Dentro de la locura CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Nuestro encuentro con el periodista mexicano me había dejado un regusto agridulce, ya que por un lado estaba claro que había demasiados factores involucrados en aquel caso que por el momento se nos escapaban, pero por otro nos había confirmado que en lo que a la conexión con México se refería, íbamos por el camino adecuado.

El piso que el cuerpo había elegido para la protección de víctimas especialmente vulnerables estaba situado en una calle paralela a la Avenida de Asturias, en el distrito de Tetuán, en pleno corazón del barrio obrero que se asentaba a espaldas de la Plaza de Castilla.

Se trataba de un discreto bloque de apartamentos de tres alturas.

Nada de una cabaña en medio del monte o una fortaleza a las afueras.

Supuse que los responsables de escoger este tipo de viviendas se habían decantado por el camuflaje que implica formar parte de la masa urbana, en contra del anonimato de un paraje retirado.

Nada más llegar al estrecho edificio, uno de los agentes que protegían a Lupe nos estaba esperando junto al portal.

Hombre robusto, cabeza redonda sin apenas frente y cerca de la edad de jubilación.

Mirada atenta y riñonera a juego. Vestía de paisano, pero a ojos entrenados, ya fueran de otro policía o de un chorizo, llevaba escrita la palabra “madero” en la frente.

Corcobado había hecho los deberes y el compañero, avisado de nuestra visita, también nos reconoció al instante.

Aun así, nos identificamos con nuestras placas y carnés profesionales que el escolta recibió asintiendo con un leve movimiento de cabeza.

Al levantar la mirada, vi cómo una pequeña cámara de vigilancia situada en lo alto de una esquina controlaba nuestros movimientos.

—Buenas, soy Cárdenas —saludó ofreciéndonos una de sus manazas, antes de abrir con una llave el portal, a la vez que daba dos toques seguidos y uno más prolongado a uno de los dos botones que marcaba el tercero en el telefonillo.

—Se supone que estos pisos deben de ser lo más discretos posibles, ¿los vecinos no sospechan nada? —quiso saber Gris una vez nos colocamos frente al único ascensor con el que contaba la vivienda.

—El edificio pertenece por entero al Ministerio del Interior —aclaró el compañero—.

En las dos primeras plantas residen víctimas de violencia de género a las que se les ha asignado un riesgo extremo y quienes por sus circunstancias personales, están más seguras aquí.

La tercera planta cuenta con dos apartamentos independientes, dedicados a las víctimas que requieren de una protección especial.

La mayoría de ellas suelen ser testigos protegidos o personas amenazadas por el crimen organizado.

—¿Hay alguien más en el otro apartamento? —indagó mi compañera.

—No, es raro que los dos se encuentren ocupados a la vez. De hecho, llevábamos casi un mes sin que nos asignaran la protección de alguien.

—¿Y cuando no hay nadie a quien proteger, a qué os dedicáis? —preguntó de forma directa Gris, verbalizando así mi curiosidad.

—Por desgracia con las víctimas de violencia de género de alto riesgo tenemos más que suficiente. De hecho, apenas si podemos cubrir todas las protecciones que tenemos asignadas.

—¿Cómo se encuentra la chica? —pregunté ya en el interior del reducido espacio del ascensor.

—Un poco nerviosa, como les pasa a todos.

Al principio es normal, la situación se les hace rara, se tensan cada vez que se abre la puerta y en general se encuentran incómodos.

Con el paso de los días la cosa se normaliza y al cabo de dos semanas parece que llevasen viviendo en ese piso toda la vida.

En lugar de policías que los están protegiendo, nos acaban viendo casi como compañeros de piso.

En esta ocasión no me importaría acabar compartiendo piso con ella.

Griselda lo fulminó con la mirada debido al bonus que supuso el último comentario. Después me buscó con los ojos, con una expresión que decía “¿lo ves?, todos los tíos sois iguales”. Prejuicios femeninos 1 – Género masculino 0.

—Lo siento… —se disculpó de inmediato el compañero al quedarse petrificado al mirar a los ojos de Medusa— lamento el comentario.

El agente se alivió una vez salimos del ascensor ante la sensación de recuperar distancia con respecto a Gris.

Con un golpe de nudillos en la puerta del apartamento de la derecha repitió la misma serie con la que había anunciado nuestra llegada en el telefonillo y tras dejar pasar unos segundos, abrió la puerta blindada.

—Este es mi compañero, Julio José.

Nos presentó el agente al otro cancerbero; alto, calvo, corpulento, veinte años más joven y más parco en palabras que aun así dejaron entrever su origen andaluz. Se limitó a un protocolario saludo y un breve comentario a su compañero antes de echarse a un lado.

—Y a Lupe ya la conocen, les dejamos solos para que puedan hablar con calma. Estamos aquí al lado.

Con una seña el policía le indicó a su binomio que era mejor esperar en la habitación contigua. Aún le dolía el costalazo que se había pegado con el resbalón lingüístico del ascensor y parecía no estar dispuesto a testar la paciencia de mi compañera con otro desliz.

—¿Cómo te encuentras? —comencé yo una vez nos sentamos en los sofás que había en el espacioso salón.

—Como dicen por acá, jodida. ¿Cuándo piensan atrapar a ese animal?

—Aún es pronto para eso. Tú nos acabas de poner tras la pista, pero tenemos que realizar muchos avances en la investigación antes de poder localizarlo y detenerlo.

—¿Cuánto? —preguntó de forma pragmática.

—Es difícil de decir —reconocí—. Pueden ser días, semanas o incluso meses.

—¿Meses? —repitió pegando un pequeño salto como si su asiento estuviera electrificado—. Yo no puedo estar aquí encerrada meses. Me volveré loca.

—Te recuerdo que la otra opción es que desestimes nuestra protección y te arriesgues a que ese asesino cumpla con su palabra —recordó Griselda a modo de velada advertencia.

—¿A qué han venido? —se dirigió hacia mí, antes de dedicarle una mirada gélida a mi compañera.

—Hay una cuestión que te queremos plantear. Hará cosa de año y medio tu novio Ricardo viajó a México, en concreto a Ciudad Juárez, por motivos de trabajo. ¿Te contó alguna vez lo que fue a hacer allí exactamente?

—No, Ricky apenas hablaba de su trabajo conmigo. Sé que de vez en cuando viajaba al extranjero y que tenía un cargo de responsabilidad, pero poco más. Había veces que se encerraba en su despacho por horas y yo acababa yéndome a dormir antes de que él saliera. Se lo tomaba demasiado en serio.

—¿Pero no te comentó nada de ese viaje en especial? —insistí.

—No, que yo recuerde. ¿Qué tiene que ver ese viaje con todo esto? —se interesó ella.

—Creemos que el dibujo que viste en tu cautiverio corresponde con una parte del escudo de Ciudad Juárez, el mismo lugar al que tu novio viajó por motivos de trabajo —aclaré yo ante la mirada inquisidora de Griselda, quien a buen seguro no era partícipe de que compartiera tanta información con la testigo—.

Por eso creemos que los crímenes puedan tener algún tipo de relación con aquella ciudad.

—Ricky solo me dijo que había estado trabajando en México año y medio antes de que nos conociéramos, pero no me contó nada en especial.

—Perdona que insista, pero es importante, ¿te dijo si conoció a alguien allí o si tuvo algún tipo de problema?

La joven se limitó a negar con la cabeza.

—Está bien, no pasa nada —claudiqué: mi compañera tenía razón y aquello había sido una pérdida de tiempo.

—Bueno, puede que no sea nada, pero…

—¿Pero? —invité movido por la expectación.

—Un par de meses antes de que sucediera todo esto, yo le pedí que hiciéramos un viaje.

Una amiga mía había estado con su pareja en Acapulco y me dijo que era precioso.

Cuando se lo propuse, le cambió la cara y me dijo que podríamos ir a cualquier lugar del mundo menos a México.

Cuando le pregunté el motivo, no me dio ningún tipo de explicación y ante mi insistencia solo conseguí que se enfadara como pocas veces lo había hecho.

Jamás volvimos a hablar de ello. Lo siento, supongo que eso no servirá de nada —se excusó la mujer.

—No te preocupes, cualquier detalle puede significar más de lo que creemos en un principio —le animé con una sonrisa.

Lupe asintió poco convencida mientras se masajeaba las muñecas con nerviosismo. No se me escapó un detalle que utilicé para descargar algo de tensión.

—¿Son salamandras? —pregunté señalando con la mirada un pequeño tatuaje que lucía en su antebrazo.

—No, un par de iguanas entrelazadas —aclaró ella recuperando la sonrisa—. Es un animal que me encanta, porque en Puerto Rico hay muchas y me recuerdan a mi patria.

—¿Y por qué una está sombreada y la otra no? —me despertó la curiosidad.

—Simbolizan los dos polos opuestos de una persona. La parte más espiritual y la más material.

—¿Te gustaría regresar a tu país algún día? —curioseé al ver asomar la nostalgia en la miel de aquellos ojos.

—Sé que acabaré mis días allí pero aún es pronto para volver. Primero quiero conocer más mundo.

—¿No te piensas quedar en España?

—Como puedes imaginar, tengo demasiados recuerdos dolorosos de este país y ya nada me ata aquí. Lo he estado pensando y creo que cuando todo esto acabe, dejaré el piso y me iré a vivir a otro sitio —afirmó con determinación.

—¿Tienes ya algo pensado?

—No, pero me apetece cambiar de aires. Me gustaría un país nórdico donde haga frío. Suecia, Noruega, Dinamarca… algo así.

—No creo que haya muchas iguanas en Dinamarca —bromeé.

—Bueno, en ese caso las llevaré yo —aceptó ella mi ocurrencia con una sonrisa.

—Escucha, sé que mi compañera me va a matar por el ofrecimiento, pero organizo un grupo de apoyo a víctimas en una asociación.

Cuando consigamos detener a ese asesino, solo si te apetece, podrías pasarte por allí —invité al tiempo que escribía algo en la tarjeta de la asociación que le acabé entregando.

La chica al mirarla con detenimiento se extrañó, por lo que me apresuré a darle una aclaración.

—Es una asociación de gestión del duelo con la que colaboro. En la tarjeta aparecen el teléfono oficial y el correo. Por supuesto, es todo confidencial. También he anotado mi número personal por si quieres más información. Me puedes llamar cuando quieras —ofrecí con una sonrisa.

—Gracias, aunque cuando regrese a mi piso creo que me queda demasiado lejos como para ir con frecuencia hasta allí —se excusó ella en la distancia antes de guardar la tarjeta en uno de los bolsillos traseros de su pantalón.

Griselda, quien se había mantenido con su silencio a una distancia prudencial de la conversación, decidió con su ronco carraspeo poner fin al recreo.

—¿Lo vais a atrapar? —me preguntó Lupe recuperando el rictus serio.

—No te puedo decir cuándo, pero sí que vamos a hacer todo lo posible para que ese cabrón acabe sus días en la cárcel.

La caribeña asintió, pero sus ojos delataban que en ese momento estaba lejos de aquel salón.

—La última vez que vi a Ricardo con vida solo tuvimos feas palabras el uno con el otro. Ni siquiera me pude despedir de él. Pero cuando recuerdo que pasé dos semanas allí encerrada por su culpa… —se sinceró ante la única persona que le había ofrecido algo de humanidad en los últimos días.

—No tienes que sentirte culpable por tus sentimientos. Es lógico que tengas una mezcla de sensaciones encontradas —descargué para aliviar parte del castigo que a buen seguro se imponía.

Entonces ella me agarró con delicadeza las manos y susurró un “gracias” apenas inaudible. De esos que se gritan con el corazón pero acaban muriendo en la garganta.

—En cuanto sepamos algo más, te informaremos —indiqué yo todavía con nuestras manos unidas.

Mi compañera entonces se levantó y yo me obligué a retirar aquel lazo que de una forma estrecha me había unido por unos instantes al dolor que padecía aquella chica.

Lupe por su parte se recompuso, se incorporó y tras despedirse de nosotros, se dirigió hacia una de las habitaciones.

—Lo atraparemos —lancé yo a su espalda como promesa, sin saber muy bien por qué, justo antes de abandonar el apartamento.