CAPÍTULO 27
—¿Patrón? —responde el subordinado al segundo tono.
—Recuérdame de qué conoces al cabrón que se está encargando en España del tema de esos pinches científicos —ordenó el jefe con un tono de voz que no admitía dudas.
—Fue quien se chingó a los tres periodistas de Chiapas. Esos que estaban levantando tanto polvo cerca de usted.
—Antes de eso, ¿lo habíamos utilizado para que se encargase de alguna otra chamba?
—No patrón. Hizo su trabajo en Chiapas, cobró su lana y se largó.
—Bien Pancho, bien. ¿Y qué fue lo que le hizo a esos cabrones?
—Pues los baleó y quedaron listos. Ya le dije que era un tipo bastante verga.
—Entonces, si tan verga, ¿me explicas el pinche desmadrito que está armando?
—¿A qué se refiere patrón? —pregunta con cautela el lacayo.
—Me refiero a que ese pendejo está convirtiendo cada chamba en un puto circo. Estaba viendo la tele y resulta que un científico apareció muerto en España dentro de un contenedor. Alguien se lo chingó y el cadáver tenía la cara tapada por una puta máscara veneciana. ¿Te suena de algo, Pancho?
—Sí, patrón. Ya le dije que ese güey era efectivo, pero bien pinche rarito.
—¿Raro? —repite con sarcasmo el patrón—. Ese hijo de puta está dejando un desmadre para que lleguen a nosotros. Por si no le bastara con su desmadre los está cortando en todo el cuerpo.
—Supongo que le gusta dejar su marca patrón. Ese pendejo se debe creer una especie de artista al que le gusta firmar sus trabajos.
—No, Panchito, no entiendes ni madre. Esas marcas son partes del escudo de nuestra puta frontera.
—No, patrón. Eso no lo sabía —tiene que reconocer el lacayo—. ¿Cómo ha sabido lo que significan sus cortes? No se veía nada en las fotos.
—Sabe más el diablo por viejo que por diablo, Pancho.
—¿Tenemos a alguien dentro? ¿Un policía? —se interesa el lugarteniente.
—Eso a ti te vale verga, lo que importa es que ese cabrón está dando demasiadas pistas, cuando lo único que tendría que hacer es haberse cargado ya a esos cabrones científicos. Todavía queda uno vivito y coleando. Habla con él y dile que acabe el trabajo de una puta vez.
—Se lo diré, pero ya ha visto que no es un tipo fácil de controlar, patrón.
—Entonces quizás yo tenga que traer a otro que sí lo pueda poner al tiro.
—No se preocupe, hablaré con él. Despreocúpese porque mañana mismo ese científico habrá estirado la pata —asegura el subordinado sabiendo lo que pasará si falla.
—Y dile que esta vez sin mamadas.
—Quizás a estas alturas ya las haya hecho —teme el esbirro con la voz entrecortada.
—Ese hijo de puta lo único que está haciendo con sus tonterías es dejar pistas a los gachupines para que lo encierren, y esos güeyes no son como los de aquí.
Aunque podamos controlar a alguno, a la mayoría no se les puede parar ni con lana ni con plomo.
¿Sabes lo que pasará si lo agarran, Pancho?
Va a escupir tu nombre en la primera oportunidad que tenga y valiste verga.
—Yo jamás lo entregaría patrón, usted lo sabe —se apresura el lacayo en jurar lealtad a su jefe.
—Pues claro que no, pendejo, Te van a chingar antes de que puedas tronarte.
Creo que no hace falta que te repita lo que tienes que hacer, aunque últimamente te veo un poco en la pendeja.
Te regresas ahorita mismo a España y cuando ese pinche cabrón cumpla con el encargo y se eche al último científico, más te vale que te lo chingues.
—Clarísimo jefe. Hay una cosa más… —titubea antes de abordar otro tema.
—Ajá.
—¿Recuerda el ruso del que le hablé?
—¿El que vende güeritas?
—Ese patrón. Es el que más morras mueve desde el otro lado del charco. Las agarra de Bielorrusia, Estonia y Ucrania. Ahora con la guerra esas morritas están desesperadas por salir de allí. Son una chulada; altas, güeras, flacas y vírgenes jefe. Los clientes pierden la jeta con ellas.
—¿Hiciste lo que te dije?
—Lo hice patrón. Bajé a Marbella para calarlo y le hablé de nosotros. Me contó que tiene un pedido preparado y listo para enviar al mejor postor. Treinta morras que valen una lanota. La mayorcita tiene veinte añitos.
—¿Qué le ofreciste?
—Le dije que nosotros podríamos darle salida a todas las que tuviera. Ya sea por nuestra cuenta o llevándoselas a los gringos. Estaba mamado de poder trabajar con nosotros.
—Bien hecho Pancho. ¿en cuánto quedaron?
—Ese es el pedo patrón. Me dijo que era un “bisnes” demasiado grande como para negociarlo con el chalan. Quiere verlo a usted en persona y así poder arreglarse.
—Pinche huevón…—maldice el anciano—. Dile que estoy muy ocupado y que hablas por mí.
—No creo que acepte patrón. Esa gente se cree la gran mamada y para él sería como un insulto. Si queremos a esas morras, tendrá que venir conmigo a negociar.
—¿Cuándo?
—Son un chingo de morras y está nervioso por sacárselas de encima. Si no lo cerramos esta semana puede mamar todo.
—Está bien, brincare el charco para verle la cara al rusito ese.
—Ahí hay otro problema, señor.
—Panchito ya déjate de mamadas —amenaza el viejo— ¿ahora qué?
—Me dijo que lo andan chingando, supongo que la puta INTERPOL. Creo que debemos andarnos con cuidado pa' que no nos vayan a relacionar con ellos antes de tiempo.
—¿Entonces qué propuso ese pendejo? —interroga el patrón con impaciencia.
—Vernos en un puta mansión en medio del monte, cerca de la capital, donde tiene guardadas a las morras. Creo que quiere enseñarle como está el pedo y pedirnos más lana por ellas.
—Okay, dile que nos vemos por allá en tres días.
—Así lo haré patrón.
—Y Pancho. No la cagues con lo del pendejo de las mascaritas. Quiero que a mi llegada ese tema esté resuelto —recuerda antes de colgar.
El lacayo se queda pensativo por unos instantes antes de efectuar su próximo movimiento. Vuelve a sacar el móvil que acababa de guardar y marca un número que no tiene grabado en ninguna agenda pero que sabe de memoria.
—Dime —contesta una voz ronca al otro lado.
—El patrón está nervioso con tu trabajo. Ha visto en las noticias la máscara que dejaste en ese contenedor y sabe que las marquitas que les haces a esos pinches en el pecho tienen que ver con Juárez.
—¿Y eso cómo lo sabe? —pregunta con cautela el asesino.
—No es asunto tuyo. Dice que estás dejando demasiadas pistas a los policías y eso no le gusta.
—Te ha ordenado que me mates cuando acabe el trabajo —adivina el sicario.
—Así es —reconoce el lacayo.
—Pero tú sabes que eso no es lo que acordamos —recuerda el asesino con un tono que busca confirmación—. Te acuerdas que eso no lo puedes hacer.
—No, claro que no… —arrastra las palabras el lacayo para guardar en su pensamiento el final de la frase con un “de momento” —. Pero cuando acabes con el último científico tendrás que desaparecer por una temporada. Él debe creer que te mate.
—Por eso no te preocupes, seré un fantasma. ¿Has podido concretar la cita con él? —pregunta el sicario cambiando de tema.
—Estará en el caserón dentro de tres días. Espero que para esa fecha lo tengas todo mapeado.
—Déjalo en mis manos, para entonces estará todo listo.
—Sabes lo que nos pasará si la cagamos, ¿no?
—Pierde cuidado, tú solo asegúrate de que el viejo esté en el caserón el día que has dicho. Del resto ya me encargo yo.