CAPÍTULO 2
Dos meses después
Jefatura Superior de Policía Nacional de Madrid
Sección de Régimen Disciplinario
Su intención era ponerme nervioso.
Los dos habían entrado en la sala con cara de pocos amigos, llevaban ya cinco minutos sentados frente a mí y desde entonces no habían articulado una palabra más allá del protocolario “buenos días”.
Ahora fingían revisar sepa Dios qué entre los folios de las carpetas que habían depositado encima de la mesa metálica que se interponía entre nosotros.
Mientras representaban su particular teatrillo, me dediqué a observarlos. Los dos pasaban de los cincuenta, vestían camisas baratas, llevaban gafas y compartían ese aire de funcionario administrativo que hacía tiempo que había olvidado lo que era sentirse policía, o al menos un policía de verdad.
La única diferencia apreciable entre ellos radicaba en la densidad capilar: mientras uno, a pesar del medio siglo de edad, lucía un inmaculado pelo negro, desprovisto de cualquier atisbo de canas, el otro mostraba unas incipientes entradas que sitiaban una pequeña ínsula de pelo en medio de su alargada cabeza, que no tardaría en sucumbir al avance de la alopecia.
Por un momento me vino a la cabeza la imagen de Hernández y Fernández, aquellos dos policías bobalicones de Tintín a quienes, pese a ser hermanos gemelos, el traductor al español había decidido asignar apellidos diferentes en lugar del Dupont original.
Me preguntaba quién adoptaría el papel de poli bueno cuando los dos levantaron la vista de los papeles casi al unísono para clavar sus miradas en el pollito que tenían enfrente.
—Son las 10:45 del día 16 de enero de 2025 —comenzó el de las entradas, al que había decidido bautizar como Hernández y que al parecer llevaría la voz cantante—.
Nos encontramos en las dependencias de la sección de Régimen disciplinario de la policía nacional, de la Jefatura Superior de policía de Madrid.
El inspector con carné profesional 89.259, actuando como instructor de las diligencias 11/25 y el inspector 101.
834, actuando como secretario de las referidas diligencias, toman declaración al subinspector con carné profesional 94.
334 en relación a los sucesos ocurridos en la llamada operación SICARIO.
Su voz sonaba engolada, una perfecta carta de presentación de lo que imaginé que sería su personalidad: presuntuosa y artificial.
—Como usted bien sabe, todo lo que aquí testifique será transcrito y se le entregará copia de su propia declaración una vez haya firmado la misma en prueba de conformidad.
Sin embargo, como parte de nuestro protocolo, es norma de la Sección dejar también un registro sonoro de todo lo que se diga en este despacho. ¿Ha comprendido usted?
Aquel lameculos me miraba por encima de sus gafas como si le estuviera hablando a un niño pequeño. Me tomé mi tiempo antes de asentir con un leve gesto de cabeza.
—Por favor, verbalice su respuesta para que quede registrado en la grabación.
—Sí, de momento lo he comprendido todo —respondí mientras me inclinaba hacia el pequeño micrófono que me habían colocado en la mesa.
—Nos gustaría que contestara a las preguntas que le vamos a realizar y que guardan relación con la investigación que llevó a cabo junto con su compañera, la oficial con carné profesional… —titubeó mientras rebuscaba el dato en su extenso dossier.
—101.892 —aporté.
—Correcto, 101.892 —repitió él, después de comprobarlo—. Debido a la complejidad de la investigación que realizaron, así como a la gravedad de los hechos que nos ocupan, le tengo que pedir el máximo rigor y concreción en sus respuestas.
—Haré lo que pueda, pero ya les advierto que muchas de las respuestas a las preguntas que me van a realizar están fuera de su alcance.
Los dos inspectores de Régimen Disciplinario cruzaron una breve mirada en un intento por descifrar el significado de mis últimas palabras.
—Bueno, no se preocupe por eso —carraspeó Hernández tratando de sobreponerse a la momentánea estupefacción—. Del posterior análisis de la información ya nos encargaremos nosotros. Ahora solo le pido que conteste a todas las cuestiones que le vayamos planteando.
—Como quieran —acepté acomodándome en la mierda de silla que me habían puesto—, pero en esa investigación sucedieron demasiadas cosas que ni siquiera convendría recordar.
—Tranquilo, hemos leído las diligencias y todo lo relacionado con el caso. Nos hacemos una idea de a qué nos enfrentamos.
—No, déjenme decirles que no tienen ni idea de a qué se enfrentan —apunté yo con una sonrisa de superioridad—. Ni ustedes ni nadie en este jodido edificio están preparados para asimilar lo que estoy a punto de revelarles.
—Le aseguro que en esta sala hemos oído cosas de todo tipo, no nos asustaremos por lo que nos pueda contar —intentó rebatir el instructor.
—Eso no es lo importante —negué con parsimonia, bajando la mirada—. ¿Y si les dijera que lo que de verdad importa de este caso es que la información que estoy a punto de contarles no les servirá de nada para su investigación?
—¿Y se puede saber por qué?
—Porque esa información jamás saldrá de estas cuatro paredes. No se lo permitirán.
Los dos agentes volvieron a cruzar una fugaz mirada, esta vez teñida con un punto de preocupación.
—¿A qué se refiere?
—Tengan paciencia y confíen en mí. Cuando acabe mi relato, les aseguro que sabrán a lo que me refiero.
—De acuerdo —permitió Hernández con escepticismo—, hasta que llegue ese momento le vamos a pedir que comience por el principio. Justo lo que sucedió a partir de la madrugada en la que se encontraron los dos primeros cadáveres en aquel polígono.