Dentro de la locura CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

—¿Cómo que ha desaparecido? —interrogué preocupado—. ¿A qué te refieres?

—Según me han informado, hace unas horas recibió una llamada en su teléfono móvil.

Los compañeros que la custodian en ese piso no llegaron a escuchar la conversación que apenas duró un par de minutos, pero aseguran que cuando colgó, le había cambiado la cara.

La notaron preocupada y aunque le preguntaron si le pasaba algo, ella no les contestó.

Más tarde, logró escaparse del piso y ya no han vuelto a tener noticias suyas. De eso hace unas tres horas.

—¿Cómo que ha salido del piso? ¿Y los compañeros no han hecho nada por impedirlo? —intervino Griselda—. Se supone que, como responsables de su protección, deberían estar pendientes de ella las veinticuatro horas del día.

—El jefe de custodias me acaba de enviar la comparecencia que han redactado para explicar lo sucedido, pero según él, son dos profesionales intachables que jamás han tenido ningún problema o algún descuido.

—¿Entonces qué alegan?

—Lo he leído un poco por encima, pero por lo que han manifestado, cuando uno de ellos bajó a la calle para comprar algo de comida, la chica aprovechó el momento en el que el otro compañero estaba en el baño.

Éste no oyó la puerta de la calle cuando se abrió y al salir del servicio observó que estaba abierta.

Cuando fue a la habitación de la testigo, descubrió que se había ido.

—¿Pero cuál es el protocolo para estos casos? —quise saber—. Me refiero a que lo normal sería que dejen la puerta cerrada con llave aunque se encuentren ellos dentro y la testigo no tenga acceso en ningún momento a esa llave.

—Eso sería lo exigible, desde luego —coincidió Corcobado—. Pero por lo poco que la traté, esa chica no es tonta. A lo largo de estos días debió de descubrir dónde guardaban los compañeros las llaves y aprovechó el momento preciso.

—Imagino que seguirán intentando localizarla —supuse.

—Las últimas noticias que tengo es que el teléfono sigue desconectado.

Las cámaras del portal recogen como ella sale del edificio a la carrera, pero se pierde su rastro cuando gira la esquina.

Poco después se ve al compañero saliendo en su busca, pero ya no logra adivinar la dirección que ha cogido.

—¿Qué es lo que se ha llevado?

—Su bolso, con la documentación, tarjetas y algunos objetos personales. Nada más.

—¿Podemos saber quién efectuó esa llamada? —se interesó Morales.

—Ya estamos en ello. Hemos pedido a la compañía telefónica el tráfico de llamadas y su localización, pero mucho me temo que esos datos no nos van a aportar nada —receló Corcobado—. En cuanto me lleguen los resultados, os digo.

—Que ha desaparecido es un hecho que no podemos cambiar —afirmé yo en un intento por avanzar—.

Pero ahora lo que toca es averiguar el motivo de que una testigo que se encuentra amenazada por un asesino sanguinario, decida escapar sin decir nada, abandonando de ese modo la seguridad de un piso protegido.

—Es más que probable que esa llamada fuera realizada por el propio asesino —elucubró Mirta—. Según lo relatado por los compañeros en su comparecencia, la chica se asustó bastante.

—Además aquí no tiene familia, ni apenas amistades conocidas —recordó Morales—, por lo que dudo que esa llamada proviniera de alguien cercano.

—¿Pero qué fue lo que le dijo? —quise indagar—. ¿Cómo se las arregló para atemorizarla de esa manera si estaba bien custodiada y además el asesino no tenía forma de saber dónde se encontraba?

—Quizás fue así como consiguió amenazarla —contestó Gris.

—¿Qué quieres decir?

—Si tras recibir la llamada decidió irse de allí es porque ya no se sentía segura. No imagino de qué forma podría dar crédito a las amenazas del asesino a no ser que él le dijera que sabía dónde estaba y que pensaba ir a por ella.

—De ser así, ¿por qué el asesino iba a anunciarle su jugada? —inquirió Mirta—. No tiene sentido, solo serviría para poner a los compañeros en alerta.

—Estaba buscando asustarla para que saliera.

Le dijo que iba a ir a por ella, le desveló que sabía dónde se encontraba y de ese modo consiguió que fuera la propia Lupe quien, sin pretenderlo, le facilitase el trabajo a ese demente —aposté—.

Es posible que él la estuviera esperando en las inmediaciones y ahora ya la tenga en su poder.

—Pero eso es imposible —replicó Mirta—. La ubicación de ese piso solo la conocen los compañeros de custodias y los agentes que con motivo de algún operativo trasladamos a los testigos hasta allí.

En este caso, todos los del equipo. Es decir: Corcobado como jefe, Morales y yo porque realizamos el traslado de la chica hasta el piso y vosotros dos porque poco después fuisteis a entrevistaros con ella.

Nadie aportó nada más al respecto, pero un hondo silencio se apoderó entonces de la sala debido a la implicación de aquellas últimas palabras.

Se trataba de una posibilidad tan remota y desagradable que nadie la puso sobre la mesa, pero la sombra de la sospecha sobre la implicación de alguno de nosotros en el asunto, se instaló de forma irremediable en el ambiente como un agrio aroma que olía a podrido.

—Cabe otra posibilidad —ofrecí yo—. Tal y como comentamos, cuando fuimos a visitar a Lupe al piso protegido, descubrimos que ese periodista mexicano nos estaba siguiendo.

Se identificó y dijo ser el colega al que llamó nuestra primera víctima pidiéndole información una semana antes de morir.

Al ver en las noticias la foto de una de las víctimas con la máscara veneciana cubriéndole el rostro, decidió venir hasta España para continuar con la investigación.

O al menos esa es la versión que nos ofreció.

—¿Pensáis que ese hombre pueda tener algo que ver con los asesinatos?

—El carné de periodista parecía auténtico, al menos eso creo.

El caso es que le dijimos que se largara y desapareció de nuestra vista, pero es cierto que en ese instante estábamos bastante cerca del piso donde se encontraba protegida nuestra testigo.

No descarto que nos siguiera hasta allí sin que nos diéramos cuenta —tuve que reconocer.

—Joder… Dime que al menos comprobasteis su historia —solicitó el jefe.

—Lo registramos, comprobamos sus antecedentes a través de la Sala del 091, le hicimos unas cuantas preguntas y antes de devolverle el pasaporte le advertimos para que no interfiriera en la investigación.

Ya en base yo comprobé que trabaja para el periódico que dijo, al menos aparece su foto en la página web, pero eso es todo.

—¡Decidme cómo se llama al menos! —reclamó Corcobado al borde de la erupción.

—Walter Manuel Reinosa Gaviria, dije echando mano de la anotación en la pequeña libreta que me acompañaba a todas partes.

—Comprobad que haya cogido el vuelo de vuelta a su país y decidme cuándo llegó a España —requirió nuestro jefe.

—Yo lo haré —me ofrecí para intentar enmendar algo aquel error de bulto.

Me dirigí a uno de los ordenadores de la sala e introduje los datos de aquel periodista en la aplicación, hasta que segundos después arrojó el resultado.

—Todavía no ha cogido ningún avión de regreso a México —anuncié—, por lo que es de suponer que sigue aquí. Se hospedó por unos días en un NH de la capital, pero justo después de nuestro encuentro se fue del hotel y en la aplicación de hospederías no hay ningún otro registro posterior.

—Me cago en la puta de oros —expresó con rabia Griselda desde su asiento.

—Hay algo más, y tampoco nos va a gustar —advertí sabiendo la importancia de la noticia que estaba a punto de dar.

—Dispara —ordenó Corcobado con la paciencia bajo mínimos históricos.

—Por lo que estoy comprobando, nos mintió cuando dijo que había llegado a España procedente de un vuelo desde México justo después de ver la foto del primer científico asesinado en la prensa.

Llegó mucho antes, en concreto dos días antes de que la pareja apareciera asesinada en aquella nave industrial —aclaré tras una rápida consulta al calendario del sindicato que teníamos colgado en una de las paredes.

—Si os ha mentido en eso, hay muchas posibilidades de que ese periodista mexicano en realidad sea nuestro asesino.

—Puede que sea el autor de las muertes de los científicos, pero apenas tuvo tiempo material para haber localizado y asesinado a la pareja —repuso Gris—. En ese caso, la teoría de dos asesinos diferentes cobraría fuerza.

—En cualquier caso, haya cometido los asesinatos que sean, lo teníais delante de las narices y lo dejasteis escapar.

Cometisteis un error grave al no llamar a la base para hacer in situ la comprobación de los vuelos que acabáis de realizar antes de dejarlo marchar —nos linchó sin piedad Corcobado delante del resto del equipo.

Por un momento temí la reacción de Griselda, pero su prudente silencio me hizo comprender que a ella, teniendo en cuenta la magnitud de la cagada, también se le antojó poco castigo.

—Lo siento. Me gustaría encontrar una excusa, pero lo único cierto es que nos tragamos su mentira y la dimos por buena —fue lo único que mi vergüenza profesional me permitió decir.

Corcobado nos contempló a los dos con pausa, dejando que el peso de su mirada se uniese a la carga que llevábamos a las espaldas.

Intuí que estaba sopesando hasta qué punto la reprimenda podría pasar a algo más serio, pero al final se mordió la lengua.

Es probable que el largo historial casi impoluto de su pareja de investigadores estrella pesara al final más en la balanza que un fallo imperdonable.

—De acuerdo, esta última conversación no ha tenido lugar.

Ya nos las ingeniaremos para justificar en diligencias cómo hemos dado con un posible sospechoso.

Imprimid la foto que sale de él en el periódico donde supuestamente trabaja.

Vamos a difundirla a todos los indicativos de seguridad ciudadana y policía judicial por si sonara la flauta.

Al menos ahora ya sabemos cómo es su cara y estoy convencido de que no tardaremos en volver a verla.