CAPÍTULO 13
Al día siguiente, al entrar a trabajar, coincidí con Gris en el ascensor. El jefe nos había dado la tarde libre para que cargásemos pilas ante lo que era presumible que se nos venía encima.
—Buenos días —saludé a mi compañera, quien a juzgar por las ojeras mal disimuladas bajo la capa de maquillaje y el gruñido con el que me contestó, no había descansado lo suficiente.
—Serán para ti —certificó ella mi suposición mientras se dirigía a la máquina de café.
—¿Has dormido mal?
—Mal y poco. Joder, es que en casa no paro, casi prefiero quedarme toda la tarde a trabajar.
La mierda en casa nos come, el pequeño tenía ajedrez y el mayor natación, la montaña de ropa que hay junto a la plancha no para de crecer y para colmo es el día en que mi querido marido se va a jugar al pádel con los amigos.
Y no le digas nada, que encima se pone ofendidito y te suelta eso de que es el único día que tiene un rato para él.
¿Y yo? ¿Cuándo tengo yo un rato para mí? —soltó casi sin respirar.
—O sea, que no has descansado lo suficiente —sinteticé.
—Como diría Buzz Light Year, estoy hasta el coño y más allá.
—Creo que la frase no era exactamente así.
—Pues debería serlo. ¿Y tú? ¿Qué tal? —preguntó una vez se hubo desahogado.
—Poca cosa. Fui a la asociación y me pegué casi toda la tarde allí.
—¿Vas todos los días?
—No, a decir verdad cada vez voy menos, pero procuro acudir cada vez que viene gente nueva para asesorarles al comienzo. Ayer vino una mujer que había perdido a su marido en un accidente de moto.
—Estaría destrozada la pobre.
—Del accidente ya había pasado algo más de un mes. La gente tarda un tiempo antes de acudir a nosotros. Ahora se encuentra en esa fase de duelo en la que la estupefacción inicial empieza a dar paso a la aceptación y al dolor por la pérdida.
—Buenos días pareja, ¿de qué habláis? —saludó jovial Mirta, acercándose a por un café.
—De nuestras mierdas —aclaró Gris—. Si no tienes nada penoso que contar, aquí no eres bien recibida.
—Pues la verdad es que no —sonrió la joven—, pero con tal de no tomar café sola, si queréis me las invento.
Mirta siempre tenía una sonrisa en la boca al comenzar el día que difícilmente se le borraba durante el resto de la jornada. Era una de esas personas que veían el vaso lleno del todo aunque estuviera vacío.
Al igual que Morales, no solía compartir demasiado de su vida privada con el resto, pero cuando se refería a la persona con la que convivía en un pequeño apartamento del centro, siempre hablaba de su pareja sin especificar su género, ni el nombre.
Nosotros, respetando aquella parcela de su intimidad, por prudencia aún no le habíamos preguntado al respecto, pero me temía que la curiosidad de Gris no fuera a resistir un par de semanas más como mucho.
Vivía en el barrio de las letras y era raro el día en el que no nos comentaba una obra de teatro, un coqueto restaurante recién descubierto o un musical al que había asistido. Su vida social daba asco, sobre todo para el resto, que no teníamos.
Con esos mimbres, no fue extraño que mi compañera al principio la acogiera en el grupo con cierto recelo, pero pronto se la comenzó a ganar con su actitud positiva y con el único punto en el que coincidían plenamente aquellas dos mujeres tan dispares: los perros.
Del mismo modo en que Mirta se refería con parquedad a su pareja, se explayaba, sin embargo, cuando nombraba al golden que tenía en su apartamento.
Gris, quien por si tuviera poco jaleo en su vida diaria, había considerado adecuado adoptar dos galgos de la perrera hacía un par de años, no paraba de compartir consejos y anécdotas caninas con ella cada vez que salía el tema.
A aquella improvisada reunión matutina no tardó en llegar Morales, quien nos saludó con un leve gesto de cabeza antes de sacarse su habitual café solo y preguntar si nos faltaba algo.
Así era aquel reducido equipo de trabajo, Gris era un torbellino, Mirta aportaba la energía positiva, Morales la calma y yo… bueno, a falta de otra cosa que poder decir, quería pensar que añadía mi experiencia al servicio del resto.
—Cuando las damiselas acaben su velada en el salón de té, me gustaría comenzar la reunión diaria —vociferó Corcobado nada más entrar por el pasillo—. Tenéis media hora para poneros al día con correos y gestiones pendientes.
Y es que en aquel singular cóctel faltaba la guinda del jefe, quien ponía la urgencia y la necesaria exigencia en la búsqueda de resultados.
Treinta minutos después, nos encontrábamos los cuatro en la sala de reuniones cuando el mandamás hizo su entrada.
Tomó asiento frente al resto y tras un leve carraspeo nos invitó a que compartiéramos novedades.
—¿Qué tenéis?
—Del arma homicida poco podemos sacar —abrió el fuego Mirta—. Estuve preguntando en un par de tiendas de caza y podría tratarse de cualquier tipo de machete utilizado al efecto, muy común en ese mundillo.
—De acuerdo, ¿Leo?
—Hablé con los de científica. Las huellas de zapatillas como ya dijimos son de un 43, de unas deportivas de la marca Adidas.
Por el grosor de la pisada se trata de un varón corpulento, pero poco más.
El muy cabrón fue bastante cuidadoso, porque aparte de sus huellas y las marcas sobre el terreno de la carretilla, no dejó ningún tipo de rastro o vestigio desde el vehículo hasta el lugar donde depositó el cadáver.
—¿Gris?
—Realicé la consulta al centro de coordinación de la DGT y en el intervalo de tiempo que les facilitamos, por las cámaras cercanas a la zona aparecen como cuarenta furgonetas de reparto, una docena de camionetas y un montón de camiones.
He consultado una por una, pero hay muchas de alquiler y aunque algún propietario del resto figura con antecedentes, ninguno tiene delitos de sangre a sus espaldas.
Hurtos, estafas, malos tratos y cosas así.
—Está bien —recibió Corcobado con un hondo suspiro la carencia de novedades—. Morales, por favor, dime que tú tienes algo jugoso a lo que hincar el diente.
—Pues la verdad es que sí, jefe —contestó el grandullón para sorpresa de todos—. Los de las compañías de teléfonos por una vez se han puesto las pilas y esta mañana ya tenía contestación de los registros de llamadas de los tres teléfonos.
—¿Y? —apretó Corcobado demandando una marcha más.
—Del de la exmujer poco que rascar. En el último mes apenas cruzó unos cuantos mensajes de texto con su marido con motivo de la repartición de algunos muebles y enseres domésticos. No hubo ninguna llamada entre ellos.
—Era previsible. ¿Qué hay del teléfono de la chica?
—Si no le importa, eso prefiero dejarlo para el final —anunció Morales con una sonrisa infantil.
Corcobado, en un acto sobrehumano de paciencia, admitió la alteración en el orden de la exposición con un leve asentimiento de cabeza.
—Nuestra víctima el ingeniero, tal y como imaginábamos, en la última semana no tuvo ningún tipo de actividad en su teléfono.
Figura como apagado desde el mismo día en el que creemos que desapareció y fue raptado.
Antes de eso, a lo largo del mes recibió varias llamadas de números de prepago que no tienen registros y que tras la conversación no volvieron a registrar actividad.
Son todas llamadas cortas de unos dos minutos, a excepción de la primera, que se produjo hace casi un mes y en la que nuestra víctima y su interlocutor estuvieron dialogando por espacio de un cuarto de hora.
—Antes de aquí, estuve destinada en la unidad de secuestros un año y medio —recordó Mirta un dato que ya nos había desvelado al entrar en el equipo—, y el modus operandi de los secuestradores es similar.
Primero hacen una primera llamada de larga duración donde anuncian el secuestro y explican con detalle qué es lo que quieren.
Después de eso, si el familiar se niega a pagar, insisten con llamadas cortas donde amenazan con causarle daño a la persona que tienen retenida si no efectúan el pago.
—Pero eso no tiene sentido —replicó Griselda—. En este caso sí que efectuaron esa primera llamada, pero las posteriores no las realizaron a ningún familiar tal y como tú dices, ya que seguían poniéndose en contacto con la propia víctima hasta que acabaron por secuestrarlo.
—Bueno, creo que llegados hasta este punto, me toca aclarar algo —anunció Morales—. Jefe, antes le he pedido hablar en último lugar del registro de las llamadas de la novia del fallecido.
—A pesar de mi edad, lo recuerdo —dijo con sorna Corcobado.
—Pues bien, el motivo era este. Tal y como ha explicado Mirta, creo que las últimas llamadas fueron realizadas al ingeniero para intentar presionarle de algún modo.
—Explícate.
—En el registro de llamadas de la novia de nuestra víctima hay un dato bastante curioso; durante dos semanas del último mes su móvil permaneció apagado por completo.
No hubo llamadas, no mandó ningún tipo de mensaje y el terminal estuvo apagado durante quince días antes de que lo volviera a encender, más o menos el mismo día en el que el teléfono de su novio dejó de funcionar.
—Eso es imposible, nadie está dos semanas sin encender el móvil —objetó Corcobado.
—A no ser que no pudiera encenderlo por una causa de fuerza mayor —contestó divertido Morales, quien parecía disfrutar con la ventaja de su razonamiento.
—Joder… ahora lo entiendo —murmuré yo haciendo ver hasta dónde había llegado la mente del grandullón.
—¿Seríais tan amables algunos de los dos de compartir vuestra sabiduría con el resto? —inquirió el jefe a punto de explotar.
—Esa chica nos ha mentido a la cara y ha estado dos semanas con el móvil apagado por una sencilla razón —me adelanté al gigante—: antes que su novio, fue ella quien estuvo secuestrada.
La reflexión cayó como una bomba en la sala de reuniones, que por unos instantes permaneció en silencio mientras sus ocupantes asimilaban la teoría.
—Alguien que me lo explique como si fuera el imbécil que ahora mismo me siento —solicitó Corcobado tomando asiento.
—El asesino llamó por algún motivo al ingeniero.
Quería algo de él y lo amenazó para conseguir su objetivo —comencé mi razonamiento—.
Esa amenaza consistía en hacerle daño a su novia, a quien había secuestrado previamente.
Nuestro ingeniero se negó, se mantuvo firme y no cedió ante el chantaje.
El asesino, para demostrar que iba en serio, decidió enviarle una prueba de sus intenciones.
—El corte que tenía en el dedo —me siguió Gris comprendiendo mi escaleta—. La muy puta nos dijo que fue cortando jamón.
—La chica lucía un apósito bastante aparatoso donde debería estar el dedo meñique de su mano izquierda —compartí con el resto—. Si tuviera que apostar, creo que ese dedo ya no está en su ubicación natural y sirvió como ultimátum para el ingeniero.
—Nuestra víctima recibe el dedo cortado de su novia, se acojona y decide acceder a las peticiones del asesino para que libere a la muchacha —siguió Griselda cogiéndome el relevo—, ¿pero entonces por qué lo raptó justo después a él?
—Porque creo que la petición era precisamente esa, que se acabara entregando. Primero puede que solo quisiera presionarlo con su novia para sacarle información y más tarde, por algún motivo, decidió que fuera él quien estuviera retenido. Fue un cambio, una víctima por otra.
—¿Dónde se encuentra esa chica ahora?
—Imagino que seguirá en la casa de su novio. Seguro que está preparando su huida, pero confío en que piense que tardaremos algo más de tiempo en averiguar la verdad.
—Muy bien, id a por ella y traedla aquí —ordenó Corcobado con la mandíbula apretada—. Ha llegado el momento de que nos dé unas cuantas explicaciones.