CAPÍTULO 28
El cuerpo sin vida del último científico secuestrado, tal y como habían temido todos los integrantes de mi equipo, no tardó en aparecer.
—¿Dónde lo han encontrado? —preguntó Gris con el déficit de sueño y un maquillaje de emergencia dibujados en su rostro.
Eran las seis y media de la mañana y ya estábamos todos reunidos en las oficinas de la Jefatura. Corcobado me había despertado a eso de las cinco para darme la noticia y me había dado órdenes para que yo continuase la cadena con la que nos robaríamos un par de preciadas horas de sueño.
—En un descampado, cerca de la colonia Marcony, en Villaverde.
Zona habitual de prostitución callejera y en la actualidad una de las más activas de todo Madrid.
Por lo que me han comentado, aparte de la correspondiente máscara veneciana, la víctima en su pecho luce una especie de tatuaje realizado con un arma blanca de grandes dimensiones.
Presenta un corte profundo que le recorre el torso de arriba abajo, el cual se cruza con otra herida de trazo recto unida a una serie de ondas que va de axila a axila.
—El puente y el río —escenificó Mirta—. Los últimos elementos que faltaban para completar el cuadro.
—¿Eso significa que no habrá más víctimas? —quiso saber Gris.
—Eso creo —comentó sin demasiada convicción la otra mujer del equipo.
—Perdone que interrumpa jefe, pero según usted mismo me ha dicho, el cuerpo lo han encontrado en torno a las cuatro —apunté.
—Sí, ¿y?
—Pues que no entiendo que nos haya reunido aquí. Ya vamos algo tarde si queremos estar presentes en la escena del crimen. Científica y la comisión judicial imagino que ya hará un buen rato que se habrán presentado y…
—Esta vez no vais a ir vosotros —anunció con gesto serio Corcobado—. Se lo he pedido a Anselmo y a la gente de su equipo. En su guardia no les ha entrado nada y están de brazos cruzados.
—Pero aparte de eso, ¿se puede saber el verdadero motivo? —cuestioné con cautela ante las consecuencias e implicaciones que podrían arrastrar esa decisión.
—Estamos estancados Leo, esa es la verdad.
Nos encontramos en un punto en el que solo avanzamos al ritmo que marca ese demente.
Siempre un paso por detrás, siempre rascando las pistas que nos deja tras su rastro de muerte.
Como jefe espero que comprendáis que no lo puedo consentir y que debo tomar ciertas decisiones con las que encontrar un cambio en la dinámica.
—¿Acaso nos estás apartando del caso? —tuteé debido a la rabia que comenzaba a invadir mi corriente sanguínea.
—Nada de eso, no te revoluciones. Solo creo que nos vendrá bien un segundo enfoque, es así de simple.
El subinspector Anselmo compartirá con vosotros todo lo que vaya gestionando su grupo.
Mientras ellos realizan el trabajo de campo quiero que vosotros os dediquéis en exclusiva a encontrar esa pieza que nos falta y que nos impide avanzar.
—Lo puedes pintar como quieras Corcobado, pero yo lo veo como una pérdida de confianza.
—Te recuerdo que soy tu jefe y que soy yo quien está al frente de los dos grupos de trabajo de los que dispongo; el tuyo y el de Anselmo. También soy el responsable que coordina, organiza y dispone las labores a realizar por cada uno de esos equipos según mi criterio.
—Aun así…
—No tendría que darte explicaciones de ninguna de mis decisiones, pero quiero que entiendas que solo estoy buscando abordar este caso desde otros puntos de vista.
Durante los más de quince años que llevas trabajando aquí no he perdido la confianza en ti, ni en tu equipo, ni una sola vez y te aseguro que hoy no es el día.
Ellos se harán cargo de esta última víctima mientras vosotros seguís investigando el resto de asesinatos.
Creo que tenéis tarea más que suficiente como para estar protestando porque haya repartido a vuestros compañeros una pequeña parte del pastel.
—Pero… —traté de protestar.
—Está decidido Leo, no me hagas poner los galones sobre la mesa porque sabes que no es mi estilo.
—¿Qué quiere que hagamos exactamente, jefe? —medió Griselda para evitarme una cornada que preveía que sería de pronóstico grave.
—Revisad todo lo relacionado con la operación, desde la primera declaración del yonki que encontró los cuerpos de la parejita en ese polígono, hasta la última declaración de la viuda del segundo científico.
Estoy convencido de que algo se nos está pasando por alto y quiero saber qué es.
En cuanto tenga todo lo que me remita Anselmo del último fallecido, os lo haré pasar.
—Los tres científicos han aparecido en lugares relacionados con la prostitución —apuntó Morales a quien parecía no haber afectado lo más mínimo la decisión de nuestro jefe—.
Si tenemos en cuenta que el asesino ha dejado un mensaje con esos tatuajes, creo que el lugar elegido para dejar a los cadáveres también puede resultar un mensaje en sí.
—Bien, por algo se empieza —animó Corcobado para evitar que nos enrocásemos—. ¿Algo más que podáis aportar?
—Estuve anoche repasando las publicaciones y las funciones de la EFSA y la ECHA —descubrió Mirta—.
Teniendo en cuenta que ambas agencias realizaban trabajos de asesoramiento y emitían dictámenes acerca de estudios solicitados por la Unión Europea, he supuesto que en alguno de esos proyectos las dos empresas habrían coincidido junto con la consultora Consultech.
—Bien pensado. ¿Algún resultado?
—Sí —desveló con su eterna sonrisa nuestra Cleopatra particular—.
Que se hayan hecho públicos, hasta la fecha las tres instituciones han colaborado en al menos una docena de proyectos, pero centrándome en las profesiones de las víctimas; un ingeniero agrónomo, un veterinario especializado en plagas y un químico, creo que hay uno de esos proyectos que se puede considerar como el más probable para nuestros intereses. ¿Habéis oído hablar del glifosato?
—¿El qué? —preguntó Griselda arrugando las marcas de expresión de su cara.
—El glifosato es el herbicida más utilizado en el mundo para eliminar arbustos y malas hierbas en los campos de cultivo.
Es tremendamente efectivo, ya que es absorbido por las hojas y no por las raíces.
Una vez aplicado, se transporta de forma rápida al resto de la planta o árbol.
Pero también goza de una mala fama que le ha perseguido desde siempre.
—¿Por qué motivo? —quise saber.
—Ha estado involucrado en diversos estudios que lo relacionan de forma directa con la aparición del cáncer en personas. Según esos estudios, la exposición del glifosato en nuestros cultivos puede ser un factor carcinógeno para el ser humano.
—Perdón que interrumpa, pero debo seguir dormida porque no lo pillo. ¿Qué pelotas tiene que ver todo esto del glifo…
—Glifosato —apuntó Mirta con paciencia.
—Pues eso, glifosato. ¿Qué coño tiene que ver ese herbicida con nuestra investigación?
—Como os decía, uno de esos estudios en los que coincidieron las tres empresas de nuestras víctimas fue el que les encargó la Unión Europea sobre el uso y los efectos del glifosato.
Me cuadra bastante, por el perfil de nuestros científicos, que ese fuera el proyecto por el que se trasladaron los tres a México.
—¿Por qué a México tratándose de un estudio que afecta a Europa?
—No soy una entendida en la materia, pero por lo que he consultado en las redes, no resulta poco frecuente que en un estudio de esta envergadura, la Unión Europea, al menos sobre el papel, busque la máxima independencia en los resultados.
Por eso le encargó el estudio a dos empresas asesoras distintas y a una tercera independiente como es la consultora Consultech.
—Y por eso decidieron realizar el estudio en un país que no fuera europeo. Para evitar injerencias —supuso Corcobado quien había estado siguiendo con atención las explicaciones de Mirta.
—Eso creo, sí.
—¿Pero por qué iban a solicitar ese estudio?
—preguntó Morales—. Quiero decir, si se ha demostrado que el glifosato es tan nocivo para la salud, que se prohíba y punto.
Al fin y al cabo la EFSA, según lo que nos explicaste, se dedica precisamente a eso, ¿no?
A decir qué productos relacionados con la alimentación y la salud deben de ser prohibidos.
—No es tan sencillo. Algunos de esos estudios realizados indican una alta probabilidad de relación entre el uso del herbicida y la aparición del factor carcinógeno, pero no hay ningún resultado concluyente.
Sin embargo, en Estados Unidos, Camposanto, que es como se llama la empresa que comercializaba el glifosato, tuvo que pagar miles de millones en indemnizaciones a enfermos de cáncer que les habían demandado.
—Blanco y en botella —comentó Gris.
—No me puedo creer que a pesar de eso, aquí en Europa se siga manteniendo el uso de ese herbicida en nuestros cultivos —protesté.
—Lo cierto es que hay mucho dinero en juego —explicó Mirta—.
Estamos hablando del herbicida más utilizado en Europa y en todo el mundo.
Se mueven miles de millones al año en relación a este producto, por lo que hay muchos intereses en juego por parte de los grandes productores y oligarquías agrarias.
Solo para que os hagáis una idea, en el 2018 la farmacéutica Lever compró Camposanto, que es la empresa americana que comercializa el glifosato a través de sus herbicidas, por 63. 000 millones de dólares.
—¿Cuánto has dicho? —preguntó estupefacta Gris.
—Lo que has oído. Es una cantidad adecuada a un producto que se utiliza en una gran parte de los cultivos del planeta.
—¿Pero por qué iba a comprar Lever una empresa que comercializa un producto tan nocivo? —quiso saber Morales.
—Esa empresa farmacéutica es una de las más importantes del mundo y uno de sus principales ingresos son los tratamientos contra el cáncer.
Solo por poner un ejemplo el medicamento Terpertin, uno de los más vendidos para tratar el cáncer de mama, ha generado a la compañía cerca de 90.
000 millones de euros en ganancias. Y eso solo en uno de esos productos.
—No me lo puedo creer… —murmuró estupefacta Gris—. ¿Estás queriendo decir que…?
—Yo no quiero decir nada. Los datos objetivos son esos, ahora que cada uno saque sus propias conclusiones.
—Entonces, teniendo en cuenta la magnitud del negocio, me imagino el conflicto de intereses que habrá generado ese herbicida en Bruselas —comentó Corcobado.
—A finales de 2022 la EFSA y la ECHA llevaron a cabo un minucioso estudio en el que se realizaba una evaluación del riesgo que la utilización del glifosato como herbicida podría representar para la salud de las personas, llegando a la conclusión de que no cumplía con los criterios científicos para ser clasificado como sustancia carcinógena. Es decir, que aprobaron su uso.
—Y entiendo que ese estudio debe ser el que realizaron nuestros difuntos científicos —apunté.
—Es muy probable, sí —corroboró Mirta—. Gracias a los resultados de ese estudio, un año más tarde, en noviembre del 2023, la Comisión Europea anunciaba que se renovaba la autorización del uso del glifosato por otros diez años en todo el territorio de la Unión Europea.
—Poderoso caballero es don dinero —recitó Gris—. Joder, me parece increíble.
—Aun así la aprobación de la sustancia no estuvo exenta de polémica.
Se necesita una mayoría cualificada entre todos los estados miembros para emitir un veredicto de estas características y en una primera votación que se realizó en septiembre no se pusieron de acuerdo.
En la segunda vuelta, cuando se aprobó por fin el uso del glifosato, países como Francia o Italia se abstuvieron, mientras que España, por ejemplo, votó a favor.
—¿Y los países que votaron en contra? ¿Están obligados a utilizarlo en sus cultivos? —se interesó Morales.
—La verdad es que no. La decisión de utilizar glifosato a escala nacional sigue estando en manos de cada Gobierno.
Ningún país de la UE ha prohibido en su totalidad el glifosato, aunque países como Austria, Francia o Alemania, solo por citar algunos, han implantado restricciones parciales, prohibiendo su uso en determinados cultivos o en los hogares.
—Déjame adivinar. En España no se ha implantado ningún tipo de prohibición para el empleo de ese matarratas —aventuró Griselda.
—Eso me temo —certificó Mirta—. Apenas unas restricciones menores.
—Hostia puta… Spain is different.
—Si el estudio era a nivel europeo, ¿por qué los tres científicos eran españoles? —quiso saber Corcobado.
—Creo que no fue por una razón concreta, sino más bien una mera coincidencia en la nacionalidad de los responsables. La segunda víctima era el máximo responsable de la EFSA en cuestión de plaguicidas, así como el químico lo era en su departamento correspondiente de la ECHA.
—¿Y el empleado de Consultech?
—Es una consultora multinacional con cientos de sedes repartidas por todo el mundo y miles de empleados pertenecientes a casi todas las nacionalidades. Que nuestra víctima fuera español no creo que pueda considerarse un dato significativo o determinante —aclaró Mirta.
—¿Creéis que los han matado por los resultados de ese estudio? —lanzó finalmente Corcobado al aire la pregunta que nos rondaba a todos por la cabeza.
—No tiene sentido —repuso Gris—. En primer lugar porque votaron a favor y de ese modo jugaron a favor de los intereses económicos de esas empresas.
A no ser que nuestro asesino sea un ecologista radical, cosa que no creo, no le veo mucha lógica.
Pero además esos resultados ya fueron publicados hace un par de años, ¿para qué necesitas cargarte a los responsables de ese estudio ahora?
—Quizás los resultados publicados no fueron las conclusiones a las que llegaron los científicos —elucubré.
—¿La Unión Europea falseó los resultados de su propio estudio y ordenó matar a los científicos para que guardaran silencio? ¿Dos años después? Sigo sin verlo —insistió en su reticencia mi compañera.
—Hay millones de razones por las que yo sí lo veo —repliqué recordando las cantidades económicas que nos había desvelado Mirta.
—Debido a la importancia económica del producto y la relevancia en la agricultura de cada país, yo no descartaría ninguna teoría —comentó Corcobado—.
Pero hay una cosa que no cuadra con todo lo que nos ha explicado Mirta, y son esos malditos tatuajes que lucían las víctimas, hechos a golpe de machete.
Creo que esas muertes guardan estrecha relación con Ciudad Juárez, entre otras cosas porque así nos lo ha hecho saber el propio asesino.
—Es posible que fueran a México para realizar el estudio, coincidiendo así en las fechas y en el sitio.
Pero una vez allí les sucediera algo que nada tuvo que ver con el proyecto que estaban realizando —propuso Mirta—.
Algo lo bastante terrible como para que tiempo después un asesino decidiera acabar con la vida de esos tres científicos.
—Eso me podría cuadrar más —admitió Corcobado—, ¿pero qué coño fue lo que les pasó?
—Como digo siempre —intervine—: en cuanto averigüemos el motivo, daremos con el asesino.