Dentro de la locura CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Desde luego no era la primera vez que acudía a aquel lugar, pero cada vez que iba no podía evitar que un escalofrío me recorriera el cuerpo al adentrarme por aquellos fríos pasillos que conducían a la muerte.

Esta última frase podría parecer un recurso literario, pero era la cruda realidad.

El instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, antes Anatómico Forense, tenía su sede en la pretenciosamente llamada Ciudad de la Justicia. Un proyecto urbanístico que, como tantos otros, se quedó a medio camino debido al despilfarro y la corrupción política.

Aquel edificio circular, que bien podía asemejar un gigantesco ovni con forma de dónut de cristal, se encontraba cerca del aeropuerto de Barajas, a espaldas de la Ciudad Deportiva del Real Madrid y en medio de un páramo de cemento y árboles raquíticos.

Tras acreditarnos en el vestíbulo y bajar a la planta donde se ubican los vestuarios para los funcionarios, cumplimos con el protocolo y nos vestimos con los trajes EPI. Una vez protegidos con guantes y calzas, nos dirigimos por fin hacia las salas donde se practicaban las autopsias.

—Ahora que estamos aquí, ¿quieres que te cuente un chiste sobre muertos? —saltó Gris a mi lado con su proverbial don de la inoportunidad, mientras avanzábamos a través de la pasarela principal, bajo la imponente cúpula del moderno edificio.

—No, pero aun así me temo que me lo vas a contar.

—Dice un paciente nada más despertar de la anestesia: ¿Doctor, cómo ha ido mi operación? Y le contesta el otro: ¿Pero qué coño doctor?, si yo soy San Pedro.

—Hazme un favor, si tienes algún otro chiste tan adecuado al momento, como ese, prefiero que me lo cuentes a la salida, o mejor, no me lo cuentes, ¿vale?

—¿No lo has pillado? El tipo estaba muerto y aún preguntaba si había ido bien la operación.

—No sé qué es peor, que te empeñes en contarme chistes sin gracia o que te esfuerces después en explicarlos.

Mi compañera, por toda respuesta, ladeó la cabeza mientras torcía los labios, como si mi reacción solo pudiese explicarse desde una total carencia de sentido del humor.

Al abrir la última puerta que conducía a la gélida sala donde se efectuaban los análisis forenses a los cadáveres que llegaban, inspiré hinchándome los pulmones como si me fuera a sumergir en un oscuro lago.

Nada más entrar, sobre una rejilla enclaustrada en el suelo, divisé una mesa de acero inoxidable que se situaba en el centro de la amplia estancia, donde yacía el cuerpo desnudo de nuestra víctima bajo unos potentes focos de luz blanca.

La estrella de ocho puntas había quedado totalmente desfigurada y en su lugar, en lo que antes había sido pecho, se abría una enorme abertura en forma de Y.

Un carro auxiliar con ruedas, pegado a la gran mesa, sostenía diversas bandejas metálicas que albergaban todo tipo de instrumental técnico apto para practicar tanto una autopsia moderna como una tortura del Medievo: pinzas anatómicas, cuchillos de disección, sierras oscilantes eléctricas, tijeras de toda índole, separadores manuales…

Al fondo de la sala se encontraba una alargada encimera metálica con un lavabo encastrado en el centro. Sobre ella se distribuía diverso instrumental técnico: una báscula de precisión, termómetros de laboratorio, calibradores, tubos de ensayo y frascos para muestras biológicas.

Junto a la pared de la derecha había una amplia mesa de escritorio con dos ordenadores, una cafetera, un par de tazas y una enorme pila de carpetas.

Frente a uno de esos dos ordenadores estaba un hombre ataviado con bata blanca, algo rechoncho y obeso. Calvo de la vieja escuela, es decir, con una franja ancha de pelo que cubría los laterales y la nuca y que, a su vez, coronaba una calva redonda.

La piel que brillaba en su frente lucía tan grasienta que desde lejos parecía la cabeza de un muñeco de cera. Aquel extraño ninot estaba tan concentrado en lo que estaba escribiendo, con la mirada fija en la pantalla, que ni siquiera se percató de nuestra irrupción.

Griselda carraspeó para anunciar nuestra presencia. Fue entonces cuando aquellos ojillos se giraron para contemplarnos detrás de unas gafas descatalogadas de cristales redondos.

—Buenos días, supongo que ustedes serán los agentes encargados de la investigación del asesinato de este hombre —nos saludó con la misma efusividad que un sepulturero recibe a sus clientes.

—Sí, usted estuvo hablando conmigo hace unas semanas en la nave industrial donde aparecieron asesinados los dos primeros cadáveres, aquella pareja, ¿no me recuerda? —cuestionó mi compañera.

—Sí, supongo que sí —mintió el forense que a todas luces prestaba más atención a los muertos que a la gente que aún respiraba—. ¿Coincidí ayer también con ustedes en la escena donde se encontró a este hombre? La verdad es que había bastantes policías y no soy demasiado bueno recordando caras.

—No, ayer no. Cuando nosotros llegamos, nuestro jefe nos dijo que usted se acababa de marchar.

—Mi trabajo donde realmente resulta efectivo es aquí. No tengo por norma detenerme demasiado en la escena del crimen, ya que es en mi laboratorio donde puedo trabajar sin interferencias y sacar conclusiones para mis informes periciales —se exculpó.

—Ya lo supongo, en cualquier caso fuimos nosotros quienes tardamos en acudir. En principio se iba a ocupar otro equipo, pero fue nuestro jefe quien al final requirió nuestra presencia allí —trató de justificar Gris.

—Y ustedes son… —preguntó el forense clavando una mirada escrutadora en mi compañera.

—Subinspector Leocadio Márquez y la oficial Griselda Toribio, del grupo VI de homicidios —intervine.

—Leonardo y Griselda, repitió en voz baja el ratón de laboratorio antes de que su inquietante mirada regresara a la pantalla.

—Así es —dijo mi compañera sin enmendar el error de mi nombre—. Nos conocimos en una asociación para policías con nombres raros y desde entonces no nos hemos separado.

La broma de Gris no encontró el acomodo deseado entre la escueta audiencia. En parte porque yo ya había escuchado en anteriores ocasiones aquella absurda ocurrencia y en parte porque el médico forense, de vuelta a su mundo, no le hizo ni caso.

—Estoy terminando mi informe, en cuanto esté finalizado lo remitiré a su Señoría para que la autoridad judicial se lo envíe después a ustedes —anunció a modo de despedida sin despegar la vista del ordenador.

—Lo suponemos, pero nos habría gustado estar presentes cuando ha realizado la autopsia —señalé con la mirada el cuerpo destrozado que descansaba sobre la camilla metálica—.

Su anterior informe sobre las dos primeras víctimas fue bastante detallado y minucioso, pero nos habría sido de gran ayuda plantearle algunas cuestiones que nos surgieron en el momento y que a buen seguro nos hubiera podido resolver usted in situ.

—Me gusta trabajar solo, sin distracciones. Además he comenzado a las seis de la mañana, si los hubiera esperado eso me habría retrasado y créame que ese es un lujo que con mi agenda no me puedo permitir.

Por el rabillo del ojo vi al volcán en el que se había convertido mi compañera ante aquel último comentario a punto de explotar. Cogí su mano y con un leve apretón le rogué calma.

—Entendemos e imaginamos lo ocupado que estará —comencé la faena con mano izquierda—, y por nada del mundo deseamos interrumpir su labor, pero le pedimos que nos adelante alguna de las conclusiones a las que ha llegado.

Tres personas han sido asesinadas en las últimas semanas y tenemos indicios suficientes como para pensar que los malnacidos que han cometido estas atrocidades pueden volver a matar en fechas próximas.

Quizás sus aclaraciones nos ayuden a evitar que haya más víctimas.

El médico forense dejó en ese instante de teclear. Se giró y se recolocó las gafas antes de preguntar.

—¿Qué es lo que quieren saber?

Por algún extraño motivo, y contra todo pronóstico, mi petición había calado en aquel cúmulo de arrogancia y meticulosidad. No desperdicié la oportunidad y me arrojé en plancha sobre todas las cuestiones que tenía que plantear.

—En primer lugar nos gustaría que nos hablase del contenido de la cajita de madera.

—Se trata de la última falange del dedo meñique del pie izquierdo de una mujer —comentó aséptico—. Ha sido sometida a un proceso de congelación para optimizar su conservación.

—¿Corresponde con la falange que le faltaba a la mujer que apareció muerta en aquella nave industrial?

—Sin ningún género de dudas —aseguró el hombrecillo.

Aquel dato demoledor certificó la evidencia que nosotros ya temíamos y que relacionaba los dos primeros asesinatos con el cadáver aparecido en la Casa de Campo.

—¿Cuál fue la causa de la muerte?

—Una parada cardiorrespiratoria, provocada por un infarto agudo de miocardio.

—¿No murió desangrado? —se extrañó Gris.

—Con toda probabilidad hubiese muerto por esa causa a consecuencia de las lesiones infligidas en su torso, pero su corazón se paró antes de que ese hecho se produjera.

—Entonces entiendo que los cortes se los provocaron en vida.

—Resulta evidente. La trayectoria irregular de los cortes denota que el sujeto trató de resistirse, pero unas profundas heridas en sus muñecas indican que estaba maniatado cuando sucedió todo. Lo único que pudo hacer fue mover el torso de manera limitada mientras le realizaban esos cortes.

—¿Qué nos puede decir del arma empleada? —se interesó mi compañera.

—Un arma blanca con una hoja de grandes dimensiones bastante afilada. Aún tengo que especificar un poco más mis conclusiones, pero me decanto por un machete de caza o similar.

—¿Se le ha encontrado algún tipo de sustancia química en su cuerpo? —quise saber.

—No, no lo drogaron, si es a eso a lo que se refiere. Sin embargo, hay algo significativo. Cuando he analizado el contenido de su estómago solo he hallado restos de una masa compuesta de harina, agua y sal. Comenzaba a presentar claros síntomas de desnutrición.

—¿Qué quiere decir?

—Que ese hombre, al menos durante la última semana que estuvo con vida, el único alimento que ingirió fue pan.

Griselda y yo cruzamos una mirada de extrañeza que al grasiento ratón no le pasó desapercibida.

—No es algo tan raro de ver. Recuerdo que hace años, en una autopsia que practiqué a un indigente, el interior de su estómago era similar al de la víctima, solo que en el de aquel pobre diablo, aparte de pan, también había bastante vino.

De hecho, fue esa la causa de su muerte, ya que padecía una cirrosis de caballo.

—Sí, pero este hombre no era un sin techo —repliqué yo—. Gracias a la necrorreseña hemos podido averiguar su identidad y se trataba de un ingeniero. Una persona bien posicionada que en principio no presentaba dificultades económicas.

—Puede que se trate de un trastorno de la alimentación motivado por algún episodio de enfermedad mental —elucubró el forense sin entusiasmo mientras se encogía de hombros.

—No, me temo que existe una explicación que se ajusta más con lo que le pasó en realidad a este hombre durante la última semana que estuvo con vida.

—¿Y cuál es? —se interesó el de la bata.

—Una que nos va a complicar mucho esta investigación.