Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

Denci

Estaba sola.

Qué sorpresa.

La cama estaba vacía, igual que el sillón, y durante unos segundos me quedé mirando ambos sitios como si de verdad hubiera esperado otra cosa.

No pasaba nada.

Era normal.

¿Por qué crees que mantuve el secreto durante tantos años? Porque nadie te mira igual después. Nadie sabe qué hacer contigo cuando descubre que debajo de las bromas, el pintalabios y la mala leche hay algo que no se puede arreglar con una frase bonita.

Nadie te quiere cerca.

Punto.

Por lo menos me había librado de Ash y podía encargarme de Carlos con toda la tranquilidad del mundo. Le había dado su nombre a Elsa y ella prometió averiguar todo lo que pudiera.

Me había sorprendido, la verdad.

Elsa no preguntó qué hizo. No preguntó nada. Solo quiso el nombre, dijo que eso era suficiente, y habría que ver hasta dónde estaba dispuesta a llegar para ayudarme.

Quedarme en la cama era todo lo que quería hacer esa mañana. Me dolía la cabeza, el cuerpo, el alma entera.

Oh, espera.

Yo no tenía alma.

En fin, había que darme prisa y poner en orden mis cosas porque asesinar a Carlos no iba a ser una tarea fácil. Tenía que borrar cualquier evidencia que pudiera atarme a él, dejar mis negocios a cargo de mi vicepresidente y buscar un país donde pasar de seis a doce meses sin aburrirme demasiado.

Tal vez iría a ver a Major.

Decía que Australia era bonito, incluso con arañas del tamaño de una rata.

Me levanté de la cama como si tuviera ochenta años y me duché como si fuera un caracol. Menos mal que el calentamiento global me daba igual y no ahorraba en agua.

¿Qué?

Una no puede preocuparse por el planeta entero cuando nadie se preocupa por ella, ¿no?

Me puse un vestido rojo, largo, suave. Perfecto para desayunar frente a mi portátil mientras planeaba mi próximo movimiento y decidía cuántas vidas tenía que arruinar antes de tocar la de Carlos.

Pero abrí la puerta de mi dormitorio y, antes de salir, me llegó el olor a algo rico.

¿Bizcocho?

¿Bacón?

—¡Hijo de puta! —espeté.

Y me dirigí a la cocina como si tuviera al diablo detrás de mí.

Y sí.

Era Ash.

¿Quién más podía estar en mi casa, en mi cocina, comprobando algo en mi horno como si aquella mañana fuera normal y él no hubiera tenido la decencia mínima de desaparecer después de enterarse de que estaba durmiendo con una mujer rota, con mal carácter y acceso a demasiadas armas?

Ash.

Horno.

Me pregunté si había bebido algo la noche anterior o si el trauma había decidido regalarme alucinaciones domésticas. Sí, Ash era mejor que yo en la cocina, pero no horneaba bizcochos.

Pero eso no era lo importante.

—¿Qué mierda haces en mi casa?

Me miró.

Tranquilo.

Demasiado tranquilo para un hombre que debería haber salido corriendo antes del amanecer, cambiarse de nombre y quizá prender fuego a cualquier recuerdo mío por puro instinto de conservación.

—¿No es obvio? El desayuno.

—Ash, querido, sé que no has tenido relaciones serias en tu vida, pero es de sentido común que cuando rompes con alguien no le preparas el desayuno.

—Yo no he roto con nadie. ¿Café?

—¡Joder, Ash! ¿Qué es lo que no entiendes?

Suspiró.

Se apoyó contra la encimera y bebió de su café como si yo no estuviera a dos segundos de lanzarle una tostadora a la cabeza.

—Está bien, querida. Uno: tu excusa para romper conmigo fue una mierda. Dos: no la acepto, así que tendrás que buscar otra. Tres…

—¡Abusaron de mí! —grité.

La frase salió fea.

Sin aviso.

Sin humor.

Ash dejó la taza sobre la encimera.

—Lo sé, nena —dijo en voz baja.

Suave.

No me importó.

—Antes de que tuviera edad para saber lo que significaba. El dolor, la humillación, todo. Antes de poder entender siquiera por qué mi cuerpo no me pertenecía.

—Lo sé —repitió.

—¿Y por qué mierda sigues aquí si lo sabes?

Ash no apartó la mirada.

Ni asco.

Ni pena.

Ni esa incomodidad horrible de la gente que quiere hacer como si no hubiera escuchado nada porque ahora tiene que cargar con una verdad que no pidió.

Solo Ash.

De pie en mi cocina.

Con café.

Con el horno encendido.

Con esa calma suya que a veces me daban ganas de besar y otras de destruir con un objeto pesado.

—Porque, Denci, sé que tú tampoco has tenido relaciones serias en tu vida, pero una cosa básica deberías saber: no se abandona a alguien por haber sobrevivido al infierno.

Abrí la boca, pero no salió nada.

Lo vi venir hacia mí y tampoco hice nada. Ni cuando metió la mano en mi cabello e inclinó mi cabeza.

—¿Sabías que nunca me dices buenos días por la mañana? Ni siquiera me das un beso.

—¿Sabías que…?

Quería decir que me sacaba de quicio, que era un imbécil, que no podía aparecer en mi cocina con café, desayuno y esa calma absurda como si no acabara de verme romperme delante de él unas horas antes.

Pero, otra vez, las palabras no salieron.

Mi cerebro seguía procesando la información.

No se iba.

Ash no se había ido.

—Buenos días —murmuré.

—Buena chica —dijo, y bajó la cabeza.

Lo hizo despacio, como si estuviera midiendo mi reacción o dándome tiempo para huir.

No hui.

Acepté su beso, que empezó suave, casi cuidadoso, pero se calentó lo suficiente como para que acabara apoyándome en él y metiendo las manos en su cabello.

Entonces se escuchó un sonido que nunca había oído en mi vida y Ash rompió el beso.

—El bizcocho ya está.

Sacudí la cabeza. Incluso tiré de su cabello y él gruñó, pero no, no era un sueño.

Ash seguía allí.

En mi cocina.

Con un bizcocho en el horno.

—¿Qué te parece si yo me voy al cuarto de baño un minuto y tú tiras a la basura ese bizcocho? Eres el jefe de la mafia. Tu reputación no será la misma si alguien se entera de esto.

—Déjame a mí preocuparme por mi reputación. Tú siéntate y permíteme alimentarte.

Dicho y hecho.

Sacó el bizcocho del horno como si aquella fuera una mañana normal, como si yo no hubiera intentado romper con él, confesar mi infierno y echarlo de mi casa en menos de doce horas, y luego me puso delante una taza de café y un plato con huevos, bacón y tostadas.

Comí todo.

Y lo hice rápido porque, por lo visto, desnudar tu alma frente a un hombre te dejaba sin energía.

Qué descubrimiento tan desagradable.

El bizcocho de chocolate, encima mi favorito, era dulce y esponjoso. No pedí más detalles, porque una tenía que conservar algo de dignidad, pero Ash me los dio de todos modos.

—Alguna vez fui un niño que pasaba las vacaciones con sus abuelos —dijo.

Lo miré por encima de la taza.

—¿Eleonor sabe hornear bizcochos?

—No. Eleonor es la madre de mi padre. La otra abuela, Vivian. Ya la conocerás.

Y ahí.

Justo ahí.

Se me cayó algo por dentro.

Muy tranquilo todo.

Muy civilizado.

Casi peor.

Dejé la taza sobre la mesa.

—No puedo, Ash.

Él no se movió.

—¿Qué es lo que no puedes?

—Estar contigo.

Su expresión no cambió, pero algo en sus ojos sí.

—Él es parte de tu mundo —dije—. O tú eres parte del suyo. Da igual cómo lo miremos, porque al final sigue siendo lo mismo. Voy a matarlo. Ya me están ayudando a ponerlo en marcha.

—¿Quién?

—Una amiga.

—¿Quién?

—Nadie.

—Denci.

—Alguien con recursos. Yo pongo las habilidades.

—No.

Solté una risa seca.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Yo tengo recursos y habilidades. Si alguien va a matar a Carlos, seré yo.

Parpadeé.

Él cogió mi plato, lo acercó un poco más hacia mí y añadió, como si no acabara de anunciar una sentencia de muerte en medio de un desayuno:

—Anda, termina el bizcocho. Quiero llevarte a un lugar hoy.

—Ah, ¿al lugar al que quieres morir? Bonito detalle, pero no hará falta si simplemente dejas de tomar decisiones por mí.

Ash suspiró.

Luego volvió a suspirar mientras se pasaba los dedos por el cabello, y por primera vez desde que lo encontré en mi cocina pareció menos tranquilo.

No menos peligroso.

Solo menos dispuesto a fingir.

—¿Entiendes que ese hombre no puede seguir respirando ni un minuto más?

—Sí.

—Entonces…

—Pero soy yo la que debe hacerlo.

Su mandíbula se tensó.

—No.

—Entiéndelo tú, Ash. No es tu lucha. Es mía.

—Se convirtió en mía en el segundo en que te vi mirarlo como si no hubiera pasado ni un solo día desde lo que te hizo.

Me quedé quieta.

No debería haber dolido.

Pero dolió.

—No uses eso conmigo.

—No estoy usando nada.

—Sí. Estás intentando convertir mi venganza en tu cruzada.

—Estoy intentando que no tengas que cargar sola con otro cadáver.

Sonreí.

No fue bonito.

—Llegas un poco tarde para eso.

El timbre sonó antes de que Ash pudiera contestar.

Lo miré.

—¿Esperas a alguien?

—No.

—Entonces uno de tus hombres va a morir.

Fui a abrir con la paciencia justa para no coger un cuchillo por el camino.

Pero era Sally.

Sally con el pelo suelto, una chaqueta demasiado grande y las manos apretadas delante del cuerpo como si hubiera venido sujetándose a sí misma todo el camino.

—Hola —dijo.

No parecía bien.

Tampoco parecía mal.

Parecía Sally intentando no huir.

Qué familiar.

—Hola —contesté.

Hubo un silencio raro.

Uno de esos en los que una podía cerrar la puerta y fingir que no había visto nada.

Tentador.

Muy tentador.

—Pasa —dije al final—. Ash ha hecho bizcocho y está desesperado por arruinar su reputación.

Sally parpadeó.

—¿Ash?

—No preguntes. Estoy sobreviviendo como puedo.

Entró despacio.

Ash la saludó desde la cocina, tranquilo, como si no estuviera viendo perfectamente que Sally tenía algo atravesado en la garganta.

—Café —dijo él.

No fue una pregunta.

Sally asintió.

Se sentó en el borde de una silla, con la taza entre las manos y la mirada fija en el bizcocho como si el bizcocho pudiera declarar por ella.

Ash dejó un plato delante de mí, otro delante de Sally y luego se limpió las manos con un paño.

—Voy al baño.

Lo miré.

—Tu sentido de la discreción acaba de mejorar. Estoy orgullosa.

—No te acostumbres.

Pasó por detrás de mi silla antes de irse y apoyó una mano en mi nuca. Solo un segundo. Su pulgar rozó el borde de mi cabello, una caricia pequeña, casi distraída, pero lo bastante clara para decirme que no estaba huyendo.

Maldito hombre.

Luego se inclinó, me besó en la sien y se fue.

Me quedé mirando mi café como si no acabara de pasar nada.

Sally también.

Qué incómodo.

Sally removió el café aunque no le había puesto azúcar.

Una vez.

Dos.

Tres.

—Vas a agujerear la taza —dije.

Dejó la cucharilla.

—Lo siento.

—Por la taza o por venir a mi casa como si fueras a confesar un asesinato mal organizado.

Sally intentó sonreír.

Falló.

—No sé cómo hacer esto.

—Eso promete.

Respiró hondo y miró hacia el pasillo por donde se había ido Ash.

—No quiero preguntarte qué te pasó.

Algo en mi pecho se cerró.

—Buena elección.

—No porque no me importe —dijo rápido—. Me importa. Mucho. Pero no quiero que tengas que contármelo para que yo entienda algo que tendría que haber entendido antes.

No dije nada.

Sally bajó la mirada a sus manos.

Le temblaban un poco.

—Anoche pensé en lo que dijiste. En que nunca os había visto de verdad. Y luego pensé en mí, en todo lo que pasó conmigo, en Neron, en lo que hiciste…

—Te secuestré.

—Sí.

Lo dijo sin suavizarlo.

Bien.

—Y te odié por eso —añadió—. Durante un tiempo te odié mucho.

—Justo.

—Sí. Lo era.

Me gustó que no intentara salvarme de eso.

—Pero creo que también me salvaste —susurró.

La miré.

Sally tragó saliva.

—No sé de qué. No del todo. No sé qué viste, ni qué sabías, ni qué intentabas evitar. Pero ahora sé que había una razón.

—Sally…

—No tienes que explicármela.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no lloró.

Muy considerada por su parte.

—Solo quería decirte que, si alguna vez alguien pregunta, yo no sé nada.

Me quedé quieta.

—Sobre el secuestro —dijo—. Sobre ti. Sobre por qué lo hiciste. Sobre cualquier cosa que pueda hacerte daño. No sé nada, Denci. Nunca voy a saber nada.

No esperaba que doliera.

Pero dolió.

—No me debes eso.

—Ya lo sé.

—Entonces no seas idiota.

Sally sonrió un poco.

Muy poco.

—No te lo estoy pagando.

Se quedó callada un segundo, como si buscara la forma de decirlo sin que sonara demasiado grande.

—Solo quería que lo supieras.

Maldita sea.

Eso era casi peor.

—¿Has venido hasta aquí para protegerme de algo que te hice yo?

—He venido porque ayer entendí que quizá tú también necesitabas que alguien estuviera de tu lado.

Miré mi taza.

El café seguía allí.

El bizcocho también.

—No soy fácil de defender —dije.

—Lo sé.

—Ni de querer.

Sally sostuvo mi mirada con una valentía pequeña, temblorosa y bastante molesta.

—También lo sé.

Me reí por la nariz.

No mucho.

Lo suficiente para no hacer otra cosa peor.

—Come bizcocho, Sally.

—Vale.

—Y no vuelvas a ponerme sentimental tan pronto por la mañana.

—Vale.

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

Ash volvió a la cocina un minuto después, con las mangas remangadas y esa cara de hombre que no preguntaba porque ya había entendido suficiente.

Miró a Sally.

Luego a mí.

—¿Has secuestrado a tu amiga?

Sally abrió los ojos.

Yo suspiré.

—Obviamente. Tuvo el mal gusto de enamorarse de Neron.

Ash se quedó mirándome.

—Entiendo.

—No, no entiendes. Nadie entiende eso hasta que conoce a Neron más de diez minutos y aun así algunos no sobreviven a la experiencia.

Sally soltó una risa pequeña.

—En la cama es bueno, pero no tan bueno —dijo.

—¡Lo sé! Yo también lo he pensado. Va tan de dios del sexo por la vida y luego no es para escribir en el diario sobre la experiencia.

Ash dejó la taza sobre la encimera.

Despacio.

—Mejor me voy si no quiero terminar el día haciendo desaparecer el cadáver de ese hombre.

Sally se rió, quizá porque pensó que era una broma.

Yo también me reí, pero porque sabía que no lo era.

—Ash, cariño, no puedes matar a todos los hombres que han pasado por mi cama.

—Puedo intentarlo.

Sally volvió a reírse.

Más fuerte esta vez.

Yo miré a Ash.

Ash me miró a mí y entendí que esa noche sí iba a terminar asesinando a un hombre por mí.

A Carlos.

Y no, no pensaba impedírselo.

Pensaba convencerlo de dejarme jugar un poco antes.

Al fin y al cabo, esto era lo que hacían las parejas.

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