Dentro de la locura CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Tras una rápida consulta en nuestra base de datos, a la pareja asesinada en el polígono les había saltado el registro de un vuelo a la Riviera Maya de hacía dos años. Parecía poco fundado que aquel viaje de placer pudiera tener algún tipo de relación con los crímenes.

Sin embargo, al ingeniero agrónomo le figuraba un vuelo a Ciudad de México como enlace a otro con destino a Ciudad Juárez de hacía apenas dos años.

Según la fecha de regreso, permaneció allí durante casi un mes.

Se nos encendieron todas las alarmas al comprender que ese podría ser el hilo del que tirar.

Aunque imaginamos que fue por motivos de trabajo, no sabíamos qué era lo que en realidad había ido a hacer allí. Mirta se comprometió a escarbar todo lo que pudiera en la consultora Consultech, que era la empresa para la que trabajaba el tal Ricardo.

Morales por su parte se encargó de, solapando el trabajo del otro equipo, volver a escudriñar la vida y milagros del periodista y su novia la enfermera, prestando especial atención a los últimos trabajos del chico, por si alguno de sus reportajes de investigación nos pudiera desvelar algo relevante.

Cubiertos el resto de frentes, a Gris y a mí solo nos quedaba volver a hablar con Lupe, para ver si le sacábamos algo más de información.

—Antes se me ha olvidado preguntarte, ¿te has hecho ya un perfil en Tinder? —comenzó Griselda su acoso nada más nos montamos en el coche y nos quedamos a solas.

—¿Y tú te has comprado kimonos sexys? —contraataqué.

—Cabrón. ¿Dónde está el piso franco?

—Por el barrio del Pilar, he puesto la dirección en mi móvil. Tú conduce, que cuando nos estemos acercando yo te indico.

—¿De verdad crees que esa chica nos va a poder decir lo que fue a hacer su novio en aquel viaje de trabajo a Ciudad de Juárez?

—Vamos a intentarlo al menos. Mirta va a hablar con los de su empresa para que le expliquen lo que el ingeniero fue a hacer allí, pero es posible que esa chica nos pueda contar algo más.

—¿Como qué? —cuestionó Gris.

—No sé, puede que algo que le sucediera a su novio estando allí y no tenga nada que ver con el ámbito laboral.

—Te recuerdo que ese viaje fue hace año y medio y ellos solo llevaban seis meses juntos.

—¿Y? Las parejas hablan.

—No me parece la clase de mujer que base un noviazgo en el diálogo.

—¿Por qué te cae tan mal? —me giré hacia mi compañera.

—No tengo nada en contra de ella, no la conozco. Sabe cuáles son sus armas y las utiliza con pardillos como ese tal Ricardo. Nada que reprochar.

—No comparto tu análisis —renegué.

—Qué análisis, ni qué niño muerto. La mayoría de los tíos sois todos iguales. Os casáis, os reproducís y cuando os hartáis del aburrimiento que supone el desgaste del matrimonio, lo mandáis todo a la mierda por el primer culo bonito que pase.

—Puede que ella tuviera razón y más que un culo bonito ese hombre lo único que necesitaba era que alguien lo escuchase, lo comprendiera y le sacara una sonrisa de vez en cuando.

—Ya me imagino yo lo que le sacaba esa de vez en cuando…

—Déjalo, no vamos a llegar a ningún entendimiento.

En ese instante, al mirar por el espejo retrovisor un detalle captó mi atención. Lo hubiera pasado por alto de no ser por la repetición en el descubrimiento.

—Nos siguen —anuncié sin más.

—¿Qué dices, flipado?

—Un BMW azul claro. No sé desde cuánto tiempo lleva detrás, pero lo he visto ya un par de veces.

—No alucines. Puede que solo vaya en nuestra misma dirección —propuso mi compañera tras un rápido vistazo al retrovisor.

—Llevamos un rato callejeando y ha seguido la misma ruta. Demasiada coincidencia. Gira a la derecha un par de veces, si todavía sigue ahí lo paramos.

Griselda hizo un par de giros hasta que pudo comprobar que mis sospechas no eran infundadas, el coche azul seguía detrás de nosotros a cierta distancia.

—Reduce la velocidad para que nos pille aquel semáforo en rojo —indiqué a Gris—. Cuando paremos, prepárate para salir. Es una calle estrecha de un solo sentido y si para cerca no nos podrá atropellar, como mucho embestirá el coche o echará marcha atrás.

Mi compañera asintió con la mandíbula apretada mientras palpaba con la mano su espalda a la altura de los riñones, en un gesto involuntario con el que buscaba confirmar la presencia de su arma.

Nada más detuvimos el vehículo, comprobamos que había otro coche entre el BMW azul y nosotros. Por suerte, detrás de él, se había colocado una furgoneta así que no tenía escapatoria posible.

—¡Ahora! —grité yo en el mismo instante en el que abría mi puerta y salía del interior del coche con un movimiento eléctrico.

Recorrí los apenas diez metros que nos separaban de nuestro objetivo con la pistola apuntando al conductor del BMW, comprobando con el rabillo del ojo que mi compañera había hecho lo mismo por el otro lado de la fila de vehículos.

Al fondo de la escena, y a pesar de la visión túnel que en esos momentos me provocaba la adrenalina, pude distinguir a los dos ocupantes de la furgoneta de detrás, que iban vestidos con un mono verde de empresa, contemplando la escena con los ojos como platos, mientras el copiloto golpeaba nervioso en el brazo a su compañero para que echara marcha atrás y tomase distancia.

—¡Policía! —grité sin dejar de apuntar al conductor—. ¡Ponga las manos en el volante!

Esperé un instante a que Gris llegase casi a su altura y desde allí pudiera observar con claridad todos los movimientos del conductor, así como el interior del habitáculo.

—Ahora muy despacio, con la mano derecha apague el motor y con la izquierda deje las llaves por fuera, encima del techo, para que mi compañera pueda recogerlas.

El hombre hizo lo que le ordené sin titubeos. A pesar de las armas que lo apuntaban, no parecía asustado ni sorprendido, lo que me hizo comprender que mi intuición era cierta.

Después de que mi compañera cogiera las llaves y recuperase la distancia de seguridad, ordené al conductor que saliera del vehículo con las manos en alto y las apoyara contra el techo del coche.

Con la cobertura de mi compañera, me guardé el arma y lo cacheé. En el capó deposité una cartera, un teléfono móvil y un pasaporte mexicano. Desde mi posición vi encima del asiento del copiloto una cámara de fotos con teleobjetivo, que parecía de profesional.

—Dese la vuelta.

Al girarse, observé por primera vez con detenimiento al conductor del vehículo. Tez muy morena, tirando a corpulento, rasgos sudamericanos marcados y un corte de pelo y un traje de raya diplomática que denotaban cierta elegancia.

—¿Quién es usted y por qué nos seguía?

—Me llamo Felipe Quiñonez Herrero —contestó el hombre con acento mexicano—.

Pueden comprobarlo con mi pasaporte. Soy periodista del diario Norte Digital, tal y como acredita la identificación que tengo dentro de mi cartera.

Estoy en España cubriendo un reportaje —anunció mientras me extendía una pequeña tarjeta profesional donde aparecía su nombre asociado al periódico.

—Muy bien, eso contesta a la primera de mis dos preguntas. Ahora cuéntenos el motivo por el que nos estaba siguiendo.

—Vi en internet la foto de ese hombre asesinado con una máscara veneciana en la cabeza.

Soy de Ciudad Juárez y desde hace un tiempo en mi localidad se escuchan rumores sobre un club clandestino donde suceden cosas terribles y se utilizan ese tipo de máscaras para esconder la identidad de sus clientes.

—Un periodista no se basa en rumores, sino en noticias contrastadas —apuntó Gris sin dejar de apuntarle.

—Desde luego, pero a ese rumor le acompañó un detalle que me hizo comprender que podría haber algo de cierto detrás de esa historia.

—¿Y qué es?

—Hará unas semanas, un periodista español contactó con mi diario en busca de algo de información. El compañero que le atendió, al demandar un periodista de investigación, me lo derivó a mí y comenzamos a hablar.

—¿Quién era ese periodista? ¿Y qué era lo que quería saber? —pregunté sintiendo un agudo pinchazo en la nuca al intuir la respuesta.

—Se llamaba Jacobo Ugarte. Quería saber si manejábamos algún tipo de información acerca de una organización clandestina que operaba en nuestra ciudad y raptaba y hacía desaparecer a chicas a las que poco después encontraban muertas.

Le hablé del rumor del club de las máscaras intuyendo que podría referirse a eso.

También le ofrecí colaboración siempre que compartiéramos información y publicásemos un reportaje de investigación conjunto cuando todo acabase.

—¿Qué pasó después?

—Él accedió. Me aseguró que tenía información de una fuente fiable y que con los datos que manejaba podríamos destapar la verdad sobre los asesinatos de esas chicas.

Se le veía muy emocionado y me llegó a decir que podría ser la noticia del siglo.

Yo le advertí que debía actuar con cautela.

Por desgracia en mi país, el periodismo no funciona como aquí.

En México a los periodistas se les silencia con lana o con plomo y más si se tratan temas como el que queríamos investigar.

—Pero él no le hizo caso —adiviné.

—Ignoro si aparte de conmigo, antes habló con alguien más, pero ya solo en mi diario, la persona que me transfirió la llamada, se encargó de contarle al resto de la redacción que un periodista español estaba detrás de una noticia.

Mis jefes me preguntaron, pero yo les dije que solo eran fantasías.

Después concerté una cita con él en secreto y quedamos en que viajaría hasta México para seguir investigando sobre el terreno.

—Pero el señor Ugarte no llegó a viajar —adelanté yo el trágico final.

—Un día antes de la fecha en la que tenía que coger el vuelo, me enteré de que había aparecido asesinado junto a su novia. Aquello me hizo comprender la gravedad del asunto y decidí no contarle nada a nadie y olvidarme del caso, con la esperanza de que no hubiese dado mi nombre a sus torturadores.

—¿Entonces qué hace aquí? —quise saber.

—Cuando vi esa foto en la que la máscara relacionaba otro asesinato con la investigación que había iniciado el propio Jacobo, comprendí que mi colega tenía razón y que esta noticia podría ser la revelación del siglo. No podía dejarla pasar.

—¿Pero no tiene miedo a que lo maten por seguir investigando? —cuestioné con curiosidad.

—Claro que sí, pero déjeme hacerle una pregunta, ¿a usted le gusta su profesión?

—Por supuesto.

—Y se enfrenta a diario a situaciones como esta, en la que tiene que sacar un arma para asegurar su integridad. ¿Acaso no tiene miedo entonces? Y a pesar de eso, ¿ha pensado usted alguna vez en dejar de ser lo que es?

Se notaba que ese cabrón estaba acostumbrado a discutir y argumentar. De un plumazo me había descolocado y dejado sin respuestas con las que poder impugnar su alegato.

—Todavía no nos ha explicado el motivo por el que nos estaba siguiendo. Ni tampoco cómo sabe que somos nosotros los agentes encargados de investigar esos homicidios —salió Gris a mi rescate.

—Un buen periodista nunca desvela sus fuentes —respondió a mi compañera con una sonrisa nívea.

—En ese caso tendrá que acompañarnos para responder a nuestras preguntas en dependencias policiales —amenazó Griselda.

—De acuerdo, ya veo que aquí se toman muy en serio determinados temas —concedió con las manos levantadas sin perder la sonrisa—.

Nada más aterrizar en Madrid, me acerqué al anatómico forense y le pedí al vigilante de seguridad que hay apostado en la entrada si me podía describir a los policías que habían estado allí con motivo de los asesinatos.

—¿En serio? —se escandalizó mi compañera.

—El celo profesional de ese vigilante se quebró cuando alcancé la cantidad de cuatrocientos euros, así me desveló que dos agentes, hombre y mujer, habían estado allí.

Él algo delgado, un poco canoso, bien vestido y pinta de profesor de instituto.

Ella alta, rubia, fuerte y, según sus propias palabras, una buena jaca.

Perdón si le ofendo con la descripción que me fue difundida.

—Me han llamado cosas peores —comentó Gris con ironía.

—¿Pero cómo nos ha localizado? —indagué.

—Llevo apostado un día en las inmediaciones de la Jefatura, escudriñando a los agentes que salen en parejas en coches de paisano oficiales. Cuando hoy les he visto salir no me ha quedado duda de que las descripciones que me facilitó ese vigilante correspondían con las de ustedes.

—¿Y para qué seguirnos?

—No me queda mucho de lo que poder seguir tirando para investigar. Vine hasta aquí con la esperanza de que su investigación me aportara algo a lo que poder agarrarme y de ese modo pudiera seguir donde lo dejó mi colega asesinado.

—No va a sacar ningún tipo de información de nosotros, ni pensamos permitir que nos pise los talones en ningún momento —aseguró Griselda.

—Por supuesto, la integridad y el sueldo de un policía puede ser mucho mayor que el de un vigilante, así que me gustaría compensar nuestra colaboración con una cifra más elevada. ¿Digamos cinco mil euros?

—Desconozco los artículos del código penal de su país, pero le aseguro que en España la mera insinuación o intento de soborno a un funcionario es un delito que acarrea penas de prisión —aseveré con el rictus serio.

—Ruego que disculpen mi torpeza —comentó con la sonrisa de un niño que ha sido pillado probando una tarta recién hecha—. Si olvidan lo que les he dicho, prometo que a partir de aquí continuaré investigando por mis propios medios.

—Eso espero. Le prometo que si volvemos a verle, por muy lejos que esté, yo misma iré a ponerle los grilletes —apretó Griselda.

—No se preocupe. Soy consciente de lo peligroso que es el terreno por el que me muevo y le aseguro que ahora lo que más necesito para poder seguir respirando es ser discreto. Una detención sería como colocarme una diana en la cabeza.

—Váyase —permití tras coger su pasaporte y comprobar por el equipo de trasmisiones todos los datos que nos había facilitado—. Repito que espero que esta sea la última vez que le veamos.

—No se preocupe, jefe. Yo también lo espero.