Dentro de la locura CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—¿Por qué tampoco les contó a ellos la verdad?

—Nadie podía saber que había estado secuestrada. Él lo dejó muy claro. Igual que dejó claro lo que me pasaría si la policía se enteraba —recordó con voz trémula dejando entrever el verdadero significado de la última frase.

—No tiene nada que temer. Le pondremos vigilancia las veinticuatro horas y si usted lo prefiere será trasladada a un piso seguro —traté de tranquilizarla.

—¿Cómo abrió su casa? ¿Y cómo pagó al taxista? —indagó Gris, quien parecía estar más pendiente de encontrar algún tipo de fuga en el relato.

—¿Cómo dice?

—Quiero decir que si no coincidió con su novio y entiendo que su captor no dejó que recuperara ninguno de sus objetos personales, no comprendo cómo pudo entrar a la casa donde la hemos encontrado.

—Nuestra vecina de arriba tiene una copia de las llaves.

Llamé a su telefonillo, le dije que me había olvidado mi juego dentro de casa y que Ricardo se había ido unos días fuera por motivos de trabajo.

Le pedí que me tirase las llaves por la ventana porque tenía el coche en doble fila y quería aparcarlo antes de entrar.

Era de noche y supongo que desde arriba ella no pudo ver mis pintas.

Subí, cogí dinero y pagué al taxista. ¿Algo más? —cuestionó con un punto de desafío.

—Parece que se le da bien inventar historias —apuntó mi compañera, directa al corazón.

—No voy a permitir que después de todo lo que he pasado y sufrido estas últimas semanas, nadie, aunque sea policía, se atreva a dudar de mis palabras —advirtió la caribeña levantándose de la silla con los nervios a flor de piel.

Yo traté de intervenir, pero la mujer continuó de pie con su encendido discurso.

—Si he venido hasta aquí y estoy recordando el infierno que me tocó vivir, a la vez que me estoy jugando la vida solo por el hecho de hablar con ustedes, es porque quiero que atrapen a ese maldito asesino.

—Si nos está contando todo esto, es porque hemos descubierto su engaño —recordó Gris, agria.

—De acuerdo, reconozco que si no hubieran averiguado lo de mi secuestro yo no me habría atrevido a confesarlo todo.

Tengo miedo de ese monstruo, pero llegados a este punto, quiero ayudar.

Ignoro quién, al igual que estuve yo, puede estar encerrado en aquel lugar, pero si hay alguna posibilidad de que gracias a algo de lo que yo les pueda decir, ustedes puedan salvar a esos pobres hombres, habrá merecido la pena arriesgarme.

—Y se lo agradecemos, pero hay algo más que me gustaría aclarar —reconduje yo, apaciguador.

—Usted dirá.

—Tras nuestra entrevista en su apartamento, al despedirnos nos referimos a la estrella de ocho puntas que el asesino había marcado en el pecho de su novio, pero usted alegó no conocer el significado de ese macabro tatuaje.

—Les mentí —reconoció ella sin pudor al tiempo que bajaba la cabeza.

—¿Y se puede saber por qué coño…?

—¿Qué significado tiene ese grabado para usted? —corté yo la explosión de mi compañera con un gesto de mano.

—En la puerta de la celda en la que ese malnacido me tuvo secuestrada, había un dibujo hecho con algo rojo. Siempre me temí que fuera con sangre, aunque no puedo asegurarlo.

—¿Aparecía una estrella de ocho puntas en ese dibujo?

—Así es. Pero también había dibujado algo más. Debajo de la estrella había un par de montañas de entre las que salía un río que pasaba por debajo de un puente.

—¿Una especie de paisaje?

—Sí, pero muy tosco. Como si lo hubiera dibujado un niño.

—¿Nos puede dar algún detalle más? Sobre la forma de las montañas o el tipo del puente —propuse.

—Las montañas, como ya le digo, parecían dibujadas por un niño. Podrían ser cualquiera. El río era ancho y el puente parecía antiguo, romano o algo así. Tenía muchos arcos, seis o siete si no recuerdo mal. Fue todo tan…

—De acuerdo, creo que por el momento será suficiente —indicó Corcobado viendo cómo al revivir aquella terrible experiencia, la tensión acumulada comenzaba a apoderarse de la testigo—.

A continuación le informaré, como víctima de un delito violento de características especiales, de las diversas medidas de protección a las que se puede acoger, entre las que figura residir de forma temporal en un piso protegido.

Si accede, esta misma noche dos de mis agentes la acompañarán hasta allí.

Dimos la declaración por concluida y le pedimos a Lupe que aguardase allí mientras realizábamos todas las gestiones para proporcionarle vigilancia las veinticuatro horas al día.

Estaba aterrorizada ante la posibilidad de que el animal , tal y como ella lo había nombrado, fuera en su busca y cumpliera con su amenaza, por lo que accedió a vivir de forma temporal en uno de los pisos seguros que el cuerpo tenía a su disposición para este tipo de casos.

—Mierda —exclamó al fin Griselda nada más despedir a la testigo, que se fue escoltada por Mirta y Morales.

—No te quejes, nos ha contado más de lo que pensábamos. Corcobado ha cortado el interrogatorio a tiempo.

—No lo digo por eso. Estoy dándole vueltas a lo que nos ha dicho sobre el dibujo. Según ella, aparecía una estrella, un par de montañas y un puente bajo el que pasaba un río.

—¿Y?

—Pues que en el pecho de nuestra víctima solo dejó marcada una estrella. Dejó su particular grabado a medias y no creo que fuera por falta de tiempo.

—Insinúas que…

—Estoy convencida de que ese psicópata va a seguir con su particular obra de arte. Te recuerdo que según la testigo, al menos había dos hombres más encerrados en otras celdas. O mucho me equivoco, o pronto descubriremos el cuerpo de alguno de ellos sin vida, con otro tétrico tatuaje.