Dentro de la locura CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La espera a que una nueva víctima apareciera, por desgracia, no duró demasiado.

Tan solo un día después, nos llegó el aviso de que habían encontrado un cuerpo salvajemente mutilado con unas extrañas heridas a modo de marcas en el pecho.

—No os vais a creer dónde ha aparecido —fue lo primero que nos dijo Corcobado en cuanto entramos en su despacho Griselda y yo.

—Me espero cualquier cosa —admití.

—Dentro de un contenedor de basura, junto a la carretera de Toledo, a la altura del kilómetro 20.

—¿Qué hay de extraño en eso? —quiso saber Gris.

—Que ese es el contenedor donde arrojan los residuos y la basura los empleados del Kiss, el local de alterne más grande de todo Madrid. De hecho, el contenedor está pegado al edificio.

—Lo conozco —dije—. Es un antiguo hotel pegado a la carretera que reconvirtieron en un lucrativo negocio de prostitución. Más de diez plantas dedicadas al oficio más antiguo del mundo.

Griselda me lanzó una mirada cargada de intención al tiempo que esbozaba media sonrisa.

—Jamás he estado allí, de hecho nunca he pisado un puticlub —me obligué a aclarar—, pero casi todo el mundo sabe de la existencia de ese tugurio.

—Ya lo sé, solo me estaba quedando contigo —respondió divertida.

—¿Os importa si continúo con mi explicación? —rugió Corcobado algo cansado de nuestras chorradas.

—Disculpe jefe.

—Una empleada se lo ha encontrado esta madrugada, cuando ha ido a tirar bolsas de basura y ha abierto el contenedor. Por lo visto tenía una máscara veneciana cubriéndole el rostro y se han cebado con el cuerpo de ese desgraciado, así que todo apunta a que el autor ha sido nuestro hombre.

—Pero ese sitio tendrá cámaras —supuso Gris.

—En esa parte del edificio no, solo en la puerta de entrada. De todos modos al lado hay una gasolinera y esa sí que cuenta con cámaras.

—¿Y?

—Y tendremos que pedir la grabación, claro está. Por el momento quiero que vayáis para allá antes de que los compañeros de Seguridad Ciudadana contaminen la escena del crimen.

—Es el contenedor de basura de un puticlub, creo que poco más se puede contaminar ya —alegó con cara de asco Griselda.

—Tú ya me entiendes. El resto de la compañía ya están avisados; científica y comisión judicial con nuestro amigo el forense a la cabeza. Id echando hostias para allá y en cuanto tengáis algo me dais un toque. A ver si por una vez no soy el último en enterarme de lo que ocurre.

—Jefe, una última cosa. Si alguna de las señoritas que trabaja allí le echa de menos y nos pregunta por usted, ¿qué le decimos? —inquirió con una sonrisa mi compañera.

—¿Cómo coño aguantas a esta payasa? —se dirigió a mí el jefe, aceptando la broma privada que permitía la cercanía y años de compañerismo entre superior y subordinada.

—No la aguanto.

Puede que aquel humor negro en una situación similar resultara irreal para alguien que no fuera policía, pero cuando la profesión de uno te obliga a convivir en tu labor cotidiana con la violencia, el horror y la muerte, el humor revestido de sarcasmo e ironía es el último recurso al que te agarras para no perder ese ápice de humanidad que en ocasiones piensas que ya no tienes.

—¿Crees que alguien habrá visto a nuestro asesino? —pregunté a Gris ya dentro del coche por hacer algo más ameno el inevitable atasco con el que regala la carretera de Toledo a todo aquel desdichado que osa circular por su camino.

—Lo dudo mucho, aun en el REHC de que…

—¿REHC? Ya te lo he oído alguna que otra vez. ¿Qué es eso?

—Es un latiguillo que arrastro de mi época en la facultad. Era una especie de código secreto que tenía con un chico de mi clase con el que empecé a salir. Me hacía reír mucho y creo que casi sin darnos cuenta nos acabamos enamorando.

—¿Tu marido?

—No, a ese lo conocí años después. Con este chico de la Universidad al final la cosa no cuajó y después de un tiempo decidimos romper.

A pesar de eso mantuvimos una buena relación y siempre fantaseábamos con volver a encontrarnos en el futuro y en otras circunstancias.

Sería entonces cuando nos daríamos una segunda oportunidad para volver a estar juntos.

Decíamos REHC para referirnos al “Remoto E Hipotético Caso” en que acabara pasando eso.

—¿Y sucedió?

—No, eso solo pasa en las películas o en las canciones de Álex Úbago.

Unos años después de acabar la carrera perdimos el contacto y ya no supe nada de él.

Aunque si te soy sincera, de vez en cuando trato de imaginar lo que hubiera ocurrido si nos hubiéramos vuelto a encontrar.

A veces pienso en que hay unas pocas decisiones clave que tomamos a lo largo de los años que nos podrían haber cambiado el resto de nuestra vida.

—¿Como cuáles? —me interesé.

—Como elegir seguir con alguien, dejar a una pareja o empezar una nueva relación.

Cambiar de ciudad para vivir. Encontrar otro trabajo…

En fin, ese tipo de cosas. ¿A ti no te ha pasado?

¿No tienes la sensación de que podrías haber llevado al menos tres o cuatro vidas diferentes dependiendo de las decisiones que hubieras tomado en su momento?

—Podría ser —repliqué tras meditarlo un instante.

—Claro que podría ser. Todo el mundo tiene esa sensación en algún momento de su vida.

Lo jodido y a la vez bonito es tener esa incertidumbre, porque ya nunca podrás saber cuál habría sido la decisión correcta.

Aunque en realidad no creo que exista una decisión que sea del todo acertada, sino diferente.

Lo que de verdad cuenta es que seas feliz con lo que al final has elegido y no te arrepientas de nada.

—Reflexiva, profunda y seria. Apenas si te reconozco, compañera. ¿Qué te ha pasado? ¿Te has dado un golpe en la cabeza?

—Vete a la mierda, mamarracho.

—Esa es mi chica. ¿Tú qué crees que hubiera pasado si os hubierais vuelto a ver? Me refiero al chico de la universidad.

—No tengo ni idea, pero si te soy sincera, me hubiera gustado volver a coincidir y haber podido salir de dudas, ya fuera de un modo o de otro —contestó con una sonrisa melancólica—.

Supongo que el no saber nada de él en todos estos años ha ayudado a idealizar su recuerdo.

Puede que ahora sea un tipo aburrido y feo, algo parecido a ti.

—¿Pero te has arrepentido alguna vez de no haber seguido con él? —indagué yo escarbando sin ningún rubor en lo más profundo de su intimidad.

Ella tardó unos instantes en contestar, como sopesando la respuesta que iba a dar a aquella pregunta.

—Me alegro de haber seguido con el que hoy es mi marido, por muy consumidor de porno chino que sea. Porque he tenido una buena vida a su lado y sobre todo porque he tenido a mis hijos, a los que no cambiaría por nada en este mundo.

—Puede que hubieras tenido otros… —planteé yo.

—Sí, pero no serían estos. Como te digo, me alegro de haber tomado esa decisión, pero te mentiría si te dijera que no recurro de vez en cuando a la fantasía de, entre otros momentos claves, pensar cómo hubiera sido mi vida si aquel día en la facultad, con aquel chico, nuestra decisión hubiera sido otra.

Ella se enredó entonces en el hondo silencio que le produjeron sus más íntimos recuerdos y yo me varé en la idea que había planteado Gris de cómo la existencia te puede cambiar dependiendo de las decisiones que tomes en un momento determinado de tu vida.

El eterno “qué hubieras pasado sí…” con el que a veces nos machacamos el cerebro en busca de respuestas a preguntas difíciles de formular e incómodas de contestar.

Debido al endémico atasco de la A-42 tardamos casi una hora en llegar.

Los compañeros de Parla, que era el término al que pertenecía el local dedicado por entero a las más bajas perversiones, habían acotado la escena del crimen, incluyendo parte de las instalaciones de la gasolinera adyacente, con el inevitable colapso en el tráfico que eso produjo.

Cuando por fin nos bajamos del coche, lo primero que vimos fue al médico forense asomado al interior del contenedor. Me recordó a un enorme y grasiento roedor olisqueando entre la basura.

—Buenos días —le saludamos mientras nos colocábamos a su lado para poder divisar el cuerpo.

Por su expresión el forense tardó un par de segundos en descifrar quiénes éramos y qué era lo que hacíamos allí. Cuando llegó al archivo correcto de su memoria donde ponía “policías tocapelotas”, pareció relajar el gesto.

—Ah, sí. Buenos días —respondió con la efusividad de una grapadora.

—¿Qué tenemos? —pregunté mientras le echaba un primer vistazo al muerto, que aparecía tendido boca arriba sobre un lecho de hedor y restos corrompidos de vicio.

Del mismo modo que el otro fallecido, el rostro del cadáver lo tenía cubierto con una elegante máscara veneciana, con la diferencia de que esta vez el modelo era algo más aparatoso y estaba recubierto de tonos rojizos sobre adornos plateados.

—A priori poco más de lo que ven. Al igual que la anterior víctima, presenta una serie de profundas heridas inciso-cortantes en el torso, a la altura del pecho. Solo por curiosidad, ¿tienen alguna idea de lo que representan?

—Creemos que pueden guardar relación con una parte del escudo de Ciudad Juárez, en México —descubrí yo en un intento por intercambiar información—. ¿Nos puede adelantar las causas de la muerte?

—Me temo que no podré asegurarlas hasta realizar un examen más exhaustivo en mi laboratorio, pero no se preocupe, les mantendré informados.

Dediqué unos segundos a analizar esas heridas hasta que reconocí el rudimentario trazado de algo parecido a unas montañas. Mirta no se había equivocado, el siguiente elemento del dibujo del escudo había aparecido.

—¿Nos puede decir al menos cuánto tiempo lleva muerto?

—Es difícil acotar con precisión la hora de su muerte, pero calculo que el exitus letalis se produjo anoche, entre las diez y las doce de la noche.

—Buenas, soy el inspector Portal, jefe de Judicial de la comisaría de Parla —se presentó por sorpresa un hombre a nuestras espaldas.

—Buenas jefe, somos el subinspector Leo y la oficial Gris, de homicidios —saludé nada más girarnos para enfrentarnos a un superior vestido de forma impecable, con un flequillo rubio que le daba aspecto de un Tintín maduro—. ¿Algún testigo?

—Nadie vio nada. En este sitio cada uno va a lo suyo y procura fijarse lo menos posible en el resto. Por si se encuentra alguna cara conocida, no sé si me entienden.

—Perfectamente. ¿Las cámaras de la gasolinera han recogido algo? —señalé yo hacia los surtidores con la vista.

—No enfocan hacia este sitio, pero si trasladaron el cuerpo hasta aquí en coche, tal y como parece, el autor tuvo que pasar con su vehículo por ese punto al entrar —señaló con un dedo la salida de la carretera que daba acceso a la gasolinera—.

Y tuvo que pasar por allí al salir —hizo lo propio cambiando la dirección de su mano hacia otro lugar junto a la salida de la gasolinera.

—¿Han pedido ya la grabación de las cámaras?

—Está hecho. Hemos solicitado un intervalo que incluye las últimas veinticuatro horas. Cuando quieran se las hacemos llegar —anunció satisfecho.

—De acuerdo, muchas gracias. Perdone una última cosa —me giré hacia el forense—. ¿El cuerpo presenta síntomas de desnutrición?

—Sin duda —afirmó taxativo el grasiento ratón.

—Muy bien, pues ya solo nos queda esperar los resultados definitivos de su informe. Le rogaría que una vez los tuviera se pusiera en contacto con nosotros, así nos evitamos tener que importunarle con continuas llamadas o visitas inoportunas —traté de convencerle buscando su lado pragmático.

—¿Pero esto qué es? —preguntó el forense con extrañeza al contemplar la tarjeta que le había entregado.

—Disculpe, me he equivocado —comenté al comprender el error que había cometido entregándole la tarjeta de la asociación—. Esta es la correcta —dije cambiándola por la tarjeta policial.

—Hay una cosa más que sí les puedo adelantar, agentes —vociferó el forense cuando estábamos a punto de entrar en la gasolinera para entrevistarnos con los empleados.

—¿Qué es? —preguntó Gris al acercarnos de nuevo a él.

—La víctima presenta las uñas en un estado deplorable, a excepción de la del dedo anular de la mano izquierda, porque carece de dicho dedo.

—¿Se lo han cortado?

—Casi por completo. Presenta un corte limpio y relativamente reciente en la primera falange, casi a la altura de la inserción con la mano.

—¿Y no ha aparecido? Me refiero a que lo dejase en el interior de alguna caja pequeña o algo parecido —indiqué recordando el antecedente.

—No tengo noticia de ello.

—En cuanto a las uñas, ha dicho que se encuentran en mal estado. ¿Se refiere a sucias? —inquirió mi compañera con asombro ante la aparente intrascendencia del dato.

—No, me refiero a que muchas las ha perdido y las pocas que conserva, en concreto tres, las dos de los meñiques y una del anular que le queda, se encuentran astilladas.

—¿Se las arrancó el asesino?

—Es pronto para decirlo —recurrió a su socorrida frase—, pero si tuviera que aventurar una hipótesis yo diría que el motivo es otro.

—¿Y se podría saber cuál es? —preguntó Gris con paciencia para intentar seguirle el ritmo sin explotar.

—Creo que las perdió arañando una superficie dura. Cemento, ladrillo o un material de similar rugosidad y dureza.

—¿Pero por qué iba a hacer algo así? —preguntó mi compañera sin llegar a comprender.

—Para, en un intento desesperado, tratar de escapar de donde estuviera encerrado —contesté.