Dentro de la locura CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Ciudad Juárez, México.

Año y medio antes.

El hombre, agotado y nervioso, cruza el hall del hotel hacia la zona donde se encuentran los ascensores, para subir a su habitación tras una larga jornada.

En el último momento un impulso le invita, como ya ha hecho la mayoría del resto de noches, a tomarse una copa antes de recibir el merecido premio del descanso que le ofrece el confortable colchón de su dormitorio.

Gira sobre sus talones y se dirige hacia el bar del hotel, una amplia estancia elegante e iluminada de forma tenue para ofrecer la intimidad y la pausa que en ese momento demanda su cuerpo.

A la derecha, una barra de madera noble y cristal pulido se alarga hasta casi el final del local.

El resto del cuidado espacio es ocupado por pequeños cúmulos de lujosos butacones entre los que se encuentran mesas bajas de cristal.

Al fondo, un iluminado y huérfano piano blanco, plantado sobre una elevada tarima de madera, pone la nota de distinción en la escena.

En anteriores veladas, un virtuoso pianista había tapizado con sus melancólicas melodías la atmósfera algo triste y solitaria de la sala, pero aquella noche el majestuoso instrumento descansa solo.

Entre las butacas y la barra apenas se desdibujan a media luz una docena de personas; hombres y mujeres en su mayoría trajeados, en su mayoría sin compañía. En su mayoría, como él, postergando el momento de la soledad de su habitación.

Tentado por la comodidad que ofrecen los asientos, decide sin embargo ocupar una banqueta alta al final de la barra. Uno de los dos solícitos camareros que la atienden, se acerca hasta él con una sonrisa que no parece impostada.

—Macallan— es la seca respuesta a la pregunta protocolaria del empleado.

Instantes después, el camarero regresa con la copa del whisky escocés antes de retirarse a una distancia prudencial en el centro de la barra sin ofrecer más conversación.

La experiencia en su trabajo le permite distinguir cuándo un cliente requiere compañía y cuando, por el contrario, necesita refugiarse en la soledad del alcohol.

El hombre, tras un primer trago que le recorre la garganta con un cálido ardor, decide aflojarse el nudo de la corbata.

Mira al frente y la imagen que le devuelve el espejo es la de un hombre derruido, por dentro y por fuera.

Se termina el licor de un trago y pide al camarero que le ponga otra, quien repite el proceso con estudiada discreción.

Hoy por fin ha concluido su labor, un largo y complejo proyecto de muchos meses que comenzó al otro lado del océano, junto a su equipo de la EFSA, en su Madrid natal.

Sabe que ha hecho un buen trabajo. Durante todo ese periodo ha sido concienzudo y escrupuloso en el proceso, pero al final los resultados, aquellos que él casi desde un principio se temía, han sido los que jamás hubiera deseado.

A pesar de contar con el apoyo técnico de un prestigioso laboratorio local, debido al carácter confidencial del proyecto es el único de su equipo que se ha desplazado hasta allí para elaborar las conclusiones finales.

Sabe que cuando entregue esos resultados ya no habrá vuelta atrás.

También sabe y teme las consecuencias que los datos provocarán.

Por eso, lejos de sentirse reconfortado o incluso aliviado, siente como si una fuerza invisible le oprimiera con fuerza el pecho, provocando por momentos una carencia de aire.

Con la respiración entrecortada se desabrocha el botón superior de su camisa e inspira de forma profunda en busca de un oxígeno que parece haber desaparecido de repente.

Tal es su estado que en un momento dado comienza a dar bocanadas, como si se tratara de un pez que acaba de ser depositado en el cubo del pescador.

Cuando está a punto de demandar la presencia del camarero para reclamar su ayuda, una dulce voz femenina le sorprende a su espalda.

—Trate de relajarse, no piense en nada e inspire de forma suave y constante. No le pasa nada grave, solo está sufriendo un ataque de ansiedad. Sé de lo que hablo. Si me hace caso, en breve se le pasará.

El hombre, con los ojos cerrados, hace caso a la voz y al cabo de un minuto comienza a recuperar parte de la calma y compostura perdida.

Finalmente se gira para contemplar a una mujer espectacular, vestida con un elegante y ceñido traje de chaqueta que permite marcar su atractiva figura.

Morena de piel, melena oscura y salvaje.

Todos los alicientes para que un hombre en esas condiciones pueda perder la cabeza.

—Gracias—, es lo único que acierta a decir de inicio el hombre ante la imponente mujer.

—No hay de qué darlas.

—¿Es usted enfermera?

La mujer ríe la ocurrencia con ganas, como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo. Su risa es también de las que enamoran, certificando así lo tentador del conjunto.

—Nada más lejos. He visto a muchos hombres de negocios como usted a los que al final de la jornada, cuando han tomado pausa, se les viene el mundo encima.

Personas con mucha responsabilidad, como a buen seguro tiene usted, a quienes les acaba golpeando toda la tensión acumulada una vez el cuerpo se relaja.

—No la había visto antes, ¿viene mucho por aquí? —en seguida el hombre se arrepiente de la frase, que aunque genuina en su origen, se ha presentado en su boca como una manida forma de ligar.

—No demasiado, pero de vez en cuando me gusta tomar algún trago con amistades que frecuentan el local —responde ella de forma críptica.

—¿Espera a alguien? —esta vez la frase sí que está cargada de intención.

—Había quedado con una amiga, pero al final me ha mandado un mensaje para decirme que no la va a armar.

Como ya estaba arreglada y casi llegando, he decidido venir de todos modos y siendo honestos—baja la voz ella para adoptar un impostado tono de confidencia mientras acorta distancias— odio tomar sola.

—¿Le apetece acompañarme? —ofrece él, como si la idea hubiese sido suya.

—Me encantaría —responde la mujer con una amplia sonrisa, ocupando la banqueta de al lado.

Al momento el camarero se acerca y él solicita una tercera copa de whisky mientras la mujer pide ginebra con tónica.

El hombre no sabría decir qué, pero en la escena algo se le escapa.

Un leve cruce de miradas cargado de intención entre el empleado y su acompañante le indica que ya se conocen.

Supone que no es la primera vez, tal y como ella misma ha reconocido, que la mujer se acoda en esa barra.

De repente, una bofetada de la realidad le golpea en el rostro, haciéndole perder toda la ilusión provocada por el supuesto cortejo.

Flagelándose por su estupidez, ahora comprende el motivo de que una mujer espectacular como ella decida tomar una copa con un tipo corriente como él.

Con la amargura de haber tomado plena consciencia de la situación, decide poner fin a aquella pantomima.

—Disculpe, creo que me he equivocado. Aunque resulta tentador, no requiero de la compañía de una profesional.

La mujer, ante el comentario, detiene su copa a medio camino entre la barra y sus labios.

—Si un caballero va a ofender de esa forma a una dama, al menos debería antes cerciorarse de la condición de la persona que le ha ofrecido su compañía y un poco de charla sin esperar nada a cambio.

Ella se levanta con su copa en la mano y sin mirar hacia su izquierda, decide dirigirse hacia la zona de los butacones para tomar asiento.

Él se castiga por la torpeza y tras armarse de valor, acude a su reencuentro.

—Le ruego que me disculpe, he sido un idiota al suponer algo que está claro que no es. Le pido que hagamos como si mi comentario no hubiera sido pronunciado nunca y achaquemos mi estupidez al estado del que usted me ha rescatado.

Ella lo mira con un mohín que muestra que aún se encuentra ofendida.

—Por si quiere saberlo, yo también detesto beber solo —ofrece él una sonrisa conciliadora—. Si me permite resarcir mi torpeza y acepta mi compañía, con gusto le invitaré a otra copa.

—Siempre y cuando usted se pida otra —acepta ella.

El hombre, envalentonado por haber podido revertir la situación, hace un gesto al camarero levantando dos dedos.

El joven al poco se acerca con dos nuevas consumiciones que deja sobre la mesa en un sepulcral silencio.

Esta vez no ha habido ningún cruce de miradas, ni ningún otro gesto cómplice que se le parezca.

Comienza a pensar que ese maldito proyecto en el que está trabajando y en el que se ha dejado el alma los últimos meses le está volviendo paranoico, por lo que decide relajarse para poder disfrutar del whisky y de la hermosa compañía.

—¿Español? —comienza la mujer, recibiendo un gesto afirmativo del hombre—.

¿A qué se dedica? Déjeme adivinar. Es directivo de una potente empresa hotelera…

No, mejor de una de esas empresas importantes que ustedes tienen por medio mundo; Repsol, Telefónica o alguna constructora.

Eso es, directivo de una constructora —baraja divertida la mujer todas las posibilidades que se le van ocurriendo—. ¿Le atiné?

—Frío, frío… —contesta el hombre quien parece encontrarse cómodo con el juego— Trabajo en una agencia de la Unión Europea.

—¿Es usted político? —pregunta ella llevándose las manos a la cara fingiendo horror.

—No, por Dios. Solo soy… bueno, un alto funcionario.

—¿Y a qué se dedica exactamente? Quiero decir, ¿qué le ha traído hasta acá?

—Bueno, es algo complejo de explicar —se protege él.

—Comprendo, no es de mi incumbencia —comenta ella inclinándose sobre la butaca para darle un largo trago a su ginebra.

—No, no es eso. Es que…

Pero ella corta de raíz la explicación levantando las manos. El gesto, acompañado de una sonrisa, no muestra ofensa, sino todo lo contrario.

—¿Y usted? ¿Le puedo preguntar a qué se dedica?

—Bueno, si hemos descartado definitivamente lo de puta, creo que ya le quedan menos opciones donde elegir —responde ella con gesto divertido.