Denci (Camino de Amor nº 4) Epílogo #2
98%

Epílogo #2

Eso había pedido.

Cinco.

El universo, como siempre, decidió reírse en mi cara.

Los invitados empezaron a llegar media hora después.

Y yo, que había organizado asesinatos con menos estrés, descubrí que una fiesta sorpresa podía ser una experiencia muy cercana a perder la voluntad de vivir.

Neron intentó meter una botella de tequila en la fuente decorativa porque, según él, “mejoraría el ambiente”.

Demon lo amenazó con tirarlo dentro.

Elsa mandaba sobre todo el mundo con una copa de agua en la mano y cara de mujer que sabía demasiadas cosas.

Eleonor estaba sentada en un sillón como una reina viendo a sus súbditos mover muebles.

Y yo estaba en la puerta.

Fuera.

Esperando a Ash.

Porque sí, aparentemente había pasado de asesinar hombres a esperar a mi novio en la entrada de su casa como una esposa de anuncio caro con problemas legales.

Qué bonito.

Qué decadencia.

El coche apareció al final del camino unos minutos antes de la hora prevista. Ash era así. Puntual incluso cuando una necesitaba tres minutos más para decidir si iba a sobrevivir a su propia idea.

Se bajó del coche despacio, cansado, con la chaqueta en una mano y esa expresión de hombre que había pasado tres días trabajando, durmiendo poco y probablemente amenazando a personas que se lo merecían.

Luego me vio.

Su cara cambió.

Primero sorpresa.

Después sospecha.

Y finalmente esa sonrisa suya, suave, peligrosa, la que usaba cuando ya había entendido que yo había hecho algo y estaba decidiendo si besarme antes o después de descubrir el daño.

Sacudió la cabeza mientras se acercaba.

—Si hay un cadáver ahí dentro manchando el mármol italiano de mi entrada, lo vas a pagar.

—No lo hay.

—Si tienes a otro hombre escondido en mi casa, habrá un cadáver pronto.

—Tampoco.

—Denci.

—Ash.

Se detuvo delante de mí y me miró de arriba abajo.

—Estás demasiado arreglada para recibirme después de tres días.

—Qué acusación tan injusta. A lo mejor solo quería estar guapa para ti.

—Eso sería preocupante.

—Lo sé. Estoy creciendo como persona. Todos estamos asustados.

Su sonrisa se hizo más lenta.

Más íntima.

Me cogió por la cintura y me acercó a él con una facilidad insultante, como si mi cuerpo hubiera decidido antes que yo que sí, gracias, ahí estaba bien.

Su mano subió por mi espalda, se quedó entre mis omóplatos y luego bajó otra vez, posesiva, cálida, demasiado familiar para alguien que todavía tenía derecho a ponerme nerviosa.

Tres días sin verlo.

Tres.

Ridículo.

No era como si hubiéramos estado separados durante una guerra.

Aunque, con Ash, tres días podían parecer una guerra menor, con bajas emocionales y demasiadas ganas acumuladas.

—Te he echado de menos —dijo.

—Qué debilidad tan fea.

—Mucho.

Eso fue peor.

Me besó antes de que pudiera responder, y mi cerebro, que últimamente funcionaba con la eficacia de un electrodoméstico barato, decidió apagarse del todo.

El beso empezó en mi boca y terminó en algún sitio bastante más peligroso.

En la forma en que sus dedos se hundieron en mi cintura.

En mi mano agarrándose a su camisa. En su respiración cambiando cuando me pegué más a él.

En ese sonido bajo que hizo contra mis labios y que casi me hizo olvidar que había unas treinta personas escondidas dentro esperando para gritar como idiotas.

Casi.

Ash se separó lo justo para mirarme.

—Estás nerviosa.

—No.

—Denci.

—Estoy perfectamente.

Su mirada bajó a mi boca, luego volvió a mis ojos.

—Acabas de besarme como si estuvieras intentando distraerme.

—Siempre intento distraerte. Es parte de mi encanto.

—Y estás bloqueando la puerta.

Miré hacia atrás.

La puerta.

Sí.

Pequeño detalle.

—Es mi nueva afición.

Ash ladeó la cabeza.

—¿Qué has hecho?

—Nada ilegal.

Sus ojos se estrecharon.

—Eso no me tranquiliza.

—Debería. Es un progreso enorme.

Me estudió durante un segundo más, y por un instante pensé que iba a descubrirlo todo solo por respirar cerca de mí, porque el hombre tenía esa costumbre insoportable de leerme justo cuando yo necesitaba ser ilegible.

Así que hice lo único sensato.

Lo cogí de la mano.

—Ven.

—Denci.

—Confía en mí.

—La última vez que dijiste eso, acabé en una habitación con Neron hablando de un juego, un sugar daddy y una tarjeta negra.

—Y mira qué bien salió.

—Para ti.

—Exacto.

Abrí la puerta antes de que pudiera seguir interrogándome y tiré de él hacia dentro.

La entrada estaba en silencio.

Demasiado en silencio.

Ash lo notó al instante.

Claro que sí.

Maldito hombre.

Su mano se cerró alrededor de la mía, no por miedo, sino porque estaba preparado para cualquier cosa. Un ataque, una emboscada, un cadáver real, Neron borracho dentro de una fuente decorativa. Lo normal en nuestra vida.

Entonces las luces se encendieron.

—¡Sorpresa!

Treinta voces explotaron en el salón.

Ash se quedó inmóvil.

Completamente.

Eso, viniendo de él, fue casi tan satisfactorio como matar a alguien que se lo merecía.

Miró a los invitados.

A la mesa.

A la escultura de hielo.

A Eleonor, que levantó una copa con absoluta falta de arrepentimiento.

A Elsa, que sonreía demasiado.

A Neron, que ya sostenía tequila y parecía orgulloso de seguir vivo.

Después me miró a mí.

Despacio.

Muy despacio.

Y ahí estaba.

El muy desgraciado intentó parecer molesto, pero lo vi.

Le gustó.

—Feliz cumpleaños, amor —dije.

Su expresión no cambió durante dos segundos.

Luego suspiró.

—Me voy a vengar.

Sonreí.

—Lo sé.

Y entonces, delante de todos, Ash me soltó la mano solo para rodearme la cintura, acercarme a él y besarme como si la fiesta fuera suya, la casa fuera suya y yo también.

Lo cual era discutible.

Mucho.

Pero decidí no discutirlo en ese momento porque el beso estaba bastante bien y porque, en el fondo, muy en el fondo, donde guardaba las verdades incómodas y las ganas de helado de vainilla, me gustaba demasiado verlo allí.

Sorprendido.

Cansado.

Feliz.

Mío.

La fiesta fue un éxito total.

Contra todo pronóstico, nadie murió, nadie acabó dentro de la fuente y Ash solo amenazó a Neron dos veces, lo cual, teniendo en cuenta que Neron respiraba con demasiada confianza cerca de su tequila, me pareció un ejemplo precioso de autocontrol.

Ash odió la escultura de hielo.

La miró durante cinco segundos, luego me miró a mí y dijo:

—Eres una mujer enferma.

—Gracias, amor.

—No era un cumplido.

—Lo he recibido como uno.

También odió las tarjetas con su nombre, las flores, la mesa de postres y el hecho de que todo el mundo supiera que era su cumpleaños antes de que él hubiera tenido la decencia de decírmelo a mí.

Perfecto.

La venganza estaba funcionando.

Eleonor estaba satisfecha, que era mucho peor que verla enfadada.

Se sentó como una reina, aceptó una copa de vino, corrigió la posición de dos bandejas y en algún momento le dijo a Ash que si quería evitar fiestas sorpresa podía empezar por no ocultarle información importante a la mujer con la que pensaba casarse.

Yo casi me atraganté con una aceituna.

Ash ni parpadeó.

Maldito hombre.

Los regalos llegaron después del pastel, porque al parecer una fiesta adulta seguía necesitando ese tipo de humillación pública.

Ash abrió botellas carísimas, gemelos, un libro antiguo que Eleonor le entregó como si pesara más por historia que por papel, y una caja de Demon que contenía algo relacionado con coches y que hizo sonreír a Ash de verdad.

Después llegó Elsa.

Le dio un paquete pequeño.

Demasiado pequeño, discreto y muy sospechoso.

Ash lo cogió, miró a Elsa y luego abrió apenas la tapa.

Solo apenas.

Lo suficiente para ver lo que había dentro.

Su expresión cambió.

No de forma dramática, porque Ash no era una persona útil para el entretenimiento ajeno, pero lo vi. La sonrisa desapareció de su boca y algo le cruzó los ojos, rápido, intenso, casi imposible de leer.

Luego cerró la caja.

—¿Qué es? —pregunté.

—Esto es para después —dijo.

Perdón.

¿Cómo?

—¿Después?

—Sí.

—Es tu cumpleaños.

—Lo sé.

—Los regalos se abren en los cumpleaños. Es una tradición no muy complicada, Ash, intenta seguir el ritmo.

Elsa bebió de su copa con una tranquilidad ofensiva.

Ash guardó el paquete en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Este no.

Lo miré.

Luego miré a Elsa.

Elsa sonrió.

Demasiado.

—Elsa —dije despacio—, si le has comprado un juguete sexual a mi novio, necesito saber si es una recomendación, una amenaza o una crítica a mi rendimiento.

Sally se atragantó con el vino.

Neron, por desgracia para todos, pareció interesado.

Demon le dio un golpe en la nuca antes de que abriera la boca.

Elsa dejó la copa sobre la mesa y se encogió de hombros.

—Depende de cómo lo use.

—No me gusta esa respuesta.

—No estaba intentando tranquilizarte.

Ash me rodeó la cintura con un brazo y me acercó a su lado.

—Deja el regalo de Elsa en paz.

—No puedo. Ahora forma parte de mi personalidad.

—Denci.

—Ash.

Me besó en la sien.

Delante de todos.

Como si yo fuera una persona normal a la que se podía besar en una fiesta familiar sin que eso provocara consecuencias legales o emocionales.

Me quedé quieta solo porque todavía había pastel y porque su abuela nos estaba mirando con una expresión demasiado contenta para mi gusto.

La fiesta siguió.

La gente comió, bebió, habló, se rió. Sally estuvo más tranquila de lo que la había visto en mucho tiempo.

Poppy bailó con Lukas. Neron intentó convencer a Demon de que el tequila en la fuente seguía siendo una buena idea y casi pierde una mano.

Eleonor aceptó felicitaciones por una fiesta que no había organizado, lo cual me pareció un robo elegante y, por tanto, respetable.

Ash fingió estar molesto durante casi una hora.

Luego dejó de fingir.

Lo vi hablando con Elsa, con Sally, con su hermana, con Eleonor. Lo vi mirarme desde el otro lado del salón, con esa expresión suya que todavía me ponía nerviosa porque parecía saber cosas que yo no había terminado de admitir.

Y sí, me gustó.

Qué asco.