Dentro de la locura CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Una finca a las afueras de Illescas.

Provincia de Toledo.

—Dadme un nombre.

La voz ronca irrumpe de improviso, como el trueno que precede a una terrible tormenta.

Desde su aparición en la sala, él ha permanecido de pie, delante de ellos, durante un par de minutos sin hablar. Buscaba un efecto intimidatorio que ahora, al ver el pavor en sus caras, sabe que ha conseguido.

Durante ese tiempo, ha ido recorriendo con la mirada uno por uno a los tres hombres que tiene alineados delante. Ninguno de ellos se ha atrevido desde entonces a articular palabra. Intuyen lo que les espera.

Se encuentran arrodillados y con las manos sujetas a la espalda por bridas. Muestran moratones por todo su cuerpo, restos de sangre reseca y manchas de orina debido al castigo impuesto en los últimos días, aunque las peores heridas, las más profundas, no se ven.

—¡Dadme un nombre! —repite el captor, esta vez con un tono mucho más apremiante que exige una respuesta.

—No… creo que no entendemos qué quieres decir —se atreve por fin el hombre que se sitúa en el medio.

—Claro que lo sabéis. Lo único que necesito es el nombre de uno de vosotros. Poneos de acuerdo o lo decidiré yo por vosotros.

—¿Un nombre para qué? —cuestiona con un hilo de voz el hombre que se encuentra arrodillado a la izquierda.

—Para ser el primero.

El captor no especifica más, pero no hace falta. Los tres saben a lo que se refiere.

—Esto es una locura. Por favor, déjanos marchar —suplica el de la izquierda con desesperación.

—Mirad bien estas cuatro paredes, porque de aquí ya no saldréis a ningún otro sitio. Al menos con vida.

—Te lo suplico, haremos lo que sea —insiste una de las víctimas.

—No lo pienso volver a repetir. Por última vez, dadme un nombre.

—¿Qué pasará cuando te demos ese nombre? —se interesa con cautela el del medio.

—Que será el primero al que mate —aclara con brutal simplicidad el verdugo.

—Nos vas a matar a los tres de todos modos —objeta la presa.

—Desde luego, pero al menos os ofrezco una mínima oportunidad de salvación a uno de vosotros.

—¿Cómo?

—Cuando me deis ese nombre y acabe con la vida de uno de vosotros, dejaré grabadas una serie de marcas en el cadáver.

Unas pistas que guardan relación con el verdadero motivo por el que os encontráis aquí.

A la policía no le costará encontrar el cuerpo, pero sí que le resultará difícil relacionar esa muerte con lo que ocurrió y con lo que sucederá a partir de ahora.

—Está loco… —murmura el de la izquierda al oído de su compañero.

—El segundo cadáver tendrá marcadas en la piel más claves, con el único propósito de que la policía sea capaz de comprender que no sois unas pobres víctimas, sino unos verdugos ejecutados.

Puede que, uniendo las dos pistas, lleguen hasta mí antes de que cometa el último de los actos de justicia que tengo encomendados.

—Lo que nos quieres decir es que… —intenta seguir el del medio.

—Lo que os estoy ofreciendo es una pizca de esperanza en forma de tiempo para el último de vosotros que quede con vida. Desde luego no os la merecéis, pero quiero que para cuando os vayáis de este mundo, no os quede ni siquiera esa esperanza.

—Eres un maldito loco y no… no te vamos a dar ningún nombre —se atreve a replicar el de la izquierda.

—Entonces tendré que elegir yo —asegura el verdugo.

—Un momento —pide el del centro ante la mirada estupefacta de su compañero.

—¿Pero qué haces?

—Hay que ser realistas. Él tiene razón. Llevamos aquí varios días recibiendo palizas y torturas.

Le hemos visto la cara y los tres sabemos el verdadero motivo de que estemos aquí.

Ninguno de nosotros va a salir con vida de esta habitación, pero al menos uno, el que quede el último, puede tener una mínima oportunidad.

—No te creo… —masculla su compañero negando con la cabeza.

—Piénsalo. Nos va a matar de igual manera. Al menos seamos nosotros quienes decidamos el orden.

—No pienso seguirle el juego a ese loco —se enroca el de la izquierda—. Y tú tampoco.

—Él lleva aquí algo más de tiempo que nosotros —señala el del medio con la cabeza al hombre situado a la derecha— y parece que ha perdido toda la esperanza, debería ser él.

El aludido, que ha permanecido con la cabeza agachada, sumergido en un tenebroso silencio desde que el verdugo irrumpió en la habitación, ni siquiera se molesta en rebatir. Parece abandonado a su suerte, por cruel que esta sea.

—Esto no puede estar pasando. Es una locura —se intenta resistir el de la izquierda.

—Se agota mi paciencia y por lo tanto vuestro tiempo. Dadme un nombre o seré yo quien decida el orden —ordena el verdugo avanzando un par de pasos hacia ellos.

—Ricardo —contesta con seguridad el del medio.

—Bien. ¿Y tú? —se interesa el captor, dirigiéndose al hombre que se sitúa a la izquierda.

—Yo… de verdad que no…

—Un nombre, ya.

—Ricardo —contesta con un hilo de voz.

—¿Y qué me dices tú? —interroga el torturador a la última de sus víctimas.

El hombre de la derecha parece reaccionar por primera vez ante la escena. Con parsimonia levanta la cabeza, se sacude el letargo y dirige una lánguida mirada a sus compañeros antes de enfrentar sus inexpresivos ojos a los de su verdugo.

—Ricardo —se nombra él con sequedad ante la sorpresa de sus compañeros, para después agachar la cabeza y así poder volver a encerrarse en el vacío de donde a duras penas ha salido.

—Bien —contesta el verdugo con una mueca en gesto de conformidad—. Entonces que así sea.

Con una inusitada fuerza, agarra al elegido por las axilas y lo saca en volandas como si se tratara de un pesado fardo. Una vez fuera de la celda, lo deja sentado en el suelo, mientras cierra la portezuela a su espalda.

Después lo lleva a lo largo del húmedo pasillo con los pies arrastrando hasta la última de las celdas, donde una enorme mesa de metal corona la lúgubre estancia.

Casi sin esfuerzo ni oposición, coloca a su presa tendida bocarriba sobre la fría superficie metálica y acto seguido le ata las piernas y el torso en torno a la mesa con un par de sogas que le impiden moverse con libertad.

El verdugo se toma un instante para contemplar en silencio a su presa y, acto seguido, se da media vuelta. Sobre una silla, descansa un enorme cuchillo de caza que, casi en un acto ceremonial, recoge con parsimonia. Al volver a girarse hacia el hombre, la sed de sangre destella en sus pupilas.

Le coloca la afilada hoja a escasos centímetros del rostro de su víctima y en apenas un susurro desliza una pregunta.

—¿Te arrepientes de lo que hiciste?

Pero su presa no contesta. Con la mirada perdida, le asalta la amarga certeza de que aquel techo desconchado será lo último que vea en su vida.

El verdugo desliza con algo de esfuerzo la tirante soga hacia el cuello del hombre y, a continuación, con un movimiento brusco, le abre la camisa, arrancándole los botones.

Se posiciona junto a él y coloca la punta del enorme machete encima del esternón, con la presión suficiente como para que dé un respingo.

—Ahora voy a marcarte —avanza el verdugo en un hondo susurro—. Esto pondrá en la pista a los que me persiguen, pero aun así no creo que lleguen a tiempo para poder salvar a tus compañeros. Esos dos malnacidos correrán tu misma suerte, pero al menos tú hoy dejarás de sufrir.

El primer corte, seco, profundo y agudo, provoca que el hombre emita un aullido de pavor. No se atreve a mirar, pero empieza a sentir la sangre mientras se derrama tibia por sus costados.

El hombre intuye que va a perder la consciencia por culpa del dolor, pero intenta no caer en el abismo. Gira la cabeza en dirección opuesta a donde se encuentra aquel demonio y es cuando se percata de algo que hasta ese momento le había pasado desapercibido.

De pie, en un rincón, una siniestra figura los observa en completo silencio. Al principio la penumbra le impide distinguir de quién se trata, hasta que avanza un paso hacia ellos para que la tenue claridad de la bombilla dibuje su rostro.

Solo entonces una lágrima se desliza fugazmente por la mejilla del hombre, hasta que cae al suelo.

El verdugo decide parar un momento y vuelve a agacharse hasta colocarse cerca de la cara del cuerpo que tiene a su merced.

—Te lo vuelvo a preguntar, será la última vez. ¿Te arrepientes?

Él, sin dejar de mirar aquella figura que le observa, asiente en silencio.

Sabe que no tiene escapatoria y, lo que es peor, sabe que se irá de este mundo con la sensación de que aquel terrible castigo que está a punto de recibir, lo tiene merecido.

Sin pronunciar una palabra, cierra los ojos y deja que ese diablo acabe con su vida mientras él, en un acto de entrega, acepta su destino.