CAPÍTULO 4
—¿Patrón? —pregunta quien ha realizado la llamada al escuchar que su interlocutor ha descolgado el teléfono.
—Ya de vuelta, ¿no? —contesta el aludido.
—Así es. Acabo de aterrizar.
—¿Todo bien?
—Ahora le cuento.
—¿Qué te dijo el periodista?
—Todo lo que sabía. Me confirmó lo que le habían chismeado a usted, pero no tenía ni idea de lo que en realidad hay detrás de todo eso.
—¿Crees que lo sabe alguien más?
—¿Aparte de él y de su vieja? No. Y si lo hay, no tenemos pedo. Después de lo que les hicimos a la parejita no creo que nadie se atreva a seguir removiendo el asunto.
—¿Quién fue el sapo?
—No se lo va a creer, patrón… —El lacayo duda por un momento cómo afrontar el tema.
—Prueba. Ya me conoces, para según qué cosas tengo mucha imaginación, al contrario que paciencia —advierte el hombre.
—Fue el amigo de usted, patrón, el gallego.
—Tampoco digas mamadas. El gallego perdió la jeta hace un rato, y le iría de la chingada si se sabe algo. Con todo este asunto él es el que más tiene que perder.
—Sí, por eso me la jugué y no me retaché a México al día siguiente como me había dicho.
El periodista antes de mamar me soltó que el gallego estaba en un puto asilo, donde trabajaba la flaca de su novia como enfermera.
Por lo visto el ruco ya está ido, pero se lo contó una noche que iba hasta arriba de medicamentos.
—Ya me estás pendejeando —reniega el patrón.
—Fui yo mismo al asilo ese. Cuando me vio, el ruco ni siquiera cambió la cara. Pensó que era uno de sus pinches sobrinos.
—Puede ser que te agarró de su pendejo —tantea el hombre.
—Créame que no, jefe. Esa expresión perdida en los ojos no se finge. Mi padre, en paz descanse, tuvo el mismo mal antes de morir. Ni el Eugenio Derbez podría fingir estar así de pendejo. Además, le encargué a nuestro teto, el hacker, que me mandara el expediente del gallego.
—¿Y?
—El gallego fue diagnosticado por el equipo médico con un Alzheimer bastante severo hace unos meses, justo después de que ingresara tras su paso por el hospital por un ictus.
—¿Qué hiciste con él?
—Nada. Tiene el cerebro hecho mierda y es mejor esperar a que mame él solito. Su muerte solo pondría a la policía tras nuestra pista. Creo que les ayudaría a encajar ciertas piezas.
—¡Me vale madre lo que creas! —explota el patrón— ¿Qué pasa si va con el mismo choro a alguien más?
—Nadie le cree a un ruco ido, jefe. Fue una coincidencia que esa pinche vieja tuviera por novio a un periodista con mucho olfato y poca suerte.
—Está bien —concede tras meditarlo unos segundos el hombre—, pero no quiero dejar ninguna pista y todavía te tienes que chingar a los otros tres.
—Luisito y yo nos tuvimos que pelar y salir de vuelta a México, pero he dejado el encargo en las mejores manos para que se chinguen a los tres.
—¿Alguien conocido?
—No es de los nuestros, lo conocí en Chiapas, cuando se encargó de los periodistas esos. Un tipo raro, pero es una verga en lo que hace. Supe que estaba pelado en España. No vamos a tener ningún problema con él, pero le tuve que soltar una buena lana.
—¡Me vale madre el puto dinero! —brama el anciano.
—Lo sé, patrón, yo solo quería… —titubea mientras la torpe disculpa muere a medio camino en su garganta. Sabe que un desliz como ese con su jefe puede resultar definitivo.
—Esa madre del jetlag te hace decir muchas pendejadas.
—Perdón, patrón.
—Me mantienes al tanto de todo el pedo.
—Sí, no se preocupe, yo le aviso —promete el lacayo antes de colgar, notando cómo una gota de sudor le recorre la frente .