CAPÍTULO 24 #2
Él, tras la perplejidad inicial que le provoca el comentario, reacciona riendo con ganas.
Le sorprende el sonido de su propia risa y recuerda con amargura que es la primera vez que se ríe en meses.
Desde luego hace tan solo un rato pensaba que ya no le quedaba ningún motivo para reír, pero esa mujer ha conseguido lo que parecía imposible.
—De acuerdo, supongo que me lo merezco como castigo —acepta él dándole un trago a su whisky.
—Mínimo, ¿no cree?
—Pero todavía no ha respondido a mi pregunta.
—Soy la encargada de las relaciones públicas de un club privado, no muy lejos de aquí.
—¿Un club privado?
—Una especie de club social bastante exclusivo, donde seleccionamos a la clientela.
Gente como usted o como algunos de los caballeros y señoras que se encuentran ahora mismo en este hotel —explica ella recorriendo el local con la mirada—.
Por eso suelo frecuentar estos sitios, porque aquí es donde invitamos a las personas apropiadas a que se reúnan a nuestras fiestas privadas.
—¿Eso es lo que está haciendo ahora usted conmigo? ¿Invitarme?
—No le he mentido. Es mi día libre y había quedado con una amiga que no ha podido acudir, pero con gusto no me importaría acompañarle a mi lugar de trabajo si así lo desea. Eso sí, una vez allí no me quedaré demasiado tiempo. No me pagan las horas extra —añade mostrando unos dientes nacarados.
—¿Qué sucede en esas fiestas privadas? —pregunta él movido por la curiosidad y el alcohol.
—Como ya le he dicho, invitamos a caballeros y damas de un nivel social digamos… elevado. Gente de negocios que al final del día lo único que procuran es pasar un buen rato olvidándose de todas las responsabilidades que cargan a sus espaldas.
—No está siendo demasiado concreta —amonesta él.
—En nuestro club valoramos la privacidad y la satisfacción del cliente. Por eso invitamos a hombres y mujeres a que se reúnan en nuestro local y se puedan conocer. Es habitual que el club esté frecuentado por personas de todas nacionalidades a quienes solo les une el gusto por el lujo y el placer.
—¿Y cómo se consigue eso? —se interesa él, al tiempo que el camarero le sirve una nueva copa que no recuerda haber pedido—. Me refiero a la privacidad y la satisfacción del cliente.
—La privacidad la garantizamos con unas máscaras venecianas que el cliente se pone en una sala privada nada más entrar.
Solo él decide en qué momento la retira de su rostro, si es que así lo desea.
Es normal que muchos de ustedes abandonen el local aún con la máscara puesta y nadie sepa que han estado allí.
—¿Y la satisfacción? ¿Cómo se consigue? —pregunta él dándole un trago a su nueva copa, que le recorre el esófago dejándole un gusto algo diferente.
—De eso se encargan ustedes. Nosotros solo les servimos las bebidas, hacemos sonar la música y ponemos a su disposición el local más exclusivo de la ciudad.
—Creo que no comprendo.
—La gente que acude al club, hombres y mujeres, son personas que necesitan evadirse de la tensión de su día a día y solo hay una cosa capaz de eliminar por completo ese tipo de tensiones.
—¿Sexo?
—Ustedes son los que ponen las reglas y marcan los tiempos, pero si quiere que le sea sincera, es habitual que comiencen conociéndose y tras un par de copas de conversación, muchas de esas personas opten por subir la intensidad de la relación para poner en práctica cualquier tipo de fantasía contenida.
—¿A qué tipo de prácticas se refiere?
—Como ya le he explicado, son solo ustedes los que ponen las normas. El club solo tiene una regla; todas las relaciones deben ser consentidas y en el momento en el que alguna de las partes no se sienta cómoda, puede detener la situación al instante con una palabra de seguridad.
—¿Entre las mujeres… hay profesionales?
Ella niega tajante con la cabeza antes de contestar.
—Eso haría perder el encanto de la experiencia, ¿no cree? En nuestras reuniones invitamos a altos ejecutivos o directivos de multinacionales. Seleccionamos un perfil muy concreto para que todos se encuentren en igualdad de condiciones.
—Pero… ¿se puede hacer de todo? —tantea él, enardecido.
—Se puede hacer todo lo que se quiera, siempre y cuando la otra persona así lo permita.
Le diré que por mi experiencia la mayoría de ustedes, da igual el género, amparados en la privacidad de sus máscaras dan rienda suelta a sus deseos más ocultos.
Todo aquello que no se atreven a practicar o pedir a sus parejas, lo realizan con esa desconocida con una pasión desmedida y la otra persona suele responder con las mismas ganas.
El hombre nota cómo una erección le sorprende debajo de sus pantalones.
Su cerebro hace un rato que se ha olvidado de todos sus problemas y ahora ya solo piensa en lo que podría hacer con una desconocida.
También piensa en todo lo que nunca ha hecho en la cama con su esposa y en todo lo que no se anima a proponerle, pero le gustaría hacer.
El deseo y un leve pero placentero mareo provocan que el hombre desee seguir indagando en la cuestión.
—¿Cuánto cuesta la invitación a su club? —pregunta al fin.
—No le voy a mentir, no es barato. Pero esa es una forma de asegurarnos la exclusividad de nuestra clientela. Por otra parte, ¿qué precio le pondría usted a una experiencia única como ésta? Seguro que sea el que sea, cuando salga de ese sitio, le habrá parecido barato.
El hombre guarda silencio por un momento. Jamás ha acudido a un sitio de esas características y hasta hace media hora ni siquiera se lo había llegado a plantear.
Ella, especialista en el análisis humano, percibe sus dudas y decide actuar.
—Siempre puede acudir, ver el panorama y si no le convence, regresar de vuelta al hotel. Por descontado yo me encargaría de que no se le cobrara el cover de entrada y un vehículo privado le traería de vuelta hasta aquí.
Él se queda mirando a la espectacular mujer y acaba por darle un último trago a su copa antes de decir tres palabras.
—¿Por qué no?
Aquellas tres palabras, sin ser consciente de ello, serán las que marquen su particular viaje a los infiernos.