Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Me acerqué despacio y me agaché delante de la bañera. Metí la mano en su pelo mojado, no para sujetarla, no para obligarla a mirarme, sino porque necesitaba tocar algo de ella sin romperlo.

—¿Sabes lo valiente que eres?

Denci negó con la cabeza.

O lo intentó.

No se lo permití.

—He visto hombres duros romperse por mucho menos. Hombres entrenados, armados, convencidos de que nada podía tocarlos. Tú estás aquí, odiándome, insultándome y respirando después de lo que sea que ese hijo de puta te hizo. Eso se llama valentía.

—Se llama mierda —susurró—. Entonces, ahora y siempre. Soy una asesina.

—Por una buena razón.

Sus ojos cambiaron.

No mucho.

Lo suficiente.

—No sabes nada sobre mis razones.

—Entonces cuéntame.

—No.

—Denci.

—Nunca.

La palabra cayó entre nosotros y se quedó allí.

Nunca.

No era una negativa cualquiera. No era orgullo. No era rabia. Era una puerta cerrada desde dentro.

—¿Por qué no?

Denci calló.

Yo la miré, intentando encontrar la razón, aunque una parte de mí ya la sabía.

No era solo falta de confianza.

Era algo peor.

Decirlo lo pondría en la habitación con nosotros.

Y quizá nadie había llegado tan lejos.

Quizá nadie había querido llegar.

—Porque nunca se lo has contado a nadie —dije—. Porque nadie te lo preguntó de verdad.

Su boca tembló apenas.

Apenas.

Pero lo vi.

—Vete a la mierda, Ash.

—Luego.

Su boca se tensó.

No porque le hiciera gracia.

Porque entendió que no iba a moverme, igual que yo había entendido que ella iba a seguir intentando echarme hasta quedarse sin fuerzas o sin voz. Lo que llegara primero.

Denci apartó mi mano de su pelo, no con brusquedad, pero sí con esa precisión suya de mujer que podía estar destrozada y aun así encontrar el punto exacto donde cortar. Luego salió de la bañera, cogió una toalla y se envolvió en ella con movimientos demasiado controlados.

No temblaba.

Eso habría sido más fácil de soportar.

Se secó el cuerpo, los brazos, el cuello, las piernas, y lo hizo como si cada gesto fuera una orden.

Sigue.

Respira.

No mires.

No caigas.

Yo me quedé donde estaba.

Ella pasó a mi lado sin tocarme.

Sin mirarme.

—Puedes apagar la luz al salir.

La seguí hasta el dormitorio.

No entré detrás de ella de inmediato. Me quedé en la puerta mientras se metía bajo las sábanas, de lado, dándome la espalda, con el pelo húmedo extendido sobre la almohada y los hombros tan rígidos que dolía verlos.

—He dicho que te vayas.

—Te he oído.

—Entonces tienes un problema de comprensión.

Me quité la chaqueta.

Ella se quedó inmóvil.

Luego los zapatos.

Después empecé con los botones de la camisa y entonces se giró de golpe, demasiado rápido, con los ojos abiertos y una furia que no había estado allí hacía un segundo.

No era furia.

No del todo.

—No —dijo.

Me quedé quieto.

—Denci.

—No. Nunca más.

No levantó la voz.

Eso fue lo peor.

Una parte de mí habría preferido que gritara, que tirara algo, que me insultara con la creatividad que solía reservar para los momentos en los que quería hacerme perder la paciencia y la cabeza.

Pero no hizo nada de eso.

Solo me miró desde la cama, envuelta en mi camisa vieja porque, por supuesto, había elegido mi camisa para dormir incluso después de decirme que no le convenía ser mía.

—Ya es suficiente vivir con el recuerdo de haber dejado que un amigo de ese hombre me tocara —dijo—. No quiero verte nunca más.

No me moví.

Ni siquiera respiré como debía.

Porque había golpes que se esperaban y otros que entraban por debajo de las costillas antes de que uno pudiera prepararse.

Su mirada bajó a mi camisa abierta, a mis manos quietas, a mi cara, y vi el instante exacto en el que se arrepintió de haberlo dicho.

No porque no quisiera hacer daño.

Sino porque lo había hecho demasiado bien.

—Carlos era del mundo de mi abuelo —dije al fin—. De sus mesas, sus negocios, sus hombres sucios y sus favores podridos. No del mío.

Denci apretó los labios.

—Lo recibiste.

—Sí.

—Le diste la mano.

—Sí.

La palabra me supo a sangre.

—Porque no sabía. La próxima vez que lo toque, no será para saludarlo.

No contestó.

Pero algo en su cara cambió.

Poco.

Muy poco.

Lo bastante para que yo supiera que me había oído, aunque no pudiera creerme todavía.

Terminé de quitarme la camisa y la dejé sobre una silla.

No avancé hacia la cama.

No crucé esa distancia, aunque cada músculo de mi cuerpo quería hacerlo.

Pero esa noche Denci no necesitaba que otro hombre decidiera por ella qué podía tocarla.

Así que me quedé al otro lado de la habitación.

—No voy a tocarte —dije.

Su garganta se movió.

—Bien.

—Pero no voy a irme.

Cerró los ojos, como si aquella frase le cansara más que todo lo demás.

—Ash.

—Puedes odiarme mañana. Puedes echarme por la mañana. Puedes romper conmigo otra vez con un discurso mejor, porque el de hoy ha sido una vergüenza y los dos lo sabemos.

No sonrió.

Ni siquiera un poco.

Pero su respiración cambió.

—Esta noche duermes —dije—. Y yo me quedo aquí.

—No te quiero aquí.

—Lo sé.

—No me crees.

—No.

Sus ojos volvieron a abrirse.

—Eres insoportable.

—También.

Se dio la vuelta otra vez, dándome la espalda.

No me pidió que apagara la luz.

No me pidió que cerrara la puerta.

No me pidió nada.

Me senté en el sillón junto a la ventana, sin acercarme más, y la observé obligarse a respirar hasta que el cansancio empezó a ganarle la batalla al miedo.

Tardó mucho.

Demasiado.

Pero al final sus hombros bajaron apenas y sus dedos dejaron de aferrarse a la sábana.

Yo no dormí.

No podía.

Carlos seguía respirando en alguna parte de la ciudad.

Y Denci dormía a tres metros de mí como si tocarla pudiera devolverla al infierno.

No pude cerrar los ojos, y no solo porque el sillón de Denci era bonito y poco confortable, sino porque mi cabeza no dejaba de imaginar todas las maneras en las que podía hacer pagar a Carlos sin provocar una guerra con su cartel.

Denci durmió, pero no se relajó.

Incluso dormida se negaba a soltar el control.

Eran las tres cuando se movió, abrió los ojos y suspiró. Luego miró el techo durante tanto tiempo que pensé que quizá no estaba despierta del todo.

—Recuerdo su perfume —dijo de pronto—. Algo floral que hasta ahora no fui capaz de identificar.

No dijo más.

No se movió.

Solo siguió mirando el techo.

—¿De quién?

—De mi madre.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

Denci tragó saliva.

—Tenía el cabello largo. Tan largo que maldecía cada mañana cuando tenía que recogérselo, y cada vez que mi padre le quitaba la goma de la coleta porque le gustaba meter los dedos entre los mechones. Es el único recuerdo que tengo de ellos. Ni fotos ni nada.

Me quedé inmóvil en el sillón.

No porque no quisiera acercarme.

Porque si me acercaba demasiado pronto, tal vez ella dejaría de hablar.

—Murieron porque el universo y un conductor borracho decidieron que yo necesitaba aprender a vivir sin ellos —continuó—. A sobrevivir al infierno. ¿Quieres saber la primera parte?

No confié en mi voz.

Asentí.

—La tía Dolores. Más o menos el cuento de Cenicienta, pero con más hambre, más frío, más dolor y sin príncipe. Durante tres años fui una molestia útil. Una niña que no costaba mucho si nadie se molestaba en alimentarla demasiado.

Apreté los dedos contra el brazo del sillón.

Denci seguía mirando el techo.

Como si no estuviera hablando conmigo.

Como si estuviera leyendo una lista antigua.

—Hasta que, a mi tierna edad de siete años, decidió que ya no podía aguantarme más y me vendió a Carlos.

El mundo se quedó sin sonido.

No mucho.

Lo suficiente para que mi sangre entendiera antes que mi cabeza.

—Y spoiler —añadió, con una sonrisa que no llegó a ninguna parte—, Carlos no quería una hija. Ni siquiera una criada.

—Denci.

—No quería nada que tuviera nombre.

Me levanté.

No recuerdo haber decidido hacerlo.

—No tienes que decirlo así.

Entonces me miró.

Por fin.

Y habría preferido que no lo hiciera, porque sus ojos no tenían lágrimas. Tenían algo peor. Una calma seca. La clase de calma que no aparece porque alguien está bien, sino porque aprendió demasiado pronto a no romperse en público.

—Querías saber mis razones, Ash.

—Sí.

La palabra me salió rota.

La odié.

—¿Acaso tienes miedo? —preguntó—. ¿Asco? ¿Te cuesta mirar a la mujer con la que dices amar pasar tiempo ahora que sabes que, antes de convertirme en esto, fui una cosa en la casa de un hombre?

No contesté enseguida.

No porque no tuviera respuesta.

Porque todas mis respuestas eran violentas.

Porque una parte de mí seguía en aquella fiesta, estrechándole la mano a Carlos, llamándolo por su nombre, respirando el mismo aire que él sin saber que Denci estaba a mi lado convirtiéndose en piedra para no caerse delante de todos.

—Mírame bien —dijo ella—. Es curioso, ¿verdad? No puedo recordar los rostros de mis padres, pero puedo recordar demasiados detalles de esos dos años. La voz. Los pasos. Las puertas. Los días buenos, que nunca eran buenos, solo menos malos. Patético.

—No.

—Sí.

—No uses esa palabra para hablar de ti.

Se rió.

No fue una risa.

Fue un resto de algo.

—La pobre niña, la víctima, se convierte en verdugo. Muy poético. Muy educativo. Casi dan ganas de ponerlo en una postal.

Di un paso hacia la cama.

Ella no retrocedió.

Eso, viniendo de Denci, fue peor que si lo hubiera hecho.

—No eres patética.

—No sabes lo que soy.

—Estoy empezando a saberlo.

Su boca tembló apenas.

Apenas.

Pero lo vi.

—Entonces eres más listo de lo que pareces.

—Y tú estás intentando que te mire con horror para poder odiarme con más facilidad.

Denci cerró los ojos.

Solo un segundo.

—Vete a la mierda, Ash.

—Luego.

Me acerqué lo suficiente para verla respirar, no tanto como para tocarla.

Quería tocarla.

También quería salir de aquella casa, encontrar a Carlos y enseñarle exactamente cuánto podía durar una muerte cuando el hombre que la ejecutaba no tenía prisa.

Pero Denci no necesitaba mi rabia.

No esa noche.

Necesitaba que no apartara la mirada.

Así que no lo hice.

—No voy a mirarte con asco —dije—. Ni ahora ni mañana. Ni cuando termines de contarme todo lo que crees que puede hacerme cambiar de opinión.

Denci abrió los ojos.

—No sabes eso.

—Sí lo sé.

—Arrogante.

—También.

Su respiración cambió lo justo para que yo lo notara, y esa noche, por desgracia para los dos, yo ya estaba aprendiendo a leer sus grietas.