Dentro de la locura
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CAPÍTULO 1
Lo primero fue el olor. En estos casos, siempre es el olor.
El olor es el tétrico heraldo que anuncia el irreconocible perfume de la muerte. Un aroma contundente y desagradable que penetra en tus fosas nasales y se instala en lo más recóndito de tu cerebro. Quien ha olido la muerte, jamás olvida ese maldito hedor.
El frío molesto de aquel noviembre a buen seguro habría ayudado a retrasar algo el proceso de la descomposición en los cuerpos; sin embargo, la pestilencia viajaba de forma sutil en aquella brisa fresca que, al acariciar mi cara, me despejó nada más salir del coche.
Miré hacia el otro lado de la calle, a la puerta abierta de aquella nave, custodiada por dos agentes de uniforme y cuya entrada se encontraba atravesada por una cinta policial. A pesar de la distancia, sin duda era de allí de donde provenía el oloroso rastro fúnebre.
—¿Has desayunado? —me saludó Griselda a mi espalda sin que me hubiera percatado de su presencia.
—Son las cinco de la mañana. Hace una hora estaba dormido como un tronco, hasta que me has despertado con esa llamada.
—La primera vez que te he llamado eran las tres y media —corrigió ella con fastidio—.
Los de científica ya llevan más de una hora trabajando sobre el escenario del crimen, el forense ha emitido el parte de defunción y la jueza ya ha autorizado el levantamiento del cadáver.
Si te descuidas llegas después que los de la funeraria.
—Entonces es un alivio que al menos uno de nosotros dos haya llegado a tiempo —contesté sin poder reprimir el incordio que me había producido el reproche.
—El jefe está que trina, me ha preguntado varias veces por ti. En la última le he dicho que ya estabas en camino.
—La noche anterior apenas pegué ojo. Hoy había puesto el móvil en silencio para intentar dormir algo más de cuatro horas seguidas —me defendí—. La verdad es que he visto las llamadas perdidas porque me he levantado al baño, si no, aún estaría durmiendo.
—¿Tienes el móvil en silencio estando nuestro grupo de guardia? —interrogó Griselda con tono inquisidor.
—Técnicamente nuestro grupo no entraba de guardia hasta hoy, lunes.
—El requirente encontró los cuerpos a la una de la madrugada y técnicamente nuestro grupo ha entrado de guardia a las doce y un minuto de esta noche, que ya es lunes. Por eso nos han llamado a nosotros.
—¿Has dicho cuerpos? Te entendí que había solo un cadáver —le pregunté en parte para evitar que siguiera con el linchamiento.
—Pues no, son dos. Debías de estar muy dormido cuando he hablado contigo por teléfono. De hecho, creo que aún no te has despertado del todo.
—No me toques los huevos tan pronto, Gris.
—¿Has desayunado sí o no? —insistió.
—Has dejado claro que era algo urgente y vivo a tomar por culo de aquí. Apenas si me ha dado tiempo a lavarme la cara.
—Mejor.
—¿Tan grave es? No serán los primeros muertos que vea —alegué tratando de rebajar la sobreactuación de mi compañera.
—Ni te lo imaginas —aseguró ella levantando la cinta policial para atravesar la estrecha puerta que daba acceso a la nave.
Antes de seguir detrás de Griselda, giré sobre mis pasos y me tomé un momento para observar el exterior, aún desprovisto de cualquier tipo de actividad humana.
Todavía no había amanecido y era demasiado pronto como para que la fauna y la flora de aquel polígono del extrarradio, compuestas por trabajadores, comerciales y transportistas, invadiesen el lugar.
En cualquier caso, había indicios que me decían que aquella calle no era de las más transitadas del pequeño complejo industrial: el negro esqueleto de un contenedor quemado, grafitis en las puertas de las naves colindantes y pequeños montones de basura diseminados a lo largo de las aceras bacheadas
La crisis había golpeado con fuerza años atrás y aún quedaban, a modo de recordatorio, pequeñas heridas empresariales como aquella calle abandonada, que tardarían en cicatrizar.
—Nadie vio nada a excepción del requirente que llamó al 091 y que fue quien descubrió los cadáveres —adelantó Gris siguiendo mi mirada bajo el dintel de la puerta—.
Esta zona del polígono está prácticamente desierta y solo aguantan abiertos un par de negocios: aquel almacén de maderas al comienzo de la calle y un taller mecánico de motos al fondo, que atufa a trapicheo de drogas desde aquí.
—¿Entonces qué hacía el requirente por la zona?
—Era un sintecho que por lo visto suele deambular por aquí. Los compañeros del Zeta que acudieron a la llamada fueron los primeros en entrevistarse con él. Mirta y Morales se lo han llevado hace un momento a nuestras dependencias para que preste declaración y nos amplíe todo lo que haya visto.
—¿Qué han dicho los del Zeta de él?
—Un poco lo que te he dicho. Que es un yonki habitual de la zona. Un mendigo que no tiene dónde caerse muerto y rebusca entre la basura. Al parecer se suele colar en naves abandonadas como esta para pasar la noche sin morirse de frío.
—¿Y fue él quien llamó a la policía?
—Hoy en día cualquiera tiene móvil.
—No lo digo por eso, aunque también. Me refiero a que esa gente no suele ser muy colaboradora con las fuerzas represivas.
—Hazme caso, cuando veas lo que hay dentro, lo comprenderás —aseveró ella mientras con un gesto me invitaba a que siguiera sus pasos.
Nada más traspasar la pequeña puerta metálica, a pesar de la amplitud de la estancia, la bofetada de hedor que desprendía la atmósfera cargada de aquel espacio cerrado provocó que me llevase la mano a la nariz como acto reflejo.
Lo primero que divisé al fondo de la nave fue un enjambre de policías ataviados con monos blancos, calzas y guantes, que revoloteaban nerviosos en torno a un sanguinolento panal.
Ver a aquella media docena de compañeros de la Policía Científica trabajando en el escenario del crimen, en lugar de la habitual pareja comisionada para este tipo de casos, me sirvió para asimilar la magnitud del problema.
Algunos de esos compañeros tomaban fotografías, otros recogían muestras y el resto escribía en los ordenadores portátiles colocados sobre una mesa plegable, junto a la que descansaban voluminosos maletines metálicos encargados de guardar el resto de sus juguetes.
Una pequeña reunión improvisada en uno de los rincones de la nave captó mi atención antes de que la centrara en el escenario del fondo.
Se trataba de un trío de personas que hablaba entre susurros y gestos nerviosos.
Entre los dos hombres destacaba una mujer de unos cuarenta y tantos años, delgada y vestida con elegancia, que mientras se tapaba la boca y la nariz con un pañuelo, parecía llevar la voz cantante.
Sus dos acompañantes se limitaban a asentir con gesto serio y miradas sombrías.
Uno de ellos, desconocido para mí, era calvo, fornido y sexagenario.
Al otro para mi desgracia, sí que lo conocía muy bien. Se trataba de mi jefe y a juzgar por la mirada que me dedicó al percatarse de mi presencia, se moría de ganas por tener un aparte conmigo.
Supuse que la mujer del pañuelo sería la jueza de guardia, y el hombre desconocido que le rendía pleitesía no sería otro que el comisario del distrito, a buen seguro aliviado en su fuero interno porque aquel marrón se lo acabarían comiendo otros. Es decir, nosotros.
—¿Vienes? —insistió mi compañera con premura.
Desde lejos divisé dos figuras desnudas, sentadas muy cerca una de la otra en un par de sillas. La luminiscencia que inundaba la imagen provocaba que aquellos cuerpos sin ropa se asemejaran a níveas estatuas de mármol, esculpidas por algún maestro del Renacimiento italiano.
Sin embargo, a medida que fui avanzando, el horror fue tomando forma. Cuando nos paramos, a escasos metros de aquella escena dantesca, comprendí que mi compañera no había exagerado.
Llevaba destinado en aquel grupo de homicidios catorce años, pero puedo asegurar que jamás había presenciado algo así.
La violencia desmedida que con total seguridad el asesino había empleado, así como el ensañamiento visible en los cuerpos de las víctimas, eran dos indicadores del terrible sufrimiento que habrían padecido aquellas personas antes de morir.
Un hombre y una mujer se encontraban desnudos y maniatados de forma grotesca sobre dos sillas. Debajo de los cuerpos se extendía de forma irregular una pequeña laguna oscura de sangre reseca. Su propia sangre.
A él le habían seccionado por completo los testículos y el pene, por lo que a buen seguro se habría desangrado rápidamente por ahí.
También presentaba numerosos cortes en casi todo su cuerpo, así como diversos hematomas que le desfiguraban por completo la cara, convirtiendo sus rasgos en amorfos trazos de un retrato cubista.
Ella, por su parte, no había corrido mejor suerte.
Tenía los pezones arrancados, un reguero de sangre seca brotaba desde su entrepierna hasta el suelo y le habían seccionado todos los dedos de los pies por la primera falange, colocando los pequeños trozos justo enfrente de sus cortes en escrupuloso orden, emulando un siniestro teclado de piano.
Como si el torturado cuerpo de aquella mujer fuera un puzle al que solo le faltaban esas diminutas piezas por colocar.
—Hostia puta… —fue lo primero que acerté a decir.
—Ya te lo dije, Leo —recordó Gris colocándome una mano amistosa en mi hombro.
—¿Qué tenemos por ahora?
—Poca cosa, aparte de lo que ves. Los cuerpos fueron encontrados por el mendigo, quien buscaba refugio para pasar la noche.
No vio a nadie ni escuchó nada. Era la primera vez que entraba aquí.
Según el forense, y a la espera de un examen más exhaustivo, las víctimas llevan muertas unas cuarenta y ocho horas.
—¿A quién pertenece la nave?
—Según lo que hemos sacado del registro, perteneció a una empresa de aluminios. Lo he consultado y se declaró en suspensión de pagos hace un par de años. Aproximadamente el mismo tiempo que lleva la nave deshabitada.
—¿Los de Científica han encontrado algo con lo que podamos empezar a trabajar?