Dentro de la locura CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Se llamaba Isidoro Laínez Espinosa —comenzó el inspector jefe Corcobado una vez estuvo todo el equipo reunido en la sala de reuniones—.

Cincuenta y seis años de edad, natural de Madrid.

Casado, con dos hijos. Gracias a la necrorreseña que se le ha practicado al cadáver hemos podido averiguar su identidad.

—¿Profesión? —me interesé.

—Aquí empieza lo bueno. Estudió veterinaria, pero también tenía la carrera de ingeniero agrónomo, como su colega que le precedió en la camilla del anatómico forense.

—Joder… —masculló Gris— ¿Trabajaba también para esa empresa auditora? ¿Cómo se llamaba?

—Consultech —apuntó el jefe—. No, compartían profesión, pero nuestra última víctima trabajaba para EFSA.

—¿Para quién?

—Es una agencia europea que se dedica a todo lo relacionado con la seguridad alimentaria en nuestro continente.

Es la máxima autoridad en la materia y la encargada en redactar Informes técnicos, emitir dictámenes…

cosas así. En definitiva es la institución que presta asesoramiento científico a la Unión Europea en materia de alimentos.

—Vaya…

—Hasta que no lo he consultado hace veinte minutos, yo tampoco sabía nada de ella —reconoció Corcobado.

—¿Pero a qué se dedican exactamente? —se interesó Morales.

—Toman decisiones sobre la gestión del riesgo en cuestiones normativas. Básicamente son los que deciden qué alimentos, bebidas o componentes alimenticios, se deben prohibir en todo el territorio de la Unión Europea —aclaró Mirta quien por lo visto sí que había oído hablar de aquella institución.

—¿Cuál era la labor que desempeñaba el finado en la agencia? —quise saber.

—En la página web de la EFSA se muestran diversos departamentos.

La víctima aparece como el máximo responsable del área de plaguicidas.

Hay también una breve referencia a sus titulaciones académicas, los cargos desempeñados y la fecha de incorporación en la agencia hace ya casi veinte años, pero poco más.

—¿Plaguicidas? —preguntó Morales.

—Se utilizan principalmente para mantener saludables los cultivos y evitar que sean destruidos por enfermedades e infestaciones —aclaró de nuevo Mirta—. Incluyen herbicidas, fungicidas e insecticidas, entre otras muchas cosas.

—O sea, todas las mierdas que le echan a las frutas y las hortalizas para que no tengan bichos, luzcan bonitas, pero no sepan a nada —sintetizó Griselda.

—¿Sabemos si alguno de esos proyectos lo desarrolló en México? —interrogó Corcobado.

—Deme un momento, jefe —pidió Mirta mientras tecleaba los datos de la víctima en la aplicación informática—. ¡Bingo! —exclamó tras observar el resultado que arrojaba su consulta.

—Déjame adivinar, nuestra víctima también viajó a Ciudad Juárez —aventuró Gris.

—Y no solo eso —respondió con un punto de excitación la policía—, coincide las fechas de sus vuelos con las del viaje de nuestra otra víctima.

—¿Alguien denunció su desaparición? —pregunté—. Según el forense, al igual que su colega, también presentaba síntomas evidentes de desnutrición, por lo que todo hace pensar que estuvo retenido durante al menos un par de semanas en el mismo sitio donde estuvo prisionera Lupe.

—Y que él es al menos uno de los hombres que escuchó ella desde su celda —añadió Gris.

—Lo estoy comprobando en la base de datos —anunció Morales desde su ordenador—. Pero… no, nadie denunció su desaparición.

—El asesino, tras secuestrarle, debió de darle a elegir entre él y su esposa, pero el tal Isidoro, a diferencia de Ricardo, eligió la opción menos egoísta —supuse.

—¿Pero la mujer no llegó a denunciar la desaparición? —insistió en la cuestión Mirta.

—No, porque nuestro asesino la amenazó para que no lo hiciera —contesté.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de ello?

—Por el dedo. El forense nos ha revelado que en fechas recientes le cortaron el dedo anular de la mano izquierda.

Al principio pensé que nos lo dejaría dentro de una cajita junto a la siguiente víctima, como ya hizo antes.

Pero luego pensé que no tenía sentido, ya que con los grabados en el pecho ya había suficiente conexión.

Entonces recordé un dato y es que ese dedo es en el que se lleva el anillo de compromiso.

—Ese cabrón mandó el dedo del marido a su mujer, con anillo de bodas incluido como certificado de garantía y a modo de prueba de vida —expuso Griselda comprendiendo mi razonamiento.

—Aun así habrá que comprobarlo. Leo, Gris, encargaos vosotros de ir a hablar con la esposa cuando vaya al anatómico forense.

Dejadle claro que sabemos lo que le ha sucedido a su marido y que no tiene que tener miedo a contarnos la verdad.

Morales, ponte en contacto con todo el que puedas de EFSA que sea capaz de dar algún tipo de explicación sobre el cometido del fallecido en la agencia.

También quiero que investigues todos los proyectos de esa agencia en los que participó la víctima hasta que encuentres alguno que se desarrollara o tuviera algún tipo de relación con México —ordenó Corcobado asignando tareas—. ¿Alguna pregunta?

—Varias —reconocí—. La primera es el por qué una agencia europea desarrolla un proyecto en México. La segunda es el motivo por el que el asesino está acabando con la vida de esos ingenieros agrónomos.

—En cualquier caso, si lo que nos contó ese periodista mexicano es cierto, puede que todo esté relacionado con ese club y la desaparición de mujeres que estaba investigando nuestra primera víctima, el periodista que apareció torturado en ese polígono —recordó Gris.

—Estoy de acuerdo, puede que empecemos a tener algo.

Mirta, me da igual cómo lo hagas, pero quiero que averigües si en los mismos días, o en fechas próximas, algún otro ingeniero agrónomo viajó a Ciudad Juárez —mandó Corcobado—.

Y lo quiero para ya. Os recuerdo que según la testigo había al menos otro hombre más encarcelado en esas celdas y al asesino aún le quedan un par de garabatos para completar su macabro dibujo.