CAPÍTULO 3
Residencia para personas mayores EL RETIRO.
Majadahonda. Madrid.
Una semana antes de su asesinato
Repasa su cuadrante a la vez que lanza una rápida mirada al reloj de pared.
Si se organiza bien, podrá haber acabado la ronda antes de la una y, si no hay ningún contratiempo, intentará terminar en su despacho esa novela policiaca que tanto le está gustando antes de que comience la primera ronda de la mañana.
Ya ha revisado y preparado el medicamento de todos los residentes de su planta y solo le queda el control de la tensión arterial y de la glucemia antes de que todos se acuesten.
Ya había trabajado en otras residencias para ancianos antes, pero ninguna se parecía a aquella en la que estaba ahora.
Cada residente dispone de sesiones de fisioterapia individualizadas, peluquero, comida adaptada e incluso, para los que se encuentran mejor físicamente, sesiones de gimnasia terapéutica en la piscina cubierta del centro.
Eso sí, no les sale barato. Por menos de cuatro mil euros al mes allí no hay nadie. Pero para los viejecitos que han ido allí a terminar sus días, el dinero no es un problema: empresarios jubilados, antiguos directivos y gente de familia rica.
Al entrar en la habitación de Ángel lo sorprende sentado en su silla, con la mirada perdida en la ventana, a pesar de que a esas horas de la noche ya solo se observa un telón opaco de oscuridad.
Se estremece un poco al pensar en el vertiginoso deterioro que ha sufrido en los últimos meses aquel hombre.
La directora le contó que en otros tiempos había sido un verdadero genio de los negocios, muy bien situado.
También le dijo que tenía muchos contactos, aunque no le especificó gran cosa acerca de las actividades económicas o empresariales de aquel anciano al que, poco a poco, se le había ido escabullendo la lucidez como el agua entre las manos.
—Buenas noches, Ángel —saluda ella tratando de que el hombre se gire y regrese al mundo de la consciencia—. Vengo a ver cómo está ese corazón y cómo vas de azúcar.
El octogenario se vuelve hacia ella con una expresión de desconcierto mientras trata de encajar aquel rostro familiar en alguno de sus deteriorados archivos mentales.
Ella, sin esperar respuesta, le da un leve pinchazo en el dedo. El anciano parece reaccionar. Alza la mirada y sus ojos se quedan fijos en el antebrazo de la mujer que ha irrumpido en su habitación.
Con la mano temblorosa acaricia la zona donde la enfermera luce su inicial tatuada, como si tratase de borrarla con el tacto.
—Una P —farfulla el viejo.
—De Patricia. Me llamo Patricia, Ángel, ¿es que no te acuerdas?
El anciano se encoge de hombros y vuelve a mirar la letra tatuada sin soltar el antebrazo.
—Yo tuve una novia en México que se llamaba Patricia —dice él de repente—. No era muy guapa, pero era una bomba en la cama.
—¿Has vivido en México, Ángel? No lo sabía —pregunta la enfermera antes de que el anciano se enrede en sus recuerdos sexuales.
—¡Pues claro! —exclama él, ofendido, mientras mira a los ojos de la joven—. Ya lo sabes.
—No, Ángel, no me lo habías contado.
—Que sí, cojones. Si tú estabas allí conmigo.
—Igual era otra Patricia, pero seguro que no era tan guapa como yo —trata de bromear la enfermera al saber que la mayoría de los residentes reaccionan bien a ese tipo de provocaciones.
—Viví muchos años… —comienza el viejo con la mirada algo perdida—. Hacía lo que me daba la gana, pero me tuve que ir de aquel país. Al final la liamos muy gorda, ¿sabes?
—¿Te metiste en algún lío, Ángel? —interroga la enfermera mientras le coloca el tensiómetro en el brazo.
—Había que callar a esos tres mierdas. El secreto no podía salir a la luz o todo se acabaría descubriendo y sería el final para todos.
—¿Qué secreto, Ángel? No sería algún lío de faldas de los tuyos —comenta ella por seguirle la corriente mientras se hincha la banda del tensiómetro.
—Había que tenerlos controlados. Él sabía que si me lo encargaba a mí, yo me las arreglaría para que tuvieran la boca cerrada, como ya había hecho otras veces. Aún recuerdo cómo gritaban esas chicas… —murmura con la cabeza gacha.
—¿A qué te refieres, Ángel? —interroga ella con un punto de preocupación que le ha despertado la última frase.
—¿Qué hay de cena?
—Ya has cenado, Ángel —contesta ella con una sonrisa—. Ahora ya toca irse a dormir. Pero me estabas hablando de México y de lo que pasó allí.
—¿México? —cuestiona el anciano con la mirada perdida.
—Sí, Ángel. Me estabas hablando de esas chicas que gritaban —trata de reconducir la enfermera los recuerdos del octogenario.
—Sí, es verdad, las chicas… —asiente el viejo con una expresión grave antes de levantar de nuevo la mirada hacia su visita—. Lo que te voy a contar, no se lo puedes decir a nadie. Si alguien se entera, corremos peligro. Tú y yo.
—No te preocupes, Ángel, prometo que tu secreto está a salvo conmigo —afirma ella retirándole la banda del brazo, dispuesta a escuchar las divagaciones del viejo.
Entonces el anciano parece recuperar un brillo olvidado en su mirada antes de ponerse a hablar.
Veinte minutos después, la enfermera sale de la habitación 302, con el rostro desencajado y la sensación de que un enorme y oscuro peso le hunde los hombros. Un peso del que necesita liberarse. Y sabe exactamente cómo y con quién hacerlo.
Por primera vez, cierra la puerta de su despacho y marca el número de su novio.
—¿Jacobo? No, tranquilo, no pasa nada. Tengo algo que contarte, algo muy importante y demasiado terrible como para que sea verdad, pero me gustaría que lo comprobaras.
Te aseguro que si es cierto todo lo que acabo de escuchar, te vas a convertir en el periodista más famoso de este país, cariño.
No, por aquí no. Mañana cuando me despierte te lo cuento, no te preocupes. Te quiero.
Ella cuelga e intenta revisar las anotaciones de su compañera del turno de tarde, pero su mente está muy lejos de allí, en concreto al otro lado del océano.
Sabe que si su novio puede corroborar la historia que está a punto de contarle, sus vidas cambiarán para siempre.
Lo que a esas alturas ella no intuye es que será precisamente ese terrible secreto el responsable de que esas vidas no cambien, sino que se apaguen, ya que en menos de una semana la encontrarán muerta en el interior de una oscura nave industrial, torturada y masacrada junto a su novio .