CAPÍTULO 15
Al día siguiente, nada más salir del ascensor, me topé con Gris, Morales y Corcobado que estaban charlando junto a la máquina de café. Sin decir nada, mi compañera metió una moneda y sacó un cortado que me ofreció al instante.
—En cuanto llegue Mirta, comenzamos la reunión —adelantó el jefe.
—¿Qué tal has dormido? —saludé a mi compañera viendo su cara de pocos amigos.
—Poco y mal, ¿y tú?
—Lo mismo. Estuve toda la noche rastreando páginas de internet que contuvieran las palabras “estrella de ocho puntas, montañas, río y puente”.
—Creo que ese fue el pasatiempo nocturno de todos —aventuró Morales con una sonrisa—. Lo hemos estado comentando justo antes de que aparecieras.
—¿Algún resultado? —me preguntó el jefe con interés.
—Nada. Casi todas las páginas que me salían se centraban en esa maldita estrella.
Mirta tenía razón y la mayoría de las civilizaciones, sobre todo las mediterráneas, adoptaron ese símbolo para representar dioses, mitos o creencias.
Al fin y al cabo resulta fácil de dibujar al tratarse de dos cuadrados superpuestos, uno de ellos girado 45 grados sobre el otro.
En otras páginas me salían cosas como el puente de las ocho puntas o el río de montaña, pero ninguna que englobara todos los términos a la vez.
—Estamos todos igual —admitió Corcobado—. Ninguno hemos podido sacar nada en claro, confío en que Mirta nos pueda aclarar algo. Por cierto, es raro que no haya llegado aún, suele ser la primera en aparecer por aquí.
—Bueno, tras mi rastreo en internet yo sí que averigüé algo anoche —anunció Gris—. Es algo que aunque yo ya intuía, ayer pude certificarlo
—¿En serio? ¿Qué es? —quiso saber el jefe.
—Que mi marido es gilipollas.
Yo, a pesar de estar acostumbrado a ese tipo de salidas de mi compañera, no pude evitar expulsar parte del café que estaba bebiendo, manchando los zapatos de Morales, con quien me disculpé.
—¿Y has tenido que consultarlo en internet? —espoleó Corcobado.
—Ya lo sabía, pero como os digo, ayer lo certifiqué. Estaba hasta el higo de intentar averiguar algo y cuando estaba a punto de apagar el ordenador e irme a dormir, se me ocurrió consultar el historial de búsqueda.
—Madre mía… —murmuró Morales con media sonrisa.
—Resulta que al capullo de mi marido, quien ni siquiera tiene las neuronas suficientes como para borrar el rastro de las guarradas que mira, le atraen las chinitas.
—¿Las chinitas? —pregunté yo sumándome al sainete.
—Sí, las asiáticas, las japonesas, las tailandesas… en fin. ¿Me podéis decir qué coño tengo yo en común con una china?
—Mejor me callo lo que iba a decir —comenté por lo bajo.
—¡Menudo capullo! Va a resultar que a partir de ahora, cada vez que me apetezca acostarme con ese salido voy a tener que estirarme los ojos para que cumpla en condiciones.
—También puedes aprender chino mandarín, para susurrarle guarradas al oído —bromeó Corcobado.
—No se pase jefe, que bastante calentita estoy con el tema. En cualquier caso, ya os digo yo que se va a joder y voy a estar una buena temporada sin probar su rollito de primavera.
—No se lo tengas en cuenta, todos los tíos somos así —traté de calmar a Griselda.
—¿Así, cómo? ¿Gilipollas?
—Eso también, pero me refería a salidos. Cualquier tío, da igual su edad, condición, ánimo o estado civil, ha mirado todo tipo de vídeos porno: asiáticas, africanas, jovencitas, madrastras, tríos…
—Pero qué asco dais —sentenció Gris con gesto torcido, justo antes de que Mirta apareciera.
—Vale, niños, se acabó el recreo —ordenó Corcobado dando una palmada al aire—. Todos a la sala de reuniones.
—¿De qué os reís? —preguntó Mirta al ver nuestras muecas.
—Griselda, que por lo visto le ha propuesto su marido hacer una escapada para ver la gran muralla china —me atreví a decir.
—¿A que te comes una hostia por gracioso? —se giró ella como un resorte.
—Bueno, vale ya con el tema que tenemos mucho trabajo por delante —me salvó el jefe una vez entramos todos en la sala—. Mirta, dinos que tienes algo, te lo suplico.
—Tengo algo —anunció con una sonrisa—. Siento haber llegado tarde, pero después de que Morales y yo dejáramos a la testigo en el piso franco, estuve hasta tarde comprobando ciertos datos y apenas si he dormido un par de horas.
—No pasa nada. Dinos lo que has averiguado.
—Comencé con un rastreo básico, juntando todos los conceptos de ese dibujo en una misma búsqueda, pero…
—Pero no te salió nada que nos sirviera —concluí yo.
—Así es, casi todos los términos hacían referencia a la estrella de ocho puntas y su relación con las distintas culturas a lo largo de la historia. Pero entonces se me ocurrió algo. ¿Y si esa estrella no fuera un símbolo?
—¿Qué quieres decir? —se interesó Corcobado.
—Pues que esa estrella no estuviera representando a nada, sino que fuera precisamente eso, una estrella. Por la composición del dibujo que describió la testigo, la estrella estaba en lo alto, es decir, en el cielo, justo encima de dos montañas desde las que salía un río que atravesaba un puente.
—En efecto.
—¿Y cuál es la estrella más representativa de todo el firmamento?
—La estrella polar —sumó Morales.
—La estrella polar o la estrella que marca el norte. Con ese concepto comencé una nueva búsqueda, reconozco que no fue fácil, pero a eso de las cuatro conseguí algo.
—Dilo ya antes de que me dé un infarto —apremió Corcobado.
—La estrella polar en el firmamento que representa el norte, un par de montañas, un río y un puente, que es el símbolo de una frontera. Esta es la primera sección del escudo de Ciudad Juárez, en México. Representa el paso del río del norte.
—Buen trabajo, Mirta, pero ¿México? —interrogó extrañado el jefe—. ¿Qué tiene que ver ese ingeniero con una ciudad mexicana?
—Y no solo él. Recuerdo que nuestro asesino aún tiene retenidas al menos a otras dos personas más con las que pretende acabar su siniestro dibujo —insistió Griselda.
—¿Puede que el asesino sea mexicano?
—La novia del científico identificó el acento de su captor como mexicano —recordé.
—Es posible. Desde luego la escabechina que le hicieron a las dos primeras víctimas tenía pinta de ser obra de un sicario proveniente del otro lado del charco —propuso Corcobado.
—Aun así no me cuadra. Los sicarios suelen ser profesionales que viajan para realizar el encargo y enseguida regresan a su país de origen —objeté yo.
—¿Y por qué a la pareja del polígono no la dejó marcada? —preguntó Gris—. Podría haberles tatuado el río, el puente o las montañas.
—Puede que esos grabados los esté reservando para los que tiene ya secuestrados —apuntó Morales.
—O cabe la posibilidad de que no se trate del mismo asesino —aventuré por mi parte.
—Eso no es posible. Te recuerdo que encontramos el dedo meñique de esa mujer en la escena del crimen del ingeniero agrónomo. Los dos asesinatos están conectados.
—¿Y si estuvieran relacionados de otra forma distinta de la que pensamos? —incidí.
—No sé si te entiendo.
—Que ambos casos están relacionados parece evidente. Pero hasta ahora habíamos dado por supuesto que ese nexo fuera el asesino. Quizás no sería una locura pensar que esos asesinatos fueron cometidos por personas distintas y lo que en realidad les une es el motivo —ofrecí.
—Un motivo que por el momento se nos escapa —admitió Mirta.
—De acuerdo, quiero que a partir de ahora comencemos a investigar una posible relación de las víctimas con México, más en concreto con Ciudad de Juárez —ordenó Corcobado—.
Quiero saber si en alguna ocasión el ingeniero fue allí de viaje, si el periodista a lo largo de su carrera realizó alguna investigación acerca de esa ciudad o si a la enfermera le gustaban las rancheras, el tequila o el picante en la comida.
En definitiva, cualquier cosa que nos pueda valer.
Por fin tenemos algo a lo que agarrarnos y os aseguro que no lo vamos a soltar.