CAPÍTULO 19
Sabía de sobra lo que venía a continuación. Griselda había permanecido todo el tiempo callada, pero ahora, amparada en la intimidad que daba el coche policial, se iba a cobrar su tributo en forma de ironía y hostigamiento.
—Ni lo digas —me adelanté yo en busca de defensa.
—En mi pueblo hay muchas liebres. ¿Si me tatúo en el brazo yo un par de ellas follando y suelto el rollo de que son el Yin y el Yang, también me preguntarás por ellas?
—A veces se me olvida que eres idiota.
—Y tú patético. No me jodas, te estás pillando por esa chica. ¡Pero si incluso le has dado tu número de teléfono!
—¿Y cuál es el problema?
—En situaciones normales me la sudaría, de hecho me alegraría porque eso querría decir que en contra de lo que pienso, no estás muerto de cintura para abajo, pero te recuerdo que es la principal testigo del caso que estamos llevando.
—No hace falta que me lo recuerdes —protesté como el niño que reniega del sermón de su madre—.
Y no me estoy pillando por nadie, solo demuestro un poco de empatía con un ser humano que acaba de pasar por un auténtico infierno al ser torturada mientras estaba secuestrada.
Eso por no hablar de que ha perdido a su pareja a manos de un asesino.
Se llama humanidad y deberías probar a utilizarla de vez en cuando.
—Soy policía en un grupo de homicidios. Mi trabajo es investigar y atrapar a hijos de puta que no merecen estar en libertad.
El consuelo a las víctimas y familiares se lo dejo a los psicólogos que tiene el cuerpo y que están contratados para ello —aclaró ella con tensión—, y te aconsejo que tú hagas lo mismo.
—Mira…
—Qué.
—Déjalo, es igual. Hablar contigo es como darse contra un muro.
—Ese copyright ya lo tiene mi marido.
—Por lo poco que nos ha dicho Lupe, parece evidente que al ingeniero le sucedió algo en México. Algo lo bastante terrible como para no querer volver allí ni siquiera de vacaciones —recuperé el hilo de la investigación para evitar un nuevo y estéril enfrentamiento con mi compañera.
—Ahí puede estar la clave —admitió Gris—. Pero tenemos que saber qué es lo que sucedió y si puede tener relación con ese club clandestino donde desaparecen esas chicas.
—A ver qué consigue sacar Mirta al hablar con los de su empresa. Es posible que si viajó con algún compañero de trabajo, esa persona nos pueda aclarar algo.
Veinte minutos después, entrábamos por las oficinas del grupo.
En la sala de reuniones estaba el resto del equipo, comandado por el inspector jefe Corcobado que nos recibió con cara de pocos amigos.
—¿Habéis conseguido algo de la chica?
—Nada en concreto, salvo que el fallecido tenía pánico ante la idea de un posible regreso a México. Ella desconoce el motivo, pero nos ha asegurado que su novio se negó en redondo ante la idea, sin llegar a darle ningún tipo de explicaciones —informé tomando asiento.
—Pero hay algo más, algo bastante importante que por fin explicaría la posible relación entre los asesinatos —intervino Griselda—. Cuando nos dirigíamos al piso, descubrimos que un periodista mexicano nos estaba siguiendo los pasos.
—¿Perdón? —inquirió Corcobado, descolocado.
—Por lo visto, nuestro periodista asesinado estaba investigando algo relacionado con un club de Ciudad de Juárez donde sucedían cosas terribles. En un momento avanzado de su investigación se puso en contacto con su colega mexicano para hacerle algunas preguntas.
—¿Cosas terribles? ¿Qué tipo de cosas sucedían en ese club? —urgió el jefe removido por la curiosidad.
—El mexicano no lo especificó, pero no creo que fueran fiestas de antiguos alumnos.
Al parecer, las alimañas que acudían como clientes a aquel lugar, para realizar todo tipo de barbaridades con chicas, se ocultaban tras máscaras venecianas.
¿Os suena? Después esas chicas o bien desaparecían o se las encontraban muertas en medio de una cuneta.
-Joder… ¿Dónde está ese periodista ahora?
—Nos dio su tarjeta y un número de teléfono —indiqué yo mientras lo marcaba desde el teléfono de la dependencia—. Apagado o fuera de cobertura —me vi obligado a anunciar tras unos segundos.
—Cojonudo. Recordadme que este mes hable con los de nóminas para que no cobréis productividad —protestó Corcobado a medio camino entre la broma y el reproche.
—¿Qué querías que hiciéramos? ¿Llevarle con nosotros hasta el piso franco y que viera a la testigo? —nos defendió Griselda.
—Me da igual lo que hubierais hecho, pero se nos ha escapado un testigo vital y lo sabéis —replicó esta vez con más dureza el superior.
—Podemos volver a intentar contactar con él en otro momento. En cualquier caso, parece que hemos encontrado el nexo de unión entre los crímenes —terció Mirta conciliadora.
—Y también se confirma la posible relación del viaje del ingeniero a México con el motivo de que fuera elegido como víctima —barajé.
—¿Su empresa nos ha aclarado algo? —tanteó Corcobado buscando con la mirada a Mirta.
—Nada en absoluto. Tras media docena de llamadas me han transferido con su departamento jurídico, donde una arpía me ha informado de que Consultech es una consultora internacional que se debe a sus clientes, cuya privacidad está por encima de todas las cosas.
No piensan facilitarnos ni los motivos por los que enviaron a su empleado a México ni la naturaleza de los trabajos que fue a realizar allí.
—¿Y si buscamos ayuda mediante petición judicial?
—Nos enredarán con burocracia y después de unas semanas contestarán con lo que les plazca, alegando los motivos laborales para ese viaje que más les interesen —intuyó Mirta.
—Joder… —exclamé yo comprendiendo el motivo del gesto agrio que tenía dibujado nuestro jefe en el rostro—. Quizás si probamos a hablar con algún compañero de trabajo…
—La chica del departamento jurídico se nos ha adelantado y también me ha advertido de que si intentamos esa vía que propones, emprenderán acciones legales, a la vez que por medio del reglamento interno, aplicarán medidas disciplinarias contra el empleado que nos facilite cualquier tipo de información.
Además esa empresa cuenta con miles de empleados, por lo que nos resultará casi imposible dar con la persona que pudo viajar con el ingeniero, si es que no lo hizo solo.
—Pero habrá alguien que sepa decirnos lo que estuvo haciendo en México —renegué—. ¿Le hemos preguntado sobre este punto a su ex? —pregunté al recordar el siguiente paso que tenía como tareas pendientes.
—La he llamado yo después de colgar con los de Consultech. Recuerda el viaje de su marido a México y dice que a su regreso estaba muy raro, hasta el punto de que la relación entre ellos se enfrió aún más si cabe.
—¿Raro? ¿En qué sentido?
—Por lo que me ha comentado era más una sensación permanente en la que parecía tener miedo de algo o de alguien. Como ejemplo me ha puesto que cuando paseaban o salían a la calle, él siempre se giraba como si se temiera que alguien los estuviera siguiendo.
—¿Le contó a ella el motivo de que se encontrara así?
—Según la ex, para aquel entonces ya apenas si se hablaban.
Él siempre se había mostrado muy parco en explicaciones en lo que al desempeño de su trabajo se refiere, pero los últimos años ese secretismo se había vuelto casi enfermizo, hasta el punto de que ella al final desistió de pedir explicaciones.
Sabía cuándo se iba, dónde se iba y la fecha en la que regresaba, pero poco más.
—Por lo visto la relación ya estaba lo bastante rota como para que alguien fuera la responsable de romperla —lancé yo en alto en referencia a Lupe, a la vez que buscaba la yugular de Griselda.
—Eso parece —corroboró Mirta ajena a la intención de mi comentario—.
Pero lo que de verdad importa es que nadie nos puede aportar algo de información sobre el motivo del viaje o lo que le pasó en México.
Morales se ha encargado de preguntar a sus familiares y amigos más cercanos y la respuesta ha sido la misma. Nadie sabe nada.
—Morales, ¿tú no tenías familia en México? —recordó de repente Corcobado.
—Sí, jefe. Mi tío emigró allí hace treinta años y abrió un restaurante. Al poco se casó con una mexicana. Tengo dos primas, pero hace mucho tiempo que perdimos el contacto. Felicitaciones por navidad y últimamente ni eso.
—¿Viven cerca de Ciudad Juárez? —tanteó Corcobado—. Quizás nos puedan contar si recuerdan que pasara algún suceso reseñable en esas fechas.
—No, jefe. Viven en…
A Morales, mientras se estrujaba los sesos, se le vio avergonzado por el hecho de haber olvidado incluso el nombre del lugar donde vivían sus familiares.
—No te preocupes. Para perder el contacto con la familia no hace falta un océano de por medio —salió al quite Griselda—. Yo tengo unos primos en Ávila y ya apenas si sé nada de ellos.
—¡Querétaro!, eso es —anunció con alivio el gigantón al recordar el nombre de la ciudad—. Está cerca de la capital.
—Vale, pues si lo de México por el momento es una vía muerta, habrá que tirar del juez para que nos autorice a apretarle las tuercas a la consultora, por muchas complicaciones que nos pongan —argumenté como último recurso.
—Ya lo he hecho —desveló Corcobado para nuestra sorpresa, con la mirada fija en unos papeles que tenía situados justo debajo de su barbilla—. He llamado a su señoría poco antes de que llegarais vosotros.
—¿Y?
—Me ha dicho que no ve motivos concretos, ni suficientes, como para emitir una orden judicial que obligue a la empresa a facilitarnos ese tipo de información.
—Estarás de broma… —comenté.
—¿Acaso lo parezco? —replicó serio sin levantar la vista de las hojas.
—Vale, pues parece que hemos llegado a un callejón sin salida —analicé recostándome sobre la silla—. ¿Ahora qué hacemos?
—Ahora solo nos queda esperar —contestó Gris con voz sombría, de pie, apoyada contra la pared.
—¿Esperar a qué?
—A que el asesino vuelva a matar.