Dentro de la locura CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Aguardé a que mi compañera terminase de hablar con nuestro jefe.

Mientras yo conducía, ella le pasó el número de teléfono de la caribeña para que lo añadiese a los del ingeniero y su exmujer en el oficio que mandaría al juez, solicitando el registro de llamadas de los tres teléfonos en el último mes.

—¿Qué deducciones podemos sacar de la charla con esa mujer? —pregunté en alto una vez colgó, sin apartar los ojos de la carretera.

—Que, por la forma en que la mirabas cuando ella no te veía, te la quieres tirar.

Exhalé profundamente, buscando una paciencia que sentía agotada en lo que a ese tema se refería.

—¡Joder, me refiero al caso! —estallé—. ¿Sería mucho pedir por tu parte que mostraras un poco de profesionalidad, o al menos de madurez, para variar?

—Tranquilo Grissom, no te flipes. En primer lugar solo te estaba vacilando y en segundo lugar, esto no es una película americana donde los agentes Wallace y Mac Flurry viven solo para el caso.

Esto es España y la vida real. Aquí los policías somos personas normales, que vacilan al compañero con bromas y chistes verdes y que aparte de investigar, cuando acabamos el curro también tenemos que hacer la compra, llevar a los hijos a clases extraescolares, llamar al fontanero del seguro, echar la bronca al marido, preparar la cena y acostarnos viendo una serie en la tablet porque acabamos tan cansados que no nos apetece ni tocar con un palo al que tenemos tumbado al lado.

—Yo no veo series.

—Pero es que tú no eres normal. Alguien que lee libros de autores prehistóricos para pasar el tiempo es que está más tarado de lo que pensaba.

—Pues sí, disfruto leyendo autores clásicos. No te vendría mal, ni a ti ni a nadie, leer de vez en cuando a alguno de esos genios de la literatura a los que tú llamas “prehistóricos”. Por citar algunos: Goethe, Dostoyevski, Dante, Wilde, Chesterton, Espronceda, Quevedo, Víctor Hugo…

—Me recuerdas a mi marido cuando recita de carrerilla la alineación del Atlético de Madrid.

—¿Sabes una cosa? Creo que te refugias detrás de esa ironía y ese cinismo, de las chorradas sexuales y de todas las palabrotas que empleas, para esconder otros problemas.

Problemas que no te apetece afrontar y que se reflejan en el hecho de que te cueste mantener una conversación normal con alguien.

—No me vengas otra vez con tus sermones —protestó echando la cabeza para atrás—. Respeto y valoro lo que haces con toda esa gente en tu asociación, pero no pienso ir a ese nido de perdedores por mucho que te empeñes.

—De ningún modo son perdedores, sino luchadores.

Además, yo no sermoneo a nadie, solo escucho y asesoro a personas que están pasando por lo mismo o algo parecido a lo que tuve que sufrir yo.

Lo que hacemos en la asociación es ayudar a gente que ha tocado fondo de una manera confidencial.

De hecho, en nuestras tarjetas ni siquiera aparece la dirección del local para una mayor privacidad, ya que tenemos víctimas de violencia de género.

Solo a las personas que se interesan de verdad y llaman al teléfono que aparece se les proporciona información adicional sobre nuestra ubicación, grupos de trabajo y distintas sesiones.

—Yo no he tocado fondo. Mi vida no es perfecta, pero no me puedo quejar.

—Lo sé, pero puede que si vinieras a alguna sesión no verías a todas esas personas como perdedores, sino como las personas más valientes del mundo. Gente que no tiene miedo a compartir todas sus miserias en grupo, ni temen escuchar todo lo que allí se dice.

—Mira, repito que valoro mucho lo que haces en ese club del duelo, pero eso no es para mí.

—Gestión y abordaje del duelo —corregí—. Somos un grupo de personas que ha sufrido graves pérdidas en su vida y que intentan gestionar de la mejor forma posible ese dolor que les acompaña. Si no fuera por la asociación, yo no sé qué habría sido de mi vida.

—Perdiste a un hijo y eso es lo que más respeto en este mundo. No me voy a meter en la forma que tiene cada uno de superar algo así, si es que alguna vez se supera, pero lo de desahogarme contando mis mierdas en público no va conmigo.

—No se trata solo de desahogarte compartiendo tus experiencias, es mucho más que eso. Es un proceso en el que se aprende a escuchar, empatizar, afrontar situaciones desde otro punto de vista…

—¡Joder! —exclamó dándose una palmada en los muslos—.

Perdona por lo que te voy a decir, pero por mucho que empatices, por mucho que compartas vivencias, a tu hijo no te lo va a devolver nadie.

El hecho es que murió. Por lo poco que me has contado del tema, fue un accidente.

Se precipitó por la ventana de vuestro piso en un descuido, a cualquiera nos podría haber pasado.

Solo hay que aprender a vivir con ello e intentar superarlo.

—Tal y como lo dices, parece fácil —me burlé con acidez.

—No, joder… Perdona, no quería decir eso. Me refería a que respeto lo que haces con esa gente, pero la diferencia entre tú y yo es que yo prefiero lamerme las heridas en casa.

—Gracias a la asociación aprendí a cambiar la rabia y la frustración por perdón y aceptación. Tienes razón en el hecho de que ya no podré recuperar a mi hijo, pero al menos he aprendido a que eso no me destruya por dentro. Y por eso mismo intento ofrecer ayuda a quien creo que la necesita.

—No hace falta que lo jures. A todos los familiares de las víctimas que investigamos les acabas ofreciendo que se unan a tu club.

—Aprovecho mi trabajo para conocer a personas como yo, destrozadas por dentro porque han perdido de forma traumática a algún ser querido, y les ofrezco ayuda para que sepan rehacer su vida sin tener que caer en el olvido, el odio o la depresión más absoluta.

—Y apuesto a que también se lo vas a ofrecer a la morenita —comentó mi compañera con retranca.

—Es demasiado pronto para eso, pero si considero que le puede servir de ayuda, sí que lo haré.

—Al menos reconoce que le has mirado el culo.

—Eres imposible —le dije con media sonrisa aceptando la tregua que me proponía.

—Pero me quieres, aunque no me mires el culo como a esa mulata.

—Vale, puede que me haya fijado, ¿estás contenta?

—Mucho, padre Kolbe.

—¿Nos centramos ya en el caso?

—No te culpo, la verdad es que es muy guapa la jodida. No me extraña que ese ingeniero, o lo que fuera, mandara todo a la mierda por ella.

—El caso, Gris —insistí con impaciencia.

—Vale, ha dicho al menos un par de veces la frase “si les soy sincera” mientras hablábamos.

—¿Y?

—Que eso indica que al menos nos ha mentido en un par de ocasiones. Además no me trago su rollo. Si tan enamorada estaba, no parecía demasiado afectada.

—La gente afronta las pérdidas de muy distinta manera, sobre todo al principio.

—Otra vez…

—Lo digo en serio. Hay personas que se derrumban, otras que buscan culpables y algunas, como esta mujer, que muestran una frialdad aplastante que les acompaña hasta el momento en el que explotan.

—No me vale, creo que miente más que habla —se enrocó mi compañera.

—Yo tampoco creo que nos haya contado toda la verdad, pero de todo lo que nos ha dicho hay una cosa que me preocupa por encima de las otras.

—¿Cuál es?

—Que esa mujer sabe perfectamente lo que significa el grabado que le hicieron a su novio en el pecho. ¿No viste su reacción cuando le preguntamos al respecto?

—Coño, tan gilipollas no soy. ¿Qué es lo que piensas tú?

—Creo que si reconoce ese dibujo, sabe cuál es el motivo por el que asesinaron a su pareja.

—¿Y?

—Lo que te digo siempre en los casos de investigación de un homicidio, que una vez averigüemos el motivo…

—Acabaremos llegando hasta el asesino.