Capítulo 25
Ash
—Hijo, ¿por qué estás en el baño cuando deberías atender a los invitados? Larkson necesita que le hagan la pelota para aceptar el trato.
Porque tengo cosas más importantes que hacer.
Las palabras no salieron porque no se lo permití. Miré a mi padre, de pie en mitad del pasillo con la copa en la mano, la chaqueta demasiado perfecta y esa expresión de hombre acostumbrado a confundir familia con empleados.
—Si quisiera ese trato, ya estaría firmado —dije—. No necesito el negocio de Larkson y tú lo sabes. Que estés follándote a su hermana no lo convierte en una prioridad para mí.
Mi padre se quedó quieto.
No por vergüenza.
La vergüenza habría sido demasiado optimista.
Se quedó quieto porque lo primero que hizo fue mirar a ambos lados del pasillo para asegurarse de que nadie estuviera lo bastante cerca para escucharnos.
—¿Qué has dicho?
—Me has oído.
Su mandíbula se tensó.
—Estás fuera de lugar.
Casi me reí.
—No. Estoy justo donde tengo que estar. Tu relación con mi madre no es asunto mío porque ella es feliz.
Sin saber lo que ocurre, pero feliz. Y mientras eso no cambie, no pienso meterme.
Pero deja de meterte en mi trabajo. Disfruta de tu relación extramatrimonial, de tus tardes de golf y de tus tratos mediocres si no quieres tener problemas.
Sus dedos se cerraron alrededor de la copa.
Por un segundo pensé que iba a lanzármela.
No lo hizo.
Los hombres como mi padre no ensuciaban las paredes de la casa de mi abuela si podían ensuciar a otra persona en privado.
—Estás hablando con tu padre.
—Y tú estás hablando conmigo —contesté—. No lo olvides.
Sin esperar respuesta, me encaminé hacia el salón.
No llegué.
Mi abuela me esperaba detrás de la esquina del pasillo, inmóvil, con un vestido oscuro, los labios apretados y una copa de whisky en la mano.
Me la ofreció.
La acepté.
Me la tomé de un trago.
Ella miró por encima de mi hombro, hacia el pasillo por el que mi padre todavía no se había movido.
—Ya era hora de que le dejaras las cosas claras.
—No estoy de humor para hablar de él.
—Lo sé.
Eso fue lo único que dijo.
Lo sé.
Y, de alguna manera, fue peor que una pregunta.
Me froté la nuca, intentando poner en orden mis pensamientos. Había demasiadas decisiones que tomar, demasiados frentes abiertos, demasiadas personas dentro de aquella casa fingiendo que la noche seguía siendo una fiesta.
Pero solo había una cosa que quería arreglar con desesperación.
Denci.
Su cara en el espejo del baño.
Su voz diciendo que todo había terminado.
Su cuerpo retrocediendo aunque yo no hubiera dado un paso.
Carlos había entrado en la casa de mi abuela y Denci había salido de ella como si alguien le hubiera arrancado la piel.
—A ella… —dijo mi abuela— mejor dale tiempo.
La miré.
—¿Tiempo suficiente para entrar aquí con un arma y meterle una bala en la cabeza a Carlos? ¿Eso quieres decir?
Eleonor no apartó la mirada.
Eso fue una respuesta antes de que abriera la boca.
—Ya he dado orden de que lo vigilen hasta que tomemos una decisión.
—¿Hasta que tomemos una decisión?
—Sí.
—Carlos no es un invitado cualquiera.
—No.
La palabra cayó entre los dos como una piedra.
No.
Mi abuela no fingió sorpresa.
No preguntó por qué Denci había huido.
No defendió a Carlos.
Y eso me dijo más que cualquier explicación.
—Era socio del abuelo —dije.
—Entre otras cosas.
La miré con más atención.
—¿Qué sabes?
Su rostro no cambió, pero algo en sus ojos sí. Una sombra vieja. Una de esas que las familias como la nuestra guardaban en habitaciones cerradas y llamaban negocios antiguos para dormir mejor por la noche.
—Sé que tu abuelo se sentó demasiadas veces con hombres con los que nadie decente debería compartir mesa.
—Nosotros tampoco somos decentes.
—No —admitió—. Pero incluso nosotros tenemos límites.
Carlos.
Denci.
Anne.
Su segundo nombre.
El que casi nadie usaba. El que podía pasar por cualquier mujer en cualquier fiesta, porque Denci no era un nombre que uno olvidara.
Sentí que algo frío se me instalaba en el pecho.
—¿Crees que ella trabajó para él?
Mi abuela no contestó enseguida.
La espera me hizo apretar los dientes.
—Creo —dijo al fin— que una mujer no mira así a un hombre por un mal negocio, Ash.
No.
Claro que no.
Mi mente buscó explicaciones adultas porque eran las únicas que podía soportar. Una deuda. Una amenaza. Un trabajo. Algún tipo de contrato sucio de esos que hombres como Carlos firmaban con dinero y cerraban con miedo.
Pero Denci no había parecido una mujer recordando un trato.
Había parecido alguien recordando una jaula.
—Voy a hablar con él.
—No.
Mi abuela no levantó la voz.
No lo necesitó.
—No me des órdenes ahora.
—Entonces no actúes como si hubieras perdido la cabeza.
La miré.
Ella sostuvo mi mirada sin pestañear.
—Si te acercas a Carlos ahora, sabrá que ella importa. Si le enseñas los dientes delante de media ciudad, sabrá dónde mirar. Si lo matas esta noche, harás que todo esto sea sobre ti.
Me quedé inmóvil.
Porque tenía razón.
Y porque la odié un poco por tenerla.
—Le darás el tiempo que necesite —dijo—. A ella. No a tu orgullo. No a tu rabia. A ella.
Apreté la copa vacía hasta que el cristal crujió.
—Y no se habla más.
Miré hacia el salón.
Carlos seguía allí dentro.
Respirando.
Bebiendo.
Sonriendo.
Con la cabeza sobre los hombros porque yo aún no había decidido arrancársela.
—Vigílalo bien, abuela.
—Ya lo están haciendo.
—No —dije—. Mejor.
Eleonor inclinó apenas la cabeza.
—Hecho.
Y entonces supe que ella también había tomado una decisión.
No sabía cuánto sabía.
No sabía cuánto había visto.
Pero había abierto una puerta para Denci y cerrado otra alrededor de Carlos.
Por ahora, me obligué a no moverme.
Por ahora.
***
Ella no estaba en casa.
No había llegado todavía. Mis hombres no la habían perdido de vista. Ella lo sabía. También sabía cómo perderlos si quería, así que el hecho de que siguieran detrás de ella me decía más de lo que me habría gustado admitir.
Seguía conduciendo por la ciudad, girando calles sin detenerse, acelerando como si la carretera pudiera sacarle algo del cuerpo.
Por lo menos no estaba en algún bar, buscando otra manera de relajarse.
Sin encender las luces, saqué una cerveza del frigorífico y me senté a esperar. Era la única que tomaba. Se lo había comentado una sola vez, de pasada, y al día siguiente había cinco botellas en su frigorífico.
La camiseta que dejé una noche estaba lavada, planchada y guardada en su vestidor.
Un cepillo de dientes nuevo estaba al lado del suyo en su cuarto de baño, junto a mi champú favorito.
Que no le convenía, dijo.
Miré la cerveza.
Luego el pasillo que llevaba a su dormitorio.
Estaba decepcionado por su poca creatividad al romper conmigo.
Me avisaron de que había llegado mucho antes de escuchar la puerta abrirse.
Entró sin darse cuenta de que yo estaba allí.
Ese fue el primer golpe.
La mujer que había llegado a conocer tan bien no cometía ese tipo de errores. Nunca. Ni cansada, ni borracha, ni enfadada. Denci entraba en una habitación y sabía dónde estaban las salidas, las sombras, los cuerpos y las amenazas antes de respirar por segunda vez.
Esa noche no me vio.
Porque algo malo había pasado.
Muy malo.
—Carlos —dije.
Se sobresaltó en su camino hacia el dormitorio y tardó dos segundos en maldecirme.
—¡Maldita sea, Ash! Me has asustado.
—¿Vas a explicarme qué ha pasado hoy, Denci?
—No deberías estar aquí. Hemos roto, ¿recuerdas?
—Sí, claro. Porque por primera vez encuentro una mujer con la que amo pasar tiempo dentro y fuera de la cama y voy a dejar que salga de mi vida porque de pronto ha decidido que no le conviene ser mía. Piénsalo mejor, nena.
—Eso, nene, es tu problema. Yo no tengo que hacer nada, excepto decirte que salgas de mi casa e irme a la cama. Adiós, Ash.
Se giró y la vi alejarse por el pasillo.
Iba sin tacones.
Algo tan inusual en ella como esa manera forzada en la que mantuvo la barbilla alta al hablar conmigo. Denci podía mentir con la boca, con las manos, con las pestañas si le apetecía, pero esa noche su cuerpo estaba llegando tarde a todas sus órdenes.
Le di un trago a mi cerveza, la dejé sobre la mesa de café y fui detrás de ella.
La encontré en el cuarto de baño.
Se estaba quitando el vestido y me miró por encima del hombro, con esa calma afilada que habría funcionado con cualquier otro hombre.
Conmigo no.
No esa noche.
—Ya veo —murmuró.
—¿Qué ves?
—Que estaba equivocada y que después de todo eres uno de esos hombres que toman todo lo que les apetece sin importar si alguien les ha dicho que no. Bonito, muy bonito.
Me quedé en la puerta.
No avancé.
Quise recordarle todas las veces en las que me había permitido ponerme de rodillas por ella. Todas las veces en las que le había entregado el control, dentro y fuera de la cama, solo porque verla tomarlo me volvía loco. Quise decirle que no era eso y que ella lo sabía.
Pero no habría servido de nada.
Denci no estaba hablando conmigo.
No del todo.
Así que no me moví.
La miré mientras se metía en la bañera llena de burbujas y cerraba los ojos.
Pasó un minuto.
Luego otro.
Y otro más.
Su pecho subía con cada respiración precipitada. Sus dedos se cerraban sobre el borde de la bañera y sus labios se apretaban como si pudiera obligarse a seguir entera por pura mala leche.
Casi lo consiguió.
Casi.
Pero falló.
Las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, silenciosas, rápidas, furiosas por existir. No duraron mucho. Las hizo regresar con la misma violencia con la que seguramente había hecho regresar todo lo demás durante años, y se limpió la cara como si aquello no hubiera pasado.
Luego abrió los ojos.
Me miró.
Y no vi a la mujer que había entrado en mi vida con una pistola, una mentira y una sonrisa capaz de arruinarle la noche a cualquier hombre sensato.
Vi a una mujer que quería que me fuera.
Y que no me fuera.
Que quería esconderse.
Y que alguien, una sola vez, no mirara hacia otro lado.