CAPÍTULO 20
La humedad, unida a la oscuridad y el silencio de la celda, hace que aquel sitio sea lo más parecido a la muerte.
Solo la mezcla nauseabunda que flota en el cargado ambiente, provocada por el olor a orines, sudor y heces, convierte aquel limbo en un espacio terrenal.
Al menos, hace un rato les ha reunido a los dos y la compañía del otro les sirve para mantener un mínimo hilo de esperanza, aunque a ninguno de los dos se les escapa lo que eso puede significar.
La última vez que aquel animal los juntó en una misma celda tuvieron que decidir quién sería de entre ellos tres el que moriría.
Desde entonces, una vez que el demonio sacó a su compañero a rastras de la celda, ya no habían vuelto a saber nada de Ricardo.
Los dos quieren pensar que seguirá vivo, pero la intuición les dice que no es así.
En sus tímpanos aún resuena el eco de los prolongados alaridos de su compañero, y después… el silencio.
—¿Qué crees que va a pasar? —pregunta desde la más absoluta oscuridad uno de los hombres.
—No tengo ni idea —miente el otro en su rincón.
—¿Piensas que nos hará elegir como la otra vez? —se atreve por fin el primero a exponer en alto sus miedos.
—Es posible —reconoce el compañero de cautiverio—, pero de ser así, esta vez no debemos seguirle el juego, ¿me oyes?
—Sí… —responde sin demasiada convicción—. Pero entonces será él quien elija.
—Pues que sea él —sentencia el del rincón—. No me puedo perdonar lo que le hicimos a Ricardo.
—Nosotros no le hicimos nada, fue él. Nosotros solo…
—Puede que ese cabrón sea el asesino, pero hemos sido nosotros quienes lo hemos matado, ¡joder! ¿Es que no te das cuenta?
—Quizá siga vivo —responde el otro sabiendo lo remoto de la posibilidad—. Quizá solo se lo ha llevado a otra celda más alejada y por eso no lo oímos. Quizá…
Pero el último “quizá” muere en su garganta al escuchar unos pasos que se acercan. El ruido de unas llaves y el cerrojo realizando su corto y estruendoso recorrido, certifican sus peores temores: el demonio ha ido a su encuentro.
—Dadme un nombre —la voz ronca irrumpe en la celda repitiendo aquella tétrica frase con la que ya antes dictó sentencia de muerte.
Los dos hombres, arrodillados, maniatados y mugrientos, se dedican una tibia mirada escrutadora.
El tenue haz de luz que proviene del pasillo consigue que por un instante crucen sus miradas para observar el demacrado rostro de su compañero y como si de un espejo se tratase, la esperpéntica imagen que ven reflejada en el otro les permite tomar consciencia propia del estado en el que se encuentran.
Famélicos, magullados, con la ropa hecha jirones y el pavor marcado en un rostro que ya no volverá a conseguir mostrar la humanidad perdida en aquellas húmedas paredes.
—¡Dadme un nombre! —repite el diablo desde la puerta con un tono de voz que no admite dudas ante la urgencia.
El miedo, el hambre y el cansancio hace días que han hecho mella en ellos. Debido a eso, tardan unos segundos en reaccionar.
—No te vamos a dar ningún nombre —se adelanta por fin desafiante uno de ellos a pesar del miedo que le invade en esos momentos—.
Llevamos mucho tiempo encerrados aquí y lo único que has hecho ha sido torturarnos y matarnos de hambre.
Por fin sabemos que no vamos a salir de aquí con vida, pero al menos no vamos a darte el capricho de seguirte el juego, ¡puto loco de mierda!
—Dadme un nombre —insiste el carcelero a modo de ultimátum mientras avanza un paso hacia ellos—, o tendré que elegir yo.
—Te he dicho que no vamos a…
—Isidoro —nombra el hombre que hasta ese instante, ante la presencia del carcelero, había permanecido en silencio con la cabeza agachada.
—Chico listo —replica el bestia con media sonrisa.
El aludido se gira hacia su compañero, con la traición supurando por todos los poros de su cuerpo.
—¡Maldito cabrón! —le escupe con furia—. Habíamos dicho que…
Pero entonces se da cuenta de lo que eso significa. Por un momento olvida su rabia y se gira hacia el demonio para intentar suplicar por su vida.
—No le hagas caso, él dice mi nombre y yo digo el suyo. No puedes decidir.
—Yo no lo he hecho, ha sido tu compañero quien lo ha elegido —replica el monstruo divertido.
El llamado Isidoro intenta alegar algo, pero el captor se abalanza sobre él y tras propinarle un contundente golpe en la cabeza con una cachiporra, lo arrastra inconsciente por los pies hasta sacarlo de la celda.
Cuando el hombre que queda en el interior cree que el animal va a sumergirlo de nuevo en la oscuridad, algo le sorprende.
Su captor vuelve a abrir la puerta para dedicarle unas palabras.
—Tengo una buena y una mala noticia para ti. La buena es que ya no tendrás que elegir más. La mala es que el siguiente, dentro de poco, serás tú.
Después de eso, el diablo cierra la puerta y se aleja con su presa.
El hombre pretende refugiarse en la soledad de su celda, pero poco después los alaridos de su compañero le hacen comprender que aquel demonio no lo estaba amenazando ni le pretendía asustar. Aquel demonio lo único que va hacer es cumplir con una promesa.