Dentro de la locura CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Aparcamos el coche en el parking del Lago y, tras unas breves indicaciones de nuestro jefe por teléfono, nos adentramos por un estrecho sendero.

La niebla difuminaba los pinos y arbustos de la Casa de Campo que en silencio aparecían a nuestro paso, mientras el frío comenzaba a colarse inmisericorde en unos zapatos —mis zapatos— que a todas luces no habían sido confeccionados para andar por el barro.

—En serio, ¿cuánto hace que no follas?

El comentario lo soltó así, como tenía por costumbre mi compañera. Sin previo aviso, sin venir a cuento y con la inoportunidad que la caracterizaba.

—¿Otra vez vuelves con eso? Estás pesadita. ¿A qué viene tanto interés?

—Interés ninguno, pero últimamente te veo más mustio de lo normal. No es que seas el alma de la fiesta, pero sé que te pasa algo, algo grave, y como también sé que no me lo vas a contar, te meto caña con eso a ver si te cansas y así me cuentas lo que de verdad te preocupa.

—No me pasa nada.

—Como quieras, entonces seguiré con la cantinela.

—Lo primero, que no es de tu incumbencia. Lo segundo, he tenido decenas de compañeros y compañeras en todos estos años y tú eres con diferencia la más pesada y la que peor habla.

—Me la bufa —certificó Gris mi comentario—. Calculo que por lo menos llevarás sin mojar más de un año. Más o menos desde que te divorciaste.

—Eso es lo que menos me preocupa —intenté asegurar siguiendo sus pasos por la estrecha cicatriz de arena mojada que se abría entre la densa vegetación.

—Eso es lo que más te preocupa —corrigió ella—. Eres un tío, soso, pero un tío al fin y al cabo. Solo os preocupa eso y tenerla más grande que el que mea a vuestro lado en los baños públicos.

—Lo que tú digas.

—¿Cuánto hace? —insistió—. ¿Año y medio?

—Once meses —corregí.

—Pues eso. Estás a un paso de volver a ser virgen. ¿Acaso has seguido los pasos de todo buen divorciado?

—¿Los pasos? —interrogué casi arrepentido al instante de haber formulado la pregunta.

—Claro, coño, los pasos que debe dar un recién divorciado. A saber: en primer lugar, fase de duelo, que esa depende de si tienes o no tienes críos. En tu caso tenías uno, pero por desgracia ya no está.

—A mi hijo ni lo nombres.

—Como quieras. Fase dos: apuntarte, por este orden, a gimnasio, clases de cocina, clases de bachata y, por último, cuando estés con la preparación adecuada como para follarte a todo lo que se menea, el sanctasanctórum de los divorciados: apuntarte a Tinder.

Si después de todo eso no se te cae la picha a pedazos de tanto usarla, es que eres gilipollas.

—¿Te importaría dejar de decir sandeces y explicarme el motivo por el que nos han llamado a nosotros?

Con dos cadáveres recientes de los que después de tres semanas no tenemos ni una pista con la que empezar a tirar, no alcanzo a comprender la razón de que nos avisen para que acudamos a investigar otro.

—Según el jefe, ambos casos están relacionados.

—¿Cómo pueden estarlo? Por lo poco que me has contado de este fiambre —víctima, modus operandi, escenario…— no tiene nada que ver con nuestra parejita del polígono.

—Me ha asegurado que cuando lleguemos allí lo comprenderemos.

—Corcobado siempre con sus gilipolleces. ¿No nos lo puede decir sin más y dejarse los enigmas para otro día?

—Ya le conoces —comentó mi compañera apartando una rama que cruzaba el estrecho sendero que recorríamos.

—Aun así, aunque tengan relación, podría habérselo dado al Grupo de Ribera. Entra de guardia la semana que viene y esa panda de flipados seguro que está encantada con la posibilidad de colgarse una medallita.

—El jefe nos quiere a nosotros, punto —sentenció con la voz algo entrecortada mientras ascendía una loma.

—¿Sabes cuánto queda? —pregunté yo acusando el ritmo impuesto por mi compañera.

—Me ha dicho que son unos cinco minutos siguiendo este sendero. Llevamos más o menos eso, así que en breve deberíamos llegar a la hondonada donde han encontrado el cadáver.

Fui a replicar algo cuando, desde lo alto de la pendiente, observamos el siniestro escenario que veinte metros más abajo se había montado.

A pesar de estar ya bien entrada la mañana, la densidad de la niebla había obligado a los de la científica a colocar un par de focos para que, alimentados por un potente grupo electrógeno, iluminasen un pequeño claro de hierba mojada que se situaba entre los árboles que lo rodeaban.

El efecto fantasmal que producían los compañeros ataviados con los consabidos monos blancos, difuminados por la niebla e iluminados por el haz de luz, dotaba a la escena de un halo místico.

Al bajar por la pendiente, la suela lisa de mis zapatos hizo que resbalara y que mi irrupción en aquella reunión fantasmagórica resultara poco airosa.

Debido a mi caída, la humedad de la hierba caló de lleno en mi trasero y yo traté de sobreponerme a tan bochornosa entrada apoyándome en la inestimable discreción de mi compañera.

—Menuda hostia te has apretado —comentó ella en alto, por si alguno de los presentes no se había percatado de mi resbalón sobre el terreno.

En otras circunstancias a buen seguro se hubiera escuchado alguna carcajada ahogada de fondo, pero aquel escenario provocaba de todo menos risa. Al momento comprendí el motivo.

Frente a nosotros yacía bocarriba, sobre la hierba mojada, el cuerpo sin vida de un hombre de tez pálida, delgado y de unos cuarenta años.

Vestía un traje gris, sucio y desgastado.

El asesino había colocado el cuerpo con los brazos separados en perpendicular del tronco, formando su figura una siniestra cruz.

Como pincelada extravagante a aquella escena barroca, una elegante máscara veneciana, de tonos verdosos y adornos dorados, le cubría parte del rostro, dejando la boca y la mandíbula a la vista.

La chaqueta del traje había sido depositada con mimo sobre el suelo, doblada a un par de metros del cuerpo, y le habían arrancado los botones de la camisa para que el torso de la víctima quedase al aire.

Ese detalle no era casual, ya que el pecho de aquel hombre se había convertido en un macabro tapiz.

El monstruo que había hecho eso había marcado con algún tipo de arma blanca un rudimentario y extraño dibujo en el pecho.

En torno a las heridas aún quedaban manchas de sangre reseca y en algunas partes en las que había profundizado más, atravesando la hipodermis, dejaba a la vista tejido adiposo e incluso masa muscular.

Me disponía a acercarme para observar con detenimiento aquella masacre e intentar averiguar la composición del siniestro dibujo, cuando una figura familiar salió a nuestro encuentro.

—Buenos días, pareja —nos saludó el inspector jefe Corcobado—. Coño Leo, me alegro de que esta vez no seas el último en llegar a la escena del crimen.

—Gracias jefe, su fina ironía siempre es un soplo de aire fresco hacia mi persona.

—No me toques los huevos, que contento me tienes. Me tenéis —se corrigió dedicando un mohín a mi compañera—. ¿Habéis avanzado algo con lo del periodista y su novia?

—Pues la verdad es que no, jefe —reconoció Gris—.

En su entorno siguen sin explicarse lo sucedido.

El periodista en principio no se encontraba investigando nada chungo y la vida de esa chica era bastante aburrida.

No había terceras personas en la relación y su situación económica era normal.

Sin embargo, lo del posterior incendio que se declaró en su casa nos hace sospechar que sus asesinos buscaban algo, o querían borrar las huellas que hubieran dejado.

—Tenéis que seguir escarbando. Algo tiene que haber que se nos está pasando por alto.

—Es difícil escarbar en ese caso si nos manda a otro agujero —protesté yo dirigiendo la mirada hacia el cadáver.

—Puede que esta nueva víctima os ayude a encontrar eso que tanto necesitáis averiguar —adelantó con una ligera sonrisa—. Poneos el equipo y venid conmigo, hay algo que os quiero enseñar.

Los compañeros de científica nos proporcionaron un par de equipos EPI, con calzas y gorro para que pudiéramos entrar con garantías en la escena del crimen.

Nos estábamos vistiendo en silencio cuando de reojo observé a uno de los de Científica sacando fotos de primer plano a una extraña cajita de madera cerrada a un metro de distancia del cuerpo.

—¿Y eso…?

—Primero la víctima, esa cajita es el postre que os quiero enseñar —cortó Corcobado mi pregunta a medias.

—De acuerdo —accedí yo cargado de paciencia para seguir el juego de mi superior—. ¿Cuánto tiempo lleva muerto?

—Según el forense poco. Calcula que lo asesinaron esta noche pasada, en torno a las diez.

—¿Dónde está?

—¿Quién, el forense? Se acaba de marchar.

Creo que no le hace demasiada gracia que lo molestemos, porque ha llegado aquí sin apenas hablar, ha tomado unas cuantas notas, ha certificado y se ha ido.

Es el mismo que realizó el análisis forense a vuestra parejita, lo cual es un punto a favor de la investigación.

—Sí, me acuerdo de él. Menudo bicho raro —apuntó Griselda.

—¿Qué sabemos de la víctima? —me interesé.

—Todavía no sabemos quién es, solo que se han cebado con el pobre.

De acuerdo con el forense, todos esos cortes se los hicieron cuando aún estaba con vida.

Pero por la cantidad de sangre que tuvo que perder, no debió de durar mucho más.

Tendremos que esperar el informe forense que dictamine las causas exactas de la muerte, pero me decanto por eso: murió desangrado.

—Pero aquí no hay sangre —apunté.

—A diferencia de la parejita del polígono, a este lo mataron en otro sitio y lo trasladaron hasta aquí.

—No tiene sentido —indiqué sin dar explicaciones—. ¿Quién ha encontrado el cuerpo?

—A eso de las cinco de la mañana se recibió una llamada en el 091 avisando de que había un cadáver cerca del Cerro Garabitas, en pleno corazón de la Casa de Campo.

El alertante anónimo comenzó a dar indicaciones de cómo llegar, pero al final, ante las preguntas del operador de Sala, colgó sin más.

El jefe de la sala, con buen criterio, decidió mandar un par de radiopatrullas a la zona indicada, pero no ha sido hasta las seis y media cuando los compañeros del Zeta han conseguido localizar el cuerpo.

—Esta zona está demasiado escondida y alejada de las habituales donde se ejerce la prostitución o el cruising, y el sendero por el que hemos venido está lo bastante abandonado como para que alguien corra o monte en bici por aquí —analicé—.

Eso quiere decir que quien llamó no pudo descubrir el cadáver por casualidad.

—Quien llamó era el asesino —comprendió mi compañera—. ¿Han sacado algo del teléfono?

Corcobado negó con la cabeza antes de contestar.

—Teléfono de prepago, sin registros anteriores ni denuncias vinculadas. El sistema trianguló la llamada en pleno centro de Madrid, pero después de eso no ha vuelto a dar señales de vida.

—Vale, eso nos deja claro dos cosas. La primera es que Gris tenía razón y se trata de más de una persona. Es imposible que una persona sola, por corpulenta que sea, arrastre el peso de un cadáver hasta aquí. La carretera más cercana se encuentra a una distancia considerable.

—Bueno, yo no diría eso. A unos veinte metros, detrás de esa arboleda, los compañeros han encontrado las huellas de una rueda. A partir de ahí, el cuerpo fue arrastrado por el suelo hasta este punto.

—¿Lo transportaron en moto? —pregunté incrédulo.

—En realidad esa rueda pertenece a una carretilla. La rodada se pierde medio kilómetro más allá, junto al borde de la carretera.

—Entonces se pudo tratar de una sola persona.

—Es lo que creemos. Los de la científica solo han encontrado huellas de unas zapatillas deportivas del 43 que se repiten durante todo el camino a ambos lados de la rodada, por lo que la opción de la carretilla parece evidente.

—Así que tenemos a un tipo que conduce una furgoneta —analizó Gris.

—¿Por qué estás tan segura de que lleva una furgoneta?

—Ningún maletero de turismo podría albergar un cadáver y una carretilla al mismo tiempo, por espacioso que fuera. Puede que lo transportara hasta aquí en alguna camioneta o incluso camión, pero me decanto por la furgoneta. Cuanto más habitual, menos llama la atención.

—Antes has dicho que había dos cosas claras aunque la primera, con la teoría de que lo trajeron aquí dos personas, no lo era —recordó Corcobado sin dejar pasar el aguijonazo—. ¿Cuál es la segunda?

—Que estamos jodidos. Alguien que se toma tantas molestias en trasladar hasta un lugar tan remoto un cadáver, para luego decirnos dónde está con el único propósito de que lo descubramos, indica que está jugando con nosotros.

Nos reta y le encanta el riesgo que para él representa este juego.

Un juego que tiene su máxima expresión en la máscara que cubre el rostro a la víctima, sea cual sea su significado.

—¿Pero por qué eligió este lugar?

—Lo ignoro —argumenté dando un giro completo sobre mí, observando la arboleda que nos circundaba—. Pero me temo que todo debe de tener un significado. Al menos para el asesino.

—¿Qué nos puedes decir de esos cortes jefe? —interrogó mi compañera acercándose un poco más al cadáver.

—Parece que le han querido marcar una estrella de ocho puntas, pero ha acabado siendo una masacre.

—¿Fanatismo religioso? —me atreví a preguntar.

—Demasiado pronto para aventurarnos con algo. Tendremos que consultar a expertos.

—¿Expertos en qué, en tarados que van rajando gente? —simplificó Gris.

—En lo que sea. Habrá que esperar al análisis forense y el resto de pruebas de los distintos laboratorios. Por el momento es todo lo que tenemos, que es poco.

—Yo diría que nada —replicó ella.

—Pues yo no diría eso. Creo que te olvidas de algo —indicó Corcobado relamiéndose al haber llegado al momento culmen de su representación.

—La cajita de madera —recordó mi compañera.

—Se supone que lo que guarda esa caja en su interior es la pista que relaciona los asesinatos de la pareja que encontramos en aquel polígono con esta escabechina, ¿no? —pregunté con un punto de impaciencia.

—Eso es. ¿No imagináis lo que puede ser?

—Sorpréndenos —accedí por acelerar el proceso.

Corcobado se agachó, abrió la caja con estudiada cautela y cuando se retiró, mi compañera se adelantó para verbalizar la estupefacción que en ese instante nos estalló en la cara.

—Me cago en la puta, no puede ser.