Dentro de la locura CAPÍTULO 25
53%

CAPÍTULO 25

Tras nuestra charla con la viuda del segundo científico en las inmediaciones del Instituto de Medicina Legal, salimos de Valdebebas para quedar atrapados en la tela de araña formada por el sempiterno atasco del centro de Madrid. Eso nos dio tiempo para pensar en los últimos acontecimientos.

—Aquí está pasando algo raro —inicié yo—. No es normal que un alto cargo de una empresa falte a su puesto de trabajo durante un mes sin dar explicaciones y esa agencia o lo que sea, parezca no reaccionar.

—¿Y a qué viene tanto secretismo? —cuestionó Gris—. Según ha dicho la mujer, ese hombre comentaba su trabajo con todo el que quisiera escucharle. Era el típico brasas que le gustaba hablar de la reproducción de la chinchilla y va de repente y se vuelve el tío más mohíno del mundo.

—Incluso le obligaron a firmar un contrato de confidencialidad —recordé.

—Pero su silencio no venía provocado por ese contrato. Ese hombre se callaba por miedo. Tenía miedo a algo o a alguien, ¿pero por qué?

—Espero que cuando lleguemos a base, Mirta haya tenido más suerte con alguien de esa agencia y nos puedan aclarar algunas cosas, porque si no, andamos perdidos.

—Según vamos avanzando, este caso cada vez se complica más. Me cago en la madre que parió a Paneque —exclamó Gris mientras apretaba el claxon con rabia.

—¿De dónde sacas esas expresiones? —pregunté divertido.

—No sé, supongo que es un don innato. Tengo muchas más si quieres; me cago en San Pito Pato, la madre del topo, la puta de oros, que se joda Durruti…

—¿Acaso sabes quién fue Durruti?

—Me suena a un portero vasco. ¿No jugaba en la Real Sociedad?

Yo emití un bufido y preferí callarme el exabrupto.

—Ya sé que fue un sindicalista y anarquista que murió en la Guerra Civil, listillo —contestó ella—. Mi abuelo fue rojo y me hablaba mucho de esa gente. El pobre, si levantara la cabeza y viera a quién vota su nieta… Por cierto, ¿a quién votas tú?

—Eso es privado.

—Joder, eres la hostia. Llevamos mogollón de años trabajando codo con codo y ahora que me doy cuenta, jamás hablas de política.

—Porque no me interesa —sentencié.

—Y una mierda. Seguro que eres como mi abuelo, un rojo que vota a la extrema izquierda. Podemos, PSOE o alguno de esos…

—Dudo mucho que el hecho de votar al PSOE se pueda catalogar como dar tu voto a la extrema izquierda —repliqué.

—Bueno, si eres policía, sí.

—Déjalo, por un momento había pensado que estaba tratando con alguien coherente.

—Lo digo en serio —insistió después de gritar un insulto dirigido al conductor que teníamos delante—. Creo que a pesar de ser distintos, trabajamos bien juntos, pero tengo la sensación de que a ti te cuesta abrirte del todo conmigo.

—Yo no lo veo de ese modo.

—¡Venga ya!, recuerdo que nada más jurar el cargo coincidí un año en los Zetas con un compañero y él me contaba todas las broncas, reconciliaciones y secretos que le ocultaba a su mujer.

No te pido tanto, entre otras cosas porque tú ya no estás casado, pero al menos me gustaría que te abrieras un poco más a mí.

—¿A qué te refieres?

—Trabajas como voluntario en una asociación en la que compartes tus miserias con todo el mundo para animarles a que luego ellos se desahoguen y salgan del pozo, pero no eres capaz de hablar de nada personal conmigo. Y si me apuras, ni siquiera de lo profesional.

—¿Qué quieres saber en el terreno profesional? —ofrecí.

—No sé… que me hables un poco de tus anteriores destinos. Sé que estuviste currando muchos años en Valencia y luego pediste el traslado aquí.

—No hay mucho más que contar —acoté—. ¿Algo más?

—Pues sí, coño, todo. Como policía no sé nada de tu pasado, lo único que sé es que llevas el arma con seguro y sin montar, porque eres un cagado, y poco más.

—Prefiero la palabra precavido.

—Y yo prefiero la palabra cagado.

—De acuerdo —suspiré resignado—. ¿Y qué es lo que quieres saber en el terreno personal?

—Cualquier cosa. Cualquier tema de carácter personal que no tenga nada que ver con toda esta puta mierda de asesinatos e investigaciones.

—Solo tienes que preguntar. Ya veré yo si te contesto o no.

—Vale —dijo guardando silencio mientras de entre todas, elegía la cuestión que quería preguntar—. Aunque nunca hablas de ello, sé que perdiste a tu hijo justo antes de entrar en la unidad y que fue en un accidente, ¿pero qué le ocurrió exactamente?

—Fue cuando aún vivíamos en Valencia. Se subió a una silla y cayó al vacío desde una ventana —Gris tenía razón. A pesar de que en la asociación compartía mi dolor, me costaba hablar de mis sentimientos con ella, sobre todo en lo referente a mi hijo y aunque sabía el motivo, no se lo podía decir.

—¿Y ya está? Joder, qué gran orador. Tus reuniones no deben de durar tanto como yo creía.

—Se supone que mi mujer debía de estar pendiente de él, pero se fue un momento a la cocina. Yo fui quien se dejó la ventana abierta, donde justo debajo había una banqueta. Así que me imagino que de ese modo nos repartimos la culpa.

—No creo que fuera culpa de nadie, fue un accidente —me intentó reconfortar mi compañera.

—En realidad creo que aunque nunca nos atrevimos a llegarlo a decir, siempre pensamos que la culpa fue del otro.

Supongo que esa losa fue la que acabó por derruir nuestro frágil matrimonio.

Pedí el traslado aquí e intentamos con ese cambio de ciudad dejar atrás el pasado, pero a la larga no funcionó.

Mi relación ya no se recuperó de aquello y yo, si no llega a ser por la asociación, creo que tampoco.

—Vale, ahora lo entiendo. Siento haber hecho bromas con esa asociación.

—Allí me enseñaron que el duelo es normal.

Que sentir ese dolor tan intenso que ni siquiera te permite dormir es algo lógico.

Pero también me enseñaron a saber gestionar todo ese daño.

No hay que evitar el recuerdo, pero sí que hay que saber canalizar ese dolor de la forma adecuada.

Olvidarte de culpas, rencores y responsabilidades para poder enfocarte en lo que de verdad importa, que es seguir con tu vida acompañado por el bonito recuerdo de tu ser querido.

—No sé muy bien qué decir… —reconoció mi compañera.

—No hace falta decir nada, si esto ha servido para que te quedes sin palabras, habrá merecido la pena —traté de bromear para restar algo de gravedad al momento—. Ahora me toca a mí, aprovechando este momento de confesión, ¿qué tal va tu hijo?

Ella se quedó callada por un momento. Giró la cabeza hacia la ventanilla en busca de reunir las fuerzas que le faltaban para compartir el único tema espinoso que se le atragantaba en la garganta.

Al girarse vi en su rostro el esfuerzo que le suponía hablar de ello y por un momento temí que, como tantas otras veces, despachase el asunto con una simple frase que no indicaba nada.

Pero esta vez era distinto. Le acababa de abrir mi alma y ella sabía que me lo debía.

—Cada vez se le nota más el deterioro —comenzó tragando saliva—. Hay días que cuando se levanta, tarda unos cuantos minutos en que sus músculos le respondan, sobre todo los de las piernas. Hemos empezado a mirar ya sillas de ruedas.

—Escucha, solo quiero que te desahogues un poco conmigo. Creo que te hará bien compartirlo, pero no te quiero obligar a nada.

—No, no pasa nada, está bien —dijo con una sonrisa en los labios que se encargó de desmentir su mirada.

—¿Los médicos os han dado algo a lo que agarraros? ¿Algún tipo de medicina o tratamiento?

—A través de la asociación de afectados por la enfermedad nos hemos enterado de que hay una clínica en Estados Unidos, cerca de Nueva York, que está especializada en el tratamiento de la enfermedad de mi hijo.

—Bueno, eso es genial, ¿no? —acabé por preguntar al ver la mueca que se había dibujado en el rostro de mi compañera.

—Es genial para los que tengan pasta, como siempre. La cuota mensual de la clínica es una auténtica millonada y además nos tendríamos que desplazar a vivir allí para estar a su lado.

—¿No hay ningún tipo de subvención para estos casos? —indagué.

—No hay nada de nada —negó acompañando sus palabras con un gesto de cabeza—. Como enfermedad rara que es, hay muy pocos afectados en España y por tanto no interesa emplear parte de los presupuestos del Estado en eso.

—¿Y vosotros no tendríais alguna forma de pagar…? Quizá yo pudiera prestarte algo de dinero. No es mucho, pero…

—Ni vendiendo la casa y los dos coches nos daría para un año —me cortó—. Déjalo Leo, agradezco tu interés pero no hay nada que hacer, salvo seguir luchando con lo que tenemos.

—Ahora soy yo el que no sabe qué decir.

—Te jodes, así comprendes cómo me he sentido yo antes —replicó recuperando a la Gris enérgica que se había perdido por el camino del relato.

La melodía de mi teléfono móvil sesgó cualquier añadido a la conversación.

—Es Corcobado —anuncié antes de cogerlo—. Hola jefe. De acuerdo. Estamos en medio de un atasco, pero calculo que en unos veinte minutos estaremos allí.

—¿Qué quería?

—Saber dónde estábamos. Por lo visto hay novedades y quiere reunir a todo el equipo.

—¿Novedades? ¿Te ha dicho de qué se trataban?

—No, pero por su urgencia y su tono de voz, no creo que se trate de nada bueno.