Dentro de la locura CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

—Bien, si ya estamos todos, podemos comenzar —inició Corcobado en cuanto cruzamos la puerta—. Ha sucedido algo que ahora os comentaré, pero primero me gustaría conocer vuestros avances en la investigación. Leo, Gris, decidme qué os ha contado la viuda del segundo científico.

—Ha confirmado que su marido viajó a México, pero nos ha confesado que tanto antes de emprender ese viaje, como sobre todo después, su actitud cambió de forma radical.

Se mostró más esquivo y asustadizo, como si tuviera miedo de algo o de alguien, pero sin dar ningún tipo de explicaciones al respecto.

—Igual que nuestra anterior víctima —recordó el jefe.

—También nos ha contado que su marido firmó un contrato de confidencialidad por el cual no podía desvelar ningún detalle acerca de la naturaleza del proyecto que le llevó hasta México, pero según la viuda, su esposo tampoco le habría contado nada aunque no hubiera existido ese contrato.

—Bueno, esos contratos son una práctica a la que a veces recurren algunas empresas con sus empleados.

—Sí, pero hay algo de lo que nos ha dicho que nos ha resultado bastante curioso.

Nos ha corroborado nuestra suposición acerca del envío del dedo cortado de su marido como prueba de vida y la amenaza que recibió para que no denunciara ni contase nada a nadie.

Pero cuando le hemos cuestionado por las explicaciones que ella dio a la empresa ante la ausencia de su marido, nos ha desvelado que fue el propio asesino quien le aseguró que no tenía de qué preocuparse, porque nadie preguntaría por él en su empresa, como así ha sido.

—Tengo que decir que no me extraña —intervino Morales—.

Al igual que le sucedió a Mirta con Consultech, en esa institución me han mareado transfiriendo mi llamada de un departamento a otro, buscando que desistiera o me cansara.

Con la penúltima persona que he hablado le he explicado la gravedad de la situación y le he dejado claro que si no hablaba con un responsable que pudiera contestar a mis preguntas, nos presentaríamos de uniforme en su sede, acompañados de un par de unidades móviles de cadenas de televisión.

—¿Y ha funcionado? —quiso saber Corcobado.

—Solo a medias. Tras unos minutos de espera me han pasado con el que se ha presentado como director del departamento de relaciones institucionales, un tal Juan Dobarro, quien tras escuchar lo que tenía que preguntarle acerca de nuestra víctima, me ha dicho que todos esos datos solo los revelaría ante un requerimiento judicial.

También ha lanzado un órdago al recordarme que al tratarse de una institución de asistencia a los organismos europeos, dicho requerimiento debería provenir de un juzgado europeo.

—¿Eso es cierto jefe? —preguntó Griselda.

—Eso es lo que os quería contar. Me temo que nos va a dar igual que sea así o no, porque estamos atados de pies y manos.

—¿Cómo dice?

—Cuando Morales me ha comentado lo que acaba de compartir con vosotros, se me han hinchado los cojones más de la cuenta y he llamado directamente a su señoría para intentar bajarles los humos a esos engreídos de la EFSA.

Cuando le he explicado la situación, se ha cerrado en banda y me ha contestado que el escenario es similar a la anterior solicitud relacionada con la otra víctima y que no tenía por costumbre repetir una explicación ante una cuestión ya formulada.

—¿En serio no ha autorizado la consulta? —inquirí yo casi sin poder creerlo.

—Eso me temo. Tendremos que averiguar por otras vías qué es lo que fueron a hacer esos científicos en Ciudad Juárez.

—¿Pero eso es normal? —insistí yo, a pesar de conocer la respuesta.

—¡Por supuesto que no es normal, coño! —estalló nuestro superior golpeando la mesa con los puños—.

Aquí hay algo raro y lo que más me jode es que no acierto a comprender el qué.

He puesto la situación en conocimiento del comisario, a ver si él puede mover algo desde las más altas esferas y aunque ha prometido que va hacer todo lo posible, me temo que la respuesta sea la misma.

Huele a que todo viene desde bastante arriba.

—No me lo puedo creer —masculló Gris.

—Pues es lo que hay. Sin el respaldo judicial, estamos solos en esto —repitió Corcobado—.

Ahora lo importante es atrapar a ese asesino antes de que vuelva a matar.

Ya nos ocuparemos más tarde de averiguar los motivos, tanto de ese juez como de las empresas, de su falta de colaboración.

Lo que me toca ahora es pediros un esfuerzo extra.

Y os lo pido porque sé de lo que sois capaces y sé que os vais a dejar la piel para sacar adelante esta investigación.

—Cuente con ello, jefe —respondí yo como portavoz del equipo.

—Mirta, dime que tú tienes algo —rogó Corcobado sentándose al borde de la mesa.

—Lo tengo jefe. He ido mirando nombre por nombre los vuelos procedentes de Madrid a México en la semana en la que las dos primeras víctimas viajaron y cuyas fechas de regreso coinciden más o menos también.

He ido descartando todos los que no encajaban con nuestro perfil, y así he conseguido cribar una lista de menos de una decena de profesionales relacionados con el sector alimenticio o las profesiones de nuestras víctimas.

En esa lista figuran dos ingenieros agrónomos, cuatro veterinarios, un responsable de laboratorio y un químico.

He conseguido ponerme en contacto con todos ellos, y tras explicarles el motivo de mi llamada, ninguno ha tenido problema en aclararme la naturaleza de su viaje, excepto…

—Mirta no me jodas, que no estoy para pausas teatrales —urgió Corcobado.

—Excepto el químico, quien no ha atendido a mi llamada porque tenía el teléfono apagado. Tras un par de gestiones he conseguido contactar con su esposa, a quien se le notaba bastante nerviosa y quien me ha dicho que su marido se encuentra de viaje. Después ha colgado sin darme más explicaciones.

—¡Joder! ¡Ese hombre es la próxima víctima! —apostó el jefe—. Buen trabajo Mirta. ¿Cómo se llama?

—César Cirineo López. Cuando he indagado algo más he descubierto que trabaja en la ECHA, European Chemicals Agency —reveló Mirta como si aquellas siglas explicaran todo por sí mismas.

—Ya sabes que soy de la vieja escuela y que de inglés ando algo corto —reconoció Corcobado—, dinos a qué se dedica esa empresa.

—Es una agencia europea de sustancias y mezclas químicas. Al igual que la EFSA, trabaja para la Unión Europea y aplica la legislación de la UE sobre sustancias químicas, para proteger la salud de las personas y el medio ambiente.

—Coño Mirta, no me digas que eso también lo sabías —intervino Gris.

—Eso lo he tenido que consultar en internet porque no tenía ni idea —reconoció la joven policía con una sonrisa.

—En resumen, tenemos dos víctimas, un ingeniero agrónomo y un veterinario que también era ingeniero como el primero —comenzó el análisis Corcobado a la vez que señalaba con un rotulador las diversas fotos relacionadas con el caso que teníamos pinchadas sobre el mural de la sala—.

Por otro lado, existen claros indicios de que, a no ser que lo evitemos a tiempo, el siguiente cadáver que nos encontremos va a ser el de un químico, ¿no es así Mirta?

—Es muy probable —se limitó a decir la aludida.

—Todos eran científicos y los tres trabajaban para agencias o empresas que tienen lazos de colaboración con la Unión Europea —prosiguió el jefe—.

Los tres viajaron en fechas similares a Ciudad Juárez, pero desconocemos, porque alguien se está encargando de taparlo, lo que fueron a hacer allí.

Lo único que parece evidente es que el motivo de sus muertes guarda estrecha relación con ese viaje.

Falta averiguar si está relacionado con el proyecto sobre el que estaban trabajando o es por algo que les sucedió allí, puede que en ese club clandestino del que me habéis hablado.

—No olvidemos que, aunque todavía no sepamos de qué modo, estas últimas muertes también están conectadas de alguna forma con las dos primeras víctimas —recordé yo señalando las fotografías correspondientes a los asesinatos del periodista y su novia—, porque así nos lo quiso hacer saber el propio asesino con el macabro detalle del dedo guardado en la cajita.

—Eso decantaría la balanza hacia la hipótesis del club donde desaparecen las chicas y que estaba investigando el periodista —analizó el jefe—. Pero no podemos perder de vista la otra vía de investigación.

—Al relacionar los crímenes, nos quiso enviar un mensaje, eso está claro —secundó Gris—, ¿pero con qué intención?

—Tendremos que seguir investigando, no queda otra —comentó Corcobado tras un breve silencio reflexivo—. Ahora lo prioritario es intentar localizar al científico desaparecido antes de que sea demasiado tarde. ¿Alguna idea?

—Me temo que con lo que tenemos, va a ser difícil dar con él a tiempo —apuntó mi compañera—. Lo más probable es que lo encontremos solo cuando ese maldito tarado haya acabado con él y nos lo entregue con el final del dibujo tatuado a sangre en su pecho.