CAPÍTULO 12
—¿Qué habéis sacado de vuestra visita al domicilio de la víctima? —preguntó Corcobado una vez nos sentamos frente a él en las dos sillas de su despacho—. ¿Habéis podido hablar con algún vecino?
—Mejor, nos hemos entrevistado con el motivo de su fracaso matrimonial: una puertorriqueña de apenas treinta años y con un culo de infarto a la que se estaba calzando —aclaró Gris.
—Supongo que a ella pertenece el otro teléfono que me has pasado antes desde el coche para que lo incluyera en la petición a su señoría. La verdad es que me imaginé algo parecido cuando me dijiste que era el número de su actual pareja. ¿Qué os ha contado?
—Que tuvieron una fuerte discusión y llevaba una semana sin verlo.
Más o menos el tiempo que juzga el forense que ese pobre diablo permaneció en cautividad.
También nos ha manifestado que no tenía vicios ni enemigos conocidos.
No pasaba dificultades económicas y con el cañón que tenía por novia, dudo que le quedasen energías para haberse metido en otro lío de faldas —informó Griselda.
—O sea que no os ha aclarado nada —vaticinó Corcobado.
—No exactamente —repliqué.
—¿A qué te refieres?
—No es tanto por lo que nos ha dicho, sino más bien por lo que se ha callado.
—Griselda, tú que le conoces desde hace más tiempo —se dirigió nuestro jefe a mi compañera— ¿me puedes traducir al oráculo?
—Esa mujer sabe más de lo que nos ha contado —aclaré algo molesto por el apelativo—. Cuando le preguntamos por el extraño tatuaje que su novio lucía en el pecho se esforzó por aparentar que no sabía de lo que le estábamos hablando.
—Pero entiendo que pensáis que sí que sabe algo.
—Joder, estaba más tensa que un político declarando en un juicio por corrupción —aseguró Gris.
—Respecto a eso… dadme un momento —solicitó levantando un dedo mientras marcaba una extensión en el teléfono fijo de su despacho—. Mirta, ven a mi despacho, por favor. Ah, y tráete a Morales del cuello.
En aquel equipo de trabajo formado por cuatro personas a todos nos tocaba arrimar el hombro; hacíamos tronchas, realizábamos seguimientos, analizábamos las conversaciones telefónicas de los sospechosos…
Sin embargo, sí que había roles más o menos definidos.
De esa manera, Griselda y yo, por nuestra posición jerárquica y los galones adquiridos por la experiencia, éramos los encargados habituales de la investigación directa de los homicidios que nos caían.
Trabajo de campo, como comúnmente se conocía.
Morales, de nombre José Luís, era quien se encargaba del papeleo a la hora de tramitar diligencias, peticiones y oficios con los que poder trabajar dentro de los escrupulosos márgenes de la ley.
Se pegaba con bancos, compañías de teléfonos y en definitiva cualquier otro tipo de entidad que nos pudiera proporcionar a regañadientes algún dato que nos sirviera para la investigación.
Y por último estaba Mirta, la última en llegar al equipo, quien se había incorporado apenas hacía unos meses debido a la falta de personal que sufría la unidad.
Llegó por enchufe directo, lo que despertó cierto recelo entre el resto de la plantilla sobre su valía.
Sin embargo, no tardó en deslumbrarnos con sus conocimientos informáticos y su bagaje cultural.
Licenciada en Historia contemporánea y Psicología, era una erudita en diversos campos, aunque siempre se cuidaba de no pecar de pedante cuando exponía sus razonamientos.
Peinado de Cleopatra, nariz aguileña, ojos claros que acompañaban una mirada despistada y cierta fragilidad física eran las principales características físicas que definían a una mujer que en una primera impresión engañaba.
—Decidme qué tenéis —urgió Corcobado nada más apareció el resto del equipo en su despacho—. Mirta empieza tú. ¿Qué has averiguado de la estrella de ocho puntas?
—La verdad es que es un símbolo que aparece en casi todas las culturas a lo largo de la historia. No creo que de momento podamos aclarar los motivos que llevaron al autor de los hechos a realizar esa inscripción en el pecho de su víctima.
—Aun así, trata de ilustrarnos.
—Se dice que su origen se encuentra en la cultura tartésica, que floreció en la península ibérica entre los siglos IX al VI a.C.
En esta cultura era un símbolo solar y estaba asociada al dios Sol.
Sin embargo, en la cultura islámica este símbolo es conocido como el sello de Salomón, rey del que se creía que tenía el poder de controlar a los demonios y a los espíritus.
Por otro lado, en la cultura celta se utilizaba como símbolo de protección y buena suerte. En la cultura hindú…
—En resumen, que a lo largo de la historia de la humanidad, todo perro pichichi tenía en su cultura como símbolo la jodida estrella de ocho puntas —cortó Griselda.
—Podría resumirse mi exposición así, desde luego —admitió Mirta quien a esas alturas ya estaba acostumbrada a las formas de mi compañera.
—Vale Mirta, si te soy sincero he dejado de escucharte a partir de la segunda cultura —admitió Corcobado colocándose dos dedos en el puente de la nariz—. Pero para ir aclarando conceptos, entiendo que el tarado de nuestro asesino podría estar refiriéndose a cualquier cosa con ese símbolo.
—Me temo que así es. Al menos hasta que no sepamos algo más de él o averigüemos lo que nos quiere indicar con ese símbolo.
—Morales, dime que tú tienes algo más —solicitó el inspector jefe dirigiéndose al grandullón del grupo.
Al mirar hacia el aludido me fijé de soslayo en sus enormes manos, que apretujaban unos folios que había enrollado en forma de tubo y que iban en consonancia con el resto de su corpulencia.
De un primer vistazo cualquiera diría que aquel policía con cara de niño y cuerpo de toro podría ser estibador, portero de discoteca, o monitor de gimnasio.
Sin embargo, la rudeza de su apariencia iba en contraposición con la cautela de sus formas.
Educado hasta un punto casi anacrónico, nunca faltaba un por favor en sus frases, nunca elevaba la voz y nunca perdía los nervios. En plena agitación, sus pulsaciones no debían de ser superiores a las de un ciclista y en reposo debía de tener las de un muerto.
Estaba allí porque quería, me refiero al cuerpo de policía. Su padre por lo visto era el dueño de la segunda empresa más importante de distribución de ajos en las Pedroñeras, lo que es lo mismo que decir que era también la segunda empresa más importante de Europa en lo que a ajos se refiere.
El progenitor era un currante nato, millonario por esfuerzo y con ganas de que su hijo el policía se hiciera cargo del negocio cuando él faltase. Pero Morales había decidido años atrás elegir su propio camino, Uno alejado del dinero, de dejarse el lomo en la empresa familiar y del olor a ajo.
Como aficiones la ornitología y el senderismo, solo le faltaba ver cifras y letras para la trinidad de la adrenalina pura.
Casado y padre de una niña, lo que compartía con nosotros de su vida privada no iba más allá de mostrar de vez en cuando alguna foto.
Mi mujer, mi hija y yo en la Pedriza, oleo sobre lienzo.
Un tipo que cumplía, pero al que no se le podía pedir que se fuera de cañas contigo al terminar el curro.
—Me temo que no mucho, jefe —comenzó el grandullón dando otro apretón a los folios—. He cursado la petición a su señoría de los registros de las últimas llamadas de los tres números de teléfono y también he solicitado escuchas para los móviles de la ex y la actual pareja de la víctima.
—Bueno, conozco al personal de ese juzgado y teniendo tres muertos ya sobre la mesa no tardarán en autorizar todo lo que les hemos pedido, pero ya conocéis a los de las compañías de teléfonos.
Por mucho carácter urgente que tenga la petición, como pronto hasta mañana no tendremos respuesta —intuyó Corcobado.
—Por otro lado, de la máscara veneciana poco he podido averiguar —reconoció a media voz el agente—.
Salvo que es bastante cara. He preguntado a unas cuantas tiendas especializadas en disfraces exclusivos, pero no está entre las que ellos venden, Por la foto que les envié, me han asegurado que es de bastante calidad, pero a nadie le suena haberla visto antes.
Puede que haya sido comprada en el extranjero.
—De acuerdo, seguid rastreando en la red por si sacamos algo.
—Hay algo más, jefe —dijo el grandullón dándole otra vuelta de tuerca a los papeles.
—¿Y te apetece compartirlo con nosotros? —le urgió el inspector jefe a quien la cautela y ritmo de su subordinado lograban exasperar a veces.
—Quizás sea una tontería, pero repasando las diligencias de las primeras víctimas me he dado cuenta de algo. Fue un fallo mío y asumo las consecuencias.
—No te preocupes, luego te daré cincuenta latigazos, ahora sigue.
—Cuando le tomé declaración al mendigo que descubrió los cuerpos, él me dijo que la noche de antes, cuando estaba buscando un sitio para dormir, se dirigió a esa zona del polígono, pero un hombre que estaba colocado en la esquina que da acceso a la calle le impidió seguir en dirección a la nave, por lo que se tuvo que dar media vuelta.
Cuando le pregunté si se trataba de un vigilante de seguridad se encogió de hombros y me dijo que creía que no, porque no llevaba ningún uniforme.
No le di importancia al dato y decidí no reflejarlo en el atestado.
—¿Y?
—Bueno, he hecho unas cuantas averiguaciones con los compañeros de seguridad privada y no hay ninguna empresa de seguridad que tenga contratado un servicio de vigilancia en ese polígono.
—Puede que una empresa pirata, si ni siquiera llevaba uniforme —propuso Griselda.
—Lo dudo. Ese tipo de servicios solo se dan si hay alguien que los contrate y en esa calle solo quedan dos pequeños negocios abiertos que me extraña que se puedan permitir pagar a una persona para que pase allí toda la noche.
Además la noche siguiente ese supuesto vigilante ya no estaba.
He hablado con varios negocios del polígono con horario nocturno en su actividad; una panificadora y una empresa de repuestos mecánicos y me han asegurado que nunca han visto a nadie patrullando la zona.
—¿Dónde quieres ir a parar?
—Cuanto más lo pienso, más posibilidades le doy al hecho de que ese supuesto vigilante fuera en realidad nuestro asesino.
—Eso no tiene sentido —replicó Griselda—. ¿Por qué iba a ahuyentar al mendigo la noche de antes?
—Porque las víctimas ya se encontraban allí —elucubré yo.
—El forense dató la muerte de la parejita unas cuarenta y ocho horas antes de que ese despojo encontrara los cuerpos —recordó mi compañera.
—Cabe la posibilidad de que el asesino, o asesinos, los trasladaran hasta aquel lugar dos noches antes, los torturaran durante horas y los asesinaran después. Bloqueando la puerta y amordazando a las víctimas, se aseguraban toda la intimidad que requerían —propuso el gigantón.
—Además apenas pasaba gente por allí. Puede sonar descabellado, pero entra dentro de lo posible —secundó Mirta.
—De acuerdo, ¿pero por qué? —quiso saber Griselda—.
Quiero decir que lo más fácil hubiera sido trasladarlos hasta allí la misma noche, coserlos a hostias y sacarles toda la información que quisieran antes de acabar con su vida.
Ya visteis todo lo que les hicieron a esos pobres desgraciados, ningún ser humano hubiese aguantado semejante dolor más de una hora sin confesar todo lo que quisiera oír el asesino.
—Desde luego no tiene mucho sentido —admitió Corcobado.
—A menos… —comenzó Griselda mientras maduraba la teoría en su cabeza.
—A menos que, qué —se interesó el jefe.
—A menos que por alguna razón que desconocemos, el asesino se viera obligado a llevar a sus víctimas dos noches antes, pero tuviera motivos para que fuera justo ese día cuando quería que los cuerpos fueran encontrados.
—Me cago en los asesinos enigmáticos, en las estrellas de ocho puntas y hasta en los putos tartesos —sentenció Corcobado.
—Jefe, creo que tenemos un problema —anunció Morales con la mirada fija en la pantalla de su ordenador portátil—.
Alguien le hizo una foto al último cadáver antes de que llegásemos nosotros y la han publicado.
Supongo que algún corredor curioso que, alertado por la presencia de los compañeros, se acercó hasta la zona del asesinato en la Casa de Campo.
El grandullón giró la pantalla para ilustrar su descubrimiento y así poder mostrarnos la instantánea a la que se refería.
Estaba tomada desde arriba, desde la misma loma por la que me había resbalado y caído de culo, porque el ángulo marcaba una posición elevada.
En ella se veía el cuerpo del científico sin vida, tendido sobre la hierba húmeda y custodiado por los primeros agentes que habían llegado al lugar para certificar el descubrimiento del cadáver.
A pesar de la distancia, se observaba el detalle del pecho descubierto y marcado a cuchillo, así como la máscara veneciana cubriéndole el rostro.
—¿Quién la ha publicado? —quiso saber Corcobado para ver si todavía había opciones de parar la bola de nieve.
—Es un diario digital, pero me acaba de llegar la misma foto por un grupo de Whatsapp. No podemos hacer ya nada para evitar que se sepa.
—¡Mierda! —gritó el jefe lanzando un vaso de café a la papelera—. Puta mierda …