CAPÍTULO 23
Esperamos a que la esposa del ingeniero agrónomo saliera del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses para poder hablar con ella.
El desplazamiento del familiar ya no era una gestión necesaria para reconocer la identidad del difunto, ya que los cadáveres se identificaban casi al instante por medio de la necrorreseña o mediante cotejos para los que empleábamos diversas aplicaciones informáticas a las que teníamos acceso, como la base de datos del DNI.
Sin embargo, era costumbre habitual que los familiares, poco después de comunicarles la noticia, se trasladaran hasta el lugar donde descansaban los restos mortales de sus seres queridos para llorarles y darles una especie de último adiós en la más fría y cruel intimidad.
A diferencia de la ex de la primera víctima, esta mujer sí que estaba realmente afectada, por lo que preferimos que el encuentro se diera a plena luz del día, fuera del asfixiante ambiente del moderno edificio.
Rogué que aquella desolada mujer no hubiese visto alguna foto de su marido yaciendo sobre un montón de basura, aunque comprendí que al final sería inevitable.
—¿Es usted la esposa de Isidoro Laínez? —abordé yo a la afligida viuda.
Era una mujer de unos cincuenta años, rolliza y con cara amable a quien la reciente tragedia había arrasado unos rasgos bonitos de su rostro, quien sabe si para siempre.
Iba acompañada a su lado por otras dos señoras con las que compartía parecido y que le servían como muletas en su errático deambular.
Se encargaban de sostenerla por debajo de ambos brazos, impidiendo que la mujer se derrumbase en todos los sentidos.
La mujer me miró, abrumada por el dolor y la sorpresa. Unos ojos enrojecidos y la mirada perdida me indicaron que ese no sería el mejor escenario posible para tener aquella conversación, pero íbamos contrarreloj y la vida de la tercera persona retenida estaba en juego.
—¿Quién lo pregunta? —se adelantó a mi insensible insistencia una de las acompañantes de la destrozada mujer.
—Policía —me presenté de forma escueta al tiempo que mostraba la placa—.
Somos los encargados de investigar el asesinato de su marido y nos hacemos una idea del dolor y sufrimiento por el que debe de estar pasando en estos momentos, pero es vital que nos conteste a unas preguntas.
Le prometo que la molestaremos lo menos posible.
—¿Y no pueden esperar? —volvió a intervenir la acompañante que se había erigido en portavoz—. ¿Es que no respetan nada?
—Les aseguro que no nos atreveríamos a importunarlas en estos dolorosos momentos si no fuera imprescindible, pero me temo que la vida de al menos otra persona corre serio peligro —anuncié buscando recuperar la consciencia en el interior de aquellos ojos enrojecidos.
—Y yo le digo que…
—Déjalos, Carmen —pidió con un hilo de voz la viuda a la mujer que la sostenía—. Si puedo evitar que hagan a otra persona lo que he visto que le han hecho a mi marido, contestaré a lo que sea.
—¿Nos podemos sentar al menos? —rugió la acompañante con rabia mal contenida.
—Por supuesto, si lo desea en el hall del edificio hay asientos y un par de máquinas de refrescos y café —propuse.
—No, no quiero volver a entrar a ese sitio nunca más en mi vida. Ese banco será suficiente —dijo la mujer señalando con la vista el asiento de madera y acero que había a mi espalda.
—Quizás alguna pregunta resulte comprometida, puede que prefiera que le realicemos ciertas cuestiones a solas… —sugerí una vez se sentaron las tres mujeres y nos quedamos Gris y yo de pie frente a ellas.
—No se preocupe, son mis hermanas —aclaró para referirse a sus acompañantes con quien aparte de parecido físico, compartía carga genética—. Lo que tenga que hablar de mi marido, ellas a buen seguro ya lo saben.
—Como quiera. Verá, tenemos fundadas sospechas de que el asesinato de su esposo pueda guardar relación con un viaje a México que realizó hará cosa de dos años por motivos de trabajo.
La esposa, ante mi arranque, rompió a sollozar, tapándose la cara con las manos y doblando su torso hasta casi meter la cabeza entre los muslos, para convertirse así en una voluminosa esfera a la que arropaban sus hermanas.
Una de ellas trató de ofrecer consuelo, poniéndose a su altura para susurrarle algo al oído.
La otra, la portavoz, se preocupó en dedicarme una mirada capaz de quitarme un par de trienios de vida.
Cuando ya pensaba que aquel intento resultaría estéril a efectos de la investigación, unas palabras sorprendentes salieron pausadas y teñidas de dolor desde la caverna que había formado el cuerpo de la desconsolada mujer.
—Lo sabía. Sabía que era por eso.
—¿Cómo dice? —pregunté justo después de cruzar una mirada con mi compañera.
—Ese maldito viaje. Sabía que nos iba a traer algo malo.
—Disculpe señora, pero no entendemos bien a qué se refiere —demandé con dulzura para que ampliara una información que se me antojaba fundamental.
La mujer pareció no haberme oído, pues se mantuvo encorvada mientras guardaba silencio ante mi petición. Tras unos segundos se incorporó, se secó las lágrimas y, en un esfuerzo titánico, intentó serenarse para poder dar una explicación a sus palabras.
—Isidoro siempre me contaba todo acerca de su trabajo; lo que hacía, dónde lo hacía, con quién trabajaba…
Su profesión le fascinaba y disfrutaba hablando de ella.
Sin embargo, hará cosa de dos años algo sucedió.
Se volvió más callado, más esquivo… no sé, pero algo en él cambió.
Desde la agencia le pusieron al frente de un nuevo proyecto, un estudio bastante complejo por el que tuvo que firmar un contrato de confidencialidad.
—¿Le contó al menos a usted de qué se trataba ese proyecto? —intervino Gris.
—No, le pregunté pero dijo que no podía explicarme nada.
Cuando casi de broma le dije que no me chivaría a nadie, él me contestó que no era solo por el contrato, sino también por mi propia seguridad.
Yo me asusté, claro, pero a pesar de mi insistencia él se negó a contarme nada.
Se pasaba las horas encerrado en su despacho, allí pasaba las noches, los fines de semana…
Yo le oía hablar con otras personas, pero era incapaz de escuchar lo que decían.
—¿Cuánto tiempo tuvo esa actitud?
—Un par de meses, quizás tres, hasta que un día me dijo que tenía que irse a México para poder finalizar el maldito proyecto. Me contó que estaría fuera un mes, a lo sumo dos, pero que a su vuelta todo volvería a la normalidad.
—¿Y fue así?
—Al contrario. A su regreso fue aún peor.
No quería hablar de nada que tuviera relación con aquel viaje.
Se volvió huraño, no solo conmigo, también con nuestras amistades y familia.
Se encerró por completo en su despacho, solo salía para comer y dormir y sentí que lo había perdido para siempre. Hasta que…
La mujer se detuvo, sopesando hasta que punto sería conveniente seguir con el relato. Al percibir sus dudas, decidí poner las cartas sobre la mesa.
—Su esposo no es la primera víctima mortal de la investigación que llevamos en curso —expuse—.
Sabemos que, al igual que la otra víctima, estuvo secuestrado.
También intuimos que el asesino se puso en contacto con usted para, bajo graves amenazas —dije mirándome con intención los dedos de mis manos—, evitar que usted denunciara.
Ella pareció estremecerse ante mi alusión y el recuerdo de la falange seccionada, confirmando así nuestra tétrica suposición.
—No tiene que preocuparse ya por nada —continué—. Cuéntenos lo que sepa y le prometo que acabaremos atrapando al malnacido que le ha hecho eso a su marido.
La mujer no pareció convencida del todo, miró a ambos lados buscando la respuesta en sus hermanas. Una, con un leve empujón de hombro, le animó a que compartiera con nosotros lo que sabía. La otra, mi amiga la portavoz, le ordenó con la mirada que se callara.
—El animal que mató a su marido todavía tiene retenida a otra persona —decidió intervenir Gris para desnivelar la balanza—.
Por desgracia ya no podemos hacer nada por salvar la vida de su esposo, pero quizás un hombre pueda ser rescatado con vida gracias a su ayuda y de ese modo podamos evitar que otra mujer se tenga que sentar en este banco rota de dolor.
Si así lo desea, podemos ofrecerle protección hasta que capturemos al asesino de su marido, pero usted sabe que lo único correcto, lo que debe hacer ahora, es contarnos todo lo que sepa.
La contundencia de mi compañera provocó el efecto deseado. La mujer se alisó unas arrugas invisibles en su gruesa falda y tras un hondo suspiro, alzó la mirada.
—De acuerdo, no necesito que nadie me proteja. ¿Qué es lo que quieren saber?
—¿Cuándo secuestraron a su marido? —pregunté a renglón seguido.
—Hará ya algo más de dos semanas, casi tres.
—¿Cuándo se puso en contacto el secuestrador con usted?
—El mismo día que desapareció, alguien llamó al teléfono fijo de casa. Era una voz muy grave, como de locutor de radio, pero parecía que la forzaba.
—¿Recuerda algo más?
—Tenía acento de Centroamérica. Era como de…
—¿México?
—Sí, podría ser —afirmó sin demasiado convencimiento—.
Me dijo que acabaría liberando a Isidoro siempre y cuando yo no denunciara, ni dijera a nadie nada.
Al día siguiente, como si yo no fuera consciente de la gravedad del asunto, me envió el dedo de mi marido junto con el anillo de bodas como prueba.
Después de eso me dio instrucciones para que si alguien me preguntaba, dijera que Isidoro estaba en un viaje de trabajo.
Ahora ya sé que no pensaba cumplir con su promesa.
—¿Y desde la empresa de su esposo nadie se extrañó de su ausencia durante todo ese tiempo? —interrogó Gris con extrañeza.
—Eso es lo más raro. Le pregunté a ese desgraciado, pero él me aseguró que no me preocupara por eso, ya que nadie de la agencia preguntaría. Y así fue.
Volví a cruzar una mirada significativa con mi compañera.
—¿Nadie de la EFSA se ha puesto en contacto con usted durante todo este tiempo? —incidí para dejar claro aquel punto.
—Ya se lo he dicho.
Un silencio barrió entonces la improvisada reunión, dejando a cada bando enfrascado en sus pensamientos.
—¿Creen que pueden tener algo que ver? —realizó entonces la viuda la pregunta que me estaba rondando la cabeza—. Me refiero a los de la agencia para la que trabajaba mi marido.
—Bueno, no podemos compartir los avances de la investigación, pero a título personal debo decir que, aunque como cualquier otra opción no es descartable, sí que me resulta difícil encontrar un escenario en el que una institución europea orqueste el asesinato de uno de sus trabajadores.
Mis palabras, retorcidas en el mensaje y rebuscadas en su contexto, causaron el efecto deseado. La mujer se quedó boquiabierta mientras intentaba analizar mi respuesta en busca de un sí o un no.
—Lamentamos mucho su pérdida y nos pondremos en contacto con usted en cuanto tengamos algo de qué informarle —prometió mi compañera a modo de despedida, aprovechando el momento de confusión.
Yo me limité a colocar una mano suave sobre su hombro mientras murmuraba unas condolencias que sonaron artificiales.
Antes de seguir los pasos de mi compañera hacia el coche, estuve tentado de entregarle a la viuda una tarjeta de la asociación, pero el rostro ácido de su hermana, clavándome el último de sus puñales, me quitó la idea.
—Dos de dos —comenzó Gris nada más arrancar el coche—. Dos ingenieros que viajan al extranjero y vuelven cambiados. Sé que me repito, pero cada vez queda más claro que la clave de todo está en ese viaje a Ciudad Juárez y en lo que debió de descubrir el desgraciado del periodista.
—Estoy de acuerdo, por eso no puedo dejar de preguntarme; ¿qué coño fue lo que les pasó en México?