Capítulo 27
Denci
—Llegas tarde, Denci.
Miré a Eleonor sin saber a qué emoción darle permiso primero.
Enfado, porque Ash me había llevado a ese edificio abandonado, aunque solo por fuera tenía esa pinta, sin decirme que ya tenían a Carlos.
También porque Carlos, el gran Carlos, el hombre que durante años había ocupado demasiado espacio en mi cabeza, estaba tumbado y atado a una mesa.
No tan sólida ni tan limpia como las mías, por cierto.
Punto negativo para ellos.
Deberían aprender de mí.
La única parte intacta de él era su rostro.
Supongo que eso también había sido una decisión.
¿Para qué romperle la cara demasiado pronto si una podía mirarlo a los ojos mientras entendía que ya no estaba en una de sus casas, ni rodeado de hombres pagados para mirar hacia otro lado, ni protegido por dinero, miedo y apellidos que jamás salían en los periódicos?
Estaba hecho papilla.
No.
Papilla sonaba demasiado blando.
Demasiado infantil.
Carlos estaba hecho pedazos de una forma lenta, trabajada, casi paciente. Había cortes, quemaduras, piel abierta donde antes seguramente había habido arrogancia, y partes que ya no estaban donde debían estar.
Sí.
Es lo que piensas.
Y no voy a mentir para que suene mejor.
Disfruté mirando el daño que le habían hecho.
Lo disfruté con una parte de mí tan antigua, tan pequeña y tan furiosa que ni siquiera intenté sentir vergüenza.
Aquel hombre había hecho llorar a una niña que no tenía a nadie.
Había tocado lo que no debía, roto lo que no era suyo y seguido viviendo como si el mundo le debiera otra copa, otra mujer, otra puerta abierta.
Así que sí.
Miré la sangre.
Miré las quemaduras.
Miré lo que le faltaba.
Y respiré mejor.
Sorpresa, porque la mujer que pasaba con suavidad un cuchillo por el rostro de Carlos era Eleonor.
O sea, yo ya sabía que esa mujer era de todo menos una abuelita dulce que horneaba galletas, pero no me esperaba esto.
No la esperaba tan tranquila.
Tan impecable.
Tan dueña de la habitación.
Decepción, porque no fui yo quien lo trajo allí.
No fui yo quien lo puso sobre la mesa.
No fui yo quien hizo el primer corte.
—Es culpa de tu nieto —dije, acercándome a la mesa.
Porque sí.
Porque Carlos, que hasta ese momento había estado mirando fijamente a Eleonor y al cuchillo que ella movía con una suavidad casi indecente, movió los ojos al escuchar mi voz.
Me buscó.
Tal vez buscaba a esa niña llamada Denci que conoció.
Pobre imbécil.
Ella no estaba.
—¿Me echabas de menos, Carly?
No respondió inmediatamente, pero me reconoció.
Claro que sí.
—Mi…
No terminó la palabra.
No pudo.
En un segundo mis dedos estaban alrededor de su cuello, apretando lo justo para impedir que esa palabra existiera en la habitación.
Mía.
Eso iba a decir.
Mía.
Como si todavía tuviera derecho a usar una sola letra conmigo.
—Nunca —susurré—. Nunca fui tuya.
Carlos intentó respirar.
No se lo puse fácil.
—Me compraste, me usaste, me rompiste todo lo que pudiste romper, sí. Pero nunca tuviste lo que creías tener. Nunca. Y aquí estoy, a pesar de ti, a pesar de todas las veces que quise desaparecer solo para sacarte de mi cabeza.
Me incliné un poco más, hasta que lo único que pudo ver fui yo.
Yo.
—Así que mírame bien, Carlos. Porque es justo que sea lo último que veas antes de morir.
La canción de Highway to Hell sonó en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
El universo tenía un sentido del humor retorcido.
Solté el cuello de Carlos y levanté un dedo delante de su cara.
—Ni una palabra.
No sé por qué se lo dije.
El hombre apenas podía respirar, pero una tenía modales.
Saqué el móvil y respondí.
—Elsa, no es buen momento.
—Ya somos dos —dijo ella—. No encuentro a ese tío. Parece que se lo ha tragado la tierra.
Miré a Carlos.
Carlos me miró a mí.
Qué cosas tenía la vida.
—Gracias por intentarlo.
—Gracias no. Voy a seguir. Mientras tanto, ¿vamos a ver una película?
Giré la cabeza y miré a Ash.
—¿Te apetece ver una película con Elsa?
Ash bajó la mirada a Carlos.
Luego a mí.
Su cara decía muchas cosas.
Ninguna apta para una llamada amistosa.
Antes de que pudiera contestar, Elsa habló en mi oído:
—Noche de chicas. Los hombres se quedan en casa.
—Ah, genial. Mientras no haya que dejarlos juntos. Ash y Demon sin supervisar no es una buena idea.
—Paso a recogerte a las ocho. No tardes.
Miré otra vez a Carlos.
Luego a Eleonor, que seguía allí con el cuchillo en la mano y una paciencia admirable.
—Intentaré no entretenerme.
—¿Estás ocupada?
—Un poco.
—¿Algo divertido?
Sonreí.
—Terapia.
—Qué miedo me das.
—A mí también.
Elsa colgó.
Guardé el móvil y volví a mirar a Carlos.
—Perdona —dije—. ¿Por dónde íbamos?
Eleonor me pasó el cuchillo con una tranquilidad insultante.
—Tengo un compromiso al que no puedo faltar.
Lo cogí.
Y entonces me golpeó.
No Carlos.
No la sangre.
No el cuchillo en mi mano.
Otra cosa.
Eleonor.
Ash.
Elsa llamando para decirme que no encontraba al hombre que estaba atado delante de mí y que quería ir al cine conmigo por la noche.
Sally riéndose en mi cocina.
Neron siendo una mala decisión con demasiado pelo bonito.
Demon, Poppy, Lukas.
Mi casa.
Mi cama.
El bizcocho de chocolate.
Miré a Ash.
—¿Me amas?
Ash parpadeó.
—Jesús, Denci. De todos los momentos del mundo, ¿tenías que elegir precisamente este para preguntármelo?
—¿Me amas?
La broma se le borró de la cara.
—Sí, nena. Te amo.
El cuchillo pesó menos en mi mano.
No debería haber pasado.
Era metal.
No magia.
Pero pesó menos.
Miré a Carlos, que seguía atado a la mesa, con los ojos demasiado abiertos, demasiado vivos todavía, y sonreí.
—Hey —dije—, al final hice más que sobrevivir.
Carlos no contestó.
Mejor para él.
—Él me ama —añadí, señalando a Ash con el cuchillo porque mi educación social tenía límites muy claros y ese día estaban bastante lejos—.
Tengo amigos. Amigos de verdad, de los que te perdonan incluso si los metes en un sótano durante meses porque una tenía motivos, métodos cuestionables y muy poca paciencia para explicar el plan.
Ash no dijo nada.
Eleonor tampoco.
Qué público tan educado.
—Tengo una vida, Carlos. Una vida a la que volver. Una vida que vivir, disfrutar y arruinar un poco cuando me aburra, porque tampoco vamos a pedir milagros. Y tú no estás en ella.
Me incliné hacia él.
No demasiado.
Lo justo para que me viera bien.
—Has perdido, hijo de puta.
Durante un segundo quise hacerlo.
Hundí los dedos alrededor del mango y pensé en todas las veces que había imaginado ese momento. En todas las versiones de mí que habían vivido solo para llegar hasta allí.
Y entonces entendí algo bastante molesto.
Si lo hacía, Carlos tendría otra cosa mía.
Otra noche.
Otro recuerdo.
Otra parte de mi vida girando a su alrededor.
Y no.
Ya había tenido demasiado.
Le devolví el cuchillo a Eleonor.
—¿Podrías terminar, por favor? Prometo pagar con una cena.
Eleonor miró el cuchillo.
Luego me miró a mí.
—Prefiero un bisnieto antes de morirme.
Oh.
Oh, no.
Mi cerebro entró en fallo total.
—Vale, hora de irnos —dijo Ash, rodeando mi cintura con el brazo y sacándome de allí antes de que yo pudiera explicarle a su abuela todas las razones médicas, logísticas y emocionales por las que esa frase debería estar prohibida en una sala con un hombre atado a una mesa.
Y por las que yo no debería ser la madre de ninguna criatura inocente.
—Ash…
—No. Sigue caminando.
—Ash, ¿niños? ¿Yo?
Se detuvo al lado del coche.
El sol brillaba, los pájaros cantaban y, dentro de un edificio en ruinas, un hombre estaba diciendo adiós a este mundo de una manera nada bonita.
Una mañana preciosa, de esas que una recordaría siempre con cariño si no estuviera al borde de un colapso nervioso porque la abuela de su novio acababa de pedirle un bisnieto con un cuchillo en la mano.
Ash me miró como si no hubiera nada absurdo en todo aquello.
Como si hablar de niños conmigo no fuera una señal clara de que también había perdido la cabeza.
—Sí, nena. Niños. Tú. Yo.
—No.
—No hoy. No mañana. No antes de que dejes de mirarme como si acabara de sugerir alimentar a un bebé con whisky y mala leche.
—No estoy preparada.
—Lo sé.
Eso me enfadó más.
—Entonces deja de hablar.
—No.
Claro que no.
Maldito hombre.
—No te estoy diciendo que tengas que ser madre ahora —dijo—. Te estoy diciendo que cuando pienso en mi vida, estás tú. En mi cama. En mi casa. En mi familia. Con mi apellido, con mi anillo y con todos esos planes que te dan ganas de salir corriendo porque crees que no son para ti.
Tragué saliva.
No funcionó.
—No son para mí.
Ash se acercó un poco.
No demasiado.
Lo justo para que mi cuerpo recordara que él nunca había sido fácil de ignorar.
—Sí lo son.
—Ash…
—Una casa. Una familia. Algo que no tengas que vigilar todo el tiempo esperando a que se rompa.
Negué con la cabeza porque era eso o hacer algo ridículo, como llorar delante de un edificio donde una señora de setenta y tantos probablemente estaba terminando un asesinato con la eficiencia de quien organiza una cena benéfica.
—No sabes lo que dices.
—Sí lo sé.
—No.
—Sí, Denci. Lo sé. Te tengo y pienso hacer todo lo posible para quedarme contigo el resto de mi vida, pero no porque quiera encerrarte, ni arreglarte, ni convertirte en una mujer que no eres. Quiero darte lo que mereces y luego quedarme a mirar cómo finges que no te gusta.
Me quedé callada.
Muy poco digno por mi parte.
—No puedo prometerte que vaya a ser buena en eso —dije al final.
—Ya lo sé.
—Qué rápido has contestado.
—Soy optimista, no estúpido.
Lo miré.
Él me miró a mí.
Y por un segundo, uno breve y muy molesto, imaginé una casa con ruido. Con manos pequeñas tocando cosas que no debían. Con Ash demasiado tranquilo y yo amenazando con vender a nuestros hijos en internet si volvían a pintar una pared.
Qué horror.
Qué peligro.
Qué ganas de tenerlo.
—Me estás asustando más que Carlos —murmuré.
Ash abrió la puerta del coche.
—Bien. Eso significa que estamos hablando del futuro.