CAPÍTULO 5
Jefatura Superior de Policía Nacional de Madrid
Sección de Régimen Disciplinario
—Disculpe que le interrumpa en este punto —me cortó Hernández, subiéndose el puente de las gafas con el dedo corazón—.
No me gusta ser demasiado intervencionista en las declaraciones de los compañeros a los que citamos, por lo que prefiero esperar a que terminen su exposición para realizar las preguntas que consideremos oportunas.
—Pero…
—Pero, a fuer de ser sincero, no alcanzo a comprender la relación que puedan tener algunos de los aspectos que nos está relatando con la investigación que aquí nos ocupa.
Por ejemplo, se me escapa el nexo entre la conversación que mantuvo ese anciano de la residencia con la enfermera que fue asesinada y ese supuesto sicario mexicano.
Yo me tomé mi tiempo antes de contestar. Miré con parsimonia a los dos autómatas que tenía enfrente hasta que decidí sacarme el paquete de tabaco.
—Aquí no se puede fumar —saltó como un resorte el instructor.
—Verá, yo antes era de esa clase de personas que no se saltaban ni una regla, pero después de todo lo que he visto estas últimas semanas, he decidido que a partir de ahora voy a hacer lo que me plazca —avisé sacando el mechero.
—Le vuelvo a repetir que aquí no se puede fumar —elevó el tono de voz.
—Y yo le digo que sí que voy a fumar, por dos razones.
—¿Se pueden saber cuáles son? —interrogó acalorado.
—La primera es porque me apetece. De hecho, ya le advierto que cada vez que usted o su compañero me interrumpan, pienso encenderme un cigarrillo.
—¿Y la segunda?
—Porque el que de verdad manda —su jefe, la persona que está al frente de este tribunal inquisidor y que ahora mismo está escuchando y viéndonos a través de esa cámara— —señalé hacia uno de los rincones del techo con el cigarrillo ya entre mis dedos—, no me lo va a impedir. ¿Sabe por qué?
—Soy todo oídos —replicó el inspector con actitud chulesca.
—Porque me imagino que él, a diferencia de usted, sí está al corriente de algunas de las situaciones y circunstancias que se dieron en esa maldita investigación y habrá decidido no cabrearme más de lo necesario hasta que acabe de decir todo lo que tengo que soltar.
—Y eso implica el hecho de dejarle fumar —indagó con petulancia el de las gafas.
—Eso implica muchas cosas. Demasiadas para que usted ahora mismo las comprenda —anuncié antes de encenderme el cigarrillo y darle una profunda calada—.
Pero no se preocupe, como le he dicho hace un rato, cuando termine con mi declaración, acabará por entenderlo todo.
Puede que algunos de esos sucesos les resulten inverosímiles, pero les aseguro que todo lo que aquí voy a contar es cierto.
De algunas cosas me enteré directamente gracias a nuestras indagaciones, mientras que otras, como lo que les he relatado sobre la conversación entre la enfermera y ese anciano, o la llamada del sicario a su jefe, las averigüé de diversas formas en el transcurso de la investigación.
—¿Qué le hace pensar que no estoy al corriente de muchos de esos “sucesos” como usted los llama?
—Me ha preguntado por la relación que pueda tener mi investigación con el sicario y la conversación de la enfermera con su residente. Si de verdad aún desconoce cuál es el nexo de unión, es que todavía no sabe a lo que se está enfrentando.
—¿Y usted nos lo piensa aclarar?
—Por supuesto, pero déjenme seguir por orden, o me perderé en el relato.
—De acuerdo, entonces continúe —urgió el de Régimen Disciplinario con impaciencia.
—Claro, en cuanto me termine el cigarro .