Dentro de la locura CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

—Que los asesinatos de los tres científicos guardan relación con Ciudad Juárez parece que está fuera de toda duda —comenzó Corcobado su alocución tras la pausa del café—, ya sea por ese maldito proyecto o por algo sucedido durante su viaje.

Lo que ya no cuadra en la ecuación es el papel del periodista, que murió junto a su novia en aquel polígono, en todo esto.

—Cada vez me resulta más probable la posibilidad de que, tal y como nos contó su colega mexicano, estuviese investigando algo relacionado con ese club clandestino donde desaparecen mujeres.

Por eso lo secuestraron junto a su novia, para sacarle toda la información que tenía antes de matarlo —contestó Gris.

—Y por eso alguien quemó su casa, para poder registrar a fondo la vivienda y quedarse con todo el material que tuviera. O puede que directamente provocasen ese incendio para destruir cualquier tipo de prueba que el periodista hubiese obtenido —continué.

—Siendo así, ¿qué tienen que ver los científicos con ese club clandestino? —lanzó Mirta.

—Algo en común debe de haber. Algo que por el momento se nos escapa —reconoció Griselda.

—¿Pero por qué secuestrar también a su novia? —lanzó Morales.

—Es posible que para sacarle la información de un modo más efectivo —propuse—. Ante la remota posibilidad de que el chaval se resistiera a la tortura, no creo que pudiera guardar silencio ante la perspectiva de lo que ese demente estaba a punto de hacerle a esa pobre chica.

—O puede que fuera porque ella también sabía qué era lo que su novio estaba investigando en ese momento —añadió Mirta.

Y fue entonces, justo en ese preciso instante, cuando apareció la pieza que faltaba, capaz de dar con la solución al enigma planteado.

Fui yo quien verbalizó el germen que desencadenaría todo.

—¿Y si hasta ahora nos hemos estado centrando en todos los puntos menos en el correcto?

—Explícate —solicitó Corcobado con la excitación de un cerdo adiestrado ante el olor de la trufa.

—Hemos investigado a fondo al periodista y a los tres científicos. Sus entornos, trabajos, amistades, situación económica… Pero apenas si hemos pasado de puntillas por el historial de la chica.

—Bueno, parece que su inclusión entre la lista de víctimas fue circunstancial —trató de defender Gris.

—Quizá nos estemos equivocando. Es posible que la chica no se encontrara retenida en esa nave por el periodista, sino al revés.

—O puede que incluso fuera ella quien pusiera a su novio tras la pista de lo que estaba investigando —elucubró Mirta.

—No sé, parece algo rebuscado —titubeó Corcobado.

—Antes has dicho que se nos estaba escapando una pieza que todavía no habíamos descubierto en este siniestro rompecabezas —recordé—.

Tú eres el primero que sabes la cantidad de horas que le hemos dedicado a esta investigación.

Si no hemos encontrado esa pieza hasta ahora es porque seguimos dando vueltas a lo mismo.

Apuremos esta última hipótesis y si no nos da ningún tipo de resultado, volvemos a poner todo patas arriba desde el principio —alegué para tratar de convencer a mi jefe.

—Está bien. Quiero que os empleéis todos a fondo con el rastreo de la enfermera de la residencia.

Dedicadle todo el día si hace falta, pero al final de la jornada quiero resultados —aceptó antes de salir de la sala de reuniones—.

Yo me voy a reunir con Anselmo a ver qué me cuenta del último científico, por si nuestro asesino hubiera cometido algún tipo de desliz.

Ante la ausencia de Corcobado me tocaba coger el mando del timón, así que asigné tareas.

—Gris, tú y yo nos pondremos con todo lo relacionado con su entorno, centrándonos sobre todo en familia y amigos cercanos.

Si no encontramos nada jugoso, ampliaremos el círculo; desde ex-novios a compañeros de facultad, pasando por antiguos alumnos de su cole o gente con la que compartía parte de su tiempo libre.

Morales, vuelve a repasar sus cuentas financieras y sus aficiones o hobbies.

Cuando termines, sigue con cualquier cosa que se te ocurra, por descabellada que sea.

Mirta, te toca todo lo relacionado con su lugar de trabajo.

Quiero que investigues a todo el personal de esa residencia, desde sus jefes hasta el último de los celadores o señoras de la limpieza.

—Leo, ¿estás seguro de esto? —me preguntó Gris, a quien al parecer no le acababa de convencer el sendero que habíamos cogido.

—No, pero tenemos que agotar todas las posibilidades y esta es una de las últimas que nos queda —reconocí.

De ese modo nos pasamos toda la mañana inmersos en la pantalla de nuestros ordenadores, buceando entre los datos que arrojaban las consultas que realizábamos en relación a la enfermera asesinada.

Tras un breve receso para comer, continuamos el resto de la tarde con la misma dinámica, pero con un poco menos de entusiasmo ante la perspectiva cada vez más cercana del callejón sin salida.

A eso de las siete, cuando la bandera blanca de rendición comenzaba a ondear, la aguda voz de Mirta salió al rescate.

—¡Eureka! —gritó de repente ante el asombro del resto— ¿Qué pasa? No me miréis así, toda mi vida he querido gritar esto en público y no veo mejor ocasión para hacerlo.

—Mirta de mi vida y de mis amores, dime que tienes algo —pedí con las pulsaciones a mil.

—Lo tengo Leo, ya lo creo que si lo tengo —anunció ella con la más amplia de las sonrisas—. Ángel Garnacho Pérez. Tú tenías razón.

—¿Quién es ese?

—Me he puesto en contacto con la directora de la residencia donde trabajaba la enfermera y le he explicado que mi petición venía motivada para intentar darle un nuevo enfoque a la investigación del asesinato de su antigua compañera.

Enseguida me ha mandado un listado donde aparece todo el personal que trabajó en esa residencia desde el día de su muerte hasta dos años antes.

—Así da gusto —comentó Gris.

—Ya lo creo. Cuando le he dicho que si en el futuro le acarreaba algún problema el hecho de habernos facilitado esta información, ella me ha contestado, y cito palabras textuales: que se pasa la ley de protección de datos por el forro, ya que haría lo que fuera con tal de ayudarnos a que atrapemos al cabrón que le hizo eso a su amiga.

—Y ese tal Ángel aparecía en la lista —me adelanté.

—Pues no. He revisado uno por uno el historial delictivo de todos los empleados y no he encontrado nada.

También le he preguntado a la directora si entre los compañeros de trabajo de la víctima había alguien con el que hubiese tenido cualquier tipo de conflicto y me ha asegurado que no.

Puede que sus palabras suenen a tópico al hablar de un difunto, pero me ha dicho que era una persona que por su carácter resultaba imposible que tuviera enemigos.

—Entonces hay algo que se me escapa —reconocí—. ¿De dónde te has sacado ese nombre?

—Le he dado una vuelta más al tema —comentó Mirta casi jovial— y decidí ampliar la búsqueda. Después de comer he vuelto a llamar a la directora y esta vez le he pedido el listado de los residentes.

—¿Los viejos? —se extrañó Griselda arrugando el entrecejo—. No me jodas, Mirta. Bastante tiene esa pobre gente como para andar metidos en líos de asesinatos.

—Pues aunque parezca mentira, ahí es precisamente donde he encontrado al hombre que estamos buscando.

—¿Un anciano de geriátrico es nuestro asesino? —cuestionó con asombro Morales.

—No, pero sí que es la persona que nos puede dar la clave de todo —avanzó de forma enigmática la policía—.

Cuando he empezado a revisar el listado de los ancianos, he modificado mi criterio de búsqueda y como es lógico no he comprobado sus antecedentes, sino que he metido sus nombres en San Google, y a que no sabéis a qué se dedicaba el señor Ángel antes de ingresar en esa residencia.

—Dilo ya o te pongo a dar tarjetas de visita en la puerta —amenacé.

—Era el director ejecutivo de la EFSA, la organización donde trabajaba una de las víctimas, durante casi quince años hasta que el año pasado le dio un ictus que lo retiró de la vida laboral a la nada despreciable edad de 71 años.

—¿Director ejecutivo?

—Sí, es una especie de cargo político nombrado por el Consejo de Administración de la propia EFSA. Es el representante jurídico y el máximo responsable de todas las cuestiones operativas. Además elabora el programa anual de trabajo en consulta con la Comisión Europea.

—El que manejaba el cotarro —resumió Griselda.

—¿Dices que le dio un ictus? —me interesé.

—Sí, y por eso ingresó en la residencia.

Según me ha comentado la directora al preguntar por su residente, el ictus fue bastante fuerte; perdió el habla y se le paralizó la mitad del cuerpo.

Sus familiares temieron que no fuera capaz de recuperar jamás sus habilidades y pensaron que allí sería el lugar adecuado donde estaría mejor atendido.

—¿Y se ha recuperado?

—Poco a poco fue recobrando el habla y ya casi no le quedan signos de la parálisis, pero tal y como fue recuperando habilidades motoras, a la vez fue cayendo en un rápido declive mental debido al alzhéimer que empezó a padecer.

—Joder, pobre viejo. Sale de una para meterse en otra —murmuró Griselda llevándose un chicle a la boca.

—Está claro que es demasiada casualidad que uno de los científicos asesinados trabajara para la empresa que presidía ese anciano, pero no alcanzo a comprender cómo encajan todas las piezas —comenté buscando la teoría de Mirta.

—Creo que la enfermera descubrió algo turbio relacionado con la EFSA gracias a ese anciano. Quizá se lo desveló en un momento de lucidez o puede que fuera justo todo lo contrario y se lo contase mientras desvariaba —inició la policía.

—La chica se lo cuenta a su novio periodista, este ve un filón en forma de noticia y empieza a hacer averiguaciones —continuó Griselda al comprender el razonamiento de su compañera—. Hasta que un día llama a la puerta equivocada y alguien decide callarle, tanto a él como a su novia.

—Vale, hasta ahí os lo compro —intervine algo excitado—. ¿Pero por qué nuestro asesino no se ocupó también del anciano, si fue quien proporcionó la información?

—Porque el pobre hombre tiene fundido el cerebro y no representa una amenaza —contestó Gris—. Además su muerte repentina, en el lugar de trabajo de la primera víctima, puede que nos hubiera puesto tras la pista mucho antes.

—Pero podría volver a revelar sin querer a otra persona la información que le dio a la enfermera —repliqué.

—La enfermera se lo contaría a su novio y este como periodista logró hacer algunas averiguaciones, pero dudo mucho que nadie más se tomase en serio las divagaciones de un anciano enfermo de Alzheimer —defendió su teoría Griselda.

—Por fechas encaja —apuntó Mirta—. El proyecto que llevó a los tres científicos hasta México se llevó a cabo cuando el señor Ángel todavía era el máximo responsable de la EFSA.

Primero alguien encarga el asesinato de la enfermera y su novio el periodista.

Poco después deciden que el asesino que han contratado acabe también con la vida de los máximos responsables científicos de ese proyecto que, debido al secretismo que le impregnaron, imagino que debían de ser las únicas personas que conocían los resultados finales del estudio.

—Entonces das por hecho que estas muertes son obra de un sicario —quise saber.

—Parece evidente. Los secuestros, las torturas, las lesiones en los cadáveres y la puesta en escena son propios de un profesional.

Incluso los tatuajes que les hizo en el pecho son un signo característico de los asesinos en serie.

A esos monstruos les gusta dejar su firma para dejar patente su autoría y pasar a la posteridad.

Aunque en España no es muy habitual, el ejemplo más claro y reciente sería el de Alfredo Galán, el asesino de la baraja.

—¿Sabías que lo de dejar la carta al lado de sus víctimas no se le ocurrió a él? —revelé—. El as de copas que apareció junto a uno de los cadáveres estaba allí por casualidad. Fue la prensa quien originó el mito y le dio el nombre a ese desgraciado.

—En España la inmensa mayoría de los asesinos son perdedores, enfermos mentales, capullos que matan a sus parientas por celos o a sus familiares por dinero —matizó Griselda—. Por fortuna lo del asesino profesional todavía no se ha instaurado entre nuestros compatriotas, aunque tiempo al tiempo.

—Puede que los tatuajes que representan los símbolos de Ciudad Juárez no solo guarden relación con el lugar donde estuvieron los científicos —opinó Morales—, sino más bien con la ciudad de origen de nuestro asesino.

—Deja esas marcas en los cadáveres al igual que los grafiteros dejan su firma en los muros que pintan —secundó Mirta.

—Vale, si vuestra teoría es cierta, estamos buscando a un sicario mexicano —concedí—. Ahora ya solo nos faltaría saber quién es la persona que le ha contratado y que por lo tanto es el máximo responsable de todas estas muertes.

En ese momento Corcobado entró en la sala con cara de pocos amigos.

O las conclusiones de Anselmo no le habían aportado ese enfoque nuevo que tanto buscaba o traía malas noticias a añadir a la larga lista de las que ya teníamos.

—Puede que hayamos encontrado esa pieza que nos faltaba, jefe —lo recibí con cierto entusiasmo—. Tenemos novedades, novedades importantes para el caso.

—Yo también tengo novedades —me respondió con gesto de preocupación como si no le diese suficiente importancia a mis palabras—. Lupe, nuestra testigo estrella, ha desaparecido sin dejar rastro.