Dentro de la locura CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Llegamos al piso de la céntrica calle del Rey Francisco pasadas las cuatro de la tarde.

La reunión se había alargado algo más de la cuenta, por lo que decidimos posponer la entrevista con la viuda del ingeniero hasta después de comer.

Nuestra intención era hablar con los vecinos en busca de información que arrojara algo de luz sobre nuestra víctima, sin embargo decidimos empezar por llamar a su puerta por si algún familiar había decido acudir al domicilio.

Nada más tocar el timbre, se abrió la puerta.

Reconozco que la primera vez que vi a la persona que nos abrió, me faltó el aire.

Delgada casi hasta la fragilidad, de unos treinta años, era una de las mujeres más guapas que había visto en mi vida. El conjunto de los rasgos definidos de su cara, el tono mulato de su piel y aquellos oscuros ojos penetrantes, me abrumaban sobremanera.

A mi compañera no le pasó desapercibida mi reacción, así que decidió ser ella quien tomara la iniciativa.

—Buenas, somos agentes del Cuerpo Nacional de Policía. Pertenecemos al grupo de homicidios que está investigando el asesinato del señor Gavillero —anunció Gris mostrándole la placa.

—No hace falta que me enseñen nada, los estaba esperando. No sabía que ella tenía mi número, ni de dónde lo pudo haber sacado, pero ayer por la noche me llamó la ex de Ricardo para comunicarme la noticia.

—¿Y usted es…?

—Soy, era, la novia de Ricardo. Me llamo Lupe.

—No parece muy afectada —apuntó mi compañera.

—No son necesarias las lágrimas para echar a alguien de menos.

—¿Desde hace cuánto eran pareja, si no es indiscreción?

—Desde hace unos seis meses.

—Pero tenemos entendido que su novio se había divorciado recientemente, ¿no es así?

—Así es, hace seis meses.

Griselda no pudo, o no quiso, reprimir una mueca ante la aclaración.

—Miren, no soy una mujer a la que le guste ir con rodeos, así que les pido que pasen para que pueda contestar a todas sus preguntas que seguro me quieren hacer.

Nos adentramos en el enorme piso a través de un largo pasillo que conducía a un salón luminoso y algo cargado de decoración.

Nos invitó a que nos sentáramos en un sofá de cuero antes de ofrecernos alguna bebida que nosotros declinamos. Ella hizo lo propio en un sillón orejero situado enfrente, como paso previo a su explicación.

—Yo trabajaba de camarera en un pub no muy lejos de aquí —inició ella— y Ricardo, aunque no era de los asiduos, sí que bajaba alguna noche a tomarse una copa. De vez en cuando, cuando las cosas en casa no andaban bien, tardaba algo más en subir y aprovechaba para hablar conmigo.

—Hasta que la conversación alcanzó otro nivel —comentó Griselda con veneno.

—Júzguenme si quieren, pero ese matrimonio ya estaba roto mucho antes de que yo apareciera. Él solo buscaba alguien que lo escuchara, alguien que lo entendiera y alguien que lo hiciera reír —se defendió la atractiva joven.

—Aquí nadie la está juzgando señorita —me apresuré a decir—, cada uno tiene su vida.

Nosotros solo queremos realizar averiguaciones sobre el entorno más cercano del señor Gavillero para intentar esclarecer las trágicas circunstancias que han rodeado a su muerte.

Si usted ha sido su pareja sentimental durante el último medio año, creo que nos será de mucha ayuda que responda a algunas preguntas.

—Pregunten lo que quieran —accedió ella reclinándose sobre el sillón al tiempo que se cruzaba de piernas.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a su novio?

Ella se tomó algo de tiempo antes de contestar.

—Puede que haga una semana. Tuvimos una fuerte discusión y él se fue de casa.

—¿Cuál fue el motivo de la pelea? —se interesó Gris.

—Un poco lo de siempre; los dos somos muy celosos y también tenemos demasiado temperamento.

—¿Era habitual que su pareja decidiese irse de casa?

—No era la primera vez que lo hacía, los dos somos muy calientes en todo; para lo bueno y para lo malo, pero las otras veces había pasado una o dos noches durmiendo en un hotel. Después de eso, siempre volvía.

—¿Y a usted no le extrañó que no regresase después de tanto tiempo?

—Por supuesto. A partir del tercer día comencé a asustarme. Le llamé muchas veces, pero siempre daba el teléfono apagado.

—¿No se le ocurrió en ningún momento denunciar la desaparición de su novio? —preguntó con incredulidad Gris.

—Si les soy sincera, pensé que se había hartado de mí y solo estaba esperando que yo me fuera del piso. De hecho, fue la última cosa que me dijo antes de dar el portazo con el que se despidió.

—¿El qué?

—Que cuando él regresara, quería que yo ya no estuviera.

—Perdone si mi pregunta suena a indiscreción —me disculpé de antemano—. Si pensaba que él solo estaba esperando que usted se fuera para volver, ¿por qué no lo hizo? ¿Por qué no se fue?

—Porque lo quería —fue la contundente respuesta que ofreció sin disimular la ofensa que le había provocado la cuestión.

—Por supuesto, disculpe mi torpeza.

—Aparte de con usted, ¿sabe si discutió o tuvo algún enfrentamiento con alguien en fechas recientes? —tomó el relevo con agilidad mi compañera.

—No. Fuera de casa era un hombre amable, pero bastante reservado. Iba al trabajo, del trabajo a casa y de vez en cuando jugaba al pádel con los amigos. Desde que estaba conmigo apenas si salía a tomar tragos por la noche y pasaba muchas horas metido en su despacho.

—Pero tenemos entendido que estaba de baja psicológica —recordé.

—Desde hacía un mes. Estaba atravesando una mala racha y fui yo quien le recomendó que acudiera a ver a un psicólogo.

—¿Su novio tenía problemas?

—No que yo supiera. Era más bien su estado de ánimo. De un tiempo a esta parte le veía triste y encerrado en su mundo. Como ya les he dicho, pasaba demasiado tiempo en su despacho, aunque si les soy sincera, no entendía bien qué es lo que hacía allí metido tantas horas estando de baja.

—¿A qué se dedicaba su pareja exactamente? —me interesé yo.

—Me lo explicó varias veces pero yo nunca llegué a entenderlo del todo —reconoció la mulata sin rubor—.

Era algo relacionado con la industria de alimentos, pero ya.

Se dedicaba a la investigación, pero cuando comenzaba a hablar del tema y se liaba con los detalles, yo enseguida me cansaba y le preguntaba por otra cosa.

—Aparte de su estado de ánimo, ¿notó algún cambio en el comportamiento de su novio durante las últimas semanas?

—¿A qué se refiere?

—A si estaba más nervioso, si recibía llamadas que atendiera a solas o si había cambiado algún hábito en sus rutinas, por pequeño que fuera.

—Estaba muy raro, eso seguro. Pero cuando yo le preguntaba siempre me decía que no me preocupara, que ya se le pasaría. Nunca me llegó a decir el motivo.

La joven se tomó entonces un tiempo para reflexionar sobre algo que le rondaba la cabeza.

—¿Cómo lo mataron? —preguntó al fin.

—Fue una muerte violenta, no creo que le ayude conocer los detalles de la misma —respondí.

—Quiero saberlo —insistió apretando la mandíbula.

—Le rajaron el pecho con un machete de cazador y murió desangrado —desveló mi compañera sin tacto.

Yo le dirigí una mirada de “¿pero a ti qué coño te pasa?”, pero ella clavó sus ojos en la mirada de la mujer que tenía enfrente, escudriñando su reacción.

—Gracias, es usted muy amable —respondió la chica con fría ironía.

—¿Su situación económica era buena? —continué por mi parte.

—Mejor que buena —certificó ella sin pudor.

—¿Tenía algún vicio? ¿Drogas, juego…?

—Ricardo no jugaba, no se drogaba y solo bebía de vez en cuando. A pesar de estar de baja, su mayor vicio era su trabajo. A veces, cuando no trabajaba en su despacho, veía en internet documentales que yo ni siquiera entendía. Era un soso, pero yo lo quería.

La afirmación fue tan demoledora que ni me planteé cuestionarla. Bajé la mirada y me fijé en un aparatoso apósito que cubría uno de sus dedos de la mano izquierda.

—¿Un accidente doméstico? —me interesé señalando con la vista el vendaje.

—Ricardo siempre decía que los caribeños no sabemos cortar jamón. Supongo que esto es una prueba de mi torpeza y de que él tenía razón —admitió con una sonrisa melancólica.

—¿De qué parte del Caribe? —pregunté con genuina curiosidad.

—Puerto Rico. Si no han estado allá, no saben lo que se pierden.

—De acuerdo, pues por nuestra parte creo que de momento eso es todo —anuncié buscando la aprobación en la mirada de Griselda—.

Es posible que tengamos que hacerle más preguntas, e incluso que tengamos que pedirle que acuda a dependencias policiales para tomarle declaración, así que le ruego que nos facilite su documentación y un número de teléfono.

La llamativa muchacha se levantó del sillón y desapareció por el pasillo. Me gustaría decir que no me fijé en su trasero, pero me temo que la abstinencia, aunque me jodiera darle la razón a mi compañera, no ayudaba demasiado en ese tipo de situaciones.

Acto seguido regresó con su tarjeta de identidad de extranjero en una mano y un post-it en la otra donde figuraban de forma consecutiva los nueve dígitos que le había solicitado.

—Le tenemos que pedir que si piensa irse del domicilio nos lo notifique antes —solicité extendiéndole una tarjeta donde figuraba mi nombre, cargo y número de teléfono.

—Esta casa me trae demasiados recuerdos. No creo que tarde en irme de aquí, además imagino que la familia de Ricardo pronto aparecerá para reclamar sus derechos. Pero no se preocupen, cuando me mude serán los primeros en saberlo.

—Solo una última cuestión y prometo que nos vamos.

—Usted dirá.

—¿Le dice algo el dibujo de una estrella de ocho puntas?

Ella tragó saliva y se tomó un segundo antes de emitir una respuesta que para entonces ya sonaba demasiado alejada de la veracidad.

—No, para nada.