CAPÍTULO 14
—Apenas treinta años, quién los pillara —masculló Gris a mi lado, sentada a mi izquierda en la sala que destinábamos para los interrogatorios.
—¿Estoy detenida?
—No, por el momento solo queremos tomarle declaración —contesté aséptico.
—Pensé que ya había contestado a sus preguntas.
—Tenemos alguna más que hacerle —replicó Griselda.
—Miren, no me apetece estar en este sitio más tiempo del necesario, así que no nos andemos con rodeos, ¿qué es lo que quieren saber?
Antes de contestar miré a mi derecha, solicitando con la mirada a Corcobado el turno de palabra. Él, con un leve gesto, permitió, tal y como habíamos acordado, que fuera yo quien llevase el peso del interrogatorio.
—Nos gustaría saber el motivo por el que cuando la oficial y yo fuimos a visitarla a su casa, nos ocultó el hecho de que fue retenida contra su voluntad durante dos semanas, justo antes de que secuestraran a su novio.
Con mis palabras, el tono caribeño pareció desaparecer por unos segundos del rostro de la muchacha, quien terminó por ocultarlo con sus manos antes de comenzar a sollozar desconsoladamente.
Tras un breve lapso en el que permitimos aquella válvula de escape, Corcobado le alargó un paquete de clínex mientras que Griselda se cruzaba de brazos y se reclinaba sobre su silla.
—¿Cómo…? ¿Cómo lo han sabido?
—El indicio fue el registro de llamadas de su teléfono móvil. Su reacción no ha hecho sino confirmar nuestras sospechas —aclaré.
—Dios, me siento tan… tan…
La joven trató de encontrar algún calificativo que se ajustara a su estado, pero se acabó por ahogar en una profunda exhalación.
—No se preocupe. Ni nos imaginamos por lo que ha tenido que pasar y lo que ha debido sufrir estas últimas semanas, pero tengo que pedirle que intente relajarse y conteste de la forma más calmada posible a las preguntas que tenemos que hacerle a continuación. Espero que lo entienda.
—Lo entiendo, adelante. Pregunten lo que quieran.
—¿Por qué nos ocultó la verdad?
—Ese animal me amenazó con que si cuando me soltara, acudía a la policía y les hablaba de su existencia, volvería a por mí. Me dijo que ya me había secuestrado una vez y podría volver a hacerlo si quisiera.
—¿Pero cuando ese hombre asesinó a su novio? ¿Por qué no nos lo dijo?
—Daba igual que Ricardo estuviera con vida o no. Yo no podía acudir a ustedes bajo ningún motivo. Eso fue lo que dijo ese monstruo.
—De acuerdo, vayamos por partes y comencemos por el principio. ¿Cómo se produjo su secuestro?
—Hace unas semanas estaba corriendo por el Templo de Debod.
Era de noche, me gusta correr cuando no hay demasiada gente, pero aquel día tuve la sensación de que alguien me observaba.
Cuando al final me paré para estirar en uno de los bancos del fondo, alguien a mi espalda salió de entre unos arbustos y me tapó la cara con un pañuelo, impidiéndome gritar.
Lo último que recuerdo es que me costaba respirar con la sensación de que me iba a romper el tabique nasal de la presión que ese malnacido ejercía.
—¿No le llegaste a ver la cara? —cuestionó mi compañera.
—No, ni en ese instante, ni durante el resto de mi cautiverio. Siempre entraba en la celda con la cara cubierta por un pasamontañas.
—¿Qué nos puede decir de él? —tomé el relevo.
—De altura más o menos como usted, pero algo más fuerte. Por la voz diría que de unos cuarenta o cincuenta años.
—¿Español?
—No —dijo ella negando con la cabeza—. Casi seguro que era de México.
—¿De México? —quise asegurarme.
—Eso creo.
—¿Algún otro dato que nos pueda aportar? ¿Algún tatuaje? ¿Algo que le llamase la atención sobre su captor?
—No, me temo que eso es todo.
—¿Después de dos semanas en contacto con él, es lo único que nos puede decir? —inquirió Griselda dejando entrever su irritación.
—No tuve contacto con él, agente. Ese hijo de puta me secuestró y me mantuvo a base de pan y agua en una celda más pequeña que una habitación normal.
No había ventanas, desconocía cuándo era de día o de noche y pronto perdí la noción del tiempo.
Cuando finalmente me dejó salir, pensaba que había estado secuestrada dos meses.
Aún recuerdo la sensación que se me quedó cuando al saber la fecha comprendí que había permanecido en aquel maldito agujero apenas un par de semanas.
Siento si no puedo ayudarles a sacar más conclusiones de los dos minutos que pasaba conmigo al día en los que entraba en mi celda, me dejaba un trozo de pan y se iba sin apenas decir nada, salvo algunas amenazas con las que mantener mi miedo —estalló la testigo con rabia.
—No se preocupe, nos está ayudando mucho más de lo que imagina. Le ruego que no malinterprete las palabras de mi compañera —tercié yo—. ¿En algún momento le dio explicaciones del motivo por el que la había secuestrado?
—Solo una vez, casi al principio, me dijo que yo estaba allí por culpa del mierda de mi novio. Según él, antes de raptarme le dio a elegir; o él o yo. Por lo visto mi querido Ricardo prefirió que fuese yo quien pasase por ese infierno.
—Hasta que le mandó un mensaje definitivo —invité yo con la mirada dirigida hacia la venda de su mano.
—El muy cabrón me cortó un dedo. Dijo que si después de eso Ricardo no accedía, seguiría mandándole cachitos míos hasta que cediera o que yo muriera.
También me dijo que solo se estaba divirtiendo conmigo, ya que en el momento en el que acabara con mi vida, iría de todas formas a por mi novio —reveló la mujer con la voz entrecortada—.
Ese animal le tuvo que enviar uno de mis dedos a Ricardo para que se decidiera y lo más jodido de todo es que yo quería a ese maldito cabrón.
¡Lo quería de verdad! —estalló al fin en un llanto capaz de remover por dentro a cualquiera.
Esta vez dejé que transcurrieran un par de minutos en completo silencio. Al final, Corcobado me dirigió una de sus miradas para indicarme que el interrogatorio debía continuar.
—¿Qué pasó después? —proseguí al ver que la chica se recuperaba.
—Lo que ya les he dicho, él me soltó y yo regresé a mi casa, donde descubrí que ya no estaba Ricardo.
—¿Lo llegó a ver en algún momento? Puede que el momento de su liberación se produjera justo después de que su novio, el señor Gavillero, fuera secuestrado.
—Lo ignoro, pero no. No llegué a verle, puede que lo metiera en alguna de las otras celdas.
—¿Había más celdas en el lugar donde la tuvo retenida? —pregunté con curiosidad.
—Claro, y más personas secuestradas dentro —contestó como si aquel dato fuera algo evidente.
—¿Cómo dice? —interrogué nervioso justo después de intercambiar una rápida mirada con mis compañeros.
—Allí había al menos otros dos o tres hombres secuestrados. Llegaron poco después que yo. El animal que nos metió allí no perdía la oportunidad de recordarme que al menos los otros se podían llamar hombres, ya que habían accedido a estar allí en el lugar de sus mujeres.
—Así que también les dio a elegir.
—Eso parece. Supongo que ellos querían a sus mujeres más que Ricardo a mí —volvió a fustigarse con el recuerdo.
—¿Por qué razón cree que hacía eso? Me refiero a que si al final estaba decidido a secuestrar a esos hombres tal y como le reconoció a usted, ¿qué sentido tiene darles a elegir?
—Muy sencillo, quería hacerles sufrir lo máximo posible. Los otros dos no cayeron en su trampa, pero Ricardo a buen seguro sufrió por sentirse un miserable permitiendo que fuera yo quien estuviera en su lugar, y luego sufrió sabiendo lo que le iba a pasar.
—Parece un razonamiento muy retorcido —comenté.
—Ustedes no conocen a ese animal. A mí me torturaba psicológicamente, pero aún recuerdo los alaridos que provenían de las otras celdas. Por algún motivo disfruta castigando a la gente que tiene a su merced.
—Sigo sin entender por qué, cuando usted fue secuestrada, su novio no acudió a la policía para denunciar lo que estaba pasando —apuntó Gris.
—Imagino que habría algún motivo poderoso por el que Ricardo no podía acudir a pedirles ayuda —contestó la mulata sin demasiada convicción.
—¿Cree que esos hombres, los que se encontraban encerrados en las otras celdas, aún siguen con vida?
—Ni idea, pero de ser así, no creo que aguanten mucho tiempo.
—¿Los llegó a ver en algún momento? ¿Escuchó algún nombre o cualquier otra cosa con la que los podamos identificar? —tanteé a la desesperada.
—Nada, solo oía sus gritos. Sé que de vez en cuando hablaba con ellos igual que conmigo, pero desde dentro de la celda era incapaz de distinguir lo que decían.
—¿Nos podría decir algo acerca del sitio donde la tenía retenida?
—Solo que hacía mucho frío. Puede que fuera algún lugar de la sierra.
—¿Qué pasó el día que la liberó? —quiso saber Griselda.
—Entró en mi celda, me puso una capucha y las manos atadas con fuerza a la espalda.
Me metió en el interior de una furgoneta o algo parecido, condujo un buen rato y al final paró el vehículo.
No sé bien el tiempo que pasó. Después me quitó la capucha, cortó la cuerda que sujetaba mis muñecas y me soltó en una carretera secundaria.
Era noche cerrada y no pasaba nadie. Tardé como veinte minutos en llegar andando hasta una gasolinera.
—¿Cuándo le liberó tampoco fue capaz de ver el vehículo? —intervino Griselda con curiosidad.
—Me amenazó con que si me daba la vuelta hacia donde él estaba, me pegaría un tiro ahí mismo. Les aseguro que después de todo lo que viví, le creí capaz de hacerlo y no me atreví a girarme hasta que dejé de escuchar el ruido del motor.
—¿Dónde se encontraba esa gasolinera? —proseguí con las preguntas.
—Cerca de El Escorial, por eso pienso que estábamos cerca de la sierra.
—¿Y cuando llegó a la gasolinera no se extrañaron del estado en que usted se encontraba?
—Me inventé que había discutido con el capullo de mi novio, le había hecho parar y me había bajado del coche en mitad de la carretera y al irme por medio del campo me había caído por un terraplén.
Se ofrecieron a llamar a la Guardia Civil, pero yo les pedí que llamaran un taxi del pueblo más cercano, que es quien me llevó hasta mi casa.