Denci (Camino de Amor nº 4) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Seguí adelante hasta que el pasillo se acabó y tuve que decidir si volvía al salón de la fiesta o me metía en el laberinto de habitaciones hasta encontrar otra salida.

—Segunda puerta a la izquierda. Todo recto. La entrada de servicio está abierta.

Eleonor.

Había aparecido de la nada.

No preguntó.

No me pidió que respirara.

Solo cogió mi mano y me puso unas llaves en la palma.

—Audi negro.

La miré.

Sus ojos no decían pobrecita.

Gracias a Dios.

Decían: corre.

Así que corrí.

Sin correr.

Porque una podía estar huyendo de una fiesta, de un hombre y de media vida, pero tampoco hacía falta hacerlo sin dignidad.

El Audi negro estaba donde Eleonor había dicho.

Claro que lo estaba.

Las mujeres como ella no daban instrucciones equivocadas. No por accidente, por lo menos.

Me metí dentro, cerré la puerta y me quedé un segundo con las manos sobre el volante, mirando el garaje lateral como si el cemento, los coches caros y las luces blancas pudieran explicarme algo.

No lo hicieron.

Arranqué.

No sabía adónde iba.

Solo sabía de dónde tenía que salir.

El móvil vibró en mi bolso una vez más.

Ash, probablemente.

Lo ignoré.

Volvió a vibrar y lo ignoré también, porque al parecer esa noche mi capacidad para tomar buenas decisiones se había quedado tirada en el baño de la abuela de Ash, justo al lado de mi dignidad.

A la tercera, maldije, metí la mano en el bolso y saqué el teléfono con intención de apagarlo o tirarlo por la ventanilla. Cualquier opción era válida. Elegante no, pero válida.

No era Ash.

Era Neron.

Sally. Emergencia. Casa de Elsa. Ahora.

Leí el mensaje una vez.

Luego otra.

Todo lo que tenía dentro, lo que todavía temblaba bajo la piel, se apartó a un lado. No desapareció, claro. Nada tan amable. Solo se hizo pequeño el tiempo suficiente para que otra cosa tomara el control.

Sally.

Emergencia.

Giré el volante.

No pensé en Ash, Carlos o Eleonor.

Pensé en Sally.

En mí.

En la posible confesión de Sally.

En la posibilidad de acabar en la cárcel.

Y, aun así, conduje a la casa de Elsa con las manos frías y la cabeza llena de ruido. Aparqué mal, fatal, de una forma que habría hecho llorar a cualquier instructor de autoescuela, y entré sin llamar porque la educación estaba muy abajo en mi lista de prioridades.

—¿Qué ha pasado con Sally?

Estaban en el salón.

Todos me miraron.

Elsa, Demon, Poppy, Lukas, Neron.

Sally también.

Sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas, el pelo recogido y una taza entre las manos.

Entera.

Pálida, sí. Nerviosa, también.

Pero entera.

No había policía.

No había gritos.

Solo una casa demasiado cálida, demasiadas miradas y una bandeja de algo dulce sobre la mesa.

—Denci —dijo Elsa, levantándose despacio.

—He preguntado qué ha pasado con Sally.

—Algo —susurró Sally.

La miré.

Su voz tembló un poco y eso debería haberme frenado. Lo habría hecho en cualquier otro día, en cualquier otra versión de mí, pero esa noche yo ya venía sin frenos.

—¿Qué ha pasado?

Poppy dejó la taza que tenía en la mano.

—No es malo.

No era malo.

Sentí algo partirse.

Algo pequeño, feo y casi ridículo.

—¿No es malo? —repetí.

Neron hizo una mueca.

—Vale, antes de que saques un cuchillo, déjame explicar.

Lo miré.

Él cerró la boca.

Bien.

Aún conservaba algo de instinto.

—Sally tiene una cita —dijo Poppy—. Con el detective. Mañana.

Silencio.

Uno largo, de esos que no se llenan porque todo el mundo entiende al mismo tiempo que alguien ha cometido un error.

Yo miré el móvil que aún tenía en la mano.

El mensaje seguía ahí.

Sally. Emergencia. Casa de Elsa. Ahora.

Qué bonito.

Qué maravilla de mundo.

—¿Esta era la emergencia?

—Para ella sí —dijo Poppy.

Y ahí, justo ahí, pobre Poppy, que no lo dijo con mala intención. Ese era el problema con la gente buena. A veces clavaban el cuchillo sin saber que lo llevaban en la mano.

—Claro —dije.

Mi voz sonó tranquila.

Demasiado.

Elsa dio un paso.

—Denci…

Levanté una mano, no mucho, lo suficiente para que no se acercara.

—No. Está bien. Es una emergencia. Sally tiene una cita con un hombre que no quiere hacerle daño y todos hemos venido a celebrarlo como si hubiera descubierto la cura para la estupidez masculina.

Sally bajó la mirada.

Lo vi.

Lo vi y aun así no paré, porque al parecer esa noche yo también podía ser una mala persona.

Sorpresa.

—Denci —dijo Poppy, más firme—. No seas cruel.

Me reí.

Mal.

Sin gracia.

Sin aire.

—¿Cruel?

—No sabes lo que le ha costado llegar hasta aquí.

Ah, no.

No.

Esa frase no.

—Tienes razón —dije—. Yo no sé nada de lo que cuesta levantarse. Nada. He nacido así, con tacones, pintalabios y ganas de molestar al universo.

Neron se puso de pie.

—Denci, para.

Lo miré y él se quedó quieto.

—Me mandaste un mensaje de emergencia —le dije.

—Fue una mala elección de palabra.

—No. Fue una elección perfecta. Me hizo venir.

Nadie dijo nada.

Qué raro.

Normalmente todos tenían opiniones. Muchas. Demasiadas. Algunas incluso antes de que una terminara la frase.

—Y vine —continué—. Porque pensé que Sally estaba en peligro. Porque por un segundo, un segundo estúpido, pensé que podía arreglar algo.

Poppy apretó los labios.

—Ella está intentando arreglarse.

—Qué suerte.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Y esa sí dolió.

Lo vi en la cara de Sally.

Lo sentí en la mía.

Pero una vez que una empieza a caer, a veces lo único que puede hacer es convertir la caída en espectáculo.

—Qué suerte tener una habitación llena de personas pendientes de si das un paso, respiras, sonríes, sales a tomar un café o decides que quizá el mundo no es una basura completa.

—Basta —dijo Demon.

No gritó.

Lo miré.

Demon no se movió. No estaba enfadado como otras veces. Estaba preocupado.

Qué asco.

—No me miréis así.

Mi voz se rompió un poco.

Muy poco.

Lo odié con toda mi alma.

—Denci… —susurró Elsa.

—No —dije—. No me miréis así. No soy vuestra. Nunca lo fui. Nunca me habéis visto de verdad.

El silencio cambió.

No sé cómo explicar eso.

Se volvió más pesado. Más honesto. Más insoportable.

Sally levantó la cabeza.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Y yo, que había ido allí para protegerla, acababa de hacerla llorar.

Fantástico.

Diez de diez.

—Me voy.

Nadie intentó detenerme.

Salí al pasillo y luego a la entrada, sin saber dónde había dejado el coche, dónde estaba mi bolso ni en qué parte exacta de la noche había perdido la capacidad de comportarme como una persona mínimamente funcional.

Abrí la puerta principal y el aire frío me golpeó la cara.

Bien.

Eso ayudó.

No mucho, pero algo.

—Denci.

Elsa.

Claro.

No Poppy.

No Neron.

No Demon.

Elsa.

No me tocó.

Muy lista.

—Vuelve dentro —dije sin mirarla.

—No.

—No estoy de humor para una charla de amistad.

—Ya lo he visto.

Me reí.

Otra vez esa risa fea.

—Perfecto. Entonces estamos al día.

Bajé un escalón y el mundo se movió un poco, no mucho, lo suficiente para recordarme que mi cuerpo seguía teniendo opiniones y todas eran inútiles.

Elsa se colocó a mi lado, no delante.

Eso también fue muy lista por su parte.

—No voy a preguntarte qué ha pasado.

Tragué saliva.

Me dolió.

Todo me dolía. La garganta, el pecho, las manos, hasta los dientes.

—Bien.

—Pero no vas a conducir así.

La miré entonces.

Error.

Elsa no tenía cara de pena.

No tenía cara de susto.

Tenía esa calma suya, la de mujer bonita, rica y peligrosa que la gente subestimaba porque llevaba las uñas perfectas y sonreía como si no tuviera una preocupación en su vida.

—Quiero matarlo —dije.

Elsa no parpadeó.

Eso fue lo peor.

Lo normal habría sido horror, una pregunta estúpida, una mano en el pecho. Elsa solo me miró.

—¿A quién?

Me reí.

Me salió rota, pero al menos salió.

—Al hombre que me hizo daño.

Hubo un segundo.

Uno.

Después Elsa dijo:

—Dime dónde y cuándo.

La miré.

—No podrás mancharte esas uñas tan bonitas de sangre.

Elsa se acercó, no demasiado, lo justo para que su voz no llegara a nadie más.

—¿De verdad crees que nadie lo ha visto?

No contesté.

—Crees que nadie se dio cuenta de lo que había detrás de tus bromas, tus sonrisas y tu sarcasmo.

Respiré por la nariz.

Mal.

—Pero yo lo vi, Denci.

Me dolió más de lo que debería.

—Y no dije nada porque sabía que no era el momento. Porque esos muros tuyos eran horribles, sí, pero también te mantenían viva. Y si vivir detrás de ellos te hacía sentir segura, no iba a ser yo quien los tirara abajo para sentirme mejor amiga.

Tragué saliva.

No funcionó.

—No tienes que contarme nada —susurró—. No ahora. Nunca, si no quieres. Pero si alguien tiene que pagar, dime solo una cosa.

—¿Cuál?

Elsa sonrió.

No fue una sonrisa bonita.

Fue una promesa.

—Tengo dinero suficiente para hacerlo desaparecer, Denci. Solo dime si quieres que sea rápido o largo.

—Quiero…

Me detuve.

Porque no había palabras bonitas para explicar las maneras en las que quería hacer sufrir a Carlos.

Ni siquiera había palabras feas.

No suficientes.

—Que sufra —dije al final—. Mucho. Como si estuviera ardiendo en el infierno.

Elsa no apartó la mirada.

—Eso puedo comprarlo.

Tragué saliva.

Me ardía la garganta.

La boca.

Todo.

—No —susurré—. Eso no.

Elsa esperó.

Qué educada.

Qué peligrosa.

—Quiero que arda —dije—. Y luego quiero que alguien lo saque del fuego, le diga que ya terminó… y vuelva a empujarlo dentro.

Elsa me sostuvo la mirada durante un segundo largo.

Luego asintió.

No sonrió.

Eso fue lo peor.

—Entonces lo haremos bien.

Sonreí.

Había pensado pedir ayuda a mis contactos, pero esto era mucho mejor, porque mis contactos me debían favores.

Elsa me quería.

Y en ese momento eso no me pareció una debilidad.

Me pareció algo bastante útil.