CAPÍTULO 1 #2
—¿En este estercolero? Aún están trabajando en ello, pero el suelo está repleto de cagadas de perro, un par de condones de la época de cuando tú aún follabas y montones de basura por todas partes. Me recuerda un poco al piso que compartía mi exnovio cuando era estudiante.
—No hace tanto que no follo —me defendí de forma infantil.
—Lo que tú digas, Casanova. El caso es que creo que los compis de Científica están haciendo el teatrillo para cumplir con el expediente, porque debe de haber como mil restos biológicos de toda índole, solo en el suelo.
—Por la sangre del suelo entiendo que los mataron aquí. ¿Pero por qué eligió el asesino este lugar?
—¿Asesino? ¿Has visto todo lo que les han hecho a estos desgraciados? Me encaja más que este circo de doble pista sea obra de al menos un par de cabrones.
—Es probable —concedí sin demasiada convicción—, pero insisto, ¿por qué elegir esta pocilga?
—Está casi al fondo de un callejón de un polígono abandonado. Todo este catálogo de torturas les debió de llevar su tiempo, por lo que supongo que buscaron un sitio donde pudieran realizar su obra sin ser molestados.
—Aun así se encuentra asentado en una zona urbana. Si hubieran querido que no se encontraran los cuerpos, se podrían haber ido a alguna nave en medio del campo y enterrarlos para siempre en medio del monte.
—Cierto, se arriesgaron a que alguna alimaña como ese mendigo los descubriera en plena faena, ¿pero por qué?
—Querían que los cuerpos fueran descubiertos. No de forma inmediata, pero su intención era que alguien acabara llamando a la policía.
—¿Por qué motivo? —preguntó mi compañera.
—Para mandar un mensaje —elucubré—. Todos esos golpes y cortes, esa tortura inhumana antes de dejarles morir desangrados, nos están diciendo algo.
—O puede que no sea un mensaje, sino un medio —propuso Gris.
—¿A qué te refieres?
—Un castigo físico como este solo se puede deber a dos motivos. O bien querían provocar un dolor inhumano en sus víctimas antes de morir o bien…
—Querían sacarles información —dije comprendiendo el razonamiento de mi compañera—. ¿Qué sabemos de las víctimas?
—De momento poca cosa. Los que hayan hecho esto no se preocuparon en ocultar las identidades de los difuntos, ya que hemos encontrado sus ropas amontonadas en un rincón de la nave y en los bolsillos llevaban sus DNI.
Él se llamaba Jacobo Ugarte, era un periodista que trabajaba de forma esporádica para alguna agencia digital, aunque en su página web se definía como periodista freelance .
Su coche es el Volkswagen Touran que está aparcado justo enfrente.
Lo hemos mirado a fondo pero no hay nada anormal en su interior.
El navegador no registraba esta dirección, así que o bien ya habían estado antes y conocían el sitio o llegaron a través del móvil.
Los compis de científica ya han sacado huellas, pero no creo que nos lleven a nada.
—¿El asesino pudo citar a la pareja para que vinieran hasta aquí? —cuestioné intrigado.
—Eso o iba con ellos dentro del vehículo y los amenazó a punta de pistola para que condujeran hasta llegar a este polígono.
—¿Entre las ropas estaban sus teléfonos móviles?
—No, no había ni rastro de ellos. Pero haremos gestiones con las compañías que tuvieran para acceder al registro de las llamadas y saber sus últimos movimientos.
—¿Qué me puedes decir de la mujer?
—Patricia Ruiz, enfermera jefe en una residencia para ancianos.
Supongo que la letra P que luce en su antebrazo es por la inicial de su nombre —dijo Gris señalando con la vista un tatuaje que apenas se distinguía entre varios cortes—.
Me he metido en su Instagram y he comprobado que eran pareja desde hace al menos unos tres años, que es la fecha en la que ella empezó a publicar fotos juntos.
—Me cuadra más el periodista en nuestra teoría de que los torturaron para sacarles algún tipo de información —analicé.
—A mí también. Quizás averiguó algo demasiado turbio de la persona equivocada y se metió en un lío.
—¿Pero entonces qué hace ella aquí? No tiene sentido.
—Puede que los asesinos se quisieran asegurar de que el periodista les diría todo lo que querían averiguar a través del castigo hacia ella —propuso Gris—.
Comenzaron a torturar a la chica primero; le seccionaron los pezones, le hicieron cortes por todo el cuerpo, le metieron un objeto contundente en la vagina y por último el numerito de ir cortándole los dedos de los pies uno a uno.
—Sigue sin cuadrarme. Este tío era periodista, una persona normal. Cualquiera comenzaría a hablar cuando viera a su pareja empezar a sufrir de ese modo, no esperaría a que la machacasen de esa forma.
Mi compañera se quedó en silencio, contemplando la escena mientras daba forma al nuevo enfoque de su teoría.
—Es posible que los dos estemos en lo cierto y la teoría de sacar información y la teoría de mandar un siniestro mensaje sean válidas y complementarias —lanzó tras un breve lapso de tiempo.
—Explícate.
—Comenzaron a torturarles y consiguieron que el periodista les dijera todo lo que sabía, pero a pesar de eso decidieron seguir infligiendo dolor hasta causarles la muerte.
—¿Con qué sentido?
—Con el de, como tú has dicho antes, lanzar un mensaje.
—¿A quién?
—A otras personas que puedan conocer el secreto del periodista. El mensaje es evidente: si habláis, os pasará esto a vosotros y a vuestras familias.
—No lo veo del todo claro.
—Pues yo cada vez estoy más convencida —aseguró con aplastante seguridad—, sobre todo si tenemos en cuenta algo que todavía no te he enseñado.
—¿Y es?
Mi compañera sacó un bolígrafo de su bolsillo y se acercó al cadáver de la mujer. Colocó el bolígrafo en la boca de la víctima para poder entreabrir algo sus labios. Por la estrecha ranura que se quedó descubierta, se observaba algo que no pude distinguir en un primer momento.
—¿Pero qué cojones…?
—Tú lo has dicho, compañero —confirmó sin poder evitar la macabra sonrisa ante la ocurrencia—. ¿No echas en falta nada?
—No me digas que…
—Después de cortarle los genitales al periodista, se los metieron en la boca a la mujer. Según el forense, ella ya estaba muerta cuando sucedió eso.
—A eso te referías con lo del mensaje —comprendí—. Mejor tener la boca cerrada.
—Así es. Pero eso no es todo.
—Sorpréndeme —invité con algo de fastidio al comprender que mi compañera había aprovechado bien el tiempo estudiando la escena y a mí no me quedaba más remedio que ir a remolque.
—Mira los trozos de los dedos seccionados.
—Ya los veo. Los han dejado en perfecto orden, cada falange delante del dedo del pie correspondiente.
—Pero falta el trozo del meñique izquierdo —puntualizó.
—¿Y? Este lugar debe de estar repleto de ratas, o de gatos callejeros. O de ratas y gatos callejeros. Cualquier alimaña se podría haber llevado ese trozo para comer.
—Imagínate que eres una rata, cosa que no te resultará muy complicada. Si tuvieras hambre y vieras diez pedacitos de carne, ¿te irías a por el más pequeño?
—¿A dónde quieres llegar? —suspiré mientras me masajeaba las sienes.
—Creo que el trozo que falta no ha sido por culpa de una rata. Creo que el hecho de que hayan colocado así los trozos de los dedos y falte uno es parte de otro tipo de mensaje.
—Supongamos que tienes razón y que el asesino o asesinos han querido mandar un mensaje con ese trocito de dedo, ¿qué querrían decir con eso?
—La verdad es que lo he estado pensando y no tengo ni idea, ¿pero sabes una cosa? Algo me dice que no tardaremos en descubrirlo.
—¿Insinúas que esto no acaba aquí? —interrogué con curiosidad.
—Eso me temo —contestó mi compañera antes de ofrecerme su bolígrafo con una sonrisa.