Denci (Camino de Amor nº 4) Epílogo
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Epílogo

Denci

¡Maldito hombre!

Esta me la iba a pagar sí o sí.

—Hey, tranquila —dijo Elsa—. Vas a romper esa mesa y no será fácil de reemplazar.

Miré la mesa.

Miré la botella de vino que acababa de poner encima.

Sí, las dos eran caras y me daba igual. La primera la había pagado Ash, porque era su casa, y la segunda la había comprado yo para celebrar el cumpleaños de mi novio.

—Es que no entiendo cómo pudo hacerlo —espeté.

Elsa, que estaba colocando copas como si hubiera nacido para mandar sobre cristal caro y gente con miedo, levantó una ceja.

—No sé, Denci. A lo mejor porque nunca se lo has preguntado.

—¿Tú de quién eres amiga?

—Tuya —dijo, sin dudar—, pero llevas saliendo con Ash más de medio año, prácticamente estás viviendo con él y en ningún momento pensaste en preguntar por su fecha de cumpleaños.

Que no tenía excusa, vale, pero él tampoco, así que me la iba a pagar.

—Hay una mujer fuera que pregunta dónde poner la escultura de hielo —anunció Sally entrando en el salón.

Venía con el móvil en una mano y una expresión de preocupación bastante razonable, teniendo en cuenta que estaba ayudándome a organizar una fiesta sorpresa para un hombre que sí tenía muy mala leche y, además, acceso a demasiadas personas con armas.

—En el patio —dijo Elsa.

Sally miró a Elsa.

Luego a mí.

Luego otra vez a Elsa.

Oh, sí.

Mi querido Ash estaba de viaje, pero volvería en menos de tres horas. Y sí, le estaba preparando una fiesta sorpresa.

Y no, no le gustaban.

La venganza perfecta.

—No me gusta su sonrisa —dijo Sally, señalándome con el móvil.

Elsa se echó a reír.

—Tú corre, que yo me encargo.

Sally no preguntó cómo pensaba encargarse. Muy inteligente por su parte. Solo apretó el móvil contra el pecho y salió casi corriendo hacia el patio, aunque antes de cruzar la puerta volvió a mirarme con esa cara suya de persona que estaba aprendiendo a desconfiar de mis buenas ideas.

—Oye, que el único que está en peligro es Ash —me defendí.

Elsa me miró raro.

No raro normal.

Raro de verdad.

Como si yo fuera un rompecabezas que alguien le había entregado sin la caja y con demasiadas piezas manchadas de sangre.

—¿Qué?

—Eres rara.

—Siempre lo soy, gracias.

—No, eres diferente rara.

Me eché a reír.

Luego mis ojos se llenaron de lágrimas.

Así, sin aviso.

Yo, Denci Anne, que llevaba más de veinte años sin llorar, estaba a dos segundos de hacerlo delante de una mesa cara, una botella de vino y una amiga que de pronto había dejado de parecer divertida.

—Me estoy muriendo, Elsa. No hay otra explicación. Algo no está bien conmigo. ¿Sabes lo que hice anoche? Me puse la camiseta de Ash para dormir porque lo echaba tanto de menos que quise llorar. Y luego vi un vídeo sobre unos gatitos y…

Elsa dejó una copa sobre la mesa.

Muy despacio.

Demasiado despacio.

—Oh, Dios —exclamó.

—Dios, ¿qué?

Sally volvió a asomarse desde el pasillo justo en ese momento.

—La escultura está en el patio y creo que la señora quiere saber si también ponemos luces alrededor de…

Se calló al vernos.

Miró mi cara.

Miró la cara de Elsa.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —dije.

Elsa no contestó.

Seguía mirándome con una expresión extraña. Estaba sonriendo. Creo. Pero también parecía que acababa de ver el futuro y no sabía si felicitarme o esconder los cuchillos.

—Dame media hora, ¿vale? —dijo de pronto.

—¿Para qué?

—Para una cosa.

—Elsa.

—Media hora.

Y echó a correr.

Elsa.

Corriendo.

Con tacones.

Eso sí que era una señal del apocalipsis.

Sally la siguió con la mirada, luego me miró a mí y tragó saliva.

—¿Quieres que…?

—No.

—No he terminado la pregunta.

—La respuesta sigue siendo no.

Sally levantó las manos, como si estuviera frente a un animal salvaje con buen maquillaje, y retrocedió hacia el patio.

Intenté entender lo que estaba pasando, pero renuncié porque mi cabeza no daba para tanto.

Sí, me estaba muriendo.

Mi mente ya no funcionaba como antes.

Si fuera por mí, estaría todo el día en la cama durmiendo o comiendo helado.

De vainilla.

Sí.

Y yo odiaba la vainilla.

El universo era cruel. Me había mostrado que la vida podía ser buena y ahora me lo estaba quitando todo.

Solo esperaba que la muerte no fuera larga o dolorosa.

Me había acostumbrado demasiado a la buena vida.

Vivir con Ash, porque sí, ya podía admitirlo, era vivir bien.

El hombre no podía dormir sin mí y, para qué mentir, a mí también me gustaba dormir con él.

No todas las noches. No siempre. Una seguía teniendo una reputación y un sistema nervioso bastante creativo, pero la mayoría de las veces terminábamos en la misma cama y ninguno de los dos parecía tener demasiadas quejas.

Al principio fuimos quedando en la casa más cercana a donde estábamos, la suya o la mía, según el tráfico, el cansancio o el nivel de ganas que tuviera yo de discutir por pura salud mental.

Pero poco a poco me fui mudando a casa de Ash.

Y no, no me di cuenta.

Simplemente pasó.

Un día mi vestido favorito estaba en su vestidor. Luego aparecieron otros. Después zapatos. Luego bolsos. Luego demasiada ropa interior para seguir fingiendo que solo pasaba allí algunas noches.

El vestidor se llenó de mis cosas y el cajón del cuarto de baño, bueno, unos cuatro cajones, terminó ocupado por mis armas de belleza.

Maquillaje, cremas, perfumes, todo lo necesario para salir al mundo con cara de mujer que no estaba emocionalmente secuestrada por un jefe de la mafia con problemas de posesividad.

Las armas de verdad estaban escondidas por toda la casa.

La verdad era que Ash era tan paranoico como yo en cuanto a tener algo para defenderse en cualquier habitación, lo cual decía mucho de nuestra compatibilidad y muy poco de nuestra salud mental.

¿Y su familia?

Eso ya era otra cosa sorprendente.

La primera cena en casa de sus padres después del incidente con Carlos fue incómoda hasta la llegada de Eleonor, que me abrazó como si fuera una hija perdida y no una mujer que había entrado en su vida con demasiados cuchillos, una relación cuestionable con la ley y la costumbre de mirar las salidas antes que el menú.

Ese abrazo fue la señal de aceptación de la matriarca.

Y asunto arreglado.

Ya era una más de la familia.

Fue tan fácil que todavía no me lo podía creer, pero aprendí pronto que en la familia de Ash las cosas funcionaban así: si Eleonor te aceptaba, todos los demás podían opinar en silencio, preferiblemente lejos de ella y con seguro médico actualizado.

De hecho, su hermana estaba en algún lugar de la casa hablando con la encargada del catering, como si fuera perfectamente normal ayudar a organizar una fiesta sorpresa para su hermano con la novia que seis meses atrás no habría sabido si invitar a cenar o denunciar a la policía.

En fin.

Tenía una venganza…

Perdón.

Una fiesta que organizar.

Elsa, Sally y yo conseguimos sentarnos cinco minutos antes de que empezaran a llegar los invitados.

Cinco.

Un lujo.

Sally tenía los pies apoyados en una caja de vino, Elsa bebía agua con limón como si no acabara de mandar a tres hombres adultos a recolocar una escultura de hielo, y yo estaba en el sofá de Ash, intentando no morirme sobre un cojín demasiado caro.

—Si alguien me pregunta, esta fiesta fue idea tuya —le dije a Elsa.

—No.

—Qué rápida.

—Tengo instinto de supervivencia.

Sally sonrió detrás de su vaso.

Entonces la puerta se abrió.

Sin respeto por el descanso de una mujer enferma, agotada y posiblemente al borde de una muerte prematura por culpa del amor, el estrés, el helado de vainilla y una enfermedad sin diagnosticar.

Eleonor entró con un vestido impecable, un bolso pequeño y dos cajas en las manos.

Detrás de ella venía un hombre cargando más cosas, porque claro, Eleonor no viajaba sola.

Eleonor se desplazaba con consecuencias.

—Llegas temprano —dije.

—Llego cuando quiero.

Elsa se levantó.

Sally también.

Yo lo intenté, pero mi cuerpo decidió que ya había colaborado bastante ese día.

Eleonor me miró.

—Quédate sentada. Tienes mala cara.

—Gracias. Tú también estás preciosa.

Sally tosió para esconder una risa.

Traicionera.

Eleonor dejó una caja sobre la mesa.

—El regalo de Ash.

—¿Y la otra? —pregunté.

—Para ti.

La miré.

—No es mi cumpleaños.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Aguantas a mi nieto. Eso merece reconocimiento.

Elsa soltó una risa bajita.

Yo parpadeé.

—Eso es… muy razonable.

—Suelo serlo.

Abrí la caja porque, al parecer, mi educación seguía viva en alguna parte de mi cuerpo y la curiosidad me estaba matando.

Dentro había un reloj.

No una joya delicada, ni una pulsera ridícula, ni algo brillante pensado para una mujer que necesitaba parecer fina en fotografías familiares.

Un reloj.

Elegante. Negro. Caro. Serio.

Muy mío.

No quise tocarlo enseguida.

Error.

Eleonor lo notó.

Por supuesto que lo notó.

—No llevas joyas —dijo—. Pero siempre miras la hora cuando estás incómoda.

Levanté la mirada.

—Eso suena a acusación.

—Es observación.

—Me observas demasiado.

—Eres interesante.

Maldita mujer.

Eso casi sonó a cariño.

—Además —añadió—, así sabrás cuánto tiempo falta para que Ash descubra lo que has hecho con su casa y empiece a pensar en formas legales de vengarse.

—Ash no conoce formas legales de vengarse.

—Por eso lo eduqué yo.

Sally dejó escapar una risa.

Elsa se acercó para mirar el reloj.

—Es precioso.

—Lo es —dije, y me fastidió un poco que fuera verdad.

Eleonor cogió el reloj, me tomó la muñeca sin pedir permiso, porque esa familia tenía un problema grave con el concepto de consentimiento cuando se trataba de otras personas, y me lo cerró con una precisión insultante.

Me quedó perfecto.

Claro que sí.

—No llores —dijo Eleonor.

—No iba a llorar.

—Bien.

—Estoy muriéndome, no sentimental.

—Eso explica muchas cosas.

Elsa y Sally se miraron.

No me gustó.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —dijeron las dos al mismo tiempo.

Peor.

Eleonor me soltó la muñeca y miró el salón.

—La escultura de hielo está mal colocada.

—Lo sabía —murmuró Sally.

Yo cerré los ojos.

Cinco minutos de descanso.