenemos que jugar nosotros también a este juego? —interrogó Griselda con tono infantil mientras sujetaba con falsa ternura la barbilla del anciano.
El septuagenario guardó silencio y le dedicó una mirada repleta de niebla que no transmitía nada más allá de un absoluto hastío.
—Está bien, tú lo has querido. Vámonos a base compañera. Me encuentro inspirado para escribir una bonita historia —anuncié mientras me dirigía hacia la puerta.
Griselda siguió mis pasos y cuando estábamos a punto de cerrar la puerta, una poderosa voz rugió desde el interior de la estancia.
—¡Vuelvan ahora mismo aquí y déjense de estupideces! Ha llegado el momento de que hablemos.