CAPÍTULO 9
Se llamaba Ricardo Gavillero Ruiz —comenzó el inspector jefe Corcobado en la sala de reuniones nada más regresamos del Anatómico Forense y nos reunimos con el resto del grupo.
Un reducido puñado de funcionarios pertenecientes a aquel grupo de homicidios con un organigrama diseñado para en teoría albergar, bajo la experimentada batuta de Corcobado, a dos equipos de trabajo formados por un subinspector, un oficial y cuatro policías cada uno.
Pero la realidad era que ambos equipos estaban bastante mermados.
Las bajas por maternidad y paternidad, las comisiones de servicio, la redistribución de algunos puestos de trabajo y una baja psicológica de larga duración, provocaban que el equipo que dirigía el subinspector Anselmo contara tan solo con él, un oficial y dos policías.
Mientras que mi equipo, a la espera de nuevas incorporaciones, lo formábamos Gris, Mirta, Morales y yo.
A pesar de las carencias y de que se esforzara por mostrar lo contrario, Corcobado tenía plena confianza en nosotros. Sabía que funcionábamos bien sin demasiada compañía y que nosotros preferíamos trabajar así.
En ocasiones como esta, yo casi agradecía esta sequía de personal, ya que para tener el control total en una investigación tan compleja, lo mejor era un grupo de trabajo reducido.
Mi compañera y yo éramos los que más tiempo llevábamos trabajando juntos y la confianza en el otro era total.
Sabía que Gris jamás me fallaría en ningún aspecto y ella sabía que siempre podría contar conmigo.
Aquella mujer de melena rubia, habla de camionero y cara angelical, era en realidad un perro rabioso que no paraba hasta morder los huevos del criminal que nos tocaba atrapar.
Ancha de espaldas para una constitución femenina, su corpulencia y sus clases de boxeo le dotaban de una agresividad que, llegado el momento, a duras penas podía camuflar, pero que se hacía muy efectiva cuando era necesario lucirla.
Aún recuerdo cuando hace unos años fuimos a detener a un hombre que había asesinado a su esposa.
El muy cabrón, cuando fuimos a ponerle las esposas en el interior de su casa, nos sacó un cuchillo e hizo el amago de clavármelo, pero Gris se adelantó y le golpeó con la culata de su pistola en la sien.
El bastardo cayó redondo al suelo, inconsciente. Cuando le colocamos los grilletes y llamamos al SAMUR para que viniera a atenderlo, le advertí a mi compañera que con ese golpe podía haberlo matado. Jamás se me olvidará su respuesta.
Se encogió de hombros y casi sin darle importancia, me aseguró que ella prefería que sus hijos le llevaran bocadillos a la cárcel antes que rosas al cementerio.
Según sus palabras, de la cárcel se salía, pero del otro sitio no.
También me dijo que mientras ella fuera mi compañera, ningún desgraciado nos iba a tocar un pelo sin recibir su merecido.
Delante del resto siempre se hacía la dura, pero en las distancias cortas, en la del codo con codo que se guarda en el coche de policía, yo sabía que debajo de esa coraza de amazona moderna había una mujer con carácter tierno cuyo sentido de la vida giraba en torno a su marido y a sus dos hijos.
En especial al pequeño, que padecía una de esas enfermedades raras llamada el síndrome de Duchenne.
Según ella misma nos explicó, un día en el que estando todo el equipo reunido decidió contarnos la noticia, era una enfermedad que no tenía cura.
Una especie de distrofia muscular por la que los músculos de su hijo de siete años dejarían de funcionar con el paso del tiempo.
También nos aclaró que los niños que padecen esa patología empiezan a necesitar silla de ruedas a los 12 años y tienen una esperanza de vida de 30.
Cuando terminó de contarlo, todos nos quedamos en silencio sin saber muy bien qué decir, por lo que fue ella quien decidió hablar.
Nos ordenó que quitásemos esas expresiones de pena de nuestras caras o nos la quitaría ella a hostias.
No había que sentir pena por su hijo o por ella, sino alegría por su familia porque podrían disfrutar durante muchos años de todo el cariño de su pequeño.
Jamás volvió a hablar del tema y si alguno de nosotros le preguntaba, siempre contestaba con un “seguimos en la lucha” con la sonrisa dibujada en su cara.
En definitiva una mujer corriente, valiente y a la vez peculiar, con la que tardé unos meses en acoplar nuestra forma de trabajar, casi un año en adaptarme a su horrible forma de hablar y de la que jamás encajaré su nefasto sentido del humor.
Sin embargo, tras más de veinte años de profesión no imagino, ni quiero, tener otra compañera.
Somos el complemento perfecto el uno del otro, ya que sus pocos defectos los suplen mis escasas virtudes.
Cuando a ella le falta paciencia, yo aporto calma.
Ante mi pasividad, ella arroja energía. Y sobre todo, hasta la fecha no ha habido investigación en la que su intuición y mi razonamiento no hayan resultado tan necesarios como efectivos.
Supongo que en ese instante previo a la charla del jefe, en el que estaba sumergido en aquellos pensamientos que giraban en torno a mi compañera, de manera inconsciente debí quedarme con la mirada puesta en Griselda. Ella, al advertirlo, me preguntó con su cautela habitual.
—¿Por qué coño me miras de esa forma? ¿Estás gilipollas o qué?
—Ahora que me fijo, tienes el mismo cutis que el forense —salté.
—Que te folle un pez.
—Parejita, cuando acabéis el cortejo me encantaría seguir con la exposición de los hechos —nos interrumpió Corcobado.
—Lo siento jefe —me disculpé con mi mente ya de regreso a la sala de reuniones.
—Como decía, la víctima era ingeniero agrónomo y trabajaba desde hacía cuatro años para la consultora Consultech. Antes de eso estuvo trabajando casi diez años para una agencia estatal que colabora con la OMS, la organización mundial de la salud.
—Un ingeniero… —masculló Anselmo, el subinspector del otro equipo.
—Cuarenta y cuatro años, divorciado recientemente, sin hijos.
Buceando en su patrimonio cuenta con un piso en la calle Rey Francisco y un apartamento en Denia.
Aparte de eso, de liquidez va bien, tiene más de cuarenta mil euros en una cuenta de la Caixa y un plan de inversiones con casi otros veinte mil.
—Tenía —corrigió Gris desde su silla—. Ahora pasarán a otras manos.
—Correcto, pero no tenía ningún tipo de seguro de vida, lo digo por ir descartando opciones.
Desconocemos si en la actualidad mantenía algún tipo de relación, pero no tardaremos en saberlo.
Apenas había interpuesto algunas denuncias por extravíos y el hurto de su cartera, lo habitual entre la mayor parte de la gente.
—¿Redes sociales? —preguntó Cristian, uno de los policías del equipo de Anselmo, a mi espalda.
—Facebook e Instagram, pero las últimas publicaciones son de hace casi un año, coincidiendo con sus últimas vacaciones de verano en República Dominicana.
—¿Entre sus seguidores estaban el periodista o la enfermera? —indagó Gris.
—En principio no hay vínculos sociales entre las víctimas.
Ignoramos si se conocían, pero está claro que aparte del asesino, tiene que haber algo que los relacione.
Estoy seguro de que en cuanto averigüemos cuál es el nexo de unión entre los tres cadáveres, estaremos más cerca de nuestro asesino, o asesinos.
—Puede que la profesión de la última víctima guarde relación con alguna investigación en la que estuviera metido el periodista —lancé al aire.
—De eso os quería hablar. Como sabéis, la misma noche en que esa pareja de desgraciados fue asesinada, se declaró un incendio en su domicilio que lo arrasó todo.
—Aún no puedo creer que les quemaran también la casa —recordó Mirta a medio camino entre la estupefacción y el horror.
—Por lo visto esa gente va muy en serio. Del bonito chalet ubicado en el Señorío de Illescas, que es donde vivían, solo quedan cenizas.
—¿Y los compañeros de informática todavía no han conseguido sacar nada aunque sea de forma remota? —cuestionó Gris.
—Nada de nada. Los últimos artículos de investigación que firmó el periodista los meses antes de ser asesinado estaban relacionados con apuestas deportivas ilegales, irregularidades de algunas franquicias alimenticias en materia de sanidad y cosas así.
Parece poca chicha para lo que les pasó.
Fuera lo que fuera que estaba investigando ese pobre periodista en las últimas semanas lo guardó para él.
—O quizá lo investigaba desde otro ordenador que no fuera el de su casa, para no dejar rastro —propuso Mirta.
—En cualquier caso, espero que comprendáis la gravedad del asunto al que nos enfrentamos —nos encaró el jefe con gesto serio—.
Tenemos tres fallecidos que han sido brutalmente asesinados a manos de unos malnacidos que no nos temen.
Se atreven a retarnos dejándonos pistas que relacionan las muertes y parece que se divierten con ello.
Esto solo puede ser obra de profesionales o de psicópatas.
Incluso no descarto una mezcla de ambos rasgos.
Sea cual sea el motivo por el que estas personas han sido asesinadas, debe de ser lo bastante transcendente y grave.
—Estoy de acuerdo —secundó Anselmo al comprender la importancia del caso.
—A partir de ahora os pido la mayor dedicación y empeño posibles. Tenemos que estar a la altura del reto y estoy convencido, porque así ha sido en anteriores ocasiones, que haréis todo lo que esté en vuestras manos para detener a los culpables.
—Delo por hecho, jefe —contestó el otro subinspector del grupo, quien nunca perdía la oportunidad de alabar las decisiones de Corcobado.
—Con el tema del periodista y la enfermera parece que hemos llegado a una vía muerta, pero me resisto a darlo por cerrado.
Estoy seguro de que si seguimos investigando los dos casos, en algún punto encontraremos la coincidencia que nos lleve al esclarecimiento de los hechos.
Anselmo, quiero que tu equipo se encargue de esto.
Volved a rastrear el pasado de las dos víctimas, hablad con sus compañeros de trabajo, con sus familiares, descubrid cómo empleaban el tiempo libre, qué aficiones tenían o en quién pensaban mientras se masturbaban.
Volved a hablar con bomberos y científica a ver qué rascamos del incendio.
Quiero que esas víctimas no tengan ningún secreto para nosotros y si lo tenían, quiero saberlo porque estoy seguro de que ahí estará la clave.
—Recibido.
—Leo, quiero que tú y tu equipo os centréis a partir de ahora en nuestro ingeniero. Lo primero, id tú y Gris a su domicilio a ver qué sacáis. Yo ya he solicitado el registro de llamadas ampliando el rango hasta un mes antes de su muerte.
Por su tono de voz al acabar la última frase, sabía que Corcobado estaba a punto de dar por finalizada la reunión, así que me adelanté antes de que ordenase romper filas.
—Jefe, esta mañana hemos ido al Anatómico Forense para hablar con el médico que ha realizado la autopsia a nuestra víctima.
—Lo conozco desde hace años, es un tipo raro —comentó Corcobado sentándose al borde de la mesa—. El tío es bueno en lo que hace, pero cuando llega a la escena del crimen no habla con nadie y pierde el culo por irse de allí. ¿Qué habéis sacado?
—Al menos durante la última semana que estuvo con vida, puede que más, la víctima no comió otra cosa que no fuera pan.
—¿Cómo dices?
—Solo se alimentó de agua y pan. Creemos que antes de morir, estuvo secuestrado durante ese tiempo en algún lugar. Casi seguro que en el mismo sitio donde fue asesinado. Sin embargo, no hay ninguna denuncia por desaparición o secuestro.
—Ayer por la noche, cuando averiguamos quién era el difunto, conseguí sacar los datos de su exmujer por una denuncia.
Contacté con ella por teléfono y me confirmó que ya se había enterado de la noticia de la muerte de quien hasta hacía unos meses había sido su esposo —informó Corcobado—.
Por lo visto la relación no terminó del todo bien.
Ella no lo dijo, pero intuyo que hubo terceras personas.
Desde la ruptura no habían tenido apenas contacto, por lo que dudo que se hubiera enterado de la desaparición de su exmarido.
—Hemos hecho una comprobación y la víctima estaba de baja psicológica, por lo que tampoco parece probable que en su trabajo hubieran tenido conocimiento de su desaparición —apunté.
—Bueno, parece que nadie lo echó en falta. Sin embargo, a ese hombre lo secuestraron, torturaron y asesinaron por algún motivo. Un motivo que por el momento, solo su asesino conoce.