Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Me llevó a casa y, después de darme un beso que me dejó el cerebro frito, se fue a trabajar.

No pregunté.

Él no me lo dijo.

Y, de repente, mis rodillas cedieron.

Me quedé en el suelo, con la espalda pegada a la pared y el corazón latiendo como si quisiera salir de mi pecho.

Él estaba muerto.

Yo estaba viva.

Se había acabado.

No sé cuánto tiempo estuve ahí sentada, mirando hacia la nada y dejando que el pasado se mezclara con el presente y con ese futuro horrible, precioso y aterrador que Ash acababa de ponerme delante.

Solo sé que recibí un mensaje de Elsa diciendo que estaba de camino y me levanté como pude.

Porque al parecer una podía sobrevivir a su monstruo, al amor de un hombre imposible y a una propuesta indirecta de maternidad en el mismo día, pero no podía salir con Elsa con esa cara.

Tenía límites.

Elsa llegó puntual.

Su chófer nos llevó al cine y durante el trayecto hablamos de Sally, Demon, el juego y los últimos cotilleos como si la última vez que nos vimos yo no hubiera explotado emocionalmente delante de todos.

Estábamos haciendo cola para comprar palomitas cuando Elsa dijo:

—Algo ha pasado.

Me encogí de hombros.

—Ajá —insistió—. Hay algo diferente. Eres tú, pero al mismo tiempo no.

—Ash me dijo que quiere hijos.

—Eso es bueno.

—Y su abuela llegó antes que nosotros —dije antes de tener la oportunidad de considerar si era buena idea compartir con ella asuntos de la familia de Ash.

Elsa parpadeó.

—Oh… ok. Bueno, deberías darme su nombre para añadirla a mi lista de Navidad.

—Elsa…

—¿Sí?

—Dijo hijos.

—Que sí. Serás buena madre. Tus hijos no podrán dar dos pasos sin tu protección, pero serás buena madre. ¿Quieres Pepsi o Coca-Cola?

La película fue buena.

La compañía mucho mejor.

Llegué a casa con menos peso sobre los hombros y preguntándome por qué demonios no le había preguntado a Ash a qué hora iba a volver.

La respuesta la recibí al entrar y encontrarlo sentado en mi sofá, bebiéndose mi cerveza.

Su chaqueta estaba sobre el respaldo de una silla, la camisa arremangada, las piernas abiertas y una sonrisa suave en la boca.

Y tuve mi segundo momento de claridad divina.

Era mi regalo.

Mi recompensa.

El universo era un cabrón con demasiada imaginación, pero incluso él tenía que saber cuándo parar. No después de todo lo que había sufrido.

Ah, no pienses en el sufrimiento que yo causé.

Ellos se lo merecían.

Mi recompensa.

—Hey —susurré, caminando hacia el sofá.

—Hey tú. ¿Qué tal la peli?

—Bien —dije, sentándome a horcajadas en su regazo.

Ash dejó la cerveza sobre la mesa sin apartar los ojos de mí.

—Tengo miedo —susurré.

—¿Tú? ¿Miedo?

Asentí, pasando los dedos por sus hombros.

—Del futuro, de ti. De ser feliz.

Su expresión cambió.

No mucho, pero lo vi, porque por desgracia ya estaba aprendiendo demasiado de ese hombre.

—Eso último es grave —dijo.

—Muchísimo. Podría arruinar mi reputación.

Sus manos subieron por mi espalda, despacio, hasta dejarme más cerca.

—No tienes que hacerlo todo hoy.

—¿Ser feliz?

—Creer que puedes serlo.

Me quedé callada.

Qué novedad tan desagradable.

—¿Y si un día despierto y todo era mentira? —pregunté—. Tú. Esto. Lo que dices que quieres conmigo. ¿Y si un día descubro que solo fui una mala semana, una obsesión, una mujer rota que te dio por salvar porque te aburrías?

Ash me miró como si acabara de insultar a su inteligencia.

También a su paciencia.

Tal vez a su árbol genealógico entero.

—Nena, si quisiera aburrirme, habría cerrado el trato con Larkson y escucharía a mi padre hablar de golf.

Casi sonreí.

Casi.

—No es una respuesta.

—Sí lo es. Pero te daré otra porque hoy estás especialmente difícil.

—Yo soy un regalo.

—Eres una amenaza con piernas.

—Mejor.

Ash me tocó la barbilla y me obligó a dejar de mirar sus hombros.

—No eres una reacción, Denci. No eres una mala semana. No eres un proyecto. Eres la mujer que quiero en mi vida cuando todo está bien, cuando todo está mal y cuando estás sentada sobre mí intentando convencerme de que debería tener miedo de ti.

Tragué saliva.

No funcionó.

—Deberías.

—Lo tengo.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Tengo miedo —dijo—. De perderte. De no llegar a tiempo. De tocar algo que todavía duele. De que un día decidas que correr es más fácil que quedarte y seas tan buena desapareciendo como sospecho que puedes serlo.

No esperaba eso.

Qué falta de consideración.

—Ash…

—Pero no voy a irme solo porque dé miedo.

Me quedé mirándolo.

Carlos estaba muerto.

El mundo no se había arreglado.

Yo tampoco.

Pero Ash estaba allí, debajo de mí, con las manos en mi espalda y una verdad horrible entre los dos.

Los dos teníamos miedo.

Qué romántico.

Qué desastre.

Qué nuestro.

—Te amo —dije.

Su cuerpo se quedó quieto bajo el mío.

Por primera vez desde que lo conocía, creo que conseguí sorprenderlo de verdad.

Qué bonito.

Qué peligroso.

Qué ganas de hacerlo otra vez.

—Repítelo —pidió.

—No abuses.

—Denci.

Suspiré, como si me estuviera pidiendo donar un riñón.

—Te amo, Ash.

Sonrió.

Y entonces me besó.

No para callarme.

Solo porque estaba allí.

Porque yo estaba allí.

Y por una vez no quería estar en ningún otro sitio.