CAPÍTULO 16
Ciudad Juárez. Estado de Chihuahua. México.
Dos años antes.
Lilia Alejandra acaba de salir de la maquila de envasado en la que malgasta su vida para poder sobrevivir.
Todavía le huelen las manos a tomate y tiene las piernas demasiado cansadas.
Es noche cerrada y la esperada y leve lluvia que cae resulta un alivio a la sofocante temperatura.
Las gotas en su piel le provocan una sensación placentera a pesar de que sabe que aún le quedan unos veinte minutos para recorrer los casi tres kilómetros que le separan de su casa y de los suyos.
Durante cinco largos años se ha pateado ese camino de tierra una y otra vez, e incluso conoce los baches y piedras de memoria, sin embargo ni en una sola ocasión ha podido recorrerlo sin miedo a los lobos.
Para quitarse el temor de la cabeza, sueña con el día en el que Juan, su marido, consiga reunir el dinero suficiente entre su sueldo de albañil y lo poco que pueda aportar ella, para comprarse una camioneta DODGE, de segunda mano.
Y sueña con que su marido vaya a recogerla cuando acabe la jornada a la salida de esa maldita maquila, ante la mirada envidiosa de sus compañeras.
Pero a pesar de los sueños, esta noche no es distinta, tiene miedo y aunque el recorrer de forma rutinaria ese camino noche tras noche, hace que el temor inicial de los primeros meses se haya disipado en parte, sabe que el peligro le acecha.
También sabe que es cuestión de tiempo o de suerte que los lobos la encuentren y la acaben atrapando.
El solo recuerdo de la última víctima de los lobos, una chica de diecisiete años vecina suya, hace que apresure el paso, olvidándose del dolor de piernas y el olor a tomate.
Al girar la esquina que traza el sendero bordeando una vieja fábrica abandonada, escucha un leve ruido, un golpeo metálico que proviene del interior del edificio.
Puede que sean chiquillos, o puede que se trate de un gato, su cerebro intenta tranquilizarla, pero en el fondo tiene la intuición de que después de estos cinco años, hoy será el día.
Otro ruido, esta vez más fuerte y cercano, o al menos eso le parece a ella, es el detonante para que el pánico venza a su tranquilidad.
Comienza a correr como nunca antes había hecho y su corazón le golpea, la garganta le duele al tragar bocanadas de aire húmedo y las piernas le queman.
La ropa se le pega al cuerpo debido a la lluvia, pero a pesar de todo, no para.
Hacía años que no corría más de diez metros, nunca antes lo había necesitado, y puede que ahora tampoco lo necesite, sin embargo no piensa detenerse, no al menos hasta que se sienta segura.
Solo cuando su cerebro informa a sus piernas de que ya no pueden mas y su aliento le ordena frenar, se sienta en una piedra grande del camino y se gira para mirar desde lo lejos la vieja fábrica, inmóvil y oscura.
Se le escapa una leve risa nerviosa, al tiempo que se permite un reproche por ser tan miedosa.
Después de todo puede que el peligro solo exista en su cabeza.
Lo más seguro es que entre todas las mujeres de aquella ciudad a ella nunca le vaya a pasar.
Todavía tiene la mueca en su cara cuando oye a su espalda la voz más honda que nunca haya escuchado; “¿Qué hace una morra como tú acá tan solita?”.
La mueca se torna en un gesto de terror, el mismo pavor que hace que gire la cabeza lentamente en dirección a su interlocutor. Nunca había visto de cerca a un lobo, nunca había tenido tanto miedo, quizá porque nunca había estado tan cerca de la muerte como ahora.
A duras penas recobra la conciencia, desconoce cuánto tiempo ha pasado. Sólo recuerda un gesto rápido y contundente del lobo al asestarle un puñetazo en la cara, sus garras clavándose en ella y haciéndole jirones la ropa y después… nada.
Por fortuna no recuerda nada después de los primeros golpes, y un agudo dolor en el interior de su sexo le indica que es mejor así. No está muerta, pero ojalá lo estuviera, piensa ella.
Se encuentra en una habitación grande, vacía, con el único adorno de una cama de metal coronada por un colchón sucio sobre el que se encuentra tumbada y únicamente vestida por su sujetador.
Las paredes no están pintadas y el cemento que de manera tosca reviste la habitación, se encuentra en diversas tonalidades de grises debido a la humedad que invade la estancia.
Sólo rompe esa monotonía una estrecha puerta metálica al fondo de la habitación y un enorme espejo en un lateral de la lúgubre sala. Varias bombillas sin lámpara iluminan el habitáculo y el suelo es de tierra, lo que provoca un calor húmedo que le ataca la nariz cada vez que respira.
Sabe muy bien donde se encuentra, y nunca se hubiera imaginado el infierno de aquella manera.
Si pudiera salir de allí le diría a sor Margarita que su definición en clase de religión del infierno estaba totalmente equivocada.
Allí no hay fuego, ni almas en pena, ni ríos de lava, sin embargo, y en eso no se equivocaba sor Margarita, si que hay un diablo, y acaba de abrir la puerta metálica.
Al cerrarla, escucha de nuevo las dos vueltas de llave que momentos antes precedieron la entrada de aquel monstruo en la habitación.
Frente a ella, de pie, en la puerta permaneciendo en silencio se encuentra el diablo; un hombre gordo, de tez pálida, casi enfermiza, con el cabello graso y escaso y totalmente desnudo a excepción de una máscara de vivos colores que le cubre parte del rostro, dejando entrever una sonrisa podrida, entre iracunda y lasciva, que acompaña a una erección que muestra sus intenciones.
Ella se encuentra sin escapatoria, tampoco lo intenta, solo desea que todo pase rápido.
Ella sabe que ya nunca su marido irá a recogerla con su furgoneta a la salida del trabajo.
Sabe de sobra que nunca nadie conoce el infierno y regresa con vida para contarlo.